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Educación para la ciudadanía: La asignatura pendiente del Monarca español, el Gobierno y las Fuerzas de Seguridad del Estado

Fuentes: Rebelión

Yo tenía razón. Aquel joven de baja estatura, de modales altaneros, de rostro imperturbable, era un policía o un guardia civil, vestido de paisano para no alarmar a los pasajeros del vuelo a La Habana. Exigía, sobre todo a las personas de piel oscura, que se identificaran nuevamente (aunque ya habían pasado por el control […]

Yo tenía razón. Aquel joven de baja estatura, de modales altaneros, de rostro imperturbable, era un policía o un guardia civil, vestido de paisano para no alarmar a los pasajeros del vuelo a La Habana. Exigía, sobre todo a las personas de piel oscura, que se identificaran nuevamente (aunque ya habían pasado por el control obligatorio), que mostraran de nuevo sus pasaportes, las visas de entrada y salida de España, amén del billete y el asiento en el avión. Todo ello con ademanes algo destemplados, más propios de un aprendiz de chulo de barrio, cuando no de un macarra a lo Javier Sardá, acomplejado por su escaso metro sesenta y, a pesar de ello, como Aznar o Hitler, convencido absolutamente de la superioridad de la raza blanca.

Lo miré con cara de quien está viendo una película repleta de gags penosos, ante lo cual me conminó para que le mostrara de inmediato mis documentos. Se los entregué, y mientras me sentaba en un sofá le dije: «Cuando termine de revisarlos, me lo dice porque quiero salir rápidamente de este país con aroma de cuartel«. La furia que despertó tal frase se notaba hasta en el sudor que comenzó a brotarle por la frente en forma de pequeñas gotas, fruto de la impotencia o la rabia, ya que no se había identificado como miembro de la benemérita institución y no podía impunemente darme un par de hostias, cosa que en un cuartelillo habría hecho ante el aplauso de sus jefes. Por eso, pálido, furioso pero contenido, con el inconfundible aire que distingue a un servidor al que le han gritado desde niño, alzando la voz y una ceja, me dijo: «¡Ya puede irse¡». Claro que me fui. Y bendiciendo mi destino, que era Cuba.

Y es que es lo que me digo: ¿Por qué no se enseña en España la asignatura de Educación para la Ciudadanía a los aspirantes a policías, guardias y militares? Estoy convencido de que si estudiaran un libro como éste, publicado por los benditos Luis Alegre, Carlos y Pedro Fernández Liria, o siquiera por curiosidad le echaran un vistazo, como pueden hacer las personas de paisano (menos las del PP), obrarían de distinta manera. Serían educados, sencillos, corteses pero hieráticos, eficaces y pacíficos, cultos y preparados, como sus homólogos cubanos.

No hay tal, y la fractura social es tan evidente, tan enorme, que los golpes caen siempre del mismo lado: en el de quienes intentan aprender democracia, solidaridad, civismo y e igualdad. Por el contrario, aquellos que deben proteger tales virtudes, se gradúan en recintos donde impera la defensa de la violencia gratuita, los malos tratos al detenido, el desprecio a las personas de otras etnias, la incultura, la insolidaridad, el clasismo y el autoritarismo bananero o borbónico, que es lo mismo. Difícil combinación, querido Sancho. Como decía mi amigo Eduardo: «¿Qué clase de personas pueden surgir de un lugar donde se enseña a los alumnos a no hacer nada útil, en medio de berridos e insultos, y a toda velocidad?«

Los últimos acontecimientos acaecidos en España, con los fascistas campando por sus respetos, gozando de la venia de casi todas las autoridades municipales, autonómicas y estatales, han demostrado una vez más que ese país se parece más a aquella sociedad en la que un general golpista imponía el desorden y el caos, la tortura y el maltrato, que a un estado que combate por poner en práctica la auténtica democracia como… (¡ejem¡ Un momento, que no se me ocurre ninguno en Europa, ni en el norte de América).

Bueno, pues diré entonces como Venezuela y Cuba, naciones en las que la extrema derecha (la que le gusta al Borbón y que Zapatero tolera y comprende) gobernó durante décadas, en medio de una irrespirable atmósfera de corrupción, autoritarismo, violencia policial y crímenes de toda clase, incluidos los del terrorismo de Estado y la habitual tortura y el asesinato en las cárceles, comisarías, prisiones, penales y cuarteles, en los que los funcionarios se ensañan con los ciudadanos sin posibilidad de defensa. Hoy, en ambas naciones latinoamericanas, por fortuna, la verdadera voluntad del ciudadano es la que cuenta y no la del ciudadano con la cuenta corriente llena de ceros.

En el reino de Juan Carlos I, jamás las leyes fueron tan violentadas desde los propios tribunales; jamás los jueces esgrimieron tanta demagogia para justificar decisiones ilegítimas; jamás hubo un entorno de tanta agresividad, que no flotaba en las calles desde los tiempos de la muerte del dictador; jamás un organismo como el Constitucional había sido cuestionado en foros internacionales. Se ha consagrado el Estado de Derecho Retorcido. (Por cierto, no sé qué cara pondría el inquilino de la Zarzuela y sus mesnadas, si en la constitución venezolana se integrara un artículo eximiendo al presidente de cualquier responsabilidad penal, como en la española, que protege al monarca ante cualquier denuncia, por cualquier presunto delito).

No hay ninguna duda. España no es un país en paz, democrático, progresista, culto y divertido, sino en continua zozobra social, sufriendo retrocesos importantísimos en las libertades mínimas, inculto y aburrido. Así las cosas, no sería extraño que Aznar fuera el próximo candidato al Premio Nobel de la Paz.

Enhorabuena a Zapatero, que ha logrado superar en desfachatez, mediocridad e inutilidad al mismísimo Felipe González. Pero a José Luis, para tener contento a su rey y a su amigo Rajoy aún le falta acabar con ETA. Ya sabe la fórmula de su correligionario sevillano: unos cuantos millones de euros de los fondos reservados, veinte funcionarios como Vera o San Cristóbal, Barrionuevo o Corcuera, unas conversaciones con Sarkozy, prohibiciones, porrazos a mansalva (debe aprovechar ahora que el recién nombrado Fiscal General de los USA es partidario de la tortura), miles de detenciones, amenazas, más violencia, que en cien años todos calvos.

Estoy seguro de que el Monarca nunca leerá esa magnífica obra, Educación para la Ciudadanía. Aún hay mandatarios que creen en el sistema de las órdenes cuarteleras, donde el diálogo y la palabra se han condenado a galeras.

Educación para la Ciudadanía, de Pedro Fernández Liria, Luis Alegre Zahonero, Miguel Brieva y Carlos Fernández Liria. Editorial Akal. www.akal.com

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