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Involución en Italia

Y nos morimos democristianos…

Fuentes: Rebelión

Traducido por Gorka Larrabeiti

Tres noticias nos dan la medida del desplazamiento simbólico del cuadro político/cultural entero del país, al que corresponde un triste proceso de involución de la sociedad italiana. La primera ha dado la vuelta al mundo y es la postración literal ante el Papa de Silvio Berlusconi. El jefe de gobierno exhibió un gesto que ni Alcide de Gasperi, Amintore Fanfani, Aldo Moro o Giulio Andreotti, los mayores líderes de la historia de la Democracia Cristiana, que gobernó Italia entre 1943 y 1992, habían hecho antes que él, demostrando un vasallaje incluso plástico hacia la otra orilla del Tíber.

Al laico, pluriimputado, putero, divorciado Berlusconi no le ha bastado con garantizar a Joseph Ratzinger dinero, mucho dinero, dándole la vuelta al concepto evangélico del «dar a César lo que es del César». Tuvo necesidad de señalar la aceptación de una verticalidad en la relación que no resulta en ninguno de los grandes pasajes que en la historia de Italia regularon las difíciles relaciones entre Italia y Vaticano, las leyes de garantías de los reyes Saboya en 1871, el pacto Gentiloni (1913), los pactos lateranenses de Mussolini (1929), el artículo 7 de la constitución aprobado por el comunista Palmiro Togliatti (1948) o el concordato de Bettino Craxi (1984). Ningún dirigente político del Estado italiano -casi todos ellos católicos que profesaban su fe con mayor moralidad que el dueño de Canale 5- consideró oportuno ni útil aceptar semejante verticalidad. Al Papa alemán no se le puede echar la culpa: ha cosechado un éxito fácil que le rendirá frutos para el resto de la legislatura y aún más allá.

La segunda cuestión es, en efecto, esa carta de Francesco Rutelli en la que sostiene que el Partito Democratico es inconciliable definitivamente con el Partido Socialista Europeo. Rutelli, con un pasado lejano radical y ambientalista, es hoy el dirigente más dogmáticamente católico del centro-izquierda italiano. No es que el PSE sea el Comintern, pero Italia, de hacer caso a Rutelli y sus seguidores, corre el peligro de encontrarse en el absurdo de un sistema bipartidista compuesto por dos entidades que se remiten al PPE, la casa de los grandes partidos europeos del centroderecha, o bien a la hipótesis aún más extravagante de un Partido Democrático aparcado en un limbo sin precedentes en Europa. En vez de retirarse a la vida privada tras la ruinosa, desastrosa, personalísima derrota en las elecciones romanas que han entregado la capital a Gianni Alemanno (un político de procedencia neofascista), Francesco Rutelli desempeña un papel cada vez más central en la vida del PD. Antes que nada se ha sentado en una de las dos poltronas más importantes que han quedado para la oposición, la del control de los servicios secretos. Para después pasar a conducir a su partido o hacia una escisión perniciosa y traumática, o lo que es más probable, definitivamente hacia el centro político compitiendo y no en contraposición con el Pueblo de la Libertad (PDL) de Silvio Berlusconi. Compitiendo (por el poder) pero sin contraposición, de modo que para ese 30/35% de italianos que se empeña en considerarse de izquierda hoy más que nunca se le puede aplicar la máxima del director de cine Nanni Moretti: «Con esta clase dirigente no ganaremos jamás».

El tercer asunto es la enmienda que considera a las prostitutas peligrosas «para la moralidad pública», y por consiguiente, al cliente víctima inocente de aquellas. De San Agustín en adelante, ha sido la mujer quien ha arrastrado al pecado al hombre. Son, pues, las prostitutas (¿menores de edad incluidas?) quienes atentan contra la moralidad de los clientes y no éstos quienes las corrompen. El tema merecería mayor consideración, pero si hay algo cierto es que debido a la furia de expulsar de la que alardean los mediocres que nos gobiernan (y que coinciden con los millones de mediocres que van de putas y luego votan al PDL o la Lega Nord), todo vale con tal de atacar, expulsar o encarcelar a los más débiles. Por ello, resultan confortantes las palabras de un viejo democristiano del PDL, el anterior ministro del Interior, Beppe Pisanu: «Es aberrante atribuir unilateralmente a las prostitutas de calle el presunto delito contra la seguridad y la moralidad públicas, absolviendo a priori a sus clientes».

Beppe Pisanu -y Romano Prodi antes que él- es un «católico adulto», capaz de discutir y razonar por sí solo. Como los grandes dirigentes democristianos del pasado conoce y respeta la laicidad y posee sentido del Estado. Con miopía Joseph Ratzinger, y con él la Conferencia Episcopal Italiana, prefieren con mucho a los conversos, a los falsos católicos de conveniencia del estilo de Silvio Berlusconi y Francesco Rutelli, dispuestos a todo con tal de alcanzar el poder. Con ellos no se discute, pues siempre te dan la razón; se comercia consenso político y se hacen buenos negocios. La situación es tan triste que si nos hubiéramos muerto democristianos, habríamos sufrido menos.