El PCI obtuvo el 21 de junio de 1976, hace ahora medio siglo, su récord histórico de votos, llegando al 34,27% en la Cámara de los Diputados y al 33,83% en el Senado, impulsado por los jóvenes. Sin embargo, el acercamiento a la Democrazia Cristiana no le sería de ayuda. Esta es la historia.
En la década de los 70 existía esta expresión: «El Partido Comunista Italiano es el más poderoso de toda Europa». Poderoso en cuanto a peso específico en la sociedad y en cuanto a votos logrados, en consecuencia.
El punto más alto, más evidente, la demostración palmaria de aquella frase, tuvo lugar exactamente hace medio siglo, entre el 20 y 21 de junio de 1976, cuando el PCI alcanzó su máximo histórico: el 34,27%, con 12,6 millones de votos, en la Cámara de los Diputados, y el 33,83%, con 10,6 millones de apoyos, en el Senado. Dos millones menos que la Democrazia Cristiana, que seguía de líder.
Ningún otro partido político comunista en el viejo continente ha tenido semejante éxito en las urnas. El problema sería desde entonces cómo gestionar ese triunfo.
El voto de los jóvenes
La imagen más icónica de aquellos días fue la de Enrico Berlinguer, secretario general del PCI, que salió al balcón de la sede del partido en Via delle Botteghe Oscure a celebrarlo con los militantes, en la noche del 21 de junio, diciendo: «No se trata de una victoria, sino de un verdadero salto adelante».
Una frase que recordaba a la de Mao Zedong de la década anterior, cuando el líder de la China comunista había lanzado la campaña de medidas políticas y sociales del mismo nombre para impulsar el crecimiento económico. Pero provocando, en realidad, más desequilibrios que estabilidad.
El balzo in avanti del PCI, el salto adelante, estaba desde luego allí, en los votos y el apoyo popular. Aquellas elecciones generales en Italia serían recordadas por los analistas como decisivas en la segunda posguerra. En primer lugar, porque el cuerpo electoral había crecido: ahora podían votar los mayores de 18 años en la Cámara de los Diputados, toda una parte de la sociedad que claramente miraba más a la izquierda y a sus reivindicaciones.
Italia estaba hasta modernizándose. En 1974 el referéndum sobre el mantenimiento de la ley del divorcio se había ganado de manera rotunda sacudiendo un poco a todas las fuerzas conservadoras que, en realidad, estaban más fragmentadas de lo que parecía.
Los números hablaban por sí solos, o mejor dicho, gritaban: el PCI había crecido 7,22 puntos con respecto a las elecciones anteriores de 1972, ganando 49 diputados y 25 senadores. ¿Todo gracias a los jóvenes? ¿O simplemente muchos se habían convertido al bando comunista?
En paralelo, las cosas les iban muy mal a los postfascistas del Movimiento Social Italiano y al Partido Socialdemócrata. ¿Era posible soñar con un sorpaso a la Democrazia Cristiana? Hasta entonces parecía imposible, pero las distancias se recortaban, creando de hecho un claro dualismo en el poder. Solo teóricamente, porque quien mandaba era siempre la DC, la ‘Ballena Blanca’, a la que se le había encargado otra vez por parte de Giovanni Leone (DC), el presidente de la República, crear el nuevo gabinete.
Un gabinete que sería recordado como «el de la no-desconfianza» o «el de la solidaridad nacional», otra expresión un poco retorcida, pero clave para entender la política italiana de aquella época.
La «no-desconfianza» no significaba realmente confianza, pero el caso es que la actitud del Partido Comunista sería así, favorecer la formación del nuevo gobierno haciendo al mismo tiempo oposición.
El «compromiso histórico» parecía concretarse realmente, un punto final de las «convergencias paralelas». El PCI quedaba finalmente acreditado en las habitaciones del poder. Y en más de una ocasión, Enrico Berlinguer declararía estar bien «bajo el paraguas de la OTAN», regateando a sus propios compañeros de partido.
«Bipartidismo imperfecto»
Desafortunadamente, aquello del 21 de junio de 1976 sería al mismo tiempo la cumbre y el principio de la bajada para el partido de Berlinguer. Una cantidad semejante de votos no sería repetida, por no hablar del intento de alianzas con las otras fuerzas de izquierdas, que ya iban cambiando casi antropológicamente: en primer lugar, el Partido Socialista más agresivo, que, liderado por Bettino Craxi, se propuso como alternativa a las dos formaciones más votadas, la DC y el PCI. Sobre todo en modo anticomunista.
Todo en aquel 1976 parecía alineado para resultar favorable al Partido Comunista. El nacimiento del diario ‘La Repubblica’ significaba también tener a una especie de órgano de partido más moderado para una izquierda moderna y menos conectada con la Unión Soviética.
Incluso la Democrazia Cristiana había elegido como secretario a Benigno Zaccagnini, un tipo tranquilo, casi triste, «a lo Berlinguer», limpio de escándalos, perfecto para concretar los tratos con el supuesto enemigo histórico.
Todo en aquel 1976 parecía alineado para favorecer al Partido Comunista, pero los hilos del poder seguía manejándolos la Democrazia Cristina y el secuestro y muerte de Aldo Moro pusieron los planes patas arriba
Por detrás, los hilos del poder seguía manejándolos el mismo Aldo Moro, presidente de la DC, cuyo proyecto de absorber al PCI tendría un final dramático: su secuestro y muerte por parte de las Brigadas Rojas, entre marzo y mayo de 1978, mientras se estaba votando un nuevo gobierno de la Democrazia Cristiana apoyado por el propio PCI. Los planes quedarían patas arriba.

Ya antes de ello las cosas se habían torcido para el Partido Comunista, claramente condicionado por su éxito de 1976. Un éxito sin consecuencias reales: mientras se gestaba la colaboración con la Democrazia Cristiana, muchos de aquellos jóvenes que habían votado al PCI pasaron a contestarlo duramente, considerando que había perdido su verdadera esencia y se había ‘vendido’ a la Ballena Blanca, paradójicamente sin ganar terreno en cuanto a poder.
Según una eficaz definición del historiador Giorgio Galli, se había formado un ‘bipartidismo imperfecto’, porque había dos grupos claramente al mando, pero con solamente uno, la DC, tomando las decisiones.
Las coyunturas internacionales también influyeron en el desenlace, por ejemplo, el subidón del desempleo y de la inflación condicionarían mucho. Obreros, estudiantes, militantes… todos a la vez se sintieron molestos y preparados para volver a incendiar el panorama social como en 1968.
En este sentido, 1977 sería para la sociedad italiana un año clave, caracterizado por una larguísima serie de protestas y de violencias callejeras. Sin poder responder a esta nueva ola, el PCI se replegaría en sí mismo. Pero, por otro lado, nunca como hace medio siglo la población italiana simpatizó con los comunistas.


