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Una mancha sobre la democracia india

El ahorcamiento de Afzal Guru

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

La primavera se anunció en Delhi el sábado. Salió el sol y se aplicó la ley. Justo antes del desayuno, el gobierno de India ahorcó en secreto a Afzal Guru ,el principal acusado del ataque al Parlamento en diciembre de 2001, y enterró su cuerpo en la prisión Tihar de Delhi en la que había estuvo en confinamiento solitario durante 12 años. La esposa y el hijo de Guru no fueron informados. «Las autoridades se pusieron en contacto con la familia por correo exprés y correo certificado», dijo el Ministro del Interior a la prensa, «el director general de la policía de Jammu y Kashmir (J&K) recibió instrucciones para que controlara si los recibieron o no». Nada importante, solo se trata de la familia de otro terrorista cachemirí.

En un momento de rara unidad la nación india, por lo menos sus principales partidos políticos -el Congreso, el Partido Bharatiya Janata y el Partido Comunista de India (marxista)- se unieron como uno solo (aparte de algunas disputas sobre «retardo» y «oportunidad») para celebrar el triunfo del Estado de derecho. Las transmisiones en vivo de los estudios de televisión, con su cóctel usual de pasión papal y una delicada comprensión de los hechos, alardearon de la «victoria de la democracia». Los nacionalista hindúes derechistas distribuyeron golosinas para celebrar el ahorcamiento y golpearon a los cachemiríes (dedicando especial atención a las muchachas) que se habían reunido en Delhi para protestar. A pesar de que Guru estaba en el más allá, los comentaristas de los estudios y los matones de las calles parecían, como cobardes que cazan en jaurías, necesitarse los unos a los otros para envalentonarse. Tal vez porque en lo más hondo sabían que se habían coludido para hacer algo terriblemente injusto.

¿Cuáles son los hechos? El 13 de diciembre de 2001 cinco hombres armados entraron por la puerta del Parlamento indio en un coche-bomba. Cuando los detuvieron saltaron del coche y abrieron fuego matando a ocho miembros del personal de seguridad y a un jardinero. En el tiroteo que sobrevino murieron los cinco atacantes. En una de las numerosas versiones de las confesiones que le obligaron a hacer mientras estaba bajo custodia policial, Guru señaló que aquellos hombres eran Mohammed, Rana, Raja, Hamza y Haider. Es todo lo que se sabe de ellos. Ni siquiera tienen apellidos. LK Advani, entonces Ministro del Interior del gobierno del BJP, dijo que «parecían paquistaníes» (Debe de saber cómo son los paquistaníes, siendo él mismo sindhi). Basándose solo en la confesión de Guru bajo custodia (que fue posteriormente descartada por la Corte Suprema, citando «lapsos» y «violaciones de las salvaguardas de procedimiento») el gobierno retiró su embajador de Pakistán y movilizó a medio millón de soldados hacia la frontera de ese país. Se habló de guerra nuclear. Las embajadas emitieron advertencias para viajantes y evacuaron su personal de Delhi. El impasse duró meses y costó a India miles de crores (millones de libras esterlinas).

Dentro de las siguientes 24 horas, la Célula Especial de la Policía de Delhi (tristemente célebre por sus falsos asesinatos en «encuentros» en los que presuntos terroristas son objeto de ataques extrajudiciales) afirmó que había solucionado el caso. El 15 de diciembre arrestó al «cerebro», el profesor SAR Geelani, en Delhi, y a Showkat Guru y su primo Afzal Guru en Srinagar, Cachemira. A continuación arrestaron a Afsan Guru, la esposa de Showkat. Los medios indios diseminaron con entusiasmo la versión policial. Entre los titulares hubo los siguientes: «Profesor de la universidad de Delhi fue el centro del plan», «Catedrático universitario guió a los fedayines», «Catedrático enseñaba terrorismo en su tiempo libre». Zee TV, una cadena nacional, transmitió un «docudrama» titulado 13 de diciembre, una recreación que pretendía ser la «verdad basada en la hoja de acusación de la policía». (Si la versión policial es la verdad, ¿para qué tenemos tribunales?). El primer ministro, Atal Bihari Vajpayee, y Advani aplaudieron públicamente la cinta. La corte suprema se negó a postergar su transmisión, diciendo que los medios no influyen en los jueces. Se transmitíó solo unos días antes de que el tribunal, por la vía rápida, sentenciara a Geelani y Afzal y a Showkat Guru a la pena de muerte. A continuación el alto tribunal absolvió a Geelani y Afsan Guru. La corte suprema confirmó la absolución. Pero en su dictamen del 5 de agosto de 2005 sentenció a Afzal Guru a tres cadenas perpetuas y a una doble pena capital.

El BJP pidió la ejecución inmediata. Una de sus consignas electorales fue «Desh abhi sharminda hai, Afzal abhibhi zinda hai«, que significa (con una rima impresionante): «Nuestra nación está avergonzada porque Afzal sigue vivo». Con el fin de mitigar las murmuraciones que habían comenzado a circular, empezó una nueva campaña en los medios. Chandran Mitra, actualmente parlamentario de BJP, entonces editor del periódico Pioneer, escribió: «Afzal Guru fue uno de los terroristas que atacaron el Parlamento el 13 de diciembre de 2001. Fue uno de los primeros que abrieron fuego contra el personal de seguridad, matando al parecer a tres de los seis que murieron». Pero la hoja de acusación de la policía no acusaba de eso a Afzal. El fallo de la corte suprema reconoció que la evidencia era circunstancial: «Como es el caso en la mayoría de las conspiraciones, no existe y no podría haber ninguna evidencia de conspiración criminal». Pero luego, sorprendentemente, dijo: «El incidente, que causó numerosas víctimas, estremeció a toda la nación y la conciencia colectiva de la sociedad solo será satisfecha si el criminal recibe la pena capital».

¿Quién creó nuestra conciencia colectiva respecto al caso del ataque al Parlamento? ¿Podrán haber sido los hechos que nos mostraron los periódicos? ¿Las cintas que vimos en la televisión? Antes de celebrar el Estado de derecho, echemos una mirada a lo que sucedió.

Los que celebran la victoria del Estado de derecho argumentan que el hecho de que los tribunales indios hayan absuelto a Geelani y condenado a Afzal demuestra que el proceso fue libre y justo, ¿será verdad?

El juicio del tribunal por la vía rápida comenzó en mayo de 2002. El mundo todavía estaba convulsionado por el frenesí posterior al 11-S. El gobierno de EE.UU. se refocilaba prematuramente  por su «victoria» en Afganistán. En el Estado de Gujarat había comenzado a fines de febrero la masacre de musulmanes por parte de escuadrones de pistoleros hindúes, con la ayuda de la policía y de la maquinaria del gobierno estatal, que continuaba esporádicamente. El aire estaba cargado de odio entre comunidades. Y en el caso del ataque al Parlamento, la ley estaba volviendo a su cauce normal. En la etapa más crucial de un caso criminal, cuando se presenta la evidencia, cuando se vuelve a interrogar a los testigos, cuando se establecen los fundamentos del alegato -en la alta corte y en la corte suprema solo se pueden argumentar cuestiones de derecho, no se pueden presentar más pruebas- Afzal Guru, encerrado en una celda solitaria de alta seguridad, no tenía abogado. El abogado principiante nombrado por la corte no visitó a su cliente ni una sola vez en la cárcel, no citó a ningún testigo en defensa de Guru, y no interrogó a los testigos de la fiscalía. El juez expresó su incapacidad de hacer algo respecto a la situación.

A pesar de todo, el caso se derrumbó desde el primer momento. Algunos ejemplos entre muchos: las pruebas más incriminatorias que se presentaron contra Guru fueron un teléfono celular y un laptop confiscados cuando lo arrestaron. No se sellaron, como se requiere en el caso de evidencia. Durante el juicio se supo que el disco duro del laptop se había manipulado después de la detención. Solo contenía los pases falsos del ministerio del interior y las tarjetas falsas de identidad que utilizaron los «terroristas» para acceder al Parlamento  y un videoclip de Zee TV del edificio del Parlamento. Por lo tanto, según la policía, Guru había borrado toda la información excepto las partes más incriminatorias. El testigo de la policía dijo que vendió la crucial tarjeta sim que conectaba a todos los acusados con el suceso, entre ellos y con Guru, el 4 de diciembre de 2001. Pero los propios registros de llamados de la fiscalía mostraban que la sim estuvo efectivamente operativa desde el 6 de noviembre de 2001.

¿Cómo llegaron a Afzal los policías? Dijeron que Geelani los condujo a él. Pero los archivos del tribunal muestran que el mensaje para arrestar a Afzal se envió antes que capturaran a Geelani. El alto tribunal lo calificó de «contradicción material» pero no hizo nada más.

Los memorandos de arresto fueron firmados por Bismillah, hermano de Geelani, en Delhi. Los memorandos de captura fueron firmados por dos hombres de la policía J&K, uno de ellos un antiguo torturador de Afzal como «militante» rendido.

La montaña de mentiras y de evidencia amañada es interminable. Los tribunales tomaron nota, pero la policía no recibió más que una amable amonestación. Nada más.

Cualquiera que hubiera estado verdaderamente interesado en resolver el misterio del ataque al Parlamento habría seguido la densa pista de evidencia que existía. Nadie lo hizo, asegurando así que los verdaderos autores de la conspiración permanecieran sin identificar y sin investigar.

La verdadera historia y la tragedia de lo que le pasó a Guru es demasiado inmensa para limitarla a la sala de un tribunal. La verdadera historia nos llevaría al valle de Cachemira, ese potencial punto álgido nuclear que además es la zona más densamente militarizada del mundo, donde medio millón de soldados indios (uno por cada cuatro civiles) y un laberinto de campos militares y cámaras de tortura que dejarían en la sombra Abu Ghraib llevan el secularismo y la democracia al pueblo cachemirí. Desde 1990, cuando la lucha por la autodeterminación llegó a ser militante, 68.000 personas han muerto, 10.000 han desaparecido y por lo menos 100.000 han sido torturadas.

Lo que distingue el caso de Guru es que, a diferencia de las decenas de miles de personas que murieron en prisión, su vida y su muerte tuvieron lugar a plena luz del día y todas las instituciones de la democracia india jugaron su papel en su condena a muerte.

Ahora le han ahorcado. Espero que nuestra conciencia colectiva esté satisfecha. ¿O todavía está medio llena nuestra taza de sangre?

Arundhati Roy es novelista, escritora, y activista política. Su libro más reciente es Walking With the Comrades.

Fuente: http://www.counterpunch.org/2013/02/11/the-hanging-of-afzal-guru/

rCR

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