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Los movimientos sociales en Guadalupe y Martinica

Manifiesto por los «productos» de gran necesidad

Fuentes: Rebelión

Traducido para Rebelión y Tlaxcala por Rocío Anguiano

Martinica, Guadalupe, Guayana, La Reunión

Queremos apoyar, con total solidaridad y sin ninguna reserva, al gran movimiento social que surgió primero en Guadalupe y después en Martinica y que tiende a extenderse a la Guayana y a la Isla de la Reunión. Ninguna de nuestras reivindicaciones es ilegítima. Ninguna es irracional en sí misma y, sobre todo, no es más desmesurada que los engranajes del sistema al que se enfrenta. Ninguna puede ser desechada por lo que representa y por lo que implica dentro del conjunto de las demás reivindicaciones. Porque la fuerza de este movimiento reside en el hecho de haber sabido unir lo que hasta ahora había aparecido disperso, incluso aislado en la ceguera categorial -a saber, las luchas hasta hoy imperceptibles en las administraciones, los hospitales, los centros escolares, las empresas, los colectivos territoriales, todo el mundo asociativo, todas las profesiones artesanales o liberales…

Pero lo más importante es que la dinámica del Lyannaj (1) -que consiste en unir y reunir, integrar, reintegrar y reemplazar todo lo que se encontraba desolidarizado- aspira a que el sufrimiento real de la mayoría (enfrentada a un delirio de concentraciones económicas, acuerdos y beneficios) se sume a las aspiraciones difusas, todavía inexpresables pero muy reales de los jóvenes, los mayores, olvidados, invisibles y otros sufridores anónimos de nuestras sociedades. La mayoría de los que se adhieren en masa descubren (o empiezan a recordar) que se puede conseguir lo imposible o arrebatarle el trono de nuestra renuncia a la fatalidad.

UNA HUELGA LEGÍTIMA

Por lo tanto, esta huelga es más que legítima y más que beneficiosa, y los que desfallecen, entorpecen, tergiversan, intentan darle respuestas decentes, se rebajan y se condenan.

Ahora, tras lo prosaico del «poder adquisitivo» o de la «cesta de la compra», se perfila lo esencial que nos falta y que da sentido a la vida, es decir: lo poético. Cualquier vida humana un poco equilibrada se articula entre, por un lado, las necesidades inmediatas de beber-sobrevivir-comer (o sea: lo prosaico) y, por otro, la aspiración a un enriquecimiento personal, nutriéndose de dignidad, honor, música, cantos, deportes, bailes, lecturas, filosofía, espiritualidad, amor, tiempo libre dedicado a la realización del gran deseo intimo (o sea: lo poético). Como propone Edgar Morin, el vivir-por-vivir, al igual que el vivir-para-sí-mismo no conducen a la plenitud sin el dar-vida a lo que amamos, a los que amamos, a los imposibles y a las superaciones a las que aspiramos.

La «subida de los precios» o «el encarecimiento de la vida» no son diablillos ziguidi (2) que se nos aparecen con crueldad espontánea o que nacen del muslo de algunos békés (3) puros. Son el resultado de una dentición de sistema en el que reina el dogma del liberalismo económico. Este último se ha adueñado del planeta, pesa sobre el conjunto de los pueblos, y preside todos los imaginarios -no para una depuración étnica, sino para una especie de depuración ética 1 (entiéndase: desencanto, desacralización, desimbolización, incluso deconstrucción) de todo el hecho humano. Este sistema ha reducido nuestra existencia a individuaciones egoístas que nos hacen perder el horizonte y nos condenan a dos grandes miserias: ser consumidor o ser productor. El consumidor que solo trabaja para consumir lo que produce su fuerza de trabajo convertida en mercancía; y el productor que contempla su producción únicamente desde la perspectiva de beneficios sin límites por consumos ilusorios sin límites. El conjunto abre a esta socialización antisocial de la que hablaba André Gorz y donde lo económico se convierte así en su propio fin y prescinde de todo lo demás. De este modo, cuando lo «prosaico» no se abre a las elevaciones de lo «poético», cuando se convierte en su propio fin y se consume, tendemos a pensar que las aspiraciones de nuestra vida y la necesidad de darle sentido, pueden situarse en esos códigos de barras que son «el poder adquisitivo» o «la cesta de la compra». O peor aún: acabamos por pensar que la gestión virtuosa de las miserias más intolerables es fruto de una política humana o progresista. Por lo tanto, urge separar los «productos de primera necesidad» de otro tipo de artículos o de factores que se derivan firmemente de una «gran necesidad». Mediante esta idea de «gran necesidad», llamamos a tomar conciencia de lo poético ya en marcha en un movimiento que, por encima del poder adquisitivo, surge de una exigencia vital real, de una llamada muy profunda a lo más noble de la existencia.

¿Y cuáles son esos «productos» de gran necesidad?

Pues todo lo que conforma el núcleo de nuestro ardiente deseo de ser pueblo y nación, de entrar dignamente en el gran escenario del mundo, y que está hoy en el centro de las negociaciones en Martinica y Guadalupe y pronto, sin duda, en Guayana y en La Reunión.

Primero, no puede haber avances sociales que se contenten consigo mismos. Los avances sociales solo se producen realmente en una experiencia política que saque las lecciones estructurantes de lo que ha pasado. Este movimiento ha puesto de manifiesto el trágico desmembramiento institucional de nuestros territorios y la ausencia de poder que le sirva de osatura. Lo «determinante» o lo «decisivo» se alcanzan mediante viajes o por teléfono. La competencia solo llega por medio de emisarios. La desenvoltura y el desprecio proliferan en todos los niveles. El alejamiento, la ceguera y la deformación predominan en los análisis. El embrollo de los pseudopoderes Región-Departamento-Prefecto, así como esa cosa que es la asociación de alcaldes, han mostrado su impotencia, incluso su desmoronamiento, cuando surge una reivindicación masiva y seria en una entidad cultural histórica identitaria humana, distinta de la de la metrópolis administrativa, pero que no se ha visto nunca tratada como tal. Las consignas y las demandas han pasado rápidamente por encima de nuestros «presidentes locales» para irse a reclamar a otra parte. Sin embargo, cualquier victoria que se obtuviera así (pasando por encima de nosotros) y que se detuviera ahí, reforzaría nuestra asimilación y consolidaría así nuestra inexistencia en el mundo y nuestros pseudopoderes.

Por lo tanto, este movimiento tiene el deber de crecer en visión política, y esta debería abrirse a una fuerza política de renovación y de proyección que nos permita alcanzar la responsabilidad sobre nosotros mismos y nuestro propio poder sobre nosotros mismos. Y aunque tal poder no resolviera verdaderamente ninguno de esos problemas, nos permitiría al menos abordarlos con total responsabilidad y tratarlos por fin, en lugar de aceptar las soluciones de otros. La cuestión bekee y de los guetos que surgen aquí y allá es un tema menor que puede solucionar una responsabilidad política endógena. La del reparto y la protección de nuestras tierras, indudablemente también. A la de la acogida preferencial de nuestros jóvenes le sucede lo mismo. La de otra Justicia o la de la lucha contra la plaga de la droga le competen ampliamente… El déficit de responsabilidad crea amargura, xenofobia, miedo al otro, pérdida de confianza en uno mismo… La cuestión de la responsabilidad es, por lo tanto, de gran necesidad. En la irresponsabilidad colectiva residen justamente los constantes bloqueos en las actuales negociaciones. Y en la responsabilidad es donde anidan la invención, la flexibilidad, la creatividad, la necesidad de encontrar soluciones endógenas practicables. En la responsabilidad es donde el fracaso o la impotencia propician la verdadera experiencia y la madurez. Con responsabilidad se tiende antes y de forma más positiva hacia lo que es esencial, tanto en las luchas como en las aspiraciones o en los análisis.

Después está la gran necesidad de comprender que el laberinto oscuro e indescifrable de los precios (margen, submargen, comisiones ocultas y beneficios indecentes) se enmarca en una lógica de sistema liberal mercantilista que se ha extendido al conjunto del planeta con la fuerza ciega de una religión. Estos están también atrapados en un dislate colonial que nos ha desviado de nuestra forma de comer del país, de nuestro entorno próximo y de nuestras realidades culturales para entregarnos sin pantalón y sin jardines bokay (4) a la forma de alimentarse europea. Es como si Francia hubiera sido formateada para importar toda su alimentación y sus productos de primera necesidad desde miles y miles de kilómetros de distancia. Negociar en este marco colonial absurdo con la insondable cadena de operadores y de intermediarios, sin duda, puede evitar algún sufrimiento en lo inmediato pero el ilusorio beneficio de estos acuerdos pronto será barrido por el principio del «Mercado» y por todos esos mecanismos que crean una nube de voracidades (y, por lo tanto, de abusos alimentados por el espíritu colonial y regulados por la distancia) que las primas, congelaciones, planes milagrosos, reducciones oportunistas, proclamas irrisorias del arbitrio insular, no podrían encauzar.

VÍCTIMAS DE UN SISTEMA AMBIGUO, GLOBALIZADO

Tenemos, por lo tanto, una gran necesidad de vivir como caribeños en nuestras importaciones-exportaciones vitales, de considerarnos americanos para satisfacer nuestras necesidades, nuestra autosuficiencia energética y alimentaria. Luego, la otra gran necesidad es situarnos en una oposición radical al capitalismo contemporáneo que no es una perversión sino la plenitud histérica de un dogma. La gran necesidad es sentar de inmediato las bases de una sociedad no económica, donde la idea de desarrollo en continuo crecimiento se dejaría a un lado en beneficio de la idea de realización personal, en donde empleo, salario, consumo y producción serían zonas de creación de uno mismo y de perfeccionamiento de lo humano. Si el capitalismo (en ese estado tan puro que es su forma contemporánea) ha creado a este Frankenstein consumidor que se reduce a su cesta de necesidades, también engendra muchos lamentables «productores» -directores de empresas, empresarios y otros socio profesionales ineptos- incapaces de estremecerse frente a un brote de sufrimiento y a la imperiosa necesidad de otro imaginario político, económico, social y cultural. Y aquí no existen campos de batalla distintos. Todos somos víctimas de un sistema ambiguo, globalizado al que tenemos que enfrentarnos juntos. Obreros y pequeños empresarios, consumidores y productores, llevan en algún sitio en su interior, silenciosa pero irreductible, esa gran necesidad que hay que despertar, es decir: vivir la vida, y su propia vida, en la elevación constante hacia lo más noble y lo más exigente y, por lo tanto, hacia lo más enriquecedor. Lo que nos lleva a vivir la vida, y la vida en toda la amplitud de lo poético.

Se puede doblegar a las grandes distribuidoras comiendo sano y de otro modo.

Se puede desterrar a la SARA (5) y a las compañías petroleras rompiendo con el «coche para todo».

Se puede contener a las agencias del agua y sus precios exorbitantes, considerando desde ya la mínima gota de agua como algo de gran valor, que hay que proteger en todas partes y utilizarlo como si se tratara de los últimos restos de un tesoro que nos pertenece a todos.

No se puede vencer ni superar lo prosaico quedándose en la caverna de lo prosaico, hay que abrirse a lo poético, lo decreciente y lo sobrio. Ninguna de estas instituciones tan arrogantes y poderosas hoy (bancos, firmas transnacionales, grandes superficies, empresas de salud, telefonía móvil…) sabría ni podría resistirse a ello.

Por último, la cuestión de los salarios y el empleo. También aquí hay que establecer la gran necesidad. El capitalismo contemporáneo reduce la parte salarial a medida que aumenta su producción y sus beneficios. El paro es una consecuencia directa de la disminución de la necesidad de mano de obra. Cuando se deslocaliza no es para conseguir mano de obra abundante, sino para lograr la caída más rápida de la parte salarial. Cualquier deflación salarial es el resultado de los beneficios que conlleva el gran juego trilero de las finanzas Reclamar un consecuente aumento del salario no es, por lo tanto, ilegítimo: es el principio de una equidad que debe ser mundial.

En cuanto a la idea del «pleno empleo», nos ha sido gravada en el imaginario por las necesidades del desarrollo industrial y las depuraciones éticas que lo han acompañado. El trabajo inicialmente estaba inscrito en un sistema simbólico y sagrado (orden político, cultural y personal) que delimitaba su amplitud y su sentido. Bajo el régimen capitalista, ha perdido su sentido creador y su carácter enriquecedor a medida que se convertía, en detrimento de todo los demás, al mismo tiempo en un simple «empleo» y la única columna vertebral de nuestras semanas y nuestro días. El trabajo acabó de perder todo significado cuando, convertido a su vez en una simple mercancía, empezó a enfocarse solamente al consumo. Ahora estamos en el fondo de un abismo. Tenemos, por lo tanto, que recolocar al trabajo en el seno de lo poético. Aún siendo duro o penoso, debe convertirse en un medio de realización, de invención social y de construcción de uno mismo o si no, que pase a ser una herramienta secundaria entre otras. Hay miles de competencias, talentos, creatividades, locuras beneficiosas que permanecen actualmente castrados en los pasillos de la ANPE (6) y en los campos sin alambradas del paro estructural nacido del capitalismo. Cuando nos liberemos del dogma mercantil, los avances tecnológicos (destinados a la sobriedad y al decrecimiento selectivo) nos ayudarán incluso a transformar el valor trabajo en una especie de arco iris, que vaya de la simple herramienta accesoria hasta la ecuación de una actividad con gran incandescencia creativa. El pleno empleo no será algo prosaico productivista, sino que se manifestará a través de su capacidad de crear socialización, autoproducción, tiempo libre, tiempo muerto, a través de la capacidad de aceptar solidaridades, repartos, apoyos a los más desmantelados, revitalizaciones ecológicas de nuestro entorno… Se manifestará en «todo lo que hace que la vida merezca la pena de ser vivida». Habrá trabajo e ingresos de ciudadanía en lo que estimula, que ayuda a soñar, que lleva a meditar o que se abre a las delicias del aburrimiento, que introduce en la música, que orienta en los paseos por el país de los libros, las artes, el canto, la filosofía, el estudio o el consumo de primera necesidad que se abre a la creación -creaconsumición. En el valor poético no existe ni paro ni pleno empleo ni prestacionismo, sino autoregeneración y autoreorganización, e infinitas posibilidades para cualquier talento o aspiración. En el valor poético, el PIB de las sociedades económicas desvela su brutalidad.

Esta es la primera tabla de reivindicaciones con la que acudimos a todas las mesas de negociaciones y a sus prolongaciones: que el principio de gratuidad se plantee para todo aquello que permita una liberación de las cadenas, una amplificación de lo imaginario, un estímulo a las facultades cognitivas, el fomento de la creatividad en todos, un enriquecimiento impetuoso del alma. Que este principio señale los caminos hacia el libro, los cuentos, el teatro, la música, la danza, las artes visuales, la artesanía, la cultura y la agricultura… Que se inscriba a la entrada de los centros de primaria, escuelas, colegios, institutos, universidades y cualquier lugar de conocimiento y formación… Que se abra a los usos creadores de las nuevas tecnologías y del ciberespacio. Que favorezca todo lo que permita Relacionarse (encuentros, contactos, cooperación, interacción, merodeos que orientan) con las virtualidades imprevisibles del Todo-Mundo… El principio de la gratuidad es lo que permitirá a las políticas sociales y culturales públicas determinar la amplitud de las excepciones. A partir de ese principio deberemos imaginar escalas no mercantiles que vayan de lo totalmente gratuito a la participación reducida o simbólica, de la financiación pública a la financiación individual y voluntaria… El principio de gratuidad es lo que debería conformar los cimientos de nuestras nuevas sociedades y de nuestras solidaridades imaginantes…

HACEMOS UN LLAMAMIENTO A UNA GRAN POLÍTICA, A UN ARTE POLÍTICO

Proyectemos nuestros imaginarios en esas grandes necesidades hasta que la fuerza del Lyannaj o del vivir-juntos, no sea ya una «cesta de la compra», sino la preocupación sin límites por una plenitud de la idea de lo humano.

Imaginemos juntos un marco político de plena responsabilidad, en las nuevas sociedades de Martinica, Guadalupe, Guayana y La Reunión, participando de forma soberana en las luchas mundiales contra el capitalismo y por un mundo ecológicamente nuevo.

Aprovechemos esta conciencia abierta, en carne viva, para que las negociaciones se alimenten, se prolonguen y se abran como una floración con amplia difusión, en nuestras naciones.

Un gwan lodyans (7) que no teme ni huye de los grandes estremecimientos de la utopía.

Así que reclamamos esas utopías donde la Política no se reduce a la gestión de las miserias inadmisibles ni a la regulación de las barbaries del «Mercado», sino donde recuperaría su esencia al servicio de todo lo que confiere un alma a lo prosaico superándolo o instrumentalizándolo de la forma más estrecha.

Reclamamos una gran política, un arte político que sitúe al individuo, su relación con el Otro, en el centro de un proyecto común en donde impere lo que la vida tiene de más exigente, de más intenso y de más resplandeciente y, por lo tanto, de más sensible a la belleza.

Así, queridos compatriotas, liberándonos de los arcaísmos coloniales, de la dependencia y del prestacionismo, encuadrándonos firmemente en el desarrollo ecológico de nuestros territorios y del mundo, rechazando la violencia económica y el sistema mercantil, naceremos al mundo con una visibilidad elevada del postcapitalismo y de una relación ecológica global con los equilibrios del planeta.

Así es como vemos el futuro: pequeños países, de pronto situados en el corazón nuevo del mundo, de pronto inmensos al ser los primeros ejemplos de sociedades postcapitalistas, capaces de poner en marcha un enriquecimiento humano que se enmarca en la horizontal plenitud de lo vivo…

– Ernest Breleur, artista plástico

– Patrick Chamoiseau, escritor

– Serge Domi, sociólogo

– Gérard Delver, escritor

– Édouard Glissant, escritor

– Guillaume Pigeard de Gurbert, profesor de Filosofía

– Olivier Portecop, director del Centro de Recursos Informáticos (Universidad Antillas-Guayana)

– Olivier Pulvar, profesor en la Universidad Antillas-Guayana

– Jean-Claude William, profesor de Ciencias Políticas en la Facultad de Derecho de Martinica

Notas:

1.- Lyannaj: proceso de unificación en la lucha que evoca el acto amoroso (de lyan: liana y sexo masculino). La huelga general en Guadalupe la coordinan un conjunto de 50 organizaciones y movimientos llamado Liyannaj Kont Pwofitasyon  (LKP). El término «coordinación» refleja mal la dimensión erótica de la palabra criolla. En cuanto a pwofitasyon, que se podría traducir por aprovechamiento, evoca a la vez la explotación y el beneficio que se obtiene de esa explotación.

2.- Diablos ziguidi: diablos que saltan de una caja accionados por un muelle.

3.- Béké: designa a los miembros de la oligarquía blanca, herederos directos de los esclavistas, que controlan la economía de Guadalupe y Martinica.

4.- Bokay: cerca de la casa; jardín-bokay: huerto (designaba el terreno para la producción de alimentos de los esclavos).

5.- SARA: Sociedad Anónima de la Refinería de las Antillas, que pertenece a Total, Rubis, Esso y Texaco y que garantiza la mayor parte del suministro de carburantes en los departamentos franceses de América (Guadalupe, Martinica, Guayana). Sus beneficios pasaron de 5 a 50 millones de euros entre 2005 y 2007. El movimiento social actual en Guadalupe empezó por una acción de los empresarios en diciembre con la que pretendían alcanzar una bajada de los precios de los carburantes, conseguida en la Guayana.

6.- ANPE: oficina nacional de empleo en Francia (organismo equivalente al INEM español).

7.- Gwan lodyans: gran asamblea en donde todo el mundo habla y escucha.

Autor de las notas: Fausto Giudice.

Rocío Anguiano es miembro de Rebelión y Tlaxcala. Esta traducción se puede reproducir libremente con fines no lucrativos, a condición de respetar su integridad y de mencionar al autor, a las traductoras y la fuente.