La reciente resolución del Parlamento Europeo sobre Cuba constituye un ejemplo revelador de cómo los discursos occidentales sobre los «derechos humanos», la «democracia» y el «Estado de derecho» están estrechamente vinculados a intereses geopolíticos y pueden convertirse, cuando es necesario, en instrumentos ideológicos de políticas de cambio de régimen.
Aprobada por 283 votos a favor, 199 en contra y 85 abstenciones, la resolución exige «profundos cambios económicos y políticos» en Cuba, reclama sanciones contra el presidente Miguel Díaz-Canel y otros altos funcionarios, y plantea la suspensión del Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación entre la Unión Europea y Cuba.
La esencia de este enfoque es clara: se niega a un país soberano el derecho a determinar libremente su propio sistema político y económico y, al igual que hace Trump, se pretende imponer desde el exterior una transformación «deseada» mediante la presión y las amenazas.
En otras palabras, lo que se intenta legitimar bajo el nombre de «transición democrática» es una nueva forma de la vieja estrategia de cambio de régimen, adaptada a las condiciones actuales, que sustituye la ocupación militar directa por mecanismos de coerción política y económica.
Resulta particularmente significativo que el Parlamento Europeo trate de invisibilizar el principal factor responsable de las dificultades económicas que enfrenta Cuba: el bloqueo estadounidense. Más de sesenta años de guerra económica, asfixia financiera, restricciones comerciales, presiones contra terceros países y la inclusión arbitraria de Cuba en la lista de «Estados patrocinadores del terrorismo» son ignorados o presentados como factores secundarios.
Esta postura no sólo supone una distorsión de la realidad histórica. También significa convertirse en cómplice de una estrategia destinada a obtener resultados políticos mediante el estrangulamiento económico.
Porque el bloqueo nunca fue simplemente un instrumento económico.
Fue concebido como un mecanismo de cambio de régimen a largo plazo, destinado a empobrecer al pueblo cubano, fomentar el descontento social y provocar una descomposición interna. Y precisamente eso es lo que Washington no ha logrado en más de seis décadas.
La resolución del Parlamento Europeo demuestra hoy que la Unión Europea se integra cada vez más abiertamente en esa estrategia.
El lenguaje es europeo, pero el guion viene de Washington.
Por eso, la cuestión no es solamente Cuba. La cuestión es qué principios deben regir las relaciones internacionales. ¿Prevalecerá una visión unipolar del mundo en la que las grandes potencias imponen a los países más débiles qué sistema deben adoptar?
Precisamente por ello, Cuba posee un significado histórico que trasciende con mucho sus fronteras geográficas.
Cuba se ha convertido en uno de los símbolos de los países que luchan por preservar su independencia frente a las presiones económicas, diplomáticas y políticas del sistema imperialista. Por ello, los ataques contra Cuba no sólo apuntan a La Habana, sino también al principio de soberanía, al derecho al desarrollo independiente y a la voluntad de los pueblos de decidir su propio futuro.
Hoy, quienes invocan los «derechos humanos» para justificar sanciones contra Cuba guardan silencio ante la barbarie en Gaza, muestran indiferencia frente a los crímenes cometidos por Israel, apoyan activamente el rearme europeo y legitiman las intervenciones globales de la OTAN.
Esta resolución revela igualmente que la Unión Europea cae cada vez más bajo la influencia de la extrema derecha, se aleja de los valores humanistas, se subordina a las estrategias atlánticas y actúa cada vez más guiada por cálculos geopolíticos y no por el derecho internacional.
Sin embargo, la historia ha demostrado una y otra vez que los pueblos no pueden explicarse únicamente por indicadores económicos.
La Revolución Cubana ha resistido durante más de sesenta años invasiones, sabotajes, atentados terroristas, aislamiento diplomático y uno de los regímenes de bloqueo económico más prolongados de la historia.
Porque las revoluciones no sobreviven sólo gracias a los recursos materiales, sino también gracias a la legitimidad histórica, la memoria colectiva y la dignidad nacional.
Defender a Cuba hoy no significa eximir de toda crítica a un gobierno determinado.
Defender a Cuba significa defender el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro sin injerencias externas. Significa rechazar el uso de la guerra económica como arma política. Significa defender la igualdad soberana frente a la ley del más fuerte.
Porque, pese a su inmenso poder militar, financiero y tecnológico, el imperialismo nunca ha logrado destruir la voluntad de los pueblos de vivir con independencia.
No lo consiguió en Vietnam. No pudo destruir la resistencia del pueblo palestino Y tampoco ha logrado doblegar a Cuba.
Tampoco podrá doblegar a otros pueblos en el futuro.
Por eso, la resolución del Parlamento Europeo pasará a la historia como un documento de vergüenza.
Pero lo que permanecerá en la memoria de los pueblos no serán las amenazas de Bruselas, sino la resistencia del pueblo cubano y la solidaridad internacional que se levanta en todos los rincones del mundo.
Porque la historia no se escribe sobre la memoria de los imperios, sino sobre la memoria de los pueblos que resisten.
Y Cuba, pese a todas las dificultades, sigue siendo uno de los símbolos vivos de esa historia.
Cuba no está sola.
¡Viva la solidaridad internacional!
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