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La alianza estratégica entre ONG y multinacionales para salvar el capitalismo

El caso del Banco Grameen y Adidas

Fuentes: CEPRID

La indecencia de las ONG ha quedado al descubierto de forma palpable a raíz del terremoto, provocado o no, en Haití y su simbiótica alianza con los militares (1). Quien no haya arriado la bandera de la honestidad intelectual -o quien no viva de ese llamado «tercer sector» oenegístico que hoy, en el Estado español, […]

La indecencia de las ONG ha quedado al descubierto de forma palpable a raíz del terremoto, provocado o no, en Haití y su simbiótica alianza con los militares (1). Quien no haya arriado la bandera de la honestidad intelectual -o quien no viva de ese llamado «tercer sector» oenegístico que hoy, en el Estado español, representa una mano de obra laboral similar en cuanto a número a la de Renfe, por poner un caso- tiene que reconocer que las llamadas ONG, en su gran mayoría, no son otra cosa que organizaciones Para-Gubernamentales que representan el otro brazo de la política exterior de los Estados y que, además, no están en absoluto preocupadas por desmontar el sistema político y económico actual sino que, muy al contrario, su función es hacerlo más funcional, valga la redundancia. A fin de cuentas, de ello depende su propia supervivencia. Actúan como si la desigualdad y la pobreza fuesen un fenómeno natural, algo así como la reproducción espontánea de las setas, y no consecuencia de un sistema social, político y económico concreto: el capitalismo.

En el artículo anterior se ponía de manifiesto cómo militares y «cooperantes» intercambian papeles en Irak y Afganistán, según interese al sistema mostrar una cara dura -militar- o una cara blanda -pretendidamente civil- arropadas ambas bajo el manto de la «cooperación» y la «ayuda al desarrollo». Los casos de la USAID y de la AECID en Afganistán, con «cooperantes» empotrados en las unidades militares y de combate son el exponente más claro de ello. Pero aún hay más: el papel de las ONG y de las entidades financieras capitalistas en la perpetuación de la pobreza bajo el paraguas de los microcréditos y la «lucha contra la pobreza». Al igual que Irak y Afganistán sirvieron, y sirven, de laboratorio para perfeccionar esa simbiosis militares-cooperantes, es en Bangladesh, el país donde se popularizaron los microcréditos, donde se está poniendo en marcha la alianza ONG-multinacionales como una fórmula novedosa para rescatar a estas últimas de la crisis económica y financiera.

El pionero, como no podía ser de otra forma, es el Banco Grameen (Pueblo, en el idioma bengalí), fundado en 1976 por Muhammad Yunus, flamante Premio Nobel de Economía en 2006 -no es un mérito, también se lo otorgaron a Milton Friedman en esta rama, o a Simón Peres, Henry Kissinger o Barak Obama en el apartado de «Paz»- y Medalla de la Libertad de EEUU (agosto de 2009). El Banco Grameen acaba de firmar un «memorando de entendimiento» con Adidas para «proporcionar zapatos más baratos a los pobres», según informó el periódico bangladeshí en lengua inglesa The Daily Star en su edición del 21 de marzo. Yunus, como no podía ser menos, justificó el acuerdo diciendo que «los zapatos serán baratos y asequibles para los pobres y les protegerán de enfermedades» (2).

¡Qué bonito! Nadie puede rechazar tan loable propósito. Pero resulta que Adidas está inmersa en una grave crisis económica, con una importante reducción de sus beneficios en el último año y acusada por la justicia francesa de blanqueo de dinero (3). Y que durante el año 2009 ha sufrido una importante pérdida de beneficios (sólo en el primer semestre se redujeron el 95% respecto al mismo período del año anterior) (4) aunque, curiosamente, la venta de sus productos deportivos subió en América Latina y… en Asia. No debe extrañar, por lo tanto, que la multinacional alemana haya anunciado el cierre de factorías en Europa al tiempo que una «reestructuración» de sus operaciones para centrarse en estos dos continentes.

El acuerdo entre el Banco Grameen y Adidas no aparece en la página web (www.grameen-info.org) del banco, al menos en el momento de elaborar este artículo. Adidas está muy agradecida a Yunus. Le proporciona una cobertura «solidaria» en unos momentos en los que su imagen cae -al tiempo que sus beneficios- y le logra un mercado nuevo, barato -curiosamente, no se ha hablado de las condiciones laborales y/o sindicales de los trabajadores que harán esos zapatos baratos que van a proteger de enfermedades a los pobres- y con clientela a granel. Y el Banco Grameen logra una capitalización necesaria para continuar con su política de reforzar el capitalismo a través de los microcréditos. A buen seguro asistiremos, no tardando mucho, al espectáculo del microcrédito para fabricar zapatos, con sus préstamos, períodos de carencia y… embargos en caso de no devolución.

¡Ah, no, el Banco Grameen no embarga! El interés que establece a los préstamos que concede oscila entre el 4-5% y se jacta de que casi el 97% de sus préstamos son devueltos. Lo que no dice es que cada vez con mayor frecuencia quienes no pueden pagar recurren al suicidio, con tasas muy elevadas en Bangladesh e India, y, además, ahí está la presión del resto de prestamistas (ver el artículo de Sara Flounders en esta misma actualización del CEPRID) para que el pago se realice en el tiempo acordado puesto que, en caso contrario, ellos no recibirían más créditos.

Dado que el pago de los préstamos ha de hacerse de forma semanal, se termina pagando más interés que si fuese mensual y se llega en ocasiones hasta el 35%, puesto que el interés del 4-5% no es siempre lineal ni en todas las partes ni en todos los países donde actúa el Banco Grameen. Mucho para los pobres. Tal vez por eso desde que se puso en marcha esta iniciativa, hace ya más de 30 años, «el 64% [de los prestamistas] ha dejado ya el umbral de la pobreza», como se lee en la propaganda del propio banco. Pero ese 64% ¿no es poco para tanto tiempo? Desde luego, a este ritmo la meta de Yunus de ubicarse dentro de los Objetivos del Milenio de la ONU le va a llevar eso, un milenio.

Leyendo lo anterior uno puede llegar a pensar que gracias al Banco Grameen hay ya mucha gente que, con los microcréditos, se ha instalado en la clase media. Pero no. El hecho de haber abandonado «el umbral de la pobreza» en Bangladesh y en otros países donde actúa en banco de Yunus no quiere decir que ya no se siga siendo pobre, sino que no se es muy pobre, que no se está en la pobreza extrema. Desde luego, quien no se consuela es porque no quiere.

¡Larga vida a los pobres!

La iniciativa de Yunus ha sido bendecida en los sitios donde se ha conocido, especialmente en su país, Bangladesh, y en India. Las cámaras empresariales e industriales se han mostrado encantadas con esta iniciativa que muestra la cara amable del capitalismo o, como dicen en India, «muestra el corazón benevolente del feudalismo» y contraponen esta actitud de colaboración con el capital con la de quienes lo combaten, como es el caso de la guerrilla maoísta india, conocida como naxalita, que, en sus zonas de influencia, ha anunciado que amparará a los campesinos que tienen dificultades a la hora de pagar los préstamos bancarios ante las malas cosechas de los dos últimos años.

Según el bando maoísta «las cooperativas agrícolas, los bancos o los prestamistas no podrán imponer créditos superiores al 2% y si alguien, ya sea público o privado, incumple e intenta sacar más dinero de los agricultores será juzgado por un tribunal del pueblo» (5). Como es natural, los campesinos de zonas como Midnapore (Bengala Occidental) han acogido con júbilo la postura naxalita y han dejado de pagar sus préstamos a bancos como el State Bank of India, United Bank, Allahabad Bank, UCO y otros, que rápidamente han mostrado su disposición a «discutir» con los campesinos las condiciones de los préstamos crediticios.

El acuerdo Grameen-Adidas, tan bien acogido por el empresariado indio, llega en un momento en que en India se está desarrollando una importante ofensiva en varios estados (Chhatisgarn, Jharkhand, Bihar, Orissa, Bengala Occidental) contra la guerrilla naxalita y da la casualidad que esa ofensiva, denominada «Caza Verde», se centra en áreas ricas en minerales estratégicos como bauxita, níquel o carbón, por mencionar algunos donde multinacionales como Vedanta han puesto sus ojos desde hace tiempo. Un antiguo alto cargo de esta multinacional (y de Enron) es hoy el Ministro del Interior de India y, al mismo tiempo, es uno de los principales valedores de la presencia de las llamadas ONG en la zona donde se está desarrollando la ofensiva antimaoísta, puesto que «una vez desalojados los terroristas, hay que impulsar el desarrollo» y, además, las ONG y la llamada sociedad civil tienen que deslegitimar la lucha armada (6).

Resulta que ahora el Estado indio -como en Bangladesh Adidas al descubrir que hay muchos descalzos-, y sus grandes empresas se han dado cuenta que en esas zonas hay un «altísimo nivel de pobreza, bajo nivel de alfabetización, menor cobertura de agua potable y alto porcentaje de mujeres» (7) -este último dato es muy importante, las mujeres son las principales «beneficiarias» de los microcréditos en todo el mundo- por lo que se han puesto a la labor de «desarrollar» 33 distritos de la mano de las ONG una vez hayan sido «limpiados» de maoístas. Y, ni cortos ni perezosos, todos se han puesto a la labor. En Raipur la capital de Orissa, la multinacional Vedanta ha iniciado la construcción de un hospital contra el cáncer y financia una universidad. Los estudiantes que salgan de aquí no tendrán el menor rubor a la hora de certificar, con lenguaje académico y científico, que el cáncer no tiene nada que ver con la bauxita que extrae esta misma multinacional muy cerca de allí. Arundhati Roy, una de las pocas intelectuales comprometidas física y políticamente con los procesos emancipatorios, lo expresa perfectamente en uno de sus más recientes artículos (8) sobre el tema y por haber tomado partido contra un estado al que acusa de «policial» ha sido acusada, cómo no, de «connivencia con el terrorismo» y se ha iniciado una causa judicial contra ella.

Nadie quiere recordar que otras multinacionales indias como Tata (la fabricante de coches baratos) y Essan hicieron lo mismo que la Chiquita Brands en Colombia y otras en Honduras y Centroamérica: financiar a los escuadrones de la muerte y los paramilitares Salwa Judum (que se podría traducir como «Cazadores de la Paz»). Es la misma práctica capitalista en todas partes del mundo. Antes exterminaban físicamente cualquier tipo de disidencia política, militar, sindical, social, lo que fuese. Ahora ese exterminio es selectivo (véase lo que sucede en Honduras) y, sin abandonarlo, se apuesta por la «Responsabilidad Social Corporativa» de las empresas y la cooptación de los antaño «izquierdistas», hoy cómodamente ubicados en las ONG.

Los mismos que alaban el acuerdo Adidas-Grameen dicen a la vez que hay que abandonar «el letargo socialista», en referencia a las políticas pretendidamente sociales del gobierno indio. La Federación de Cámaras de Comercio e Industria de India ha publicado un informe -6 de febrero de 2010- en el que critica la pasividad del gobierno ante los naxalitas. Nada nuevo. La FCCII hizo lo mismo durante la etapa colonial británica. Su entonces presidente, Purshottamdas Thakurdas, consideraba un peligro para la libre empresa el desarrollo del movimiento obrero indio y abogó ante el Virrey inglés por suprimir de la legislación los derechos laborales existentes. Ahora pasa lo mismo en las Zonas Económicas Especiales, donde no hay derechos sindicales ni las multinacionales pagan impuestos, todo en aras del «desarrollo de las zonas atrasadas». Pero lo nuevo es que ahora este tipo de políticas van de la mano de las ONGs y la tan traída y llevada sociedad civil.

En India las ONG son buenas, los maoístas no. Y como donde manda patrón no manda marinero, las ONG han comenzado a desparramar por doquier la especie de la «teoría del sándwich», esa que dice que los pueblos tribales que habitan esas zonas donde ahora se desarrolla la ofensiva antimaoísta están «en medio de dos fuegos: la policía y los maoístas». Las ONG pasan, como la luz por el cristal, por encima del hecho de que durante los más de 50 años de independencia de la India si alguien se ha preocupado por el desarrollo y bienestar de estas zonas han sido, precisamente, los naxalitas.

La propia prensa burguesa, en sus escasas presencias en alguna zona liberada, ha tenido que reconocer que «el desarrollo en la zona de Mendinipur (Orissa) se está dando a un ritmo no visto al menos en 30 años: los maoístas han construido por lo menos 50 km de caminos de grava, cavado pozos, construido canales de riego y centros de salud» (9).

¿Por qué, entonces, son necesarias las ONG? Pues porque no cuestionan el sistema capitalista, sino que lo hacen más funcional. Eso, y no otra cosa es la Responsabilidad Social Corporativa, de Empresa u Organizacional (son diferentes los nombres, el objetivo es el mismo) puesto que sin prescindir del punto de vista estrictamente economicista o mercantil sirve para arropar con un manto cosmético, que no ético, de «cooperación», «desarrollo» e, incluso, «solidaridad» la nueva estrategia capitalista que se extiende desde Bangladesh a Bolivia, de India a Perú, de Angola a Filipinas y que consiste en desarrollar, con un lenguaje más actual, el paradigma de Milton Friedman, el padre del neoliberalismo: «la única responsabilidad social de la empresa es obtener beneficios». Si no fuese así, las empresas no estarían dándose codazos por participar en las ZEE, aceptarían los derechos sindicales, pagarían impuestos, renunciarían a explotar las zonas habitadas desde hace centenares de años por los adivasi, los awajún, los yukpa, los wayúu, etc. Pero no es el caso.

El Banco Grameen y Adidas lo han entendido muy bien. Son los pioneros y detrás de ellos ya hay otros muchos dispuestos a lucrarse, más aún, con la pobreza. Si para ello hay que promover una guerra, se promueve criticando con la boca pequeña los «excesos» aunque se pondrá siempre en la balanza «la violencia de unos y otros», eso de condenar la violencia «venga de donde venga» (los famosos «ni-ni») aunque la violencia de unos sea esporádica o de respuesta y la de otros sea estructural y suponga la muerte de 40 aldeanos al día en las zonas en las que, como en India ahora o antes en Perú, se pretende llevar a los pueblos tribales el «desarrollo».

Marx, en el Manifiesto del Partido Comunista, decía que «un espectro recorre el mundo; el comunismo» y que contra él todos los poderes de Europa habían establecido una santa alianza que iba desde el Papa al Zar, desde Metternich a los radicales franceses. Muy poco han cambiado las cosas desde entonces. Hoy los movimientos populares y de resistencia son combatidos por una santa alianza que va desde el Papa al rey -cualquier rey-, desde Ban Ki.Moon a la izquierda parlamentaria, desde las ONG a las multinacionales. Los imperialistas siempre encuentran aliados para atacar las propuestas revolucionarias y para defender sus «valores», su «desarrollo»; siempre encuentran alguien que defienda que es mejor eso que nada. Y ese alguien, como buen agente del capital, no se parará a pensar que, a lo mejor, para determinados pueblos no tiene ningún sentido el trabajar por un salario miserable como guarda de seguridad de una mina o una tienda. Y que la dignidad no se compra con zapatos.

Notas:

(1) Alberto Cruz: «Haití como exponente de la simbiosis militares-cooperantes» http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article735

(2) Esta información apareció recogida el 23 de marzo de 2010 en la edición del Deccan Herald de Mumbai (India).

(3) Europa Press, 31 de marzo de 2009.

(4) EFE, 5 de agosto de 2009.

(5) Hindustan Times, 17 de diciembre de 2009.

(6) Alberto Cruz: «La izquierda en India y su autopista hacia el infierno» http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article511

(7) Indian Express, 4 de febrero de 2010.

(8) Arundhati Roy, «Delhi tiene un nuevo enemigo para justificar una apropiación de tierras: los maoístas» http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article743

(9) The Telegraph, 24 de junio de 2009.

Alberto Cruz es periodista, politólogo y escritor.

[email protected]

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