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La diabetes es más que un problema usamericano

Fuentes: Znet

Traducido del inglés al castellano por Germán Leyens, miembro del colectivo de traductores de Rebelión y asimismo de Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística ([email protected]). Esta traducción es copyleft

La serie del New York Times sobre diabetes en la Ciudad de Nueva York de esta semana suministra mucha información sobre la silenciosa epidemia de enfermedades crónicas causada por nuestra cultura sedentaria, de comida basura. Pero la diabetes no es sólo un problema usamericano. También se propaga rápido al resto del mundo.

Pensamos en McDonald’s como si fuera un restaurante usamericano, pero de los cinco McDonald’s nuevos que abren sus puertas en todo el mundo cada día, cuatro están ubicados más allá de nuestras fronteras. Coca-Cola es la bebida usamericana por excelencia, pero esa compañía ha estado comprando licencias de agua en países pobres – muchos de los cuales están todavía privados de agua potable segura – donde venden gaseosas por menos del precio de un vaso de agua limpia. En África, el principal empleador no es una compañía minera o una firma agrícola, sino Coca-Cola.

Como ha mostrado ampliamente la serie del Times, nuestra salud sufre cuando nos basamos en comida basura y en bebidas azucaradas para mantenernos. Pero en sitios donde proliferan la desnutrición y la pobreza, las ramificaciones son aún más profundas.

En los países occidentales la transición de una penosa desnutrición a la actual cornucopia de comida basura ocurrió durante siglos, con el resultado feliz de que nuestras sociedades pudieron controlar enfermedades infecciosas propagadas por el hambre y la pobreza antes de enfrentar las enfermedades causadas por dietas ricas en calorías, incluyendo la diabetes, la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Como sabe cualquiera que ha visto los KFC y los Pizza Hut surgiendo como hongos en las callejuelas de Mumbai y de Ciudad del Cabo, ese lapso no tuvo lugar en los países en desarrollo. Lo que los expertos llaman la «transición nutricional» ocurre dentro de una sola generación.

Según una investigación reciente, madres desnutridas tienden a criar bebés predispuestos a almacenar el exceso de energía como grasa. Es una útil ventaja adaptable en comunidades en las que las calorías son a menudo escasas, que posibilita que los bebés sobrevivan déficits nutricionales. Pero cuando esos bebés crecen para consumir dietas de estilo occidental repletas de alimentos grasos, azucarados, ese beneficio se convierte en una maldición letal, llevándolos a acumular grasa adicional que causa enfermedades con más rapidez que normalmente.

Y así, pisándole los talones a las compañías multinacionales de bebidas gaseosas y de comida basura ha venido una epidemia de enfermedades crónicas.

En la actualidad, cuatro de cinco personas que fallecen como consecuencia de enfermedades crónicas incomunicables como diabetes y enfermedades cardiovasculares no mueren en Nueva York o en California sino en países en desarrollo, según la Organización Mundial de la Salud. Más indios y chinos sufren de enfermedades cardiovasculares que usamericanos, japoneses y europeos en conjunto.

La diabetes y la enfermedad coronaria son epidémicas en India, que tiene la mayor concentración de enfermos de diabetes del Tipo II del mundo. En algunas áreas de África, hasta uno en cinco sufre de diabetes. Casi 20 millones de africanos sufren de hipertensión. Peor todavía, mientras la diabetes en los países ricos es sobre todo una condición de personas de edad mayor, en los países en desarrollo la enfermedad ataca a los que se encuentran en la mejor edad, entre cuarenta y cinco y sesenta y cinco, reduciendo su expectativa de promedio de vida en diez a quince años.

Para los países en desarrollo que apenas se mantienen a flote en el torrente de la desnutrición, la infección con el VIH, la malaria, y la tuberculosis, «las implicaciones para la salud pública de este fenómeno son tremendas,» señala la OMS,»y ya se están haciendo aparentes.»

La era de los préstamos condicionados del FMI y del Banco Mundial, que impusieron el desmantelamiento de muchas infraestructuras sanitarias de países endeudados, tiene parte de la culpa. En Zaire, por ejemplo las medidas de «recuperación económica» del Banco Mundial y del FMI exigieron que el gobierno recortara sus gastos en servicios sociales – en un solo año, el gobierno despidió a más de 80.000 maestros y médicos. En Zambia, después de dos años de esos programas, la condición nutricional y sanitaria de los niños se ha derrumbado: canarios en una mina de carbón. La mortalidad infantil aumentó un 25% mientras que la expectativa de vida cayó de 54 a 40 años. En Argentina, las vacunas contra la poliomielitis y DPT disminuyeron en cerca un 25% entre 1992 y 1998, y en toda Latinoamérica, enfermedades previamente controladas como el cólera y la fiebre del dengue reaparecieron a niveles epidémicos. El flujo de pacientes a las clínicas y hospitales en Nigeria, Kenia y Ghana disminuyó radicalmente, reduciéndose a la mitad dentro de días después de la imposición de nuevas tarifas. «Antes, todos podían recibir atención sanitaria,» señaló un paciente de un país en desarrollo. «Ahora cada cual sólo ruega a Dios que no se enferme porque en todas partes exigen dinero.»

Los acuerdos de comercio global forjados durante los años noventa facilitaron el ingreso de fabricantes de gaseosas y de compañías de comida basura a los mercados emergentes del mundo en desarrollo. Y funcionarios occidentales han debilitado de buen grado la protección de la salud pública en los países en desarrollo cuando parece obstaculizar los intereses empresariales de USA. A mediados de los años noventa, por ejemplo, funcionarios del Departamento de Estado de USA obligaron a Guatemala a eliminar una ley muy elogiada que salvó la vida de numerosos infantes. La ley prohibía el uso de imágenes de bebés regordetes en los envases de preparados para biberón de infantes, que tendían a alentar a madres analfabetas a que dejaran de dar el pecho a sus bebés, prefiriendo la alimentación con preparados para biberón, lo que en áreas de acceso esporádico a agua potable terminaba a menudo por matar a sus niños. Pero cuando el fabricante de alimentos para bebés Gerber objetó a la ley, funcionarios del Departamento de Estado amenazaron a Guatemala con sanciones comerciales. Guatemala terminó por desvirtuar la ley.

El acceso a medicinas baratas para encarar estos males es escaso. Las compañías farmacéuticas multinacionales, ansiosas de lograr acceso a los crecientes mercados de países como Brasil e India presionan a estos gobiernos para que tomen medidas contra productores locales baratos de medicinas que vender por debajo de sus precios. El problema es especialmente agudo en India, donde leyes de patentes de la era de los años setenta protegían sólo el modo como se hacían los productos, no los productos en sí. Esa medida había permitido que fabricantes farmacéuticos locales rediseñaran la producción de medicinas para fabricar copias de aquellas de marca a una fracción del coste.

Los mayores fabricantes de medicinas indios como Cipla y Ranbaxy, han reconstruido algunas de las más importantes medicinas de los tiempos modernos, reduciendo el coste del tratamiento del SIDA de 15.000 dólares al año con medicinas de marca patentadas, a sólo unos cientos de dólares. Lo que es más, soslayando las escaramuzas de las compañías de marca para los que la combinación de sus medicinas con las de sus competidores es tan probable como si Coca Cola incluyera una botella de Pepsi en su paquete de seis, los industriales farmacéuticos indios asociaron varias medicinas diferentes para el VIH en píldoras combinadas que podían ser administradas en dosis simples, una por día. Pero cuando organizaciones sanitarias sin fines de lucro y grupos activistas en el mundo en desarrollo comenzaron a importar las baratas drogas genéricas hechas en India, los gigantes occidentales de la medicina que habían patentado los ingredientes desataron una tormenta de protesta. En 1998, 39 compañías farmacéuticos multinacionales demandaron al gobierno surafricano por permitir que las medicinas baratas entraran al país. En 2005, India, junto con otros países en desarrollo obligados a respetar los acuerdos de la OMC, fue obligada a reforzar sus laxas leyes sobre patentes, instituyendo en su lugar una protección por 20 años para patentes de productos farmacéuticos y otros. La vibrante industria de medicinas genéricas – y las medicinas baratas que suministraba – han sido paralizadas.

Por estas y otras razones, cuando comenzamos a encarar el mortífero legado de comida basura y gaseosas hiper-vendidas en el país, deberíamos recordar que los problemas no terminan en el Burger King de la esquina. Hemos extendido los problemas más allá de nuestras fronteras, donde su efecto tiende a ser mucho peor.

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El nuevo libro de Sonia Shah «The Body Hunters: Testing New Drugs on the World’s Poorest Patients» va a aparecer en julio de 2006 en The New Press. Una edición en rústica completamente puesta al día de su libro de 2004 «Crude: the story of oil» aparecerá en abril de 2006.

http://www.zmag.org/sustainers/content/2006-01/25shah.cfm

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