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George Bush en Latinoamérica

Fuentes: El Mundo

Realiza el presidente de Estados Unidos, George Bush, entre el 8 y el 14 de marzo, una gira por cinco países latinoamericanos, la primera -seguramente, la última- de su mandato. La gira se produce en el momento más bajo de la influencia de Estados Unidos en su otrora «patio trasero», convertido hoy en un hervidero […]

Realiza el presidente de Estados Unidos, George Bush, entre el 8 y el 14 de marzo, una gira por cinco países latinoamericanos, la primera -seguramente, la última- de su mandato. La gira se produce en el momento más bajo de la influencia de Estados Unidos en su otrora «patio trasero», convertido hoy en un hervidero de movimientos y gobiernos que celebran el fin de la hegemonía continental estadounidense. No es nueva la idea de las giras hemisféricas en momentos de crisis. En los últimos sesenta años, presidentes y altos personeros gubernamentales de EEUU han viajado para tomar el pulso de la región, teniendo sus viajes carácter de respuesta a las convulsiones políticas y económicas del momento. El balance de las giras ha sido, en general, pobre y escaso.

A principios de los años 50 del pasado siglo, las relaciones entre Latinoamérica y EEUU estaban en su punto más bajo. El secretario de Estado, John Foster Dulles, declaró que la región vivía condiciones similares a las de China en los años 30, cuando arrancaba el movimiento comunista. Para expresar su preocupación por Latinoamérica, el presidente Eisenhower envió, en 1953, a su hermano Milton a una gira de cinco semanas. En su informe final, Milton abogó por aumentar sustancialmente la asistencia económica, al entender que la pobreza era el principal problema regional. Eisenhower, en su discurso ante el Congreso, en enero de 1954, propuso reducir la ayuda económica y aumentar la militar. Propició, además, el derrocamiento del gobierno democrático de Juan Jacobo Arbenz, en Guatemala, que dio inicio al genocidio indígena en ese país.

En los años siguientes, una serie de dictadores sostenidos por EEUU fueron derrocados. Temeroso de que la oleada de movimientos populares minara los cimientos de su dominio, el gobierno estadounidense envió, en 1958, al vicepresidente Richard Nixon a una gira regional. Violentas manifestaciones en Caracas y Lima sirvieron para demostrar el profundo malestar existente contra EEUU, como consecuencia del apoyo estadounidenses a los regímenes dictatoriales y a su racanería económica. En mayo de 1959, durante su visita a EEUU, el primer ministro de Cuba, Fidel Castro, propuso un plan Marshall para Latinoamérica, de 30.000 millones de dólares durante diez años. Aunque Eisenhower visitó en 1960 varios países del cono sur americano, su gobierno volvió a apostar por el aparato militar. El alineamiento de Cuba con la URSS, en 1961, concluyó cualquier análisis y llevó a la apuesta ciega, pura y dura por las dictaduras militares y a favor del intervencionismo más descarado.

El gobierno de John Kennedy puso una de cal y cuatro de arena. Por una parte promovió una publicitada Alianza para el Progreso, que ofrecía invertir 20.000 millones de dólares en diez años. Por otra, aprobó la «doctrina de la seguridad nacional», que proponía priorizar a las Fuerzas Armadas y emplearlas para destruir a los movimientos populares, garantizando regímenes fuertes pro estadounidenses. El dinero nunca salió de las arcas, pero las armas fluyeron sin cesar hacia los ejércitos. Kennedy, en fin, ordenó la invasión de Cuba. Su sucesor, Lyndon Johnnson, liquidó la Alianza para el Progreso y decidió la invasión de República Dominicana y el fin de los ensayos democráticos.

En 1969, bajo la presidencia de Richard Nixon, se puso en marcha la famosa «Misión Rockefeller», presidida por el multimillonario Nelson Rockefeller, que recorrió veinte países. La misión fue recibida con protestas y manifestaciones multitudinarias, que se saldaron con 28 muertos, 800 heridos y 3.000 detenidos. No obstante, la misión vio entendió el fondo del problema y apuntó, en su informe final, que la miseria y la inestabilidad política llevaría a mucha gente a preferir «las vías marxistas para buscar soluciones a sus problemas… Si perdura [esto] se podrá prever un tiempo en que EEUU se encontrará aislado moral y políticamente de varios o de la mayoría de los países del Hemisferio Occidental». Nixon relegó el informe y ordenó el derrocamiento de Allende, en Chile.

El episodio se repitió en la década de los 80, cuando la crisis centroamericana y la revolución sandinista pusieron en pie de guerra a la administración Reagan. En 1984, el presidente estadounidense nombró una comisión bipartidista, presidida por Henry Kissinger. El ex secretario de Estado elaboró un informe en el que respaldaba al proceso negociador impulsado por el Grupo de Contadora, pero recomendaba apostar por la vía militar como forma de garantizar la hegemonía de EEUU en el istmo centroamericano. La guerra continuó y, luego de finalizada, la región se encontró devastada y misérrima.

La Latinoamérica que encontrará el presidente Bush nada tiene que ver con la que vieron sus predecesores. Derrocadas y derrotadas las dictaduras militares, la carta tradicional jugada por EEUU -los ejércitos- está fuera de combate, si acaso no alineada en contra de EEUU. El fracaso del golpe de estado contra Hugo Chávez, en 2002, fue el canto del cisne del medio predilecto empleado para cercenar los procesos democráticos que no respondían a sus expectativas. La apuesta firme de los países de la región por los sistemas democráticos ha desarmado a EEUU, obligándole a aceptar a regañadientes las sucesivas victorias de la izquierda en los países más significados de Latinoamérica.

La desaparición de la Unión Soviética, paradójicamente, en vez de contribuir a afianzar el papel hegemónico de EEUU, ha contribuido a erosionarlo. La irrupción, silenciosa pero constante, de los países europeos y la UE, abrió la brecha a lo que había sido, por casi un siglo, un área reservada de las empresas estadounidenses. Primero en el Mercosur, luego en Centroamérica, la UE no ha cesado de aumentar su presencia, en competencia abierta con EEUU por el dominio de los mercados y la influencia política en los países latinoamericanos. La firma de un tratado de libre comercio entre la UE y México, en 1995, fue una forma de certificar que, para la UE, la era del monopolio estadounidense en la región era cosa del pasado, lo que confirmó con el tratado de asociación con Chile, en vigor desde 2005. Con Centroamérica negocia uno similar.

Mucho enfatizan los medios de prensa que la gira del presidente Bush es una forma de responder a la creciente influencia de la Venezuela del presidente Hugo Chávez. Sin restar importancia al hecho, no es Venezuela el país que más desafía la menguante influencia de EEUU. A la ya señalada de la UE, habría que agregar otra, más discreta, pero de mayor calado, como es la penetración de China en Latinoamérica.

Desde hace una década, la gran potencia asiática no disimula su creciente interés por la región, como indican las cifras de los intercambios económicos. Sólo entre 2000 y 2004, las relaciones comerciales aumentaron un 250%, al punto que China es, hoy, el segundo socio comercial de Brasil y el mayor consumidor del cobre chileno. Las ventas de petróleo venezolano a China se duplicaron entre 2004 y 2005, llegando a los 3.000 millones de dólares. La inagotable capacidad de consumo de recursos de China tiene el efecto de mantener elevados los precios de materias primas esenciales para muchos países del área, convirtiéndose, por esa vía, en un pulmón insustituible para las economías de la zona. China absorbe el 50% del cemento que produce Latinoamérica, el 47% de la soja, el 40% del cobre y el 25% del níquel, por señalar algunos. China es, además, el quinto inversor extranjero en Latinoamérica, detrás de EEUU, Alemania, Gran Bretaña y Francia. China, en fin, ha suscrito diversos protocolos de inversión con varios países de la región, por un importe que supera los 50.000 millones de dólares.

Además de tener que lidiar con rivales de la magnitud de la UE y China, EEUU está inmerso en guerras perdidas de antemano con Latinoamérica, como la emigración y el narcotráfico. La desafortunada iniciativa de Bush, de levantar un muro de 1.100 kilómetros con México, para frenar el maremoto migratorio que llega del sur, constituyó un error político garrafal, repudiado masivamente por todos los países del área. Cada año perece un millar de latinoamericanos intentando burlar los controles fronterizos, cifra que podría triplicarse con el malhadado muro. El proteccionismo agrícola de EEUU está arruinando el campo latinoamericano, no dejando a los campesinos más opciones que emigrar o dedicarse al cultivo de cáñamo y de coca. El colapso económico de tantos países, y la ruina general provocada por décadas de neoliberalismo ha dejado abierto el campo a los narcotraficantes, que se han convertido en Estados dentro del Estado es un número creciente de países, México, Colombia y Guatemala en primer lugar. No debe extrañar, por tanto, que sean estos países los que encabecen el ranking de violencia regional y donde la delincuencia organizada mantiene manos arriba al Estado.

La pérdida de influencia de EEUU se constata en el fracaso de sus iniciativas más importantes en el continente. El Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), buque insignia del segmento continental del «Gran Siglo XXI» estadounidense, yace en la última gaveta del Departamento de Estado. Las presiones de Washington para que los países del área firmaran un tratado que exonerara a sus soldados de comparecer ante la Corte Penal Internacional, fueron rechazadas por un número significativo de Estados, entre los que estaban Brasil, Perú, Venezuela, Uruguay, Ecuador y Bolivia. Dado que EEUU sancionaba con restricciones militares el rechazo de ese tratado, una mayoría de países afectados recurrió a Rusia y China para reponer el material embargado por EEUU. Esa situación llevó al jefe del Comando Sur de los EE.UU, general Craddock, a quejarse del avance militar chino, «que genera motivo de preocupación… pues perdemos contacto [con Latinoamérica y] la oportunidad de aprender de ellos y de enseñarles acerca de los valores e ideales y creencias en la instituciones democráticas».

Puede que nada ilustre mejor el creciente aislamiento de EEUU de su entorno continental que la política hacia Cuba. Expulsada de la OEA en 1962 y sometida a un embargo y a una cuarentena política implacable, rota apenas por México y Canadá, al día de hoy sólo EEUU sigue empeñado en esa política. La práctica totalidad de países del continente mantiene relaciones políticas, económicas y comerciales con Cuba, ante la perplejidad e indignación de Washington. En la recién concluida Cumbre del Grupo de Río, celebrada en Guyana, se contempló la inclusión de Cuba en este concierta latinoamericano que, cuando se dé, será el tercer entierro de la política de EEUU.

El presidente Bush viaja, pues, por una región que sigue respetando y cuidando sus relaciones con Washington, pero que sabe que la hegemonía de EEUU es un capítulo que debe ir cerrándose sin prisas, pero sin pausas. La política del presidente Hugo Chávez, en ese sentido, no es más que una forma abierta de decir al viento lo que otros murmuran, es decir, que la mejor época de EEUU pasó y que son otros los tiempos y otras las prioridades de los países de la región. La UE y China no lo proclaman, pero no cesan en su labor de zapa, para ir desviando el centro de gravedad económica latinoamericana de Washington hacia Bruselas y Beijing. Bush recibirá sonrisas y parabienes en los países que visite, pero ni Lula en Brasil, ni Tabaré en Uruguay olvidarán que sus intereses están mejor cuidados en horizontes que apuntan al este y al oeste y a su propio interior (Mercosur), que no en el antes temido Norte.

La gira de Bush no es la de un emperador por sus dominios, como lo fuera la de Dwight Eisenhower en 1960. Recuerda a las que realiza la reina Isabel por países de la Commonwealth. Más próxima a la nostalgia por las glorias pasadas, por la razón simple de que EEUU tiene muy difícil hacer más de lo que hace y le es casi imposible competir con China y la UE. Lo cierto es que Latinoamérica se beneficia enormemente del mundo multipolar que ha surgido y que le permite, de formas diversas, avanzar firme hacia su segunda descolonización. Son los nuevos tiempos, las nuevas horas.

* Profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid [email protected]





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