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Europa escribe en los márgenes

Fuentes: Rebelión

¿Qué es Europa? ¿Cuál es el proyecto europeo? ¿Cuántos desplazamientos metonímicos caben bajo esta palabra? En este punto podríamos ser algo nietzscheanos sin dejar de ser marxistas, creo yo, y responder: lo que las fuerzas, lo que las clases, que tratan de apoderarse de este objeto quieran que sea (al punto se siente la necesidad […]

¿Qué es Europa? ¿Cuál es el proyecto europeo? ¿Cuántos desplazamientos metonímicos caben bajo esta palabra? En este punto podríamos ser algo nietzscheanos sin dejar de ser marxistas, creo yo, y responder: lo que las fuerzas, lo que las clases, que tratan de apoderarse de este objeto quieran que sea (al punto se siente la necesidad de aclarar que no es esta evidentemente la única línea de tensión entre las fuerzas en conflicto, ni siquiera hoy, tal vez, la dominante; es, en todo caso, más allá de micrologías, multitudes y movimientos líquidos, la línea en torno a la que construir eso que llamamos «hegemonía»). Lo que parece más claro es que para olvidar lo fundamental hay que estar hablando todo el tiempo, hay que llenar el espacio discursivo de significantes, hay que saturar mediáticamente el ambiente con sonidos, textos e imágenes con que suspender el pensamiento de un presente sin referencias, digámoslo así, de un instante absolutamente idiota ante el que una atención extenuada solo puede reaccionar con estupor.

Las instituciones políticas y económicas que gestionan el capitalismo europeo tienen todas las respuestas sin haberse hecho ninguna pregunta; no dejan de hablar todo el tiempo para ocultar que nunca pasa nada (quizá sería más exacto decir «solo pasa nada»), que la posibilidad del acontecimiento ha sido devorada por la velocidad con que se pliegan sobre sí mismos los momentos de acumulación y revalorización. Aparentan saber muy bien qué es Europa y cuál es su proyecto sin hacer memoria.

La Declaración de Berlín, publicada por el Consejo Europeo del 25 de marzo de 2007, es uno de los incontables ejemplos en los que se da respuesta a aquellas preguntas: aun citando vagamente y como de puntillas una historia «llena de sufrimiento y confrontaciones sangrientas», se afirma haber «aprendido la lección» superando contradicciones y divisiones artificiales (gracias al «ansia de libertad de las gentes de Europa Central y Oriental»), unificando Europa y fortaleciendo la democracia y el Estado de Derecho, tomando al » ser humano» como «centro de todas las cosas», cuya «dignidad es sagrada» y sus «derechos son inalienables». «Nos esforzamos por alcanzar la paz y la libertad, la democracia y el Estado de Derecho, el respeto mutuo y la responsabilidad recíproca, el bienestar y la seguridad, la tolerancia y la participación, la justicia y la solidaridad.» Y continúa esta feliz y luminosa yuxtaposición entre elementos que no parecen contener la más mínima sombra de contradicción entre sí ni respecto a la estructura económica en que se insertan (al menos, discursivamente): defensa de libertades y derechos, lucha contra el racismo y la xenofobia, lucha contra el terrorismo, la pobreza, el hambre y las enfermedades, promoción en el mundo de la libertad y el desarrollo…

Joseph Conrad, en El corazón de las tinieblas [i] , nos ofrece un «elocuente» y «vibrante» ejemplar de este tipo de discursos de «filantropía enmascarada» (según expresara en una carta), escrito por el agente comercial Kurtz, insuperable representación de las virtudes del doux commerce, cuando menos, por lo que hace a los intercambios entre una metrópoli y su colonia. Toda Europa participó en la educación del señor Kurtz y, sin duda, era portador de altas cualidades morales. El texto al que hacemos referencia estaba dirigido a la «Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes». Pasajes de este tenor: «Por el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos tener un poder benefactor prácticamente ilimitado», le hacían a Marlow, trasunto del propio Conrad, «imaginar una exótica Inmensidad gobernada por una augusta Benevolencia. Me hizo estremecer de entusiasmo. Este era el ilimitado poder de la elocuencia, de las palabras, de las ardientes y nobles palabras». Al pie de la última página, en los márgenes del discurso, una anotación «garabateada mucho después con mano insegura» expone lo que con ironía macabra el narrador define como un método para esta misión civilizatoria: ¡exterminar a todos los salvajes!

¿Qué lección ha aprendido «Europa»? ¿Qué lección podría aprender suspendida como está mediática y mercantilmente en la pura reproducción económica de una abstracción («liquidación abstracta», denominaba Martínez Marzoa al callejón sin salida del capitalismo en el que nos encontramos)? ¿Cómo proyectar, cómo pensar habiendo perdido la dimensión del pasado? Conocer es recordar, rememorar en dirección a una profundidad histórica y a una profundidad sincrónica. Europa, esa metonimia por la cual es designada como totalidad una pequeña parte de la población, rentista, propietaria, parasitaria del trabajo y la naturaleza, no ha aprendido nada. La memoria de Europa, como la de Kurtz, está donde la dejó Marlow: depositada «para su eterno descanso en el cubo de la basura del progreso, entre todas las heces y, metafóricamente hablando, todos los gatos muertos de la civilización». Europa sin memoria da mucho miedo. Günther Anders tiene razón: la irreflexividad es el mal, la época de lo monstruoso no ha pasado.

Cosas que habría que recordar: que, a pesar del contenido civilizatorio y las posibilidades de una modernidad construida por el trabajo bajo el látigo del capital, la perversa utopía del mercado mundial autorregulado, como enseñó Polanyi, es un delirio económico y un suicidio antropológico; que el capitalismo, como enseñó Marx, no puede avanzar sin socavar las fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el ser humano; que el imperialismo colonial, última fase del totalitarismo capitalista, sigue desangrando el mundo bajo el control de las multinacionales y los conglomerados financieros.

Kurtz representa lo monstruoso en dos sentidos. Uno es evidente: el de la violencia colonial, el racismo, las matanzas, la confiscación de bienes y tierras; el de unas prácticas que han ten ido su continuidad en el colonialismo sin colonos del capitalismo multinacional, «neocolonialismo sin bandera ni ocupación» [ii] , como lo denomina Marc Ferro en la introducción a El Libro negro del colonialismo (especialmente indicado para quienes, como también se dice en el mismo lugar, han leído a Hannah Arednt «con un solo ojo»).

El otro se aproxima a esta figura como una tipología humana perteneciente a ciertas condiciones de excepcionalidad antropológica en las que se imbrican la dimensión más profundamente biológica, podríamos decir en términos freudianos, las demandas pulsionales del ello -esas «fuerzas míticas, grandiosas en su indeterminación»- con situaciones de vacío normativo, de anomia, en las que esos sistemas de límites y mediación institucional y simbólica de la conducta humana que denominamos «cultura» dejan de regir. Kurtz carece de autocontrol, «su corazón estaba hueco». El choque entre la expansión colonial, entre «las furias del interés privado» y la viscosidad primitiva, primordial del río Congo, dominan a algo que no podríamos ya definir como propiamente humano, ateniéndonos a los argumentos del antropólogo Clifford Geertz: no es posible imaginar un ser humano sin cultura; eso, para mejor decir, ello, sería una especie de «monstruo informe, sin sentido de la dirección ni poder de autocontrol, un verdadero caos de impulsos espasmódicos y de vagas emociones». [iii]

Es una discusión de gran relevancia la de si existe o no cultura, y en qué sentido, en las sociedades contemporáneas. Como hipótesis: la forma mercancía ha corroído los sistemas culturales, las instituciones y los sistemas simbólicos, liberando la satisfacción de las pulsiones a través del mercado y de procesos de mediación tecnológica (principalmente, a través de la tecnología de la imagen, desplazando el valor del código lingüístico hacia el icónico, más primitivo). Nos interesa pensar si esta monstruosidad puede convertirse en tipología para las condiciones antropológicas de excepción que impone el capitalismo. «¿Podríamos dominar aquella cosa muda o nos dominaría ella a nosotros?»

Quizá fue durante la lectura de El río Congo, de Peter Forbath, o de una manera casual, que vi por primera vez la bandera del llamado ´»Estado Libre de El Congo», esa finca que el rey belga Leopoldo II tenía en África. Échenle un vistazo, ¿no es nuestra bandera, la de la Unión Europea?

NOTAS DEL AUTOR:

[i] Hemos empleado la edición de bolsillo de Alianza Editorial, 2002, con prólogo y notas de Araceli García Ríos.

[ii] «La expresión ‘neocolonialismo’ fue empleada por Nkrumah, primer ministro de Ghana (la antigua Costa de Oro) para definir ‘la situación de un Estado independiente en teoría y dotado de todos los atributos de la soberanía cuya política, en realidad, está dirigida desde el exterior. Esto significaba que las principales potencias imperialistas ya no estaban interesadas en controlar las colonias desde dentro, sino en ayudar a su desarrollo y en sustituir su presencia visible por un gobierno invisible, el de los grandes bancos: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc. […] …los países que pidieron esta ‘ayuda’ están hoy ‘atrapados’ a causa de la devolución de sus deudas. […] …en tiempos coloniales, las poblaciones dominadas sabían quién era su opresor extranjero, mientras que en la era de la mundialización su dependencia es anónima; sólo pueden culpabilizar a sus dirigentes, y cambiarlos, además, no varía en absoluto la dependencia respecto del mercado mundial» (El libro negro del colonialismo, pp. 39 – 41, La Esfera de los Libros, 2005, Madrid).

De nosotros habla este cuento. Países periféricos como Uganda o España (si bien, a diferencia de este país, aquel es un Estado soberano) deben tener muy presente el papel del sector financiero en el neocolonialismo. Esta cita es reveladora en ese sentido (p. 27): «Casi siempre fueron las altas finanzas las animadoras de la política imperialista, promoviendo intervenciones militares, menos para adquirir mercados o territorios que para constreñir a los dirigentes de los países prestatarios a restituir sus deudas (Egipto, Tunicia, Venezuela, etc.), aunque más tarde pudo seguir lo demás. Después de las independencias los bancos pudieron conservar este control, y hoy todavía en mayor medida que en los comienzos del neocolonialismo». Si América Latina se sacude de encima el yugo de la esclavitud por deudas, por el contrario los dirigentes de países del sur de Europa parecen sentirse cómodos unciendo a las poblaciones al capital financiero y exportador. El cornudismo de nuestra clase política (en ocasiones, auténticas castas que se perpetúan a través de siglos y regímenes) en su plegamiento a los deseos del capital alemán y un puñado de grandes empresas exportadoras será sufrido en nuestros apaleados cuerpos. Pero esta ha sido la norma en el (sub)desarrollo del Estado español: el doble juego del enemigo de clase interior y exterior: una oligarquía político-económica rentista y el capital financiero internacional del que aquella depende: una tipología propiamente colonial. No es de extrañar que aparezcan en el discurso de los países centrales formas de racismo aplicadas ahora, oportunamente, hacia los pueblos del sur de Europa, cuyo destino de protectorado, parque temático o zona de maquilas tiene su correlato en un argumentario de tipo colonialista, viniendo a afirmar, en las versiones más extremas pero extendidas, que los pueblos meridionales no son aptos para el progreso, que son perezosos, ingratos y poco fiables, que se hacen líos con las cuentas, son despilfarradores y gastan más de lo que tienen (pero, ¿el consumo a crédito que revitalizó al capitalismo durante los años 70 no se basaba en esto?).

La envoltura ideológica con que se está revistiendo este proceso en España produce una mezcla de sentimientos que van de la vergüenza a la tristeza, pasando por la rabia. Es insoportable el alud de tópicos, frases hechas y lugares comunes, barrocos eufemismos y estupideces guionizadas con que recubren cada «ajuste de cuentas» respecto al demediado Estado del Bienestar. Estos discursos, en cualquier persona que no fuese un «político profesional» (valga la extraña expresión), serían un índice inequívoco de debilidad mental. No causan mayor indignación porque, simplemente, no son escuchados. «En España tenemos, sobre todo, españoles». Barruntamos qué tipo de estupidez se pretende estar diciendo, pero en todo caso… ¡solo escribirlo causa sonrojo! Mariano, El Breve, es una auténtica catástrofe lingüística: escuchen, lean cómo tortura los participios, cómo arrolla las concordancias, cómo le retuerce el brazo a la sintaxis… (Apostemos sobre seguro: un gobierno tecnocrático, con la complicidad del P(SO)E, ocupará su lugar, presidido por… ¡Rodrigo Rato en el papel de Mario Monti para España! [¿Por qué no?, del delirio se sigue todo…] Las reformas y medidas del gobierno del Partido Popular pretenden sin duda sacar a la gente del agujero, pero por el otro lado, a base de hundirla más y más). Hablar de la corrosión del lenguaje no es una cuestión menor en el proceso de descomposición que estamos viviendo.

[iii] C. Geertz, del libro La interpretación de las culturas; citado por Eduardo Nivón y Ana María Rosas, «Para interpretar a Clifford Geertz. Símbolos y metáforas en el análisis de la cultura» (Revista Alteridades, 1991).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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