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Ofensiva cingalesa contra los tamiles

Sri Lanka vuelve a tropezar con (la misma piedra de) su pasado

Fuentes: Gara

Como en el pasado, las fuerzas tamiles han optado por una retirada táctica para evitar la constante sangría de civiles. Pero todo apunta a que el LTTE volverá a una guerra de guerrillas y a los ataques en el corazón de Colombo

La actualidad mediática en torno a la masacre contra el pueblo palestino ha condenado al ostracismo a otras realidades, más lejanas a nosotros, y que guardan muchos paralelismos con la anterior. La ofensiva militar del Gobierno de Sri Lanka contra los tamiles, presentada como una «guerra contra el terrorismo» de la resistencia de los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE), va acompañada de toda una serie de abusos contra la población civil, ocupando Sri Lanka uno de los ochos puestos de países donde la alarma roja sobre genocidio se ha encendido, y todo ello, como ocurre en Palestina, con la pasividad o complicidad de la mal llamada comunidad internacional.

La guerra desencadenada por el Gobierno de Colombo contra el pueblo tamil ha dejado su año más sangriento, con más de diez mil muertos entre combatientes y población civil. Sólo desde 2001, son más de veinte mil los muertos fruto de la política genocida de la mayoría cingalesa en la isla. La nueva ofensiva militar busca «aniquilar al LTTE» y el colofón supondría la muerte o captura de su dirigente, Velupilai Prabhakaran. Sin embargo, esta situación ya se ha vivido en el pasado.

Así, en 1992 las tropas cingalesas ocuparon Pooneryn, que volvió a poder del LTTE un año más tarde; en 1995 fue el turno de Jaffna, y un año más tarde de Kilinochchi. Y al igual que hace años, en esta ocasión, los militares de Sri Lanka buscan arrinconar a la resistencia tamil en las selvas de Mullaitivu, convirtiendo todas las zonas tamiles, como en el pasado, y con la complicidad y pasividad internacional, en un gigantesco campo de concentración.

En el pasado, el LTTE ha sufrido similares reveses, y siempre ha tenido la capacidad de resurgir y expulsar nuevamente a las tropas militares del Gobierno de Colombo. En esta ocasión, algunos observadores señalan que las dificultades de la organización tamil son más importantes. La pérdida de muchos de sus cuadros, las dificultades para recibir fondos de la diáspora, la inclusión en la lista de «organizaciones terroristas», y el hecho de que buena parte de sus arsenales habrían sido dañados, son factores a tener en cuenta.

Es evidente que frente a la mayor capacidad militar cingalesa, el LTTE cuenta con una mayor motivación e incluso preparación de sus hombres y mujeres. En estos momentos, las fuerzas tamiles han optado por una retirada táctica, evitando que las víctimas civiles siguen aumentando y cediendo terreno a las tropas de Sri Lanka. Pero a partir de ahora, el terreno será favorable al LTTE, y los militares cingaleses deberán soportar una larga campaña de acoso y presiones militares y civiles.

Las dificultades económicas de Sri Lanka se verán acrecentadas por el coste de mantener una ocupación como la que pretende, mientras que el LTTE seguirá lanzando ataques en su territorio y no dejará pasar la oportunidad de seguir con sus ataques en el corazón de Colombo y otras ciudades cingalesas, «llevando la guerra a la retaguardia de las tropas cingalesas». Ese cambio de guerra convencional a guerra de guerrillas puede acabar llevando a Sri Lanka a una situación insostenible, a pagar un precio demasiado alto por mantener esa política genocida contra el pueblo tamil.

La llamada comunidad internacional se ha vuelto a retratar junto a los verdugos de un pueblo que demanda su soberanía. Los autoproclamados «guardianes de la democracia» no apuestan por ella y lo que prima en sus actuaciones es la defensa de sus propios intereses geopolíticos. Así, han sido enormes las sumas de dinero, armamento y apoyo político que han recibido los diferentes gobiernos de Sri Lanka para que prosigan la política contra el pueblo tamil.

Los términos que engalanan esos posicionamientos son dispares. Desde «construir la paz», «democratización» «reformas» o «reconciliación»… así se logra que los gobernantes cingaleses maquillen la cruda realidad y continúen con su total impunidad genocida, utilizando para ello otro término muy de moda en los últimos tiempos, «el gobierno de la ley», una ley creada y diseñada en torno a los deseos de los cingaleses y sobre todo por encima de las justas demandas del pueblo tamil.

Como estamos viendo estos días en Palestina, el pueblo tamil es presentado como un problema «de violencia», y el nudo del mismo es la actitud de organizaciones como el LTTE, a las que se cataloga de «terroristas», tal vez a la espera de que alcancen el poder algún día y se conviertan en «legítimos representantes de su pueblo». En el fondo, el problema clave para la comunidad internacional en este caso y en otros similares, es la incapacidad de aceptar que los pueblos pueden y deben decidir su futuro libremente y esto se manifiesta en el rechazo hacia las justas demandas del pueblo tamil y en el apoyo descarado a las posiciones chauvinistas y reaccionarias de Sri Lanka.

El silencio cómplice avala una situación muy peligrosa, y según datos de Naciones Unidas, son cerca de 250.000 los desplazados tamiles. Un oficial de la ONU ha denunciado que las condiciones de esa población son «básicamente las mismas o peores» que en Somalia. Luego vendrán los lamentos y las hipócritas llamadas a la «ayuda humanitaria».

Sri Lanka es un estado donde la corrupción campa a sus anchas, la economía pasa del estancamiento a la depresión, los abusos de poder político aumentan cada día y su reputación internacional estaría por los suelos de no ser por el apoyo explícito de algunos actores internacionales. Bajo el manto del llamado «estado de derecho» se ha venido gestionando y justificando el genocidio contra el pueblo tamil (sin derecho a ciudadanía, limpieza étnica, pogroms, robos de tierras, torturas, guerra sucia…), con el inestimable apoyo económico, político y militar de Occidente.

Es demasiado pronto para anunciar la derrota del LTTE, la guerra cambiará de escenario (de guerra de posiciones a guerra de guerrillas) y el tigre herido se lamerá las heridas y volverá a dar zarpazos contra la ocupación cingalesa. Y los gobiernos cingaleses deberán además afrontar los retos de la crisis económica mundial que retraerá buena parte de la ayuda internacional que ha venido recibiendo, junto al aumento de la inflación y al enorme coste que supondrá mantener una larga guerra contra los tamiles. El respeto a la voluntad del pueblo tamil es la llave que puede acabar con tantas décadas de sufrimiento y ser el comienzo para una nueva realidad política de cingaleses y tamiles.