Casi a 60 días de los comicios de abril, en el Perú vivimos una etapa en la que se multiplican y arrecian las promesas electorales. Unas, se orientan a seducir al elector procurando persuadirlo y convencerlo de la generosidad del candidato que las hace. Otras, en cambio, muestran el carácter de quien las oferta, su personalidad y los rasgos distintivos de su conducta social.
De las primeras es fácil defenderse porque orillan temas inabordables. Nos encontramos, en esos casos, en un virtual huaico mediático, con candidatos que prometen construir un puente y cuando les informan que no lo necesitan porque allí no hay rio, prometen construir un rio para mejorar su oferta.
Nos interesa más los segundos, los que revelan su perfil cuando hacen promesas y se muestran como son; ponen en carne viva su personalidad errática y obscena. Esos, hacen promesas también, pero ellas se tornan en amenazas que reflejan el odio escondido y la impotencia que embarga a quien las formula.
Keiko Fujimori, por ejemplo, anunció recientemente que, en “su gobierno” se acabaría la delincuencia. Y cuando se le pidió que explicara su idea y dijera de qué manera habría de actuar, aseguró muy suelta de huesos: “haría operación rastrillaje, barrio por barrio y casa por casa, como en los años de mi padre”.
Olvidó que la detención masiva de personas no es legal y tampoco es legal el allanamiento inopinado de viviendas. Para llevarlo a la práctica, sería indispensable un régimen de excepción, en el que no se tomara para nada en cuenta las garantías constitucionales; vale decir, un régimen en el que se eliminaran los derechos ciudadanos y las garantías públicas. En otras palabras, una dictadura. ¿Para qué habla entonces de Democracia?
Valdría la pena preguntarse dónde se harían esos “rastrillajes” y que viviendas se allanarían una por una. Tales operativos ¿Tendrían lugar en Chacarilla del Estanque, o La Molina, en Rinconada del Lago, o en Las Casuarinas?
Lo más probable sería que ocurrieran en San Juan de Lurigancho, San Martín de Porras, Comas, Bayóvar, Villa El Salvador o la infinidad de Pueblos Jóvenes y Asentamientos humanos, donde vive el pueblo, la gente humilde ¿verdad?
Así sucedió antes. Por eso 15 mil desaparecidos. Y por eso Abimael Guzmán se trasladó a vivir a un barrio exclusivo, para no ser detectado ni aprehendido, situación que le permitió “operar” por años. Ahí dejó hasta sus lentes ¿Lo recuerdan?
Está claro, que Keiko ofrece una dictadura contra el pueblo para que “los de arriba” vivan sin miedo. Así fue en los años de su padre, y así deberá ser siempre, bajo la estela de los Fujimori.
Otro espécimen del mismo abolengo, Rafael López Aliaga ofrece usar helicópteros para “trasladar a los delincuentes” a la selva más inhóspita, allí donde ya no hay vida humana y donde solo habitan las Shushupes y otras serpientes venenosas. Desde allí no podrán fugar -dice- y si lo intentan, morirán concluye sonriente.
¿Tendrá idea de lo que es la vida humana este mantecoso personaje? ¿Podrá decir eso, y después comer y dormir tranquilamente?
El país recuerda que este siniestro personaje exigió la muerte para Vladimir Cerrón y Pedro Castillo el 2021, y después clamó para que el dólar suba a seis soles “para que se mueran de hambre los indios que votaron por Castillo”. Aún antes, se había ido a los Estados Unidos para pedir que venga la Infantería de Marina yanqui para “acabar con los rojos”. Igual que Corina Machado.
Más recientemente este mismo personaje aplaudió el ataque salvaje consumado contra Caracas el pasado 3 de enero, y dijo muy orondo que aquí debía ocurrir lo mismo, que hablaría con Donald Trump para que nos envíe “Comandos” como los que actuaron en Venezuela y que “se lleven” a “delincuentes y enemigos de la patria”. Sus adversarios, por cierto.
Y en paralelo, propuso otorgar DNI a los fetos, para que sean “ciudadanos desde la concepción”. No precisó, sin embargo, qué foto le pondría a ese documento de identidad. Cuando se lo preguntaron entro en un trance de mutismo que congeló la escena.
Aunque no tiene que ver ni con promesas ni con candidaturas, sí forma parte del escenario electoral el espectáculo que apreciamos cuando trajeron al “Monstruo” desde el Paraguay para encarcelarlo aquí. Y forma parte porque el señor Jerí Pérez busca “acumular puntos” para una “carrera política de futuro”, tal vez para el 2031.
Lo real fue que dispuso para el delincuente cuya identidad omitimos a propósito, una recepción descomunal. Más de 500 policías lo esperaron, custodiaron, protegieron, vigilaron, trasladaron y hasta encerraron primero en una prisión y luego en otra. Nadie sabia si era para asegurar que no le pase nada, o si para garantizar su silencio; pero así fue.
Ni una visita del secretario general de Naciones Unidas hubiese merecido tal despliegue, Y claro, para mostrar su originalidad, el señor Jerí siguió minuto a minuto el desarrollo de los hechos desde una oficina acondicionada en el Ministerio del Interior. Fue un esfuerzo originalísimo que sólo críticos adversos pudieron “comparar” con el ridículo espectáculo que mostrara Donald Trump cuando siguió, en idéntica actitud, los sucesos de Caracas el 3 de enero pasado.
Pero hay que advertir el inmenso daño colectivo que generó esa trasmisión. Es cuestión de sentido común, de criterio lógico y de elemental conocimiento: uno de los rasgos distintivos de un delincuente “ranqueado” es el de mostrarse triunfador, hacer ver a la comunidad que él es muy importante, que llama la atención, y que es el centro de todo y sobre sale.
Pues bien, el espectáculo mostrado en la circunstancia se acopla como anillo al dedo a tales requerimientos. El Monstruo fue el centro de todo, y todo el día. ¡Qué más da!. Más de uno en el oficio, debió verlo con envidia, con ansia de imitación, de llegar al “mismo nivel”, a “ser como él”.
No tiene sentido alguno armar espectáculos como esos para tratar a delincuentes. La psiquiatría y la psicología aconsejan tratar estos temas bajo el anonimato. Juzgarlos y sentenciarlos a la pena que se merezcan, pero en silencio, sin fanfarria y sin circo; sin que puedan proyectarse al escenario social para “acreditarse” como “figuras del hampa”.
Aquí pareciera primar el interés por desviar la atención. Para que no se hable de un asunto, hay que “levantar otro”, mientras más truculento, mejor. Una “cortina” espectacular para mandar al olvido las trapacerías de quien gobierna. Esa es la lógica que se maneja desde el Poder.
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