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El hongo nuclear: ¿primero Irán y luego Ucrania?

Fuentes: Rebelión

Traducido del inglés para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Pocos días antes del bombardeo de Irán, el 24 de febrero de 2026 –el cuarto aniversario del inicio de la guerra en Ucrania–, el Servicio de Inteligencia Exterior de la Federación Rusa publicó un comunicado extremadamente alarmante según el cual Ucrania estaba preparándose para adoptar armas nucleares, con la ayuda de Reino Unido y Francia. Una declaración de ese calado, efectuada precisamente en el aniversario del comienzo de la guerra, no es en absoluto casual. Confirma la conclusión de que Rusia está preparándose para cambiar radicalmente las características de la guerra este año, endurecerla utilizando todas las capacidades y armas de las que dispone el ejército ruso y que hasta ahora no se han utilizado por una u otra razón. Esto, evidentemente, en el caso de que Ucrania no acepte firmar la paz en los términos y condiciones de seguridad impuestos por Rusia.

Esta conclusión se basa fundamentalmente en el hecho de que Rusia no puede objetivamente permitirse continuar con una guerra prolongada de forma indefinida, ni política ni económicamente.

Límites económicos

No cabe duda de que la economía rusa ha demostrado en los últimos años una notable resiliencia y flexibilidad, a pesar de las sanciones, las restricciones en el comercio global y la congelación de sus fondos soberanos en el extranjero. Además, aunque Occidente haya conseguido levantar una absoluta “cortina de acero” a su alrededor, Rusia ha conseguido sobrevivir gracias a sus colosales recursos, si bien a costa de convertir su economía en una especia de versión moderna de la economía natural.

No obstante, también está claro que la carga es cada vez mayor. El fondo soberano se ha reducido aproximadamente a la mitad durante los años de guerra; la entrada de divisas se ve muy limitada por las sanciones impuestas a los recursos energéticos y al sector financiero; la antigua prioridad del modelo basado en las materias primas frente a la producción de productos finales está teniendo un impacto doloroso en el suministro de componentes y bienes de consumo tanto para la industria militar como para la economía civil. Todo ello ejerce una mayor presión sobre la balanza comercial.

El gran aumento del gasto militar, el reclutamiento de un ejército profesional de cientos de miles de efectivos, el fuerte incremento de los costes de la seguridad interior y la pérdida de decenas de miles de varones en edad laboral y reproductiva (cientos de miles, según fuentes occidentales), todo ello se está convirtiendo en una carga cada vez más pesada para la economía. Una economía militarista no está diseñada para prolongarse eternamente: exige la movilización constante de recursos y personas, y los recursos humanos, como sabemos, son finitos.

La presión geopolítica

La situación en que se encuentra la política exterior rusa también está complicándose. Sus aliados tradicionales (Irán, Venezuela y Cuba) se enfrentan a presiones sin precedente y amenazas militares. Al mismo tiempo, Rusia no ha demostrado su voluntad de defenderlos directamente, lo que en el escenario mundial se interpreta como una señal de sus limitadas capacidades.

Los países situados dentro de la tradicional esfera de influencia rusa (el Cáucaso y Asia Central) están cada vez menos pendientes de Moscú. La reconciliación entre Armenia y Azerbaiyán, propiciada por Estados Unidos, y la intensificación de la diplomacia estadounidense en la región son signos elocuentes. Los líderes de de los Estados de Asia Central (Kazajistán, Uzbekistán y Kirguistán) están interactuando activamente tanto con Washington como con Pekín. Incluso países europeos leales a Rusia, como Eslovaquia y Hungría, están sometidos a fuertes presiones por parte de la dirección de la Unión Europea.

Existe todavía una incertidumbre añadida por la volatilidad de los mercados indio y chino para el petróleo y el gas rusos. Tomado todo esto en conjunto supone que cada vez sea menos racional apostar por una guerra de larga duración.

El factor de la política interna

La presión política interna sobre el Gobierno federal está aumentando debido a los continuos ataques contra regiones e infraestructuras rusas, los limitados avances territoriales de las operaciones militares y las bajas humanas. El conflicto, calificado como operación militar especial, lleva ya cinco años, más de lo que duró la Gran Guerra Patria contra los nazis para la Unión Soviética.

En medio de esta coyuntura está aumentando el debate público sobre la posibilidad de emplear métodos bélicos más severos, incluyendo armamento nuclear o sistemas de una potencia comparable. Se argumenta la necesidad de cambiar el formato del conflicto, haciendo referencia a las informaciones confirmadas sobre laboratorios biológicos secretos en Ucrania, las declaraciones de funcionarios de Kiev sobre su deseo de poseer armamento nuclear, suposiciones sobre la posibilidad de crear y utilizar una “bomba sucia”, además de información de inteligencia acerca de la posible transferencia de componentes relevantes.

Irán como señal

La situación en torno a Irán sienta un precedente. Israel justifica sus acciones afirmando que Teherán está desarrollando armas nucleares, lo que amenaza su existencia, y prestando apoyo a grupos armados. A ojos de Occidente, esto era suficiente para iniciar una guerra.

Una lógica similar, complementada con la constante financiación y envío de armamento a Ucrania por parte de Occidente, podría sentar las bases para una decisión drástica por parte de Moscú.

Por eso la actual situación con Irán podría actuar como catalizador para un cambio radical en la naturaleza de la guerra en Ucrania, haciéndola más brutal y sangrienta. Trump, como si quisiera sentar ejemplo, declara que si los iraníes resisten serán testigos del uso de un armamento “que les aterrorizará” y que Irán será borrado de la faz de la tierra. Esta es una clara amenaza del uso de armas nucleares contra Irán. Además se expresa sin ninguna vacilación o duda moral.

Si Estados Unidos e Israel se las arreglan para conseguir un rápido triunfo militar, será una victoria para Trump, algo que necesita desesperadamente lograr antes de las elecciones al Congreso. Sus motivos son obvios: 1) ayudar a Israel; 2) distraer a los estadounidenses de la sórdida historia que rodea al caso Epstein; 3) desviar la atención del derramamiento de sangre causado por su política de inmigración; 4) perjudicar a la economía china; 5) perjudicar a Rusia; 6) ganar puntos electorales. Además de todo lo anterior, controlar las reservas petroleras, unas de las mayores del mundo.

Entre otras cosas, un resultado así reforzaría la posición de Washington, restauraría su imagen de “policía del mundo” e, indirectamente, debilitaría considerablemente la autoridad de Rusia.

Conclusión

El conjunto de todos estos factores da motivos para creer que Rusia está preparando un giro hacia un enfoque más agresivo en la guerra de Ucrania, usando todos los medios que hasta ahora había considerado tabú. Y esto podría ocurrir ya este mismo año.

Precisamente por eso resulta de vital importancia para Ucrania lograr la paz. De otro modo, el riesgo de su total destrucción se convierte en una realidad. La paz es una oportunidad para la supervivencia del Estado, el inicio de la reconstrucción y la continuación del desarrollo. La continuidad de la guerra, incluso en su forma actual, solo significa una aproximación al desastre.

Maxim Goldarb es Presidente de la Unión de Fuerzas de Izquierda (Por un Nuevo Socialismo) de Ucrania.

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la traducción.