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A 25 años de la revolución sandinista

Reagan, un maestro para Bush

Fuentes: Rebelión

Ronald Reagan no llegó a ver, por pocas semanas, cómo millones de personas de distinto signo ideológico lo recordaban ayer en Nicaragua y América Latina en general, al cumplirse el 25º aniversario de la revolución sandinista. Para la mayoría, para los más desfavorecidos económica y socialmente, para los pobres, el nombre de Reagan es, paradójicamente, […]

Ronald Reagan no llegó a ver, por pocas semanas, cómo millones de personas de distinto signo ideológico lo recordaban ayer en Nicaragua y América Latina en general, al cumplirse el 25º aniversario de la revolución sandinista. Para la mayoría, para los más desfavorecidos económica y socialmente, para los pobres, el nombre de Reagan es, paradójicamente, sinónimo de aborto, aborto de la gran ilusión que supuso la revolución popular encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, que dio por tierra con la sangrienta y prolongada tiranía de los Somoza. Es también sinónimo de violencia, de la destrucción y muerte que provocaban a su paso los miles de «contra» que EEUU adiestró en Honduras y financió durante años para desgastar al Ejército sandinista. Esa «contra» que minaba día a día con sus ataque la economía e infraestructura nicaragüense, obligando al Gobierno del FLSN a dedicar el grueso del presupuesto en Defensa y por ende, a ralentizar cada vez más sus reformas económicas, sociales y políticas.

Para los poderosos de siempre, para la oligarquía terrateniente, para las represoras «fuerzas de seguridad» de Nicaragua y de muchos otros países latinoamericanos, Reagan fue sin embargo el «salvador», el hombre que les permitiría recuperar sus privilegios.

No es de extrañar que un aspirante a emperador del siglo XXI como George W.Bush, le tributara el mes pasado a Reagan un funeral de Estado de una importancia como no se veía en EEUU desde la muerte de John F.Kennedy, en 1963.

En definitiva, George W.Bush ha demostrado desde el inicio de su mandato que se sentía más heredero político de Reagan que de su propio padre. ¿Cómo no iba a sentir admiración un belicista nato como George W., que sin cerrar un frente bélico ya piensa en abrir otros, de un hombre como Reagan, que en los años ’80 logró mantener abiertos tres importantes frentes bélicos a la vez, triunfando en dos de ellos, y, todo ello, sin arriesgar sus propias tropas?

Reagan, al tiempo que llevaba a cabo a través de la «contra» (a cuyos miembros llamaba «luchadores por la libertad») una amplia y costosa «operación encubierta» (según la jerga militar), se metía hasta el cuello en otra aún más gigantesca y ambiciosa: la de armar, adiestrar y financiar, conjuntamente con países europeos, Arabia Saudí y Pakistán, a cerca de 100.000 muyaidines provenientes de distintos países, con el objetivo de derrocar al Gobierno prosoviético afgano y derrotar a las tropas de la URSS que lo sostenían.

Sin llevar a cabo una intervención directa de las tropas de EEUU, Ronald Reagan tuvo éxito en esas dos grandes «operaciones encubiertas», la de Nicaragua y la de Afganistán. Sin embargo, falló en la tercera, en el intento por derrocar al Gobierno de los ayatolás en Irán, utilizando para ello al principal aliado laico que tenía en la zona, a Sadam Husein. A pesar de la importante ayuda económica y militar que brindó durante años a Sadam (armas de destrucción masiva incluidas), al igual que otros países europeos y, paradójicamente, la URSS, el dictador iraquí fue incapaz de vencer en el campo de batalla a Irán y de cumplir así con la misión que EEUU y sus aliados le habían confiado. Esta sería, por otra parte, la razón por la cual Sadam dejó de servir para los intereses goestratégicos y energéticos de EEUU principalmente y se convirtió en un hombre peligroso, poderoso económica y militarmente, incontrolable, un objetivo a abatir.

Mientras que una vez conseguida la derrota sandinista, en 1990, ya durante la Administración de Bush padre, Nicaragua fue abandonada a su suerte, perdiendo la mayor parte de las conquistas logradas por la revolución, los frentes de Afganistán e Irak se han vuelto a abrir, esta vez sí, con la presencia de decenas de miles de soldados estadounidenses empantanados en ellos.

Dada la admiración de Bush «junior» por Reagan, no debe asombrar que integrara en su Administración a varios hombres que trabajaron con éste, como John Dimitri Negroponte, el actual super embajador de EEUU en Bagdad. Negroponte, hasta hace poco embajador ante la ONU; ex embajador en Saigón en los ’60, miembro del Consejo Nacional de Seguridad bajo Henry Kissinger, fue acusado por varias organizaciones de derechos humanos e incluso por congresistas demócratas por su implicación en el «iran-contra» y su abierto apoyo a la dictadura del general Gustavo Alvarez Martínez, mientras fue embajador en Tegucigalpa, entre 1981 y 1985, en los años de más accionar de los «escuadrones de la muerte» hondureños.

Para su objetivo de llevar «la paz» , «la democracia» y el «respeto a los derechos humanos» a Irak, Bush no podía haber elegido mejor. El C.V. de Negroponte ofrece plenas garantías.

Roberto Montoya es coautor, junto a Daniel Pereyra, de «El caso Pinochet y la impunidad en América Latina» (2000) y autor de «El Imperio Global» (2003).

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