«La democracia es la peor forma de gobierno, a excepción de todas las demás que se han probado de vez en cuando». La célebre frase de Winston Churchill, elevada a la categoría de dogma, se ha esgrimido como una solución universal. Allí donde asoman crisis, corrupción o autoritarismo, la receta prescrita ha sido invariable: más elecciones, más partidos, más competencia. Es un mantra que ignora su propio contexto, olvidando que la advertencia de Churchill partía de la aceptación de un mal menor, no de la proclamación de un ideal infalible.
Sin embargo, en un número creciente de países, esa promesa se ha transmutado en su contrario: en una suerte de maldición. El caso del Perú se erige, precisamente, como uno de los ejemplos más extremos —y más incómodos— de este fracaso sistémico.
A poco más dos meses de las elecciones presidenciales de 2026, el país no se prepara para una renovación democrática, sino para un nuevo episodio de una larga tragedia política. Candidatos sin capacidades reales de gobierno, partidos que son meros vehículos de alquiler —descritos por algunos analistas como pandillas de testaferros al servicio de poderes fácticos, legales e ilegales—, una ciudadanía exhausta y un sistema electoral que ya no produce ni un atisbo de gobernabilidad, sino solo angustia, conflicto y parálisis. El ritual se repite, pero el dogma y hechizo —que el Hegemon del Viejo Sistema Mundo lo vende como un panacea— ha dejado de funcionar.
La pregunta incómoda
La constatación de la crisis es un lugar común. La pregunta más profunda —y políticamente incorrecta— es otra: ¿Y si el problema no fuera la falta de democracia, sino la forma en que la democracia electoral opera en países institucionalmente frágiles, al punto de convertirse en una herramienta de captura del poder por parte de élites delincuenciales y económicas que manejan a los políticos como peones en un tablero?
«El sabio evita los extremos, evita la extravagancia, evita la arrogancia.» La sentencia de Lao Tzu en el Tao Te Ching, nos advierte contra la rigidez del dogma. Aquí, el dogma a examinar es la sacralización del voto.
Treinta años de elecciones, cero estadistas
Desde 1985 hasta hoy —un periodo que emerge como sombra siniestra sobre los tiempos de hoy—, el Perú ha celebrado elecciones presidenciales con regularidad. Ha cumplido con el ritual democrático. Pero el balance histórico es demoledor: presidentes encarcelados, procesados o prófugos; una sucesión de gobiernos que terminaron en escándalo, vacancia o colapso (ocho presidentes/ta en los últimos 10 años); instituciones cada vez más débiles y corruptas; y una ciudadanía que ha aprendido a sobrevivir por su cuenta, como si el Estado fuera una entidad abstracta o una carga.
Este patrón no puede seguir explicándose como una simple «mala racha». Lo que está en crisis no es solo la ética de los gobernantes, sino el mecanismo mismo de selección del poder. Como señala el I Ching en el Hexagrama 36: «En tiempos de orden, el sabio se manifiesta. En tiempos de caos, el sabio se oculta.» Hoy, en el vacío que deja el sabio, la ignorancia y la mediocridad emergen como las protagonistas de la escena pública.
Daniel A. Bell y la herejía necesaria
En The China Model: Political Meritocracy and the Limits of Democracy, el filósofo político Daniel A. Bell comete una herejía intelectual: cuestiona la idea de que elegir gobernantes mediante el voto popular sea siempre el mejor método. Bell no aboga por dictaduras; su objetivo es desacralizar la democracia electoral. Busca demostrar que el principio de «una persona, un voto» no garantiza ni competencia, ni virtud, ni visión de largo plazo. Su diagnóstico resuena con la antigua sabiduría de Confucio: «Promover a los rectos y desterrar a los torcidos, y el pueblo será leal. Promover a los torcidos y desterrar a los rectos, y el pueblo será desleal» (Analectas, 2:19).
En contextos donde los partidos no filtran talento, el electorado vota desinformado o cooptado, la política se convierte en espectáculo y el poder económico compra influencia —un fenómeno que ni siquiera democracias «ilustres» como Estados Unidos han sabido evitar con su «Pay for Play»—, la democracia puede producir exactamente lo contrario de lo que promete: liderazgos incompetentes y sistemas disfuncionales. El Perú encaja casi perfectamente en este diagnóstico.
La democracia como selección adversa
En teoría, las elecciones permiten elegir a los mejores. En la práctica peruana, obligan a escoger entre los peores disponibles. Es como elegir un plato de un menú preparado por los dueños del poder, donde todas las opciones están avinagradas y eventualmente causan cólicos. ¿Por qué sucede esto?
1. Inexistencia de una carrera política meritocrática. No hay un sistema que forme gobernantes, evalúe desempeño o premie capacidades técnicas y éticas. La política se aprende «en la cancha», con el país como campo de pruebas y la ciudadanía como conejillo de Indias. Confucio ya imaginaba un ideal opuesto: «Quien gobierna por medio de su virtud es como la estrella polar: permanece en su lugar mientras todas las demás estrellas giran en torno a ella» (Analectas, 2:1). «Quien gobierna por su codicia cava la cloaca del poder: atrae a los roedores y alimañas, que danzan en torno a su propio festín», sería la versión de la decadencia peruana.
2. Partidos que no seleccionan, sino que improvisan. Las organizaciones políticas son vehículos electorales temporales, cofradías inventadas para el «pay for play» a la peruana, donde el origen del financiamiento es a menudo tan oscuro como el de las mafias.
3. La política se ha vuelto antipolítica. El candidato con más posibilidades no es el más preparado, sino el que promete destruir «el sistema», aun cuando no sepa con qué reemplazarlo; o promete una ideología, como el neoliberalismo salvaje del libre mercado, hoy en día totalmente desprestigiado. La paradoja es que para ser presidente solo se requieren 35 años y ser peruano de nacimiento. Nadie exigiría tal falta de requisitos para dirigir el Banco Central de Reserva. ¿Por qué no se exige una valla mucho más alta para conducir los destinos de la nación? En el Perú un soldado puede convertirse en Mariscal, de un día a otro, no por capacidad, sino por la rabia popular contra el candidato rival —eso fue lo que sucedió en el 2021. Sun Tzu lo vio claro: «Si no conoces ni al enemigo ni a ti mismo, sucumbirás en cada batalla»(El Arte de la Guerra).
4. El voto es emocional y obligatorio. Miedo, rabia y desesperación sustituyen al análisis racional.
El resultado es lo que Bell denomina selección adversa del poder: el sistema premia habilidades irrelevantes para gobernar —carisma, agresividad, victimismo, o mejor dicho el que tiene las cualidades de un showman, a la Trump— y castiga la competencia técnica, la prudencia y la sabiduría.
Esto puede ilustrarse con la metáfora del poeta chino Qu Yuan (340–278 a.C.): «Se desecha el timbre de oro mientras la olla de barro truena». En abril del 2026 ¿los peruanos elegirán otra olla de barro?
Cuando elegir deja de ser libertad
Existe un tabú en el discurso democrático: admitir que no toda elección es realmente libre. Cuando una sociedad se ve obligada a elegir sistemáticamente entre candidatos incapaces o corruptos, el voto deja de ser una expresión de soberanía y se convierte en un acto de resignación. No se elige al mejor, sino al «menos malo». Como diagnostica Lao Tzu, el problema suele estar en la cima: «El pueblo tiene hambre porque sus gobernantes consumen demasiado en impuestos. Por eso tienen hambre» (Tao Te Ching, Capítulo 75). En el caso peruano: El pueblo tiene hambre porque sus gobernantes saquean las arcas en un festín de repartijas, entre ellos y los que pagan la invención de sus partidos.
Bell advierte que en estas condiciones, la democracia se transforma en una máquina de conflicto permanente. Cada elección promete una salida, pero cada resultado agrava la frustración colectiva. La sociedad queda atrapada en un tiempo circular, una repetición infinita de crisis. El Perú vive exactamente en ese bucle. La sabiduría estratégica china, recogida en el Zizhi Tongjian, ya prevenía sobre esta dinámica: «Cuando las pequeñas cosas se acumulan, se convierten en grandes cosas. Cuando las cosas grandes se descuidan, se desintegran en pequeñas cosas.»
Elecciones 2026: ¿salida o repetición?
Todo indica que las elecciones de 2026 no romperán el patrón: fragmentación, ausencia de proyectos nacionales, discursos polarizantes y un electorado sin alternativas reales. Desde el marco de Bell, el riesgo es claro: la democracia electoral, lejos de resolver la crisis peruana, puede profundizarla. Y aquí aparece la paradoja más inquietante: cuando la democracia fracasa reiteradamente, prepara el terreno para salidas autoritarias, aunque nadie las desee explícitamente. Como reza el proverbio «Un pájaro sin cabeza no puede volar», sin un liderazgo definido y proyectos nacionales, cualquier grupo humano carece de dirección y destino, allanando el camino para un vacío de poder como caldo de cultivo para el autoritarismo.
¿El ejemplo de China es la respuesta? No, pero la pregunta es válida
Bell es explícito: el «modelo chino» no es exportable. Requiere una civilización-estado, una historia, una cultura política y una estructura estatal que el Perú no tiene para edificar un cambio radical como lo exige el “Mandato del Cielo” o “Mandato del Pueblo”. Pero el valor de su obra no está en la solución que propone para China, sino en la pregunta que obliga a formular: ¿Por qué damos por sentado que votar es el único criterio legítimo para seleccionar gobernantes? En democracias fallidas, esa pregunta no es académica. Es existencial.
«El camino del cielo es reducir lo que es excesivo y complementar lo que es insuficiente. El camino del hombre es distinto: quita a los que tienen poco y da a los que tienen demasiado», y no lo dijo Marx, es una sentencia de Lao Tzu (Tao Te Ching, Capítulo 77). Para corregir este desequilibrio, quizás debamos mirar no al cielo, sino a la historia y a la filosofía política que entendió la selección del liderazgo como un arte de supervivencia.
Cuando elegir generales y elegir presidentes era el mismo problema
En la China clásica, la selección de un general no era una cuestión de preferencia o popularidad. Era un asunto de supervivencia del Estado. Por eso, textos como el Qunshu Zhiyao (heredero del Liù Tāo) advierten al soberano que poner a un hombre equivocado al mando de un ejército es más peligroso que el enemigo mismo. «Si el general no conoce las artes marciales, las tropas carecerán de disciplina. Si el general no tiene virtud, las tropas carecerán de lealtad.»
Dos mil años después, las democracias modernas hacen exactamente lo contrario: colocan al mando del Estado a personas sin haberlas probado, sin haberlas observado bajo presión, sin haberlas puesto en situaciones límite. Y, aun así, esperan resultados distintos.
En el pensamiento estratégico chino, el gobernante es el general supremo de una guerra no declarada: la guerra económica, social, informativa e institucional. Sun Tzu lo resume en la apertura de su obra: «La guerra es el gran asunto del Estado, el fundamento de la vida y la muerte, el Tao de la supervivencia o la extinción. Debe ser examinado con cuidado.»
Las ocho pruebas del Liù Tāo como espejo de la crisis democrática
Leídas hoy, las pruebas para seleccionar a un general en el Liù Tāo parecen una crítica anticipada a la democracia electoral.
1. Claridad moral y cognitiva: Se le preguntaba sobre lo correcto y lo incorrecto. Hoy, nadie examina seriamente la comprensión del candidato sobre el Estado. Se premian eslóganes, no pensamiento. «Si los nombres no son correctos, el lenguaje no está en orden. Si el lenguaje no está en orden, los asuntos no pueden ser realizados», sentencia Confucio (Analectas, 13:3).
2. Resistencia al estrés: Se le presionaba con preguntas complejas. Hoy, las campañas entrenan al candidato para la evasión. El estrés real llega cuando gobierna, y entonces ya es tarde.
3. Integridad estructural: Se usaban intermediarios para observar su lealtad. Hoy, confiamos ciegamente en la palabra pública y descubrimos la corrupción cuando el daño es irreparable. Confucio preguntaba: «Observa su motivo, examina lo que hace, contempla dónde encuentra su paz. ¿Cómo puede una persona ocultar lo que realmente es?» (Analectas, 2:10).
4. Coraje moral: Se le exponía al peligro. Hoy, se selecciona a quien promete soluciones fáciles y se castiga al que dice verdades incómodas.
5. Prueba contra la corrupción: Se le confiaban riquezas. La democracia moderna asume honestidad sin prueba y judicializa lo que debió prevenir. Treinta años de presidentes peruanos procesados confirman la lucidez de esta antigua advertencia.
6. Autocontrol: Se le exponía a la seducción. La democracia electoral selecciona a quienes buscan ser amados, no a quienes saben gobernar sin aplauso. «El hombre superior actúa antes de hablar y después habla de acuerdo con sus acciones» (Analectas, 2:13).
7. Dificultad extrema y el vino: Se buscaba que el verdadero carácter emergiera cuando la máscara cae. La democracia moderna jamás ve ese momento antes de elegir. «Embriágale con vino, enfréntalo a la seducción sensual, para observar su carácter natural cuando pierde el control», aconseja el Qunshu Zhiyao.
Aquí se produce el cruce clave. El Qunshu Zhiyao dice: «Un general sin virtud es un peligro mayor que el enemigo». Daniel Bell dice, dos milenios después: «Un sistema que selecciona gobernantes incompetentes produce malos gobiernos, aunque sea democrático». Ambos cuestionan el método de selección. La diferencia es que el pensamiento chino asume la falibilidad humana, mientras la democracia liberal idealiza al elector y al candidato.
Si reescribiéramos la historia peruana reciente en clave del Liù Tāo, sería absurda: un reino rodeado de amenazas decide elegir a sus generales sin probarlos, y cuando el ejército es derrotado, culpa al azar o al destino. Nunca al método. Como bien dice Lao Tzu: «No hay mayor desgracia que subestimar al enemigo» (Tao Te Ching, Capítulo 69). Y el enemigo, aquí, es la propia incompetencia seleccionada por el sistema.
Hacia un modelo híbrido: bosquejo de una propuesta para el Perú
Si el diagnóstico es la «selección adversa», la propuesta no puede ser abolir las elecciones, sino introducir mecanismos de meritocracia que filtren y preparen a los candidatos, tal como sugiere Bell. Esto implica repensar radicalmente el sistema, no para hacerlo menos democrático, sino para hacerlo más efectivo y, a la larga, más legítimo. He aquí algunas líneas provocadoras para el caso peruano:
1. Establecer una «carrera pública» con requisitos progresivos. Así como un médico no opera sin especialización, un candidato a presidente debería acreditar experiencia en gestión pública. Esto podría traducirse en la exigencia de haber ocupado previamente cargos de elección popular (alcaldías, gobernaciones) o altos cargos de confianza en el ejecutivo con resultados evaluables. No se trataría de vetar a ciudadanos, sino de crear un «escalafón» que valore la experiencia. El eslogan «yo no soy político» debería ser una descalificación, no un activo.
2. Reforma profunda de los partidos políticos. Inspirada en la idea de las «pruebas» del Liù Tāo, se podría exigir a los partidos que acrediten procesos internos de formación y evaluación de sus cuadros. Que un partido sea una escuela de líderes, no una oficina de inscripción de candidatos.
3. Creación de un cuerpo de evaluación de competencias (no vinculante, pero público). Un organismo técnico autónomo (como el Servicio Civil) podría elaborar perfiles de competencias para altos cargos del Estado y evaluar de manera pública a los candidatos. No para inhabilitarlos, sino para informar al votante. Si un candidato presidencial no supera una evaluación básica sobre conocimientos constitucionales, económicos o de gestión de crisis, el ciudadano tendría derecho a saberlo antes de votar. Sería una herramienta para combatir la desinformación y el voto puramente emocional. Como reza el proverbio: «Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo»; aquí, se trataría de ayudar al ciudadano a mirar en la dirección correcta.
4. Introducir mecanismos de revocatoria y rendición de cuentas permanentes. La meritocracia no es un cheque en blanco. Debe ir acompañada de una evaluación continua. Fortalecer figuras como la revocatoria de autoridades (evitando sus abusos) y crear sistemas de evaluación de desempeño legislativo y ministerial, con consecuencias políticas reales, sería fundamental. «Quien conoce su fuerza pero preserva la objeción de su debilidad, será el valle del mundo» (Tao Te Ching, Capítulo 28). Un sistema fuerte no teme evaluarse a sí mismo.
Nada de esto es fácil. Requeriría reformas constitucionales y un pacto político que hoy parece imposible. Pero el primer paso es nombrar el problema y atreverse a pensar más allá del dogma.
El camino olvidado
El Qunshu Zhiyao no es antidemocrático. Es anti-ingenuo. Bell tampoco es antidemocrático: es antifetichista del voto. La alegoría es clara: una sociedad que eligiera a sus generales como (mal) elige a sus presidentes no sobreviviría a la primera guerra.
Tal vez el verdadero límite de la democracia no sea moral, sino epistémico: le pide al voto popular resolver un problema —la selección de gobernantes capaces— para el cual nunca fue diseñado. Los antiguos lo sabían. Bell lo ha vuelto a decir. Y países como el Perú lo están pagando.
«El viaje de mil millas comienza con un solo paso», nos recuerda Lao Tzu (Tao Te Ching, Capítulo 64). Ese primer paso, en el Perú de 2026, es intelectual y político: admitir que votar, por sí solo, ya no salva. Y comenzar a construir los filtros, las instituciones y la cultura política que permitan que, algún día, el voto vuelva a ser una herramienta de esperanza y no un ritual de resignación.
«Cuando el gran Tao es abandonado emerge la astucia… surge la gran hipocresía. Cuando las relaciones familiares no son armoniosas, surgen la piedad filial y el afecto paternal. Cuando el estado está en caos, surgen los funcionarios leales», concluye Lao Tzu (Tao Te Ching, Capítulo 18). No esperemos a que el caos sea total para valorar la lealtad y la competencia. Construyamos, desde ahora, los caminos para que la virtud y la capacidad sean las que gobiernen, y no solo las que se lamentan desde la oposición o el exilio.
Y he aquí una propuesta de ese camino.
Perú y la nueva arquitectura global de un Nuevo Sistema Mundial — Oportunidad histórica más allá del ritual electoral
«El sabio se anticipa a los acontecimientos. El mediocre espera a que ocurran. El ignorante los ignora hasta que es demasiado tarde.»
— Zizhi Tongjian (Espejo Comprensivo para Ayudar al Gobierno)
1. La parábola del enfermo que solo mira la fiebre
El diagnóstico desarrollado en «Cuando votar ya no salva» podría llevar a una conclusión paralizante: la democracia peruana está tan descompuesta que cualquier intento de cambio es fútil. Sería como un médico que, tras diagnosticar una enfermedad terminal, se negara a recetar tratamiento alguno.
Pero hay una segunda lectura, más profunda y esperanzadora: la crisis del sistema electoral peruano no ocurre en el vacío, sino en el contexto de una transformación global de la arquitectura del poder. Y aquí, paradójicamente, el Perú tiene una oportunidad que pocos países de la región poseen.
Mientras la clase política repite los mismos errores elección tras elección, el país real —su economía, su infraestructura, su posición geopolítica— se mueve en una dirección distinta. El megapuerto de Chancay, impulsado por la inversión china, no es solo una obra de infraestructura: es la puerta de entrada del Perú a una nueva configuración del sistema mundial.
La pregunta que este anexo busca responder es: ¿Puede el Perú, atrapado en su círculo vicioso electoral, integrarse a la nueva arquitectura global no como una periferia dependiente, sino como un jugador regional con capacidad de agencia? Y más aún: ¿Puede servir como modelo para otras naciones de América Latina que enfrentan dilemas similares?
«Quien conoce el momento adecuado, gana. Quien lo ignora, pierde.»
— 36 Estratagemas, Estratagema 30: «Convertir al invitado en anfitrión»
2. El Nuevo Sistema Mundial: más allá del relato occidental
El análisis de «El Nuevo Sistema Mundo» (que el autor ha estado trabajando a lo largo de los últimos años en la página El Nuevo Sistema Mundo y que además está trabajando en un libro ensayo al respecto cuyo adelanto fue propuesto aquí El nuevo paradigma de un Nuevo Sistema Mundo de 2da Generación) plantea una tesis central: el orden global surgido después de 1945, y reforzado tras 1989 con el «fin de la historia», está en un proceso de descomposición acelerada. Sus instituciones (ONU, FMI, Banco Mundial) ya no reflejan el equilibrio real del poder. Sus valores universales, proclamados como tales, revelan su particularidad occidental.
En este contexto, emergen nuevos polos de poder —China, Rusia, India, el Sudeste Asiático, potencias medianas como Turquía, Irán, Brasil o Sudáfrica, el Sur Global— que no buscan necesariamente replicar el modelo occidental, sino construir espacios de autonomía en un mundo crecientemente multipolar.
Para América Latina, esta transición plantea una disyuntiva histórica:
• Continuar como periferia sumisa del orden en declive, aceptando el rol de proveedores de materias primas y consumidores de productos manufacturados, condenados a la inestabilidad política crónica.
• O aprovechar la apertura del sistema para construir una inserción internacional más inteligente, diversificando alianzas, desarrollando capacidades propias y utilizando los nuevos corredores de comercio e inversión como palancas de desarrollo interno.
El Perú, con Chancay como punta de lanza, tiene la oportunidad de elegir el segundo camino. Pero para ello, necesita algo que su sistema político no ha producido en décadas: visión estratégica de largo plazo.
«Gobernar un gran país es como cocinar un pez pequeño: con cuidado, sin moverlo en exceso.»
— Lao Tzu, Tao Te Ching, Capítulo 60
3. Chancay: ¿puerto de entrada o puerta de salida?
El megapuerto de Chancay, desarrollado por Cosco Shipping y Volcan Compañía Minera, es mucho más que una obra de infraestructura. Es la materialización de un cambio geopolítico profundo:
• Conecta directamente la costa oeste de Sudamérica con Asia, reduciendo en más de 10 días los tiempos de navegación respecto a rutas que pasan por México o Estados Unidos.
• Se integra a la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative), convirtiendo al Perú en un nodo logístico de la nueva Ruta de la Seda marítima.
• Proyecta a Chancay como un hub regional, capaz de procesar cargas no solo peruanas, sino de Brasil, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Colombia, redibujando los mapas logísticos del continente.
Sin embargo, la sola existencia de la infraestructura no garantiza un resultado positivo. Chancay puede ser dos cosas:
Escenario A (periférico): Un enclave chino en territorio peruano, que exporta minerales e importa manufacturas, generando poco valor agregado local y reproduciendo el viejo patrón extractivo, ahora con nuevo socio. El puerto sería una prolongación de la economía china, no una palanca de desarrollo peruano. La clase política local, siempre cortoplacista, se limitaría a cobrar peaje.
Escenario B (estratégico): Una plataforma para el desarrollo productivo peruano, que articule cadenas de valor locales, impulse la industrialización, atraiga inversiones en tecnología y logística, y convierta al Perú en un centro de servicios para la región. Para ello, se requiere política industrial, formación de capital humano, planificación territorial y, sobre todo, capacidad estatal.
“Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas y distribuir el trabajo. Haz que primero los hombres anhelen el mar libre e infinito.”
— Antoine de Saint-Exupéry (citado a menudo en tratados de estrategia china contemporánea).
La diferencia entre ambos escenarios no la define China. La define el Perú. Y más concretamente, la define la calidad de su dirigencia —justamente lo que el sistema electoral actual es incapaz de producir.
4. La integración regional como antídoto a la fragmentación interna
Una de las características más patológicas de la democracia electoral peruana es su provincialismo. La política se vive hacia adentro, en clave local, mediática y espectacular. Los grandes debates geopolíticos, las transformaciones globales, las oportunidades de integración regional, simplemente no existen en la agenda pública. El Megapuerto de Chancay es una obra de la geoeconomía y geopolítica China.
Mientras tanto, el mundo se mueve:
• Brasil busca consolidar su liderazgo regional y en los BRICS.
• Argentina debate su lugar entre el Mercosur y las alianzas globales.
• Chile diversifica sus relaciones comerciales más allá del TPP.
• Bolivia busca salidas soberanas al Pacífico y al Atlántico.
• Colombia redefine su política exterior en un contexto de paz inestable.
El Perú, geográficamente bendecido —punto de conexión entre el Pacífico, la Amazonía y los Andes, vecino de Brasil, el gigante sudamericano—, parece políticamente maldecido: su clase dirigente no piensa en términos regionales, sino en términos de próximas elecciones y de las “clicas” locales y regionales.
«Cuando el río suena, piedras trae. Cuando el Estado duerme, el vecino avanza.»
— Proverbio peruano adaptado
La integración regional, sin embargo, podría ser el antídoto a la fragmentación interna. Un país que se piensa como parte de un espacio mayor —que negocia corredores bioceánicos, que armoniza regulaciones con sus vecinos, que construye infraestructura compartida— necesita necesariamente planificar a largo plazo. Y la planificación a largo plazo es, precisamente, lo que la democracia electoral de corto plazo no puede ofrecer, ni antes ni ahora.
He aquí una paradoja interesante: la geopolítica puede salvar a la política doméstica de sí misma. El imperativo de insertarse en el nuevo sistema mundial puede obligar a las élites peruanas a desarrollar lo que nunca tuvieron: Una visión de Estado.
5. Lecciones desde Asia: el desarrollo como proceso de larga duración
Uno de los puntos ciegos del análisis político peruano es la incomprensión de cómo se desarrollaron realmente las potencias asiáticas. La narrativa dominante —democracia + mercado = desarrollo— es una simplificación ideológica que no resiste el examen histórico.
Corea del Sur, Singapur, Taiwán (región de China) y, por supuesto, la propia China continental, crecieron bajo regímenes que combinaban:
• Planificación estratégica de largo plazo (no sujeta a ciclos electorales cortos).
• Burocracias meritocráticas y profesionales (donde el mérito técnico pesaba más que el amiguismo político).
• Políticas industriales activas (el Estado seleccionaba sectores prioritarios y los apoyaba).
• Inserción internacional inteligente (aprovechando el comercio global sin perder autonomía).
• Estabilidad política (los gobiernos duraban lo necesario para ejecutar planes).
Ninguno de estos países esperó a tener una democracia perfecta para desarrollarse. Primero construyeron capacidades estatales (con dirigencias altamente capacitadas); luego, gradualmente, abrieron espacios de participación. La secuencia importa.
«El hombre superior primero actúa y después habla; el hombre inferior primero habla y después actúa.»
— Analectas de Confucio, 2:13
El Perú, por el contrario, ha invertido la secuencia: tiene elecciones permanentes, pero carece de Estado. Tiene políticos que hablan sin parar, pero no tiene burócratas que ejecuten. Tiene debates interminables sobre el modelo, pero no tiene políticas de Estado.
La oportunidad que abre Chancay y la nueva arquitectura global es, precisamente, la de revertir esta secuencia. No se trata de abolir la democracia, sino de construir las bases materiales e institucionales que permitan que la democracia, algún día, funcione.
6. Perú como posible modelo regional: las cuatro condiciones
¿Puede el Perú convertirse en un modelo para otras naciones de la región? La respuesta es sí, pero bajo condiciones exigentes. Un modelo peruano de inserción en el nuevo sistema mundial tendría que basarse en:
1. Desarrollo de capacidades estatales mínimas
Sin un Estado que funcione —que recaude impuestos, que regule, que planifique, que ejecute— cualquier inserción internacional será dependiente y extractiva. La prioridad número uno es reconstruir el aparato público, profesionalizarlo y darle estabilidad. Esto implica, necesariamente, repensar la relación entre política y administración, introduciendo criterios de meritocracia en los niveles más altos del gobierno. Como señala el Qunshu Zhiyao: «Emplear a personas virtuosas sin importar cuán humilde sea su origen. Retirar a personas corruptas sin importar cuán alto sea su rango.»
2. Diversificación productiva inteligente
Chancay no puede ser solo un puerto de minerales o de intercambio de bienes. El Perú necesita una política industrial que identifique sectores con potencial exportador hacia Asia: agroindustria de valor agregado, manufactura liviana, servicios logísticos, turismo especializado, tecnología aplicada a recursos naturales. Esto requiere articulación público-privada, inversión en ciencia y tecnología, y formación de capital humano.
3. Integración regional activa
El Perú no puede ir solo. Necesita construir alianzas con Brasil, Bolivia, Ecuador y Chile para desarrollar corredores bioceánicos, armonizar regulaciones, negociar en bloque y crear cadenas de valor regionales. La fragmentación sudamericana beneficia a las potencias externas; la integración beneficia a los pueblos de la región.
4. Gobernanza de largo plazo
El mayor desafío es institucionalizar la visión de largo plazo en un sistema político hipercortoplacista. Esto podría lograrse mediante:
• Consejos de Estado con participación de fuerzas políticas, empresariales, laborales y académicas, que definan políticas de Estado con horizonte de 20-30 años.
• Agencias técnicas autónomas para la planificación estratégica, blindadas de la coyuntura política.
• Mecanismos de evaluación y rendición de cuentas que premien resultados de largo plazo.
«El camino del cielo no compite, pero sabe vencer. No habla, pero sabe responder. No llama, pero las cosas acuden a él.»
— Lao Tzu, Tao Te Ching, Capítulo 73
7. El peligro real: captura por nuevas élites
Una advertencia necesaria: la transición hacia una inserción más autónoma en el nuevo sistema mundial no está exenta de riesgos. El principal es que las nuevas élites económicas y políticas asociadas a la inversión foránea capturen el Estado para beneficio propio, reproduciendo los mismos vicios del viejo orden, ahora con nuevos actores.
La historia peruana está llena de ejemplos de «oportunidades» que se convirtieron en «enclaves»: el guano, el salitre, el caucho, la minería. Siempre hubo recursos, siempre hubo inversión extranjera, siempre hubo crecimiento en algunos sectores. Pero nunca hubo desarrollo nacional.
La diferencia esta vez debería ser la acumulación de capacidades internas. Si Chancay sirve para formar ingenieros peruanos, desarrollar proveedores locales, transferir tecnología, diversificar la matriz productiva y fortalecer instituciones, entonces sí será una bisagra histórica. Si solo sirve para que los mismos grupos de siempre se asocien con nuevos socios para seguir haciendo lo mismo, entonces habremos cambiado de patrón sin salir de la periferia.
«Si no entras en la cueva del tigre, no puedes atrapar a sus cachorros.»
— Proverbio chino
El Perú debe entrar en la cueva del nuevo sistema mundial, pero no para ser devorado, sino para aprender, negociar y crecer.
8. Conclusión: La encrucijada y el camino
El Perú enfrenta, en los próximos años, una encrucijada histórica similar a la que enfrentaron los países asiáticos hace medio siglo:
• Un orden global en descomposición (entonces el colonialismo europeo, hoy el unipolarismo estadounidense).
• Nuevas potencias emergentes (entonces Japón, hoy China) dispuestas a ofrecer alternativas de inversión y cooperación.
• Necesidad de construir capacidades internas para no ser simple periferia del nuevo centro.
La diferencia con Asia es que allí hubo Estados que supieron aprovechar la oportunidad. Aquí, el Estado peruano es una ficción: existe en el papel, pero no en la práctica. Existe en la Constitución, pero no en los territorios. Existe en los discursos, pero no en los hechos con resultados positivos —usualmente todo lo contrario.
Por eso, la tarea de fondo no es solo geopolítica, sino institucional y política. No se trata de elegir entre Estados Unidos y China, entre Occidente y Oriente. Se trata de construir un Estado peruano capaz de negociar con ambos, de aprender de ambos y de servir a su propio pueblo.
La propuesta de la meritocracia política, desarrollada en el texto principal, adquiere aquí su dimensión más concreta: sin cuadros técnicos y éticamente formados, sin burócratas profesionales, sin dirigentes visionarios, cualquier inserción internacional será dependiente. Chancay será solo otro puerto más. El nuevo sistema mundial será solo otro patrón.
«El sabio crea instrumentos, pero no depende de ellos. Establece instituciones, pero no se aferra a ellas. Conoce cuándo usar y cuándo descartar.»
— I Ching, Hexagrama 50: El Caldero
El instrumento es la nueva arquitectura global. La oportunidad es Chancay. La institución a construir es un Estado peruano capaz, meritocrático y con visión de largo plazo.
La pregunta final no es si el Perú se integrará al Nuevo Sistema Mundial. Eso ya está ocurriendo, quiérase o no. La pregunta es cómo lo hará: como sujeto o como objeto, como jugador o como peón (sin opciones de coronar), como nación o como un territorio de conquista.
La respuesta no la darán las elecciones de 2026. La dará la capacidad del Perú de repensarse a sí mismo, de superar su círculo vicioso electoral y de construir, por fin, un Estado a la altura de su historia y su geografía.
«El viaje de mil millas comienza con un solo paso.»
Ese paso, en el Perú de hoy, es doble: hacia adentro, para construir meritocracia y capacidad estatal; hacia afuera, para insertarse con inteligencia en el nuevo mundo que nace.
Ninguno de los dos pasos será fácil. Pero el camino, como enseñan los sabios, se hace al andar.
Corolario
«Cuando el gran Tao es abandonado emerge la astucia… surge la gran hipocresía. Cuando las relaciones familiares no son armoniosas, surgen la piedad filial y el afecto paternal. Cuando el estado está en caos, surgen los funcionarios leales.»
No esperemos al caos definitivo para construir la lealtad y la competencia que el Perú necesita. El nuevo sistema mundial está llamando a nuestra puerta. Dentro de ella, tenemos la oportunidad de reinventarnos.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


