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La “democracia” de Bush

El opio rebosa en Afganistán

Fuentes: Rebelión

En numerosas ocasiones el Presidente Bush ha repetido que el principal objetivo de la invasión a Irán y Afganistán fue reprimir el terrorismo y difundir la «libertad» y la «democracia». En estos días hemos visto como esa obra enaltecedora ha llegado a un punto de culminación en Afganistán: la gran cruzada de Bush ha alcanzado […]

En numerosas ocasiones el Presidente Bush ha repetido que el principal objetivo de la invasión a Irán y Afganistán fue reprimir el terrorismo y difundir la «libertad» y la «democracia». En estos días hemos visto como esa obra enaltecedora ha llegado a un punto de culminación en Afganistán: la gran cruzada de Bush ha alcanzado el cenit, la majestuosa democracia americana ha producido sus frutos: la cosecha de la adormidera, planta generadora del opio, ha alcanzado su rendimiento más alto de todos los tiempos. Ahora la producción afgana suple el 92% de la existencia mundial de drogas. ¡Que gloriosa meta alcanzada por el gobierno en la Casa Blanca!
La Oficina de Naciones Unidas para el control de estupefacientes acaba de liberar las cifras más recientes que han sido difundidas por todos los periódicos del mundo. Bajo la ocupación estadounidense se ha producido un 50% de incremento de la droga que ahora ascenderá a 6,100 toneladas métricas. Esa cifra excede el consumo internacional en un 30%. Su valor es de 2,400 millones de euros anuales, que equivale a algo más de la mitad del PIB nacional. Cuatrocientas mil hectáreas del territorio nacional están cubiertas por plantaciones de adormidera.
El gobierno de Hamid Karzai, ex empleado de las petroleras y colaborador activo de la CIA, se lleva también una parte de esa «gloria». En un país donde el salario de un policía no excede 45 euros al mes es lógica que todas las fuerzas del orden puedan ser sobornadas por los delincuentes. Para colmo se calcula que un cuarto de los miembros del Congreso se hallan vinculados directamente a las bandas traficantes de la amapola alcaloide, o son cómplices de ellas.
Desde que Thomas de Quincey confesó, en 1820, que era un ávido consumidor de opio hasta nuestros días, sin olvidar los conflictos coloniales llevados a cabo por los británicos, conocidos como la guerra del opio, ─los cuales permitieron engullir Hong Kong─, el consumo de la droga ha creado serios inconvenientes sociales.
Su inmensa capacidad de acumular masivos capitales está demostrando que puede desafiar el poder de los Estados constituidos. Su astuta utilización del soborno puede corromper y comprar a jueces y senadores, magistrados y gobernadores, generales y diputados. Su inclemente uso de la violencia hace que todos temen a la crueldad indiscriminada, a su capacidad para la represalia. El poder de la droga puede ordenar ejecuciones de quienes se le resisten, arruinar a los que se le oponen, desprestigiar al que le cierre el camino. Pero también puede promover, auspiciar y consagrar a quien le abra las puertas.
El narcopoder interviene en elecciones, financia instituciones bancarias que le sirvan para lavar el dinero mal habido, compra periódicos, revistas y televisoras, utiliza respetables organismos como fachada, posee líneas aéreas, hoteles, hipódromos y casinos de juego. Es un nuevo Estado dentro de las fuerzas reconocidas. Nunca antes, en los tiempos modernos, existió tal monopolio de autoridad, influencia y supremacía. Ninguna de las sociedades secretas que conoce la historia llegó a acumular tanto poder. Las tríadas de China, la camorra napolitana, la mafia siciliana, el Ku Klux Klan de los estados sureños, lo carbonarios italianos, los fenianos irlandeses o los decembristas rusos fueron agrupaciones limitadas, en tiempo y lugar, a fines muy específicos. Ninguna llegó a alcanzar la extensión, la eficacia operativa y la supremacía de los cárteles de la droga. Y tal parece que los gobiernos no poseen recursos suficientes para combatir, con efectividad, sus infinitas ramificaciones clandestinas. La rivalidad entre las mafias que controlan el estupefaciente ha provocado guerras privadas y millares de asesinatos cada año.
Pero ese inmenso establecimiento existe para suministrar la droga a su cliente más importante: los consumidores dentro de Estados Unidos. La inmensa mayoría de los drogadictos son estadounidenses. Sin embargo se recrimina a fabricantes y transportadores, pero poco se hace para destruir las grandes redes de distribución de alcaloides. Se sabe que la Florida y California, dos de los cuatro estados más grandes de la unión americana, son los centros más importantes del mundo en narcotráfico y lavado de dinero.
Gracias a la podrida complicidad del gobierno de Karzai en Afganistán y a la rapacería del gobierno de Bush, embuchándose nuevos territorios del Oriente Medio, la producción y el consumo de droga han dado un nuevo salto espectacular en el mundo.