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La impunidad nuestra de cada dia

Fuentes: Rebelión

Quienes dicen que somos un pueblo nostálgico y silencioso, -y cuando lo decimos nosotros/as mismas- deberían conocer bien nuestra historia. Una historia que hasta comienzos del siglo XX estuvo marcada por la lucha entre blancos y colorados, con insurrecciones varias, como en el resto de América Latina, para luego ir pacificándose durante el gobierno -y […]

Quienes dicen que somos un pueblo nostálgico y silencioso, -y cuando lo decimos nosotros/as mismas- deberían conocer bien nuestra historia. Una historia que hasta comienzos del siglo XX estuvo marcada por la lucha entre blancos y colorados, con insurrecciones varias, como en el resto de América Latina, para luego ir pacificándose durante el gobierno -y la ideología- de don Pepe Battle y Ordóñez. Hombre moderno y con gran capacidad para defender los intereses de la burguesía urbana, marcó desde ese momento el comienzo de una etapa signada por el pacto social entre los actores de toda la sociedad incluyendo una poderosa capa media. Tan fuerte fue la mentalidad que nos marcó, que hasta mediados de los sesenta, y más allá de gestas importantes de la clase obrera luchando por sus reivindicaciones, más allá del golpe de Terra, Uruguay fue el país modelo de la «convivencia pacífica» y de la civilidad, tiñendo a la sociedad de un sentimiento de excepcionalidad con respecto al rest o del continente. Nuestra mirada vagaba hacia la Francia culta, y en menor medida hacia el norte rico, saqueador de toda Centroamérica pero ariamente «democrático» hacia adentro.

Ni la intromisión del Fondo Monetario Internacinal en 1959 nos despertó de esa «larga siesta cívica» dijera Benedetti. La subjetividad de los uruguayos medios era más resistente que la realidad sobre la que pisaban. Nos seguíamos sintiendo la democracia más perfecta de América Latina.

Se nos vino el segundo battlismo, más rapaz que el primero, tambaleaba ya el pacto social, comenzaron las primeras manifestaciones estudiantiles por la autonomía de la Universidad, las luchas frigoríficas entre otras, los gobiernos blancos que consolidaron el poder de los terratenientes, y trepando sobre votos ajenos aterrizó Pacheco Areco, quien le abriría la puerta a la tutela directa de Estados Unidos, y aplicaría a rigor dos constantes: la explotación de los trabajadores y la represión. Esa fue la primera dictadura constitucional que viviría nuestro pueblo.

Ya creada la CNT (Convención Nacional de Trabajadores), los conflictos sociales se convirtieron en el pan de todos los días. La enorme movilización popular, encabezada por algunos sindicatos clasistas, el surgimiento de formas armadas de hacer política en la izquierda y la creación, en 1971 del Frente Amplio, fueron la resistencia a la imposición desde el norte a la dictadura del capital internacional. Todo terminó en el golpe militar de 1973 y en la gloriosa huelga general. Por unos 20 años se disipó ese sentimiento de excepcionalidad y civilidad que tuviéramos históricamente. Nos envolvió la tristeza y el silencio.

Estamos a 32 años de ese 1973. Aunque quisiéramos encajonarlos y borrarlos de nuestra memoria, no podemos. Porque junto al terrorismo de Estado nació un nuevo sentimiento desconocido hasta entonces: la impunidad. Todo lo que era impensable que surgiera en este país, surgió: desaparecieron el parlamento, los partidos políticos, la Universidad, los sindicatos, la libertad de reunión, pero más importante que todo, desaparecieron personas: en el exilio, en las cárceles, en los centros de tortura. Algunos desaparecidos no volvieron más. Otros regresaron al final de la dictadura, al abrirse las puertas de la cárcel, al reunirse nuevamente las familias. Pero no eran los mismos. Sus caras estaban marcadas por el terror vivido, al igual que la del resto de los y las uruguayas. El silencio siguió reinando, porque los culpables de la dictadura seguían libres, intocables, tutelantes. Nuevamente la impunidad nos estaqueaba. ¿Cómo hablar de lo vivido? ¿Con qué palabras? ¿Quién estaba dispuesto a escuchar? ¿Quién no había vivido el miedo?

La ley que consagró la impunidad reforzó como plancha de acero este sentimiento. Es difícil realizar duelos en un país donde tantos siguen llorando por sus muertos y por sus libertades perdidas, donde ni los restos de nuestros desaparecidos descansan en paz, y más aún cuando los gobiernos que siguieron a la dictadura no sólo permitían que los torturadores y asesinos siguieran gozando de su fuerza y privilegios, sino que se unieron a la fuerza de ellos, robando, corrompiendo, mintiendo sobre nuestra historia reciente, golpeando cada vez más duro contra los y las excluídas del sistema, lacayeando cada vez más las botas del imperio. Y el pueblo silencioso. Las heridas del terror vivas, nos acostumbramos a vivir ninguneados, maltratados, esperando una nueva bofetada en cualquier rincón del camino. Sí, nos volvimos grises y silenciosos.

La impunidad entra en todo nuestro accionar: no sólo nos censuran sino que nos auto censuramos. No sólo nos roban sino que nos dejamos robar sin protestar. Nos llaman antipatriotas y entre nosotros nos acusamos mutuamente de ultra radicales y de reformistas. Hablan de modernización y nos llaman dinosaurios. Criticamos a los gobiernos de turno pero en reuniones de boliche, en familia, cosa que no nos oigan. Porque para volver a ser excepcionales, cultos y demócratas, debemos esconder nuestra ideas de liberación reales, nuestra aprobación al pasado militante . Debemos ser cuidadosos. Dejarle a alguna prensa valiente la tarea de denunciar, de investigar, de fijar opinión, para no exponernos individualmente al miedo. A lo máximo hacer fuerza y votar para que gobierrne una alternativa progresista, una fuerza pacificadora y a la vez rodeada de un manto mágico que nos libere de. esa impunidad.

Y esa fuerza progresista, vistió el país de rojo, azul y blanco y de muchas promesas (pero «con paciencia»). El pueblo en masa ganó las calles, la alegría, la esperanza. Nuevamente en nuestro imaginario somos el país de la «convivencia pacífica», de la excepcionalidad, de la civilidad. Subjetivamente nos estamos liberando. como lo quiso y lo llevó adelante José Battle y Ordónez.

Cuando se comienza a «limpear» de corrupción a la administración pública, sentimos un peso menos sobre el pecho. Cuando comienzan las excavaciones buscando los huesos de nuestros amados, otra cascarita de impunidad cae. Cuando la justicia actúa, volvemos a sonreír a nuestras anchas. Nos sentimos únicos, miramos por el costado a nuestros vecinos argentinos y brasileros, trabados en sus progresismos, y decimos «el Uruguay es distinto». Somos unos crack. Vuelve la garra charrúa.

Vázquez dije, en su asunción de mando, que volveríamos a ser sujetos sociales. Llamó a la participación. Al no explicar cómo se organizaría esa participación, todos y todas nos vimos poniendo el hombre en asuntos de estado, en planes de emergencia, en la recolonización de nuestro campo . porque por un rato otra gran cáscara de impunidad se nos desprendió del cuerpo. Y aunque sabemos que el programa económico y financiero que lleva adelante el gobierno es un corset que nos va a limitar enormemente en nuestra libertad laboral, en nuestra dignidad de vida, en las oportunidades de futuro para nuestros hijos y nietos, igual apoyamos ciegamente. Es que ya volvimos a ser «únicos» y, lo que es más, magos. Transformamos a un frente policlasista en nuestra estrategia, para algunos la final.

Pero ya a casi tres meses de asumir el progresismo, hay sentimientos de miedo, de preocupación, de disgusto en algunos casos, que nos hacen volver a hablar en voz baja de vuelta, por aquello que todo lo que se diga en contra del conglomerado Frente Amplio es casi una traición, llevada a cabo por «radicales o anarcos», dijera el actual Ministro de Trabajo E. Bonomi, descalificando supuestamente con eso a todo discrepante. Estamos en un santuario llamado FA/EP/NM, y lo que se hable públicamente debe ser políticamente correcto, es decir, nada que pueda «hacerle el juego a la derecha».» ¿No quieren acuerdo social? Entonces quieren confrontación. ¿Quieren aborto legal? Entonces no son humanistas y que la ciudadanía que insista en esto se las arreglenselas como pueda. ¿Quieren al Dr. Leonel Briozzo de vuelta? Entonces, en vez que apoyarlo convénzanlo para que cambie su postura frente a los medicamentos abortivos. ¿No quieren corrupción? Entonces olvídense que el secretario de la Presidencia, Dr. Gonzalo Fernández es abogado particular de varios deudores del Estado, entre ellos la cadena La Pasiva. ¿Quieren Plan de Emergencia? Esperen sin impaciencia, ya empezamos con casi 10.000 personas. Algo es algo. ¿Insisten en el referendum por el agua? Entonces aquí va un decreto, aunque sea inconstitucional» Y así podríamos seguir. Los y las que no somos de la «interna» frenteamplista no sabemos de qué hablamos cuando criticamos. Mejor callarnos. Así piensan algunos de nuestros representantes.

Eso también es impunidad.

Eso también es crear iedo a disentir y fomentar nuevamente el silencio.

¡Si será necesario que nos juntemos para combatir esa impunidad! Lo que hemos vivido solas y solos puede habernos creado infinitos temores y miedos a hablar, a criticar positivamente, a movilizarnos, pero si este temor es expresado, combatido colectivamente, lo transformaremos en un gran coraje. Ese es el dilema actual. Sólo así seremos ciudadanos y ciudadanas libres.

 Publicado en Voces del Frente