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A propósito de la "Política Común de Emigración" de la Unión Europea (IV)

Europa, la que olvida: las grandes migraciones europeas

Fuentes: Panorama Mundial / Rebelión

Como se conoce, la Unión Europea se encuentra en la fase final del proyecto de construcción de su «Política Común de Emigración», a concluir en el mes de diciembre del presente 2009; asunto que incluyó la aprobación de importantes normativas legales a través de cuales éste se instrumentará. Pero quizás lo mas distintivo de esta […]

Como se conoce, la Unión Europea se encuentra en la fase final del proyecto de construcción de su «Política Común de Emigración», a concluir en el mes de diciembre del presente 2009; asunto que incluyó la aprobación de importantes normativas legales a través de cuales éste se instrumentará. Pero quizás lo mas distintivo de esta substancial etapa del proceso sea el hecho de que en ella ha quedado demostrado, con creces, el carácter selectivo, utilitario discriminatorio, represivo, restrictivo y xenófobo que distingue a esa «Política».  Y es que ya no existe la menor duda: la Unión Europea construye una fortaleza que solo abrirá sus puertas de manera oportunista y pragmática a quienes le sean puramente necesarios; para el resto que llega a ellas con la esperanza de encontrar un cierto paliativo a la enorme tragedia que significa no poseer presente ni futuro decoroso -mayoritariamente porque le ha sido arrebatado-, permanecerán cerradas y enérgicamente apuntaladas.

Una actitud deplorable, que indica al menos dos grandes olvidos por parte del liderazgo de la Unión: el primero, la gran responsabilidad histórica de muchos de sus Estados miembros en las causas estructurales de esta acuciante realidad, y ya más actual, del propio bloque, que ha contribuido a perpetuarlas a través de prácticas neocoloniales institucionalizadas; y segundo, que las migraciones descontroladas no constituyen un efecto fortuito en el desarrollo social, dependiente solo de las voluntades, sino que obedecen a procesos específicos muy bien determinados dentro de éste, como fueron precisamente los que otrora convirtieron a muchas de las naciones europeas en significativos centros expulsores de inmigrantes.

Las grandes migraciones internacionales desde Europa

La etapa de las grandes migraciones europeas rebasa la centuria, al situarse entre 1820 y 1930, período durante el cual alrededor de 60 millones de personas emigraron del continente, aunque la mayor actividad en estos movimientos se produjo entre 1870 y 1913. Fue la época de la Europa emisora, que involucró prácticamente a todos los países de la región.

Hoy se cuenta con solo con datos estimados, dado lo complejo que resulta el obtener estadísticas totalmente fidedignas en procesos tan dinámicos y contradictorios como los migratorios. Sin embargo, a pesar de ciertas diferencias en lo que respecta a determinadas cifras, existe mucha coincidencia en reconocer la magnitud que alcanzó el problema tanto a nivel continental como en determinados países. Así, se reconocen como paradigmáticos los casos de Noruega, Irlanda y Reino Unido. El primero, un país escasamente poblado que vio emigrar a prácticamente dos tercios de sus habitantes, en tasas que se mantuvieron altas hasta la Primera Guerra Mundial y no se detuvieron hasta la crisis económica de la década de los 30 del siglo XX.

De Irlanda se dice que la mitad de la nación emigró hacia EEEUU, y que entre 1850 y 1855 los emigrantes enviaron a su país de origen alrededor de dos millones de libras en calidad de remesas, con lo que financiaron el movimiento de otro grupo de personas. En cuanto al Reino Unido, los datos más conservadores apuntan a más de 10 millones de desplazados, incluso un autor menciona la astronómica cifra de 17 millones.

Ya para los finales del siglo XIX a estos grandes emisores se les unieron, más al norte, Suecia, Dinamarca, Alemania y Austria, también con altos flujos aunque en menor proporción que los anteriores. Conjuntamente, 3 países de la zona mediterránea, Italia, España y Portugal se incorporaron activamente al proceso. Así, la misma fuente afirma que durante los años que éste duró, 10 millones de alemanes(as); 9,5 de italianos(as) y 4,5 de españoles(as) salieron de sus respectivos países en calidad de emigrantes.

Los lugares de destino fueron varios. En primer lugar, el llamado Nuevo Mundo, destacándose en éste EEUU, al que se dice llegaron alrededor de 32 millones de inmigrantes procedentes de Europa, así como 4,5 millones de otras regiones del mundo. A su vez, Argentina recibió entre 6 y 7 millones, mientras que Canadá y Brasil acogieron alrededor de 4 millones y medio cada uno. En el caso de Argentina debe tomarse en consideración que se trataba de un país menos poblado, de ahí que el impacto fuera mayor.

Las causas fueron diversas, mayoritariamente centradas en  el impacto de la revolución industrial, la que al estimular la expansión del modo de producción capitalista, provocó un importante excedente de fuerza de trabajo, ejércitos de desempleados cuya única salida fue la decisión migratoria, en este caso más forzada que voluntaria.

Con ello, el capitalismo, ya para esa época imperialismo europeo, salió fortalecido, pues pudo soslayar en alguna medida los grandes conflictos que generan la desigualdad e injusticia social endémicas al sistema, aunque no se libró totalmente de ellos. No hay que olvidar que fue precisamente en las tres décadas iniciales del siglo XIX cuando comenzaron a organizarse las primeras organizaciones obreras, en respuesta a la evidente explotación que éste establecía y perpetuaba. En los 40 aparecería el Manifiesto Comunista, y con él, las figuras de Carlos Marx y Federico Engels, posteriormente las «Internacionales», los partidos socialdemócratas; más tarde acontecimientos de tanta trascendencia como la Revolución de 1848 en Alemania; la guerra civil en Francia; la comuna de París, etcétera.

Mirada retrospectiva que lleva a preguntarse, ¿habría alcanzado el mismo éxito este capitalismo en expansión de no haber podido expulsar 60 millones de personas hacia otros confines? Sin dudas, la respuesta puede ser interesante… Pero además de la solución al creciente desempleo y precariedad que generaba el sistema en los países continentales, la migración masiva de esta época resolvió al naciente imperialismo europeo otra importante cuestión: el problema demográfico en las colonias, o sea la fuerza de trabajo necesaria para la expoliación de éstas. En consecuencia, las metrópolis estimularon los movimientos migratorios hacia las «nuevas» tierras conquistadas.

Visto desde la perspectiva de los países receptores, el balance también resulta positivo. Y es que se trataba de economías y sociedades igualmente en pleno desarrollo con grandes oportunidades de empleo y escasa fuerza laboral. Naciones ricas en recursos naturales, con capacidad para la atracción de capitales, y un ingente esfuerzo por lograr una rápida inserción en la economía mundial, todo lo que explica el vertiginoso crecimiento económico que lograron países como EEUU, Argentina y Canadá en un tiempo relativamente corto, y el hecho de que en general, no sólo no se opusieran a la entrada masiva de trabajadoras y trabajadores extranjeros(as), sino que en su mayoría instrumentaran planes para la atracción de éstos, como fue el caso paradigmático de San Paolo en Brasil.

Ya en el período comprendido entre las Primera y la Segunda Guerras mundiales este movimiento fue abruptamente interrumpido, básicamente como producto de la Gran Depresión, la más grave crisis que había enfrentado el sistema capitalista, de hecho la más grande de su tormentosa historia hasta la actual, que ya la sobrepasa, al menos en cuanto a las esferas que abarca.

Las migraciones europeas en el período entre guerras. La II Guerra Mundial

El período entre guerras fue también importante en lo que a migraciones europeas se refiere, sólo que en este caso se trató de movimientos internos respecto al continente en general, aunque internacionales referido a los diferentes países, esencialmente producto de lo que se ha dado en llamar, «unos malos tratados de paz».

Como se conoce, los Tratados firmados tras la Conferencia de París de 1919 no lograron estabilizar la situación europea ni la del resto del mundo; todo lo contrario, sus grandes errores, provocados por la omnipresente voracidad imperialista, sembraron los gérmenes de la confrontación bélica mundial apenas veinte años después de la conclusión de un conflicto que, según se dijo en aquel entonces, «pondría fin a todos las guerras».

Así, diversas fuentes coinciden en que durante ese período y como consecuencia del arbitrario «reparto, alrededor de 8 millones de personas en el continente fueron considerados(as) migrantes internacionales -en la mayoría de los casos por el traslado de las fronteras-. Entre éstos, alemanes, polacos y griegos resultaron los más afectados, si se toma en consideración que solamente las pérdidas territoriales de Alemania ascendieron a 76 000 km2 -el 13% de su territorio- donde residían 6,5 millones de habitantes que representaban el 10% de la población del país.

A su vez, Alemania perdió todas sus colonias, a las que impúdicamente no se les otorgó la independencia, sino que por mandato de la Sociedad de la Naciones fueron repartidas entre el Imperio Británico y Francia. Conjuntamente, Bélgica y Japón se anexionaron áreas muy pequeñas. Asimismo, se produjo un gran éxodo en los territorios de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de quienes abjuraban del socialismo o simplemente huían de la guerra civil.

El triunfo del fascismo en Alemania en 1933 y la represión subsiguiente contra judíos(as) y sectores políticos democráticos, expulsó a más de quinientas mil personas; un número muy semejante al de ciudadanas y ciudadanos españoles forzados al exilio como resultado de la victoria de las fuerzas franquistas en la Guerra Civil de 1936 a 1939, y el establecimiento de la dictadura.

También durante la Segunda Guerra Mundial millones de europeas y europeos fueron deportados, exiliados o expulsados. Hoy se conoce que alrededor de ocho millones de ciudadanos residentes en los países ocupados -URSS, Polonia, Francia, etc.-, fueron obligados a trabajar en campos de concentración alemanes.

Europa primero, la Comunidad Económica Europea después abren sus puertas, luego

Asimismo, después de la II Guerra Mundial, más de catorce millones de personas tuvieron que trasladarse forzosamente por la modificación o «migración» de las fronteras. Y es que el fin del conflicto marcó también una nueva etapa en este proceso. Devastada, perdida una gran parte de su fuerza laboral, sobre todo hacia el Este, Europa inició la reconstrucción en una nueva coyuntura política, el enfrentamiento de sus dos bloques de poder, uno de ellos, el Occidental, bajo el patrocinio estadounidense. Es precisamente éste, que constituye el núcleo de la Europa comunitaria de hoy, el que abrió sus puertas a una -en esos momentos- muy necesaria emigración, por demás selectiva, y discriminatoria, orientada directamente hacia un abaratado mercado de trabajo.

Una práctica que se mantuvo hasta inicios de la década del 70, cuando se sientan las bases del panorama migratorio actual en la región. Las expectativas superaron las ofertas; por lo general, los Estados receptores no programaron políticas de integración social para esta población foránea que, transcurrido el tiempo y decidiendo el no retorno, incorporó sus familias y tradiciones a los países de adopción. Y nuevamente las cifras no fueron pequeñas: se trató de millones de personas a las que se unió otro gran número generado por el proceso de descolonización, en este último caso tanto nacionales de los Estados europeos como de los llamados Países y Territorios de Ultramar.

Luego, la historia resulta conocida…, la Unión Europea llega al final del largo y tortuoso camino transitado hasta hoy para solucionar la cuestión migratoria, lo cual lamentablemente ocurre solo en su imaginario. Y es que no lo conseguirá: adolece de una visión inteligente, sensible y constructiva al respecto. Situación paradójica dadas sus múltiples aristas, que puede tornarse peligrosa para la necesaria paz y estabilidad del bloque, contra cuya presunta imagen de «Libertad, Igualdad y Fraternidad», democracia y garantía absoluta de los Derechos Humanos comienza a chocar con inusitada fuerza.

MCs. Gloria Teresita Almaguer G., Centro de Estudios Europeos

La Habana, agosto de 2009, «Año del 50 Aniversario del Triunfo de la Revolución»

Ver (I), (II), (III)