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Cáucaso: miradas sobre un conflicto. Los escombros de la diplomacia mundial

Fuentes: Brecha

La guerra relámpago provocada por Estados Unidos en el Cáucaso hace un mes exacto, y la decisión unilateral rusa de reconocer la independencia de dos provincias rebeldes, hasta ahora pertenecientes a Georgia, son una nueva muestra del desmoronamiento de las alianzas que marcaron el último medio siglo. La aventura georgiana de George W Bush ha […]

La guerra relámpago provocada por Estados Unidos en el Cáucaso hace un mes exacto, y la decisión unilateral rusa de reconocer la independencia de dos provincias rebeldes, hasta ahora pertenecientes a Georgia, son una nueva muestra del desmoronamiento de las alianzas que marcaron el último medio siglo.

La aventura georgiana de George W Bush ha llegado al punto de poner en riesgo a la propia otan y al sistema occidental de alianzas tal cual ha funcionado desde el fin de la Segunda Guerra.
Las evidencias y los testimonios de que el intento georgiano de apoderarse de las dos provincias rusófonas y rebeldes de Osetia del Sur y Abjasia contó con el apoyo, no sólo político sino también militar, de Estados Unidos son cada vez mayores. Por supuesto que tal realidad no será jamás reconocida por las diplomacias de los países de Europa occidental, y difícilmente sea ventilada por los grandes medios de comunicación del área. En su gran mayoría esos medios callaron la injerencia estadounidense en Kosovo, de la misma manera que nada dijeron sobre la incesante labor de desestabilización por parte de Estados Unidos en Georgia y Ucrania, donde fueron impuestos, a través de procesos no transparentes, gobiernos «amigos» de Occidente y hostiles a Moscú.

Nadie puede sostener, por supuesto, que Rusia sea una democracia acabada, o que no viole los derechos humanos o no se haya llevado por delante a pueblos enteros, como sucedió y continúa sucediendo en Chechenia. Sin embargo, la pretensión de Estados Unidos de seguir presentando a Rusia como «la» potencia agresora en la zona parece totalmente fuera de lugar. Es una realidad que tras dos décadas de hacer buena letra ante Occidente, Rusia ha vuelto a levantar cabeza como potencia regional, ayudada en gran medida por su renacer económico de la mano de los altos precios actuales del petróleo. Y es cierto también que Rusia se siente amenazada en su seguridad por la política de Washington y de sus aliados de rodearla de regímenes hostiles (otrora aliados) que son instados a adherir a la otan, una alianza nacida precisamente hace casi sesenta años para oponerse a una urss gobernada desde Moscú. Si tras la caída del bloque soviético los rusos estaban inmersos en una suerte de «complejo de inferioridad» frente a Occidente, hoy viven un clima de euforia nacionalista que los ha llevado a dar muestras de una nueva seguridad en sí mismos. Por ejemplo, tras haber pedido de rodillas su admisión en la Organización Mundial del Comercio, ahora Rusia se puede permitir suspender unos acuerdos preliminares que considera desfavorables a sus intereses, en la medida que le imponían una apertura irrestricta de su economía.*

El regreso de la «Rusia potencia», además de tener aristas sumamente peligrosas, preocupa a Estados Unidos y a sus aliados europeos, que también miran con recelo la emergencia de nuevos actores como China e India, y en el caso de Washington, de la América Latina integracionista. Sin embargo, el oso ruso que renace como potencia convoca sensaciones especiales. Además, a diferencia de China, Rusia es un exportador primario de energía.
Por otra parte, en el ámbito de las relaciones entre Europa y Estados Unidos, el clima es parecido o peor al que reinaba hace cinco años, en el momento de la última gran agresión contra Irak. En aquel entonces Francia, Alemania y otros países menores se disociaron de la masacre, al tiempo que el secretario de Estado Donald Rumsfeld se refería a una Europa dividida entre jóvenes y valientes y viejos y cobardes. En el grupo de los jóvenes y valientes estaban los antiguos integrantes del Pacto de Varsovia. El lunes 1, en la cumbre europea, las diferencias de enfoque e intereses entre Europa occidental y Estados Unidos volvieron a quedar en evidencia. Formalmente, Europa condenó a Rusia por su reconocimiento a la independencia de Osetia del Sur y de Abjasia y señaló que respalda la unidad territorial de Georgia. Sin embargo, los «viejos y cobardes» no adoptaron ninguna represalia concreta contra Moscú, cosa a la que incitaba Washington. Hay que tener en cuenta que Alemania e Italia dependen totalmente del gas ruso y no quieren ni se pueden permitir una guerra de ninguna especie con Moscú, ni política ni económica. Lo que sucedió en esta cumbre representa tan sólo una perla más en el collar de desencuentros recientes entre Estados Unidos y Europa, del que forman parte los casos de Irak, Irán, Afganistán y el inminente quiebre de Ucrania. Washington sigue pretendiendo que Georgia y Ucrania ingresen a la otan. Los europeos no se oponen abiertamente, pero miran para otro lado. Si el 7 de agosto, cuando estalló la guerra entre Rusia y Georgia, esta última hubiera sido parte de la otan habría habido riesgo real de una tercera guerra mundial.

Debilitada al extremo como lo está ahora la autoridad de las Naciones Unidas, en especial de su Consejo de Seguridad, debilitadas instancias como la osce, el G 7 y el G 8 (del cual Estados Unidos pretendió, sin éxito, expulsar a Rusia), prácticamente no hay en este mundo multipolar ámbitos en que se puedan negociar soluciones a crisis aparentemente menores como la del Cáucaso. Las Casandra del movimiento pacifista lo habían previsto: el nuevo orden mundial, en el que la fuerza de las armas o del dinero sustituye a la legalidad, al derecho y a la política, será inestable y peligrosísimo.

* Moscú pretende hoy, entre otras cosas, gravar las exportaciones de madera rusa de las grandes multinacionales de la celulosa instaladas en su territorio. Es muy probable que de concretarse ese proyecto las trasnacionales del sector, en su mayoría de origen finlandés o sueco, se inclinen en mayor medida a radicarse en América del Sur.

Libertad de prensa
Magomed Yevloyev era un periodista que molestaba al poder político. A través de Internet, no cesaba de denunciar la corrupción y la violencia reinantes en su país, la República de Ingusetia, integrante de la Federación Rusa, al norte del Cáucaso. Uno de sus enemigos era el presidente de su país, Murat Zyazikov. Ambos coincidieron el domingo pasado en un avión que los trasladó de Moscú a Nazran, la capital de Ingusetia. Dicen que durante el vuelo tuvieron una fuerte discusión. A su llegada a Nazran la policía esperaba a Magomed. Se lo llevaron a declarar, dijeron. Media hora después agentes policiales abandonaron el cuerpo sin vida de Magomed en la puerta de un hospital. Le habían disparado en la sien, a quemarropa. La policía arguyó que el periodista había intentado fugar. La muerte de Yevloyev recuerda la de Ana Politovskaya, quizás la única periodista asesinada recientemente en Rusia de la cual se ha hablado en el mundo.