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El incordiante Marek Edelman

Fuentes: Público

La noticia, del pasado 2 de octubre, pasó casi desapercibida, y me topé con ella por casualidad. Ha muerto Marek Edelman, y muy poca gente en la actualidad sabía quién era, de hecho, casi nadie fuera de su círculo más próximo y algunos especialistas. Es inevitable, porque el tiempo trabaja contra la memoria de ciertas […]

La noticia, del pasado 2 de octubre, pasó casi desapercibida, y me topé con ella por casualidad. Ha muerto Marek Edelman, y muy poca gente en la actualidad sabía quién era, de hecho, casi nadie fuera de su círculo más próximo y algunos especialistas. Es inevitable, porque el tiempo trabaja contra la memoria de ciertas cosas, esto es un hecho inobjetable. Pero, por fortuna, Marek Edelman tenía tres virtudes que, combinadas, hacían de él un hombre irrepetible: era un incordio, era discreto y era un Héroe (con mayúscula).

Era, ante todo y por encima de todo, la última imagen viva de la insurrección del gueto de Varsovia, que el 19 de abril de 1943 se alzó en armas frente a la ofensiva nazi lanzada para destruir esa prisión a cielo abierto en la que el ocupante había encerrado a casi medio millón de judíos polacos desde 1940. De hecho, el 18 de abril de 1943, sólo quedaban menos de 60.000, el resto había muerto ya de inanición o en los campos de Auschwitz, Treblinka u otros. Frente a más de una División alemana, reforzada por varios centenares de voluntarios SS ucranianos, nada más y nada menos que 220 chicos y chicas armados con algunas pistolas y fusiles -ah, parece que tuvieron una ametralladora-, aguantaron 28 días, escondidos entre las cloacas y alcantarillas de la ciudad. Naturalmente y como es bien sabido, al final los nazis aplastaron la revuelta, mataron a prácticamente todo el mundo y quemaron y arrasaron la totalidad del gueto.

Paréntesis: Varsovia, que quedó muy destruida por la guerra, fue reconstruida con mucho cuidado y es hoy una bella ciudad. Si van a visitarla, pregunten por el gueto mientras pasean por las calles del centro histórico entre el Vístula y el viejo cementerio católico. Pregunten al azar dónde estaba el gueto. Y a ver cuánta gente sabe orientarles.

Pero de aquella lucha desigual cabe señalar, más allá del impresionante arsenal que tenían los insurgentes, que el máximo dirigente, Mordechai Anielewicz, tenía apenas 24 años, y se suicidó junto con un reducido grupo de combatientes cuando ya no tenían escapatoria. Entonces ocupó el cargo de comandante (por decir algo) el joven Edelman, que tenía 20 años y medio. Eran militantes del ZOB (Zydowska Organizacija Bojowa), afiliados al Bund, formación política socialista (muy influenciada por la revolución soviética). Es decir: judíos, socialistas o comunistas, y furiosamente antinazis, todo un programa en la Polonia de aquellos años.

Cuando del gueto ya no quedaba piedra sobre piedra, la última mañana, en una de las calles de la parte exterior del gueto, se levantó una tapa de alcantarilla y por ella emergieron como fantasmas un puñado (literalmente, menos de una docena) de demacrados jóvenes conducidos por Edelman. Los únicos que escaparon.

La cosa no acaba aquí. Edelman y su grupo consiguieron pasar a la clandestinidad, pero quedándose en Varsovia, y cuando la insurrección, el año siguiente, combatieron con los insurgentes por la liberación de la ciudad. La Historia es rara vez una película de buenos y malos, y mucho se ha escrito sobre por qué la resistencia polaca no ayudó en su día a los insurrectos judíos en 1943, y por qué el Ejército soviético esperó tranquilamente al otro lado del Vístula cuando los ciudadanos polacos se levantaron en 1944. Pero la Historia está hecha de pequeñas historias que redimen a la humanidad entera. Por ejemplo, algunos comandantes de la resistencia polaca de la Ludowa Armia (uno de los grupos clandestinos) pasaron algunas armas y ayuda al gueto antes de la insurrección, y luego, el grupo de Edelman se unió a ellos para intentar salvar Varsovia. Como era un incordio, Polonia prefirió esperar hasta 1998 para que su Gobierno le concediera su más alta condecoración, la Orden del Águila Blanca.

Era realmente un incordio. Siendo judío, héroe de la lucha antinazi, visitó Israel pero nunca mostró el menor interés en instalarse allí, decidió seguir siendo judío polaco, y vivió en Lodz hasta su muerte. Es más, en los últimos 20 años, tomó posición varias veces a favor de los derechos de los palestinos, o denunció excesos del Gobierno israelí, a la par que condenaba sin paliativos los atentados suicidas y las muertes de civiles inocentes. Si van a Israel, visiten el kibutz Lojamei Haguetaot, cerca de Haifa; su nombre significa «los combatientes del gueto», y hay un interesante pequeño museo que merece la pena. Pero Edelman no estuvo interesado en convertirse en pieza de museo. Como era un héroe de las dos insurrecciones, el régimen comunista no se atrevió a tocarle, pero en 1981, cuando se fundó el sindicato Solidarnosc, un ex combatiente polaco de la resistencia que ocupaba la tribuna interrumpió su discurso para decir «compañeros, hay en la sala un héroe de considerable estatura, Marek Edelman». Y era muy bajito.

Y yo, ¿qué? Le conocí en Sarajevo, en plena guerra, en los primeros días de enero de 1995, con temperaturas de 10 grados bajo cero. Se celebraba en la ciudad una especie de conmemoración de los 1.000 días del cerco, que ya son ganas. Acudimos un puñado de extranjeros -estaban el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, y el de Sabadell, Antoni Farrés, y poco más-, a petición del Ayuntamiento de la ciudad, para mostrar apoyo a sus habitantes, promover algunas actividades culturales que mantuvieran un símil de vida civil, cosas así de desesperantes. En un gélido teatro desvencijado me encontré charlando una mañana con un viejecito muy bajito, hablamos de Sarajevo, de Barcelona, de la Guerra Civil, y al final me saludó y me dijo «me llamo Marek Edelman». Me quedé de una pieza. Retomamos la conversación varias veces en los días siguientes, mientras el famoso violoncelista de Sarajevo tocaba unas suites de Bach. Marek sabía mucho de cercos y de guetos, había venido a ver qué se podía hacer.

Pere Vilanova es catedrático de Políticas de la Universidad de Barcelona y analista del Ministerio de Defensa

http://blogs.publico.es/dominiopublico/1609/el-incordiante-marek-edelman/