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Uruguay

Nosotros, los experimentales

Fuentes: La República

La perspectiva política latinoamericana para lo que se avecina, si bien no es ni homogénea ni alienta expectativas de transformaciones radicales, permite prever cierta consolidación y alguna expansión del progresismo, tal como refirió el experto periodista internacional Niko Schvarz en un reciente artículo de opinión en este diario. Desde una panorámica que abstraiga las composiciones […]

La perspectiva política latinoamericana para lo que se avecina, si bien no es ni homogénea ni alienta expectativas de transformaciones radicales, permite prever cierta consolidación y alguna expansión del progresismo, tal como refirió el experto periodista internacional Niko Schvarz en un reciente artículo de opinión en este diario. Desde una panorámica que abstraiga las composiciones concretas de los progresismos mayoritariamente triunfantes -y los crecientemente desafiantes, en otros casos- respecto a las derechas con las que confrontan, es probable esperar una extensión de la tendencia, que habiendo surgido del sur del continente con el amanecer del siglo, hoy parece encontrar emergentes proporcionales en varios países centroamericanos, aún con sus límites y su eventual juventud. No sin riesgos, violencias o dificultades. Sin una cartografía de los grandes alineamientos y construcciones políticas de cada país, se dificulta seriamente la concepción de estrategias nacionales que contribuyan a profundizar las conquistas progresistas nacionales y con ellas las de la región, con todas sus desigualdades y matices. Tanto como se dificulta el trazado de las alianzas a cultivar e incentivar. El repaso permanente de la realidad latinoamericana, contribuye a enfatizar la necesaria comparación con el resto del mundo, signado casi excluyentemente por la vigencia hegemónica del neoliberalismo, la violencia y la barbarie. Desde una perspectiva histórica, éste es el mejor momento de la historia de América Latina, aún con su inconclusa descolonización y modernización plena. Pero ante esta apretada síntesis (que no debe desalentar el análisis crítico de cada experiencia nacional con sus límites y contradicciones) surge inevitablemente el interrogante acerca de cómo conservar lo logrado, profundizar los cambios y estrechar aún más los lazos. Me adelantaré a concluir que no es con continuismos acríticos, molicie y espíritu timorato, sino con renovación, experimentación y radicalización, siempre desde adentro, desde el interior de la experiencia progresista, allí dónde la hay -y no son pocos los casos- en nuestro subcontinente.

En Uruguay particularmente, sin que se avizoren grandes amenazas a la continuidad progresista desde la -ya desembozadamente unificada- derecha, los signos de mengua, desánimo y conservadurismo provienen de las entrañas del movimiento gobernante, el Frente Amplio (FA). No será la primera vez que lo señale desde estas páginas, pero esta esclerosis, se veía parcialmente mitigada por cierto dinamismo de los movimientos sociales ligados al FA, la gran diversidad de sus corrientes constitutivas organizadas y la apelación a la memoria histórica con sus luchas y modelos organizativos en la resistencia. Pero la proximidad de las elecciones internas, ha llevado el conservadurismo al rango de doctrina oficial. La última -y extrema- expresión de ello fueron las opiniones del Presidente Mujica en un reportaje que concedió a este diario, en el que reconoció que no tiene empacho en decir que espera que su compañero Tabaré Vázquez sea el futuro presidente, y en el que aclaró, textualmente: «quiero recordar que para ello no hay cursos en ninguna facultad. La acumulación de experiencias, el haber estado cinco años al frente del país, como le pasó a don José Batlle y Ordóñez, le permitirían a Tabaré hacer una presidencia notable para el destino de Uruguay». Su preferencia la remata con el argumento de que «no convienen los experimentos para la suerte de una sociedad».

El presidente ha recibido algunas críticas motivadas en el descuido que comportaría su declaración, respecto a la interdicción constitucional de participación en la vida política. Es absolutamente menor detenerse en ello y absurdo pretender que quede conculcado su derecho ciudadano de expresión, incluyendo a sus preferencias políticas. La muletilla según la cual es «el presidente de todos los uruguayos», es una tautología de Perogrullo frecuentemente utilizada por las derechas derrotadas para condicionar las actitudes presidenciales. Lo verdaderamente deleznable es la conjunción potenciada entre lo que valoriza y aquello que en la misma frase desprecia. ¿Cómo explicarle ahora al resto del mundo que el propio Mujica, a quien un 60% de frenteamplistas apoyamos fervientemente hace 5 años en oposición a las preferencias del actual precandidato Tabaré Vázquez, no fue precisamente un experimento consciente de búsqueda de mayor celeridad en las transformaciones sociales y ratificación del peso de un polo de izquierda al interior del FA? ¿Cómo decirles que lo que los medios internacionales -de un modo bastante farandulesco y frívolo- describen como el más extraño y rupturista de los personajes y estilos presidenciales es en verdad un enemigo de las rupturas, los cambios y la experimentación? ¿Fue entonces una irresponsabilidad de nuestra parte haber apostado por alguien no sólo tan distante de los cánones dominantes para un presidente, sino además inexperto, como casi 10 años atrás apoyamos con igual entusiasmo a otro inexperto como Tabaré Vázquez? Si fuera por experiencia, habría que devolverles el gobierno a blancos y colorados que cuentan con casi dos siglos de práctica gubernamental en su haber histórico.

Las últimas cinco décadas de historia uruguaya están plagadas de experimentos, aunque no todos ellos ciertamente exitosos, aunque sí en su mayoría, con límites y matices. Telegráficamente, el de unificación organizativa del movimiento obrero, el de la experiencia armada revolucionaria, el de la convergencia en un movimiento que reuniera a toda la izquierda y el progresismo en las décadas del ´60 y ´70. Luego el de la resistencia en las cárceles y el exilio en los ´70 y ´80. El del gobierno municipal de la capital en los ´90 y luego el de los gobiernos nacionales y municipales en este siglo. Pero también con iniciativas políticas y jurídicas, o rechazos de ellas como las de los referéndums contra la continuidad de la dictadura, contra las privatizaciones de empresas públicas contra la ley de impunidad o afirmativamente por los derechos de la diáspora, aunque fracasara. U hoy con el experimento de garantía de aborto seguro y gratuito para todas las mujeres que lo deseen, o la ley de marihuana en esta América Latina tan conservadora. Pero si en lugar de exponerlo en términos organizativos o de iniciativas, que es lo esencial, estable y capitalizable organizativamente, lo personalizáramos, aun considerando personalmente secundario -y hasta peligroso en su culto- el carácter de la personalidad, el más osado experimento que riesgosamente el progresismo uruguayo ha hecho hasta ahora llevó el nombre de Mujica a través de su candidatura.

Los pocos y electoralmente débiles agrupamientos de izquierda que se nuclean en torno a la precandidatura de la senadora Constanza Moreira, así como los movimientos sociales e independientes que acompañamos la iniciativa, no encarnamos el empirismo de la temprana modernidad de Bacon o Hume, del tipo que intenta superar la ignorancia desde la experimentación a ciegas o la prueba hipotética a la espera de algún resultado incierto o casual. Tampoco nuestros críticos encarnan el racionalismo de Descartes y Leibniz. Tanto la epistemología cuanto la filosofía y teoría política han encontrado concepciones superadoras desde entonces. No sólo gracias a la continuidad y progresión del pensamiento sino también de la experiencia histórica de explotación humana y de los intentos por contenerla o mitigarla. Por ello es justamente fundamental situarse en el contexto histórico y regional al que aludí al comienzo, que invita a renovaciones varias y experimentos novedosos, aunque también sirvan para ellos, algunas retortas y pipetas envejecidas.

Pero el desprecio que trasunta la frase citada no se detiene en la inexperiencia sino que ocupa también otro andarivel que en el caso de Mujica ha tenido recurrencia en otras piezas discursivas: el de la aversión por la esfera intelectual y el feminismo. Resulta imposible desligar su afirmación de que la capacidad de gestión no se aprende en la facultad, con el hecho de que quién compite con el precandidato apoyado por el presidente sea precisamente -no sólo una profesional universitaria, sino inclusive- una académica. Ya habíamos recibido hace meses su bofetada radial cuando consideró que «nada puede igualar en nocividad a los pequeños burgueses acomodados profesionalmente en el oficio de criticar todo lo que se hace y, por las dudas, lo que no se hace» (…) «burócratas del Estado o de la docencia, y a veces recalan en el periodismo», a quienes además, «ni se les pasa por la cabeza comprar medio kilo de chorizos para compartir con los que necesitan, no están para la limosna, en el fondo no están para nada». O para las «corrientes feministas que piden que en esta sociedad de machistas se le abran oportunidades a las mujeres para ocupar todos los cargos por sus condiciones, pero de esas uruguayas sumergidas, llenas de hijos no se acuerda nadie», agregando que no ha visto «que vayan a hacer un guiso a mujeres que están levantando paredes…».

La unidad en la diversidad que el FA ha encarnado históricamente, no es exclusivamente la de sus vertientes y afluentes ideológicos o la de sus variantes organizativas. Es también la de la unidad de los portadores de muy diferentes niveles de apropiación cognitiva y simbólica que toda sociedad de clases produce conjuntamente con las diferencias económicas y sociales. Es también la unidad de diversas identidades autoasumidas, de diversidades de fe religiosa y sus ausencias, de intereses y orientaciones sexuales. Y de diversidad de experiencias, efectivamente. Pero todas ellas, sin jerarquizaciones de unas sobre las otras, cosa que el argumento de Mujica viene a cuestionar, poniendo en riesgo lo más valioso de la trayectoria del FA.

Cierto es que, por ejemplo, el inexperto Obama olvidó rápidamente todo lo aprendido en Harvard y pudo gestionar exitosamente masacres, invasiones y demás acciones del terrorismo imperial.

Tal vez Mujica tenga razón y para gobernar sin cambios ni riesgos y mantener la misma línea, la mejor escuela sea el propio gobierno. Aunque en el camino queden muchos decepcionados, que no por ello dejarán de convidar buenos chorizos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.