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Evo Morales, Bolivia y la geopolítica del mar

Fuentes: Rebelión

Epígrafe La demanda ante la Corte Internacional de Justicia en La Haya es algo que no solo apunta a reparar la situación de injusticia a la que ha sido condenada Bolivia por una ocupación militar arbitraria, sino a producir efectos positivos en la integración de los pueblos a los que el presidente Evo Morales apuesta […]

Epígrafe

La demanda ante la Corte Internacional de Justicia en La Haya es algo que no solo apunta a reparar la situación de injusticia a la que ha sido condenada Bolivia por una ocupación militar arbitraria, sino a producir efectos positivos en la integración de los pueblos a los que el presidente Evo Morales apuesta decididamente y en la reconfiguración geopolítica de la región.

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La decisión del la Corte Internacional de Justicia de La Haya de declararse competente para conocer la demanda boliviana interpuesta en abril de 2013, que es lo mismo que decir de rechazar la objeción preliminar presentada por Chile, explica la justeza de la causa boliviana, pero también de cierta relativa modificación del tablero geopolítico en la región -como parte de los cambios en curso en la geopolítica del poder global-, y el papel que Bolivia está empezando a jugar en el plano internacional.

Esta primera apreciación, formulada a manera de hipótesis, no pretende pecar de surrealista al expresar un peligroso exitismo ni un adelantado triunfalismo por la «victoria inicial», pero si busca explicar que si Bolivia no fuera otra respecto de la que heredó Evo Morales en enero de 2006, difícilmente los sólidos argumentos presentados ante La Haya hubieran tenido el peso que evidentemente tuvieron al momento de la reflexión técnico-jurídica de los miembros la Corte. Es decir, que así como el Che sostuviera en Punta del Este que la economía no estaba separada de la política, tampoco -el añadido es mío- lo jurídico no está separado de lo político.

El alcance geopolítico de la posición boliviana se sintetiza en dos declaraciones del presidente Evo Morales en momentos distintos. La primera el 15 de abril de 2013, cuando afirmaba minutos después de entregar la Memoria Histórica que respalda la demanda marítima boliviana para ejercer su derecho soberano sobre el Pacífico: «resolver este tema es parte de la integración y parte de la justicia en América Latina y el Caribe». Luego, este 24 de septiembre en la Plaza Murillo, pocas horas después de conocerse el favorable fallo de La Haya, al sostener que la causa boliviana es parte de la agenda pendiente de América Latina y al inmediatamente hacer referencia a la necesidad de levantar el bloqueo contra Cuba, de devolverle a la Argentina soberanía sobre Las Malvinas y felicitar el paso decisivo que se dio para solucionar el conflicto armado en Colombia tras la firma de un acuerdo sobre justicia transicional entre el presidente Juan Manuel Santos y el líder de las FARC, Timoleón Jimenez.

Una segunda aproximación es que además de la voluntad y la la capacidad de ejercer hegemonía en la región o el mundo son factores para definir a un Estado como «jugador estratégico» o por su situación geográfica como «pivote» en el tablero geopolítico, según se desprende de los aportes de Zbigniew Brzezinski -asesor de Carter y Obama en asuntos internacionales-, también juega un papel importante la capacidad de dirección y liderazgo de los presidentes, como es el caso de Bolivia, un país que se encuentra en la vitrina mundial desde que Evo Morales es su presidente.

Las dos declaraciones dan cuenta, a manera de síntesis, de la profundidad de los movimientos geopolíticos que concibe y despliega el jefe del Estado Plurinacional, quien nunca termina de sorprender por las grandes iniciativas que toma desde una perspectiva de los intereses de Bolivia y de América Latina.

Desde la perspectiva de Bolivia, hay al menos tres razones geopolíticas muy grandes que fundamentan los pasos dados por el Estado Plurinacional:

La primera razón es que rebate la teoría de que la guerra da derechos, más aún cuando en realidad se ha tratado de una ocupación militar de una parte de nuestro territorio en medio de un estado débil (aparente) y una clase dominante bastante débil e incapaz de sentar y defender la soberanía. Por el contrario, pone sobre la mesa el derecho de Bolivia -reconocido por distintos gobiernos chilenos a través de una serie de compromisos antes y después del Tratado de 1904- a tener una salida soberana al mar.

La segunda razón es que apunta a desmontar los dispositivos coloniales instalados en la narrativa de la historia del vencedor y en la propia conciencia del país y sus pueblos colonizados. Resignifica, como sucede en todo lo que está haciendo la revolución boliviana, la auto estima individual y colectiva de los hombres y mujeres que aceptaban pasivamente, a pesar de las nostalgias de cada 23 de marzo, ese pasaje de nuestra historia -la pérdida de la cualidad marítima- como un producto del «orden natural» de esta parte del mundo. Cuestiona esa narrativa y construye otra cargada de episodios de resistencia histórica y simbólica que nunca dejaron de desarrollarse.

Evo Morales cuestiona esa historia oficial. Como lo está haciendo en todos los niveles de la realidad, el jefe del Estado Plurinacional y del proceso de cambio lo que hace es negar esa vieja historiografía que legitimaba el poder del colonizador interno y externo, y parafraseando a Marx pone de pie a lo que se suponía echado e inmóvil.

La tercera razón es que ejerciendo su derecho soberano sobre el Pacífico, Bolivia experimentará un mejor crecimiento de su economía -más de lo que ha logrado desde 2006- y una mayor sostenibilidad en el tiempo. No cabe duda que los resultados del exitoso modelo económico social comunitario que se desarrolla desde hace diez años -con reservas internacionales que han pasado de 1.700 millones de dólares a más de 15.000 millones, un nivel de ahorros en cantidad similar a las reservas y el PIB triplicado-, en el escenario más pesimista se duplicarían. Con eso, ese modelo que genera excedentes y los redistribuye a través de distintos mecanismos y políticas sociales a favor del pueblo, se consolidará.

«En los últimos 10 años la economía boliviana ha crecido en promedio un 5 %, aun en tiempos de caída de los precios de materias primas a nivel mundial. La economía boliviana en 2015 incluso mantiene un ritmo de crecimiento del 5 %, eso significa que en 8 años hemos triplicado el producto interno bruto», expresó el vicepresidente Álvaro García Linera el 2 de julio pasado en la facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Chile.

Pero el segundo hombre de Bolivia no se queda ahí. «En 2005 la economía chilena era catorce veces más grande que la boliviana; ahora mide ocho. Y el 2020 debe ser sólo cuatro veces más grande. Y el 2025 deberíamos estar iguales o máximo uno a dos», sostuvo en octubre del pasado año en una entrevista publicada por el diario chileno La Tercera.

Las razones de la aseveración política no son infundadas. En 2005, el PIB de Bolivia no superaba los 9.000 millones de dólares y el de Chile llegaba a los 123 mil millones. Diez años después, el PIB de Bolivia se ha más que triplicado (33.000 millones dólares y el chileno apenas se ha duplicado.

La cuarta razón es que Bolivia estará en condiciones de mostrar al mundo no solo que es necesario construir un orden social distinto al capitalista si se quiere salvar a la humanidad y el planeta, sino que es posible. Los resultados de su proyecto emprendido en 2006 nuevamente juegan a favor. En Chile el modelo neoliberal que empezó a aplicarse desde la dictadura de Augusto Pinochet registra un mayor crecimiento de la desigualdad social y una privatización de los servicios básicos, además de la salud y la educación, mientras en Bolivia hay una tendencia a la caída de la desigualdad social y un reconocimiento de que los servicios básicos como el agua son derecho humano.

Desde Nuestra América

Desde una perspectiva más latinoamericanista, el fallo favorable en el fondo a la demanda boliviana registraría efectos altamente positivos y que a vuelo de pájaro hacemos alguna referencia bastante resumida:

En primer lugar restablecería y resignificaría, en condiciones favorables y distintas al siglo XX, la teoría geográfica de la integración. Bolivia está ubicada en el corazón de Sudamérica y esa su condición le asigna un papel estratégico al momento de unir al Pacífico y el Atlántico, pero además, como sostuvieran varios estudiosos militares en la década de los 30 del siglo pasado, de ser un puente entre Los Andes y la Amazonía. La recuperación de su cualidad marítima no solo le es favorable a Bolivia sino que aporta a una reconfiguración del escenario sudamericano en términos de mayor equilibrio entre todos los estados y pueblos. Así MERCOSUR y la CAN no necesitan antagonizarse sino más complementarse y la UNASUR no tendría otro destino que la consolidación.

Atrás quedaría, con mayor facilidad, el proyecto de Estados Unidos de gravitar en el Pacífico desde los intereses de las grandes transnacionales, como ocurre ahora con su proyecto Alianza Pacífico (AP) y la Transpacífico (TPP).

Lo que se está diciendo es que este país pequeño, enclavado en el corazón de Sudamérica, es un actor fundamental para la integración de la subregión en términos distintos a los dictados por el capital transnacional y los Estados Unidos. Es un papel del que se habla poco, pero que muchos no ignoran.

En segundo lugar, destrabaría uno de los obstáculos más grandes a los procesos de integración basados en los intereses de los Estados y los pueblos, y no en la exclusiva lógica del capital. El enclaustramiento marítimo boliviano, entorpece una relación de plena igualdad política entre los estados y los pueblos, y favorece al dominio imperial. No puede hablarse de integración plena con un país condenado al encierro por decisión del capital a través de una forma militar-estatal. Eso ya no es posible.

En tercer lugar, la resolución favorable de la demanda boliviana no solo reparará las injusticias cometidas contra Bolivia durante más de un siglo, sino que abriría las compuertas para que América Latina avance con fuerza y decisión hacia el cumplimiento de la agenda de los siglos XIX y XX que nos interesa a todos: Malvinas para Argentina, la superación de la condición colonial de Puerto Rico, la devolución de la base militar de Guantánamo a Cuba y el cese inmediato del bloqueo. No es que la madeja corra por efecto automático, pero sin duda aportará a ampliar una subjetividad favorable -más de lo que ya existe- para que América Latina sea ejemplo de integración, soberanía y cooperación.

El cumplimiento de la «agenda del siglo XIX y XX» que arrastra América Latina no casi una condición para avanzar hacia la implementación de la «Agenda de la Patria Grande del siglo XXI».

En síntesis, Bolivia es vital en este tercer momento emancipador de América Latina. La recuperación de su cualidad marítima aumentará su gravitación con propósitos latinoamericanistas. Por eso, no solo son las transnacionales las que estarán atentas para impedir que el fallo de La haya salga favorable, sino el imperialismo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.