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El escenario electoral del Perú en 2026

Entre la manipulación del Imperio y los símbolos populares

Fuentes: Rebelión

El Perú es una colonia —o una neocolonia— de los EE.UU. De ahí provienen no solo el comportamiento del Estado neoliberal y de sus instituciones, sino también la actuación de muchos que se autoidentifican como emancipados de la ideología dominante, pero que al final terminan reproduciéndola. En múltiples dimensiones de la vida práctica, el país funciona como una colonia o neocolonia y, sobre todo, como un territorio en disputa dentro de la guerra global que atraviesa al mundo contemporáneo.

Somos una colonia obediente: tanto que ni unos ni otros se atreven a pensar distinto de lo que impone la narrativa dictada por el régimen asentado en este territorio. La obsecuencia intelectual no solo se expresa en el tono moderado con que se acusan recibos al imperio, sino también en el silencio frente a hechos evidentes, aunque las pruebas no abunden. Se amparan en esas certidumbres incompletas para callar y no nombrar el acontecimiento axiomático; y, al no nombrarlo, inevitablemente deja de existir.

Por eso, la supuesta inexistencia de ese acontecimiento lo vuelve impensable: imposible, impropio, completamente fuera de lugar. Queda, así, expulsado del debate público, de la realidad y del discurso. No se trata de negación; no: es una invisibilización total y absoluta.

Nos referimos a la manipulación política y electoral de los comicios en el Perú en general, por parte de los EE.UU. Lo hizo hace muy poco en Honduras: la izquierda ganó, pero al Trump de aquellos días (fines de 2025, lejos del Trump de ahora, tras la derrota ejecutada por Irán) poco le importó, e hizo “ganar” a su candidato. Lo hizo en Ecuador, y también maniobró en las elecciones de Argentina. ¿Cómo sostener, entonces, que no tuvo nada que ver con las elecciones del Perú, cuando —como todos sabemos— es un terreno en disputa, no solo por Chancay, sino por un conjunto de condiciones que posee el territorio andino-amazónico?

Lo peor es esto: ¿Cómo es que nadie habla de esa posibilidad? El diseño de la narrativa, dictada por el algoritmo, lo había anticipado. Un diseño de IA y de planificación del código a ejecutar, sostenido por un mecanismo sofisticado dentro del algoritmo empleado en este escenario.

En un mundo donde todo se convierte en datos, en procesamiento y, finalmente, en un resultado producido por variables, estructuras de control y bucles, la configuración del episodio electoral en el Perú parecía cantada.

Habían logrado deshacerse de Pedro Castillo, conteniendo a sangre y fuego la insurgencia popular que confrontó el relato del régimen con símbolos impugnadores que fueron in crescendo, hasta llegar a recuperar la emblemática de Arguedas y Mariátegui, sin sentirse representados por los canales de representación habituales.

El imperio y sus lacayos emplearon todos los medios —formales e informales— para conferir legitimidad al caos político encabezado por una gobernante rudimentaria, que nunca superó un dígito de aprobación.

El periodo electoral se acercaba a su fin y, para dotar de cierta legalidad a lo que —a todas luces— parece una dictadura de mafias y kakistocracias de toda laya, sabían que sobrevendría este ciclo electoral. Lo calcularon todo: desde la embajada, desde la Secretaría de Estado, hoy venida a menos y también bajo el mando de un personaje de marras, de escaso tino político, pero todavía al frente de la oficina que administra a las colonias a su antojo.

La logística que manejan ahora —cuando prescinden de las ONG que antes financiaban— es mayor. Y sabían algo que muchos ignorábamos hasta ver el resultado electoral posterior al 12 de abril: el voto popular es abrumador y supera el 50 %.

Por eso, desde el primer momento, el objetivo fue la manipulación inequívoca del voto popular. La estrategia consistió en dispersarlo para confundirlo. A ese interés confluyeron la fuerza del turbio Nieto Montesinos; del mismo modo concurrieron el pícaro Belmont y el taimado Álvarez. El caso de López Chau es distinto: pudo alcanzar un mejor resultado electoral, pero cometió dos graves errores que evidencian la escasa lucidez política del exrector. A saber: incorporar a sus listas al matón golpista de Colchado y, en plena campaña, referirse al periodo de Velasco Alvarado con improperios absolutamente inapropiados; algo que el movimiento popular jamás podría perdonar. Del resto de candidaturas poco queda por decir, salvo de una agrupación de la que nos ocuparemos más adelante.

El cálculo del imperio y sus esbirros —de las IAs y los algoritmos— fue que, al aplicar la dispersión del voto y sostener una campaña marcada por la manipulación vía encuestas (que ubicaban solo a candidatos de derecha entre las preferencias), el desenlace quedaría asegurado. Esa táctica de sondeos caló en sectores urbanos con ciertos acomodos, pero encontró resistencias en otros, acostumbrados a desacomodos constantes.

El resultado parecía cantado: la IA no podía fallar, no habría margen de error. Sin embargo, como ocurrió en las operaciones de la mal llamada “furia épica” del estrafalario de la Casa Blanca, la IA falló de manera ostensible.

El resultado general quizá no asombró demasiado a los operadores de esta escalofriante manipulación electoral del Perú de 2026. Sabían que el voto popular era numeroso; lo que no calcularon —ni por asomo— es que ese voto tenía capacidad de organización autónoma.

Roberto Sánchez levantó el símbolo del sombrero de Pedro Castillo y recorrió el país con una campaña a la que llamó “La ruta castillista”. En el plano simbólico, la batalla estaba ganada.

En el campo popular, Castillo sigue siendo una fuerza importante. La disputa narrativa aquí no se escribe en código de algoritmo, sino en la vieja fórmula del rumor. La manipulación mediante redes sociales —o la circulación de contenidos de fácil consumo— se desmonta con la conversación sostenida en la experiencia directa.

No hay una ideología directa; no, no, no. No hablamos de un movimiento popular ideologizado: es, más bien, intuitivo. Pero en un escenario donde la historia reciente aún duele, nada resulta más ilustrativo y comunicativo que ese dolor: las muertes causadas por quienes hoy pretenden prolongar su régimen.

El campo popular se organizó como pudo. Sánchez tardó en articular esta estrategia de campaña; de haberla implementado antes, quizá el resultado sería otro. El campo popular se contuvo cuanto pudo hasta reconocerse simbólicamente en sus pares. El sombrero de Pedro Castillo, “La ruta castillista”, la propaganda del propio Castillo y las candidaturas de familiares de Pedro incorporados a la plancha de Sánchez impulsaron esa autoorganización.

Amigos y enemigos

El campo popular identifica primero a sus enemigos: ahora están más que definidos. Son todos aquellos que tuvieron un rol opositor e injurioso frente al movimiento que siguió al golpe contra el presidente Castillo. Aquellas movilizaciones distinguieron amigos y adversarios. López Chau fue un aliado; Colchado, no. Esa fue la severa sentencia del académico.

Racistas, discriminadores y “terruqueadores”, entre otros, son enemigos del campo popular; aliados de la rudimentaria Boluarte, así como gran parte de un Congreso gánsteril, entre otros.

Mención aparte merece un partido que se dice de izquierda, pero que en la práctica funciona como una suerte de APRA de la izquierda: Patria Roja. Es una organización que por décadas ha lucrado con la Derrama Magisterial (Institución de seguridad social privada en Perú, que administra los aportes previsionales de los maestros del sector público) y, hasta hace muy poco, sacaba partido con la representación del sindicato de los trabajadores de la educación. Esto ha generado una extendida animadversión contra este grupo. Es bien sabido que fueron docentes de diversos lugares del país quienes hicieron campaña por Pedro Castillo en primera vuelta y, luego, decididamente en la segunda. Conviene recordar que Castillo devenía de una dirigencia contraria a la de Patria Roja.

Pero ahí no termina el historial de esta organización política. Tras el golpe a Castillo que lo condenó a una prisión ilegal, y mientras el movimiento popular se organizaba para movilizarse, este partido se dedicó activamente a atacar y desmovilizar a las fuerzas en la calle, motejándolas con los mismos adjetivos que empleaba la derecha más recalcitrante.

En estas elecciones, esta agrupación se articuló detrás de una coalición electoral que —como es sabido— ha sufrido un flagrante castigo del voto popular.

Conclusiones:

1.- La manipulación de los EE.UU. mediante IA no ha tenido el resultado esperado: la IA no puede controlar ni anticiparse a las identificaciones simbólicas del movimiento popular; o bien estas identificaciones actúan como valores antagónicos o aleatorios frente a esas programaciones.

2.- El movimiento popular no está desarticulado ni desorganizado: posee capacidad de movilización y de comunicación activa, con resultados concretos. Identifica con claridad a sus aliados y a sus antagónicos.

3.- El resultado electoral actual es, por sí mismo, una derrota del voto duro de la derecha. Una simple operación aritmética conduce a ese corolario.

4.- La izquierda se ha quedado en el siglo XX: no ha sido capaz de evolucionar ni de revolucionarse. El movimiento popular va muy por delante de quienes, en estas elecciones, se disputaban graciosamente el título de “más de izquierda” que los demás.

5.- El capital simbólico de Pedro Castillo es un agente movilizador de primer orden y ha convertido a Roberto Sánchez en su sucesor, más allá de las acusaciones de un lado o del otro.

6.- Este escenario electoral debe analizarse como la continuidad de las movilizaciones populares posteriores al 7 de diciembre de 2022: movilizaciones que activaron imaginarios diversos, pero que enarbolaron banderas y coros evidentemente arguedianos. La disputa simbólica tiene límites, pero también ha ido consolidando identidades propias.

7.- El resultado que devenga luego —pase Sánchez a segunda vuelta o no— abrirá un escenario que debe pensarse dentro de esta dinámica.

Fuente: https://siwarmedia.com/?p=3186

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.