Introducción
Esta guerra, más que bélica y regional, es económica y global, puesto que no afecta solo a la región de Oriente Medio, sino que está teniendo repercusiones mundiales en la economía de los países.
La prepotencia dictatorial global de los Estados Unidos
El punto fuerte de la economía de EE. UU. no es la economía real, sino la economía especulativa privada: una economía ficticia y cortoplacista que no genera bienes ni servicios, sino crecimiento de la deuda. Crece a base de inflar y comerciar con deudas. Por eso, EE. UU. es el país más endeudado del mundo. La economía especulativa privada de solo dos empresas, BlackRock (EE. UU.) y Vanguard Group, gestionó en 2025 más de 21 billones de dólares en activos, cifra superior a los 6,7 billones de la Reserva Federal en ese mismo año.
En cuanto a la producción de mercancías reales en EE. UU., predomina principalmente la industria armamentista privada (Lockheed Martin, General Dynamics, Boeing, Northrop Grumman, etc.), cuyas reservas económicas, en conjunto, se acercan a las de la Reserva Federal. Estas empresas abastecen al complejo industrial-militar estadounidense. Por ello, EE. UU., influido por estos intereses, insiste en provocar guerras de forma continua en todo el mundo.
El siglo XXI no es el mismo que el siglo XX, en el que EE. UU. obtuvo gran beneficio de las dos guerras mundiales, hasta el punto de convertirse en una potencia hegemónica global al final del siglo. Por este motivo, esta nación se volvió cada vez más prepotente y agresiva, considerando que el mundo —y no solo su “patio trasero”— era su cortijo, en el que podía actuar a su antojo, imponiéndose, mandando, agrediendo e interviniendo dictatorialmente en todas las naciones, y matando o secuestrando a los presidentes que no le gustan.
Sin embargo, esta gran arrogancia del imperio ha generado crecientes enemistades: la UE (particularmente Dinamarca) y muchos de sus antiguos aliados, incluido quien fue su inseparable socio, Netanyahu, han comenzado a actuar de forma autónoma, como en los ataques a Irán sin coordinación previa con el antaño incondicional socio gringo.
Cambio de hegemonía
Desde que apareció el grupo económico-comercial BRICS, se ha dado la circunstancia de que la economía y las relaciones comerciales internacionales de Estados Unidos han pasado a segundo plano. Este grupo comercial internacional se inició con Brasil, Rusia, India y China; en agosto de 2023 se sumó Sudáfrica; después, en 2024, entraron como socios de pleno derecho cuatro nuevos países: Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía e Irán; y, en enero de 2025, se incorporaron como miembros asociados trece países más: Argelia, Bielorrusia, Bolivia, Cuba, Indonesia, Kazajistán, Malasia, Nigeria, Tailandia, Turquía, Uganda, Uzbekistán y Vietnam. Como consecuencia de ello, el grupo representa ahora el 40,4 % de la riqueza producida en el mundo y el 51 % de la población mundial (unos 3.600 millones de habitantes), diez veces más que la población de la “anglosfera”. Por último, el Banco Internacional de los BRICS supera con mucho al FMI en la cantidad de préstamos y en la calidad de los fondos.
Además, la mayor parte de los BRICS se encuentran unidos en un macrocontinente euroasiático, lo que facilita un comercio de relativa cercanía al no tener que atravesar enormes océanos, como sí se ve obligada a hacer la enorme “isla” de los EE. UU. Al comienzo de la guerra de Ucrania, todos decían que Rusia se iba a quedar muy debilitada y sola, pero quien se ha quedado solo y muy debilitado ha sido EE. UU. Se está quedando aislado del resto del mundo, muy alejado, detrás de dos inmensos océanos y con el rechazo colectivo de sus anteriores socios.
Toda esta panorámica ha inquietado fuertemente al antiguo sistema del imperio estadounidense, comandado por el Israel sionista y los Estados Unidos evangelistas. Están buscando provocar una Tercera Guerra Mundial nuclear que destruya a sus adversarios, aunque su victoria no sea más que una victoria pírrica, lo que se ha dado en llamar “efecto Sansón”, en el que el imperio moriría con todos sus filisteos.
Pero EE. UU. inició la guerra
Y ya prendieron la mecha Israel y EE. UU. con el no anunciado ataque a Irán el 28 de febrero de 2026. Pero, o se equivocaron o no les importó crear en el estrecho de Ormuz, ese lugar tan geoestratégico, un foco de destrucción económica de dimensiones globales. En efecto, por este estrecho pasa el 20 % del petróleo y el 20 % del gas que consume el resto del mundo, lo que asciende a 20 millones de barriles al día. Por ejemplo, Europa depende en un 14 % de este gas natural. Y no solo se trata del petróleo y del gas: también pasan por este cuello de botella ingentes cantidades de urea y amoniaco, imprescindibles para fertilizar los campos de múltiples países, sobre todo africanos. Si se prolonga el cierre del estrecho, se puede producir una situación mundial de hambruna, con millones de muertes por inanición.
Los originadores de la guerra, EE. UU. e Israel, tal vez no contaron con que la distancia jurisdiccional internacional de las aguas costeras es de 12 millas náuticas (unos 22,2 km) y que el estrecho de Ormuz tiene 30 km de ancho en su parte más angosta. Así que, prácticamente, las aguas del estrecho pertenecen a la jurisdicción de Irán y, si quiere, está en su derecho de permitir, o no, que los petroleros pasen por “su casa”.
Pese a ser el agredido, Irán también tiene responsabilidad al no considerar la prácticamente insalvable tragedia mundial que se produciría al cerrar este estratégico estrecho de Ormuz. Y, por si fuera poco, también los hutíes amenazan con cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb, paso indispensable para los cargueros que salen de costas africanas y asiáticas y que van o vienen del canal de Suez por el mar Rojo.
Asimismo, Irán tiene una gran responsabilidad al planificar, en un futuro próximo, la destrucción de todas las desalinizadoras de los países del Golfo. Si lo lleva a cabo, se originará un tremendo desastre humano, ya que un alto porcentaje (aproximadamente un 70 %) de la población de Oriente Medio depende del agua desalinizada, pues sus territorios no tienen ríos ni agua potable. La reconstrucción de estas desalinizadoras requeriría mucho tiempo y grandes inversiones. Y, si no disponen del petróleo indispensable para su funcionamiento a causa del cierre del estrecho de Ormuz, tampoco podrán producir agua potable.
Además, EE. UU. se encuentra en una contradicción vital: las petroleras norteamericanas están asociadas, con fuertes vínculos, al Consejo de Cooperación del Gofo [1]. Si el flujo de petroleros se vuelve imposible por los estrechos de Ormuz y de Bab el-Mandeb, estos socios podrían enfrentarse a EE. UU. por llevarles desastres en vez de la defensa, la seguridad y el desarrollo económico prometidos en el mencionado Consejo de Cooperación del Golfo. Por ello, sin socios petroleros y sin petrodólares, la economía estadounidense puede llegar a desplomarse. Este problema ya ha tenido sus consecuencias. En pocas semanas, el precio del barril de crudo casi se ha duplicado, llegando a superar, en algún pico, los 120 dólares.
Así que los componentes más básicos de esta guerra son económicos y mundiales.
Una guerra de desgaste económico
Además, sucede que el balance de quién puede ganar la guerra es también un tema económico internacional, en el que se enfrentan dos sistemas económicos diferentes. EE. UU. apuesta por producir bienes cada vez más caros, que es lo que impone el comercio de la propiedad privada en el neoliberalismo. Por el contrario, el bloque de los BRICS se decanta por producir con precios cada vez más baratos.
Esto también tiene componentes en el tablero bélico. Por cada dólar que gasta Irán en un dron, EE. UU. gasta 60 dólares en derribarlo. Lo que está haciendo EE. UU. en esta guerra es tratar de matar mosquitos a base de bombazos. Eso es inasumible económicamente.
Por ejemplo, EE. UU. disparó 800 misiles Patriot en apenas dos semanas; cada uno de ellos cuesta 2.400 millones de dólares. Estas desorbitadas cifras provienen del sufrido contribuyente; es decir, implican una reducción drástica del gasto en escuelas, hospitales y servicios sociales, entre otros.
Mientras que Occidente ha venido produciendo poco y vendiendo cada vez más caro, Oriente, principalmente Rusia, China e Irán, viene, desde hace bastante tiempo, produciendo y vendiendo mucho y cada vez más barato. Pongamos algunos ejemplos: Rusia, desde hace mucho tiempo, se dedicó a producir y vender abundante energía fósil barata a Europa. China es, en Occidente, famosa por sus bazares baratísimos y muy abastecidos y, recientemente, ya está produciendo y vendiendo coches eléctricos a mitad de precio que los occidentales. Irán produce y vende drones 60 veces más baratos que los misiles de Occidente.
A esta situación hay que sumar que, en Occidente, la economía real no deja de ser sustituida por la economía especulativa, que no produce bienes ni servicios, sino solo deuda y brecha social. Y a esto es a lo que llaman pomposamente “los valores de Occidente”. Creo que, en Occidente, los únicos valores que existen son los valores en bolsa y los derivados del expolio colonialista.
A todo este desastre de la economía estadounidense también hay que añadir que el antaño hegemónico “petrodólar”, como consecuencia del uso creciente de otras monedas por parte de los BRICS, está perdiendo su posición dominante. Y, debido a los problemas derivados de Ormuz, puede considerarse prácticamente muerto.
Por su parte, a Irán le interesa prolongar la guerra para conseguir hundir al tándem Trump-Netanyahu en un insoportable agotamiento económico. Pero las guerras prolongadas normalizan las profundas penurias de la guerra. Normalizan lo anormal y hacen que la gente, pese a su situación desesperada, pase, con el tiempo, a ver esa anormalidad como algo normal. Y la gente está dispuesta a aguantar con resiliencia si ve algún vestigio, aunque sea lejano, de un objetivo claro; pero, cuando el conflicto llega a un límite, empieza a pensar: «¿Para qué sirve este sacrificio?», y comienza a sublevarse, aunque esto, muchas veces, no sea cuestión de meses, sino de bastantes años.
¿Y porque no fabrica USA armamento barato?
EE. UU. no fabrica armamento barato, al menos por dos motivos básicos:
a) Los misiles eran, en el siglo XX, las principales armas (caras) para combatir a la Unión Soviética. Y todo el sistema de producción armamentística de EE. UU. está aún pensado para este tipo de producción.
b) Si EE. UU. empezara a producir armas cada vez más baratas, se destruiría su economía, basada en buena medida en la producción armamentística muy cara; y, sobre todo, quebrarían las empresas mencionadas de la industria armamentista privada (Lockheed Martin, General Dynamics, Boeing, Northrop Grumman, etc.). Así que EE. UU. está condenada, de por vida, a construir armas carísimas, aunque le cueste perder la guerra.
Este será el principal motivo por el que EE. UU. terminará perdiendo en una guerra de desgaste económico prolongada. Por ejemplo: Black Rock aportó medio billón de dólares en la guerra de Ucrania y fracasó porque los drones iraníes eran mucho mas baratos y por eso muchos mas numerosos.
Pero me queda una duda, una reflexión final: si países como China o Rusia producen cada vez más y más barato. Podemos preguntarnos: ¿cómo afectará y acelerará, a largo plazo, todo esto al agotamiento de recursos, al aumento de la contaminación, al calentamiento global y a la desaparición de la vida en la biosfera? Esperemos que esta atrocidad se consiga superar al lograr pasar del productivismo-consumismo innecesario y suicida a la producción y consumo mesurado e indispensable, destinado a todos, y no solo a una elite dominante y esquilmadora. Que nadie pague con su trabajo y su economía las ambiciones de unos pocos. Que se acabe con la brecha económica hoy en acelerado aumento.
Nota:
[1] El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) es una organización política y económica regional creada en 1981, conformada por seis monarquías árabes: Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar, Omán y Baréin. Su sede se encuentra en Riad, Arabia Saudita, y su principal objetivo es coordinar políticas de defensa, seguridad, desarrollo económico y fomentar la integración tecnológica y energética en la región del Golfo Pérsico
Julio García Camarero es doctor en Geografía por la Universidad de Valencia, ingeniero técnico forestal por la Universidad Politécnica de Madrid, exfuncionario del Departamento de Ecología del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias y miembro fundador de la primera asociación ecologista de Valencia, AVIAT.
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