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La crisis de los excomunistas italianos o ser anti-Trump no es suficiente

Fuentes: Socialismo 21

En Italia, justo cuando la izquierda parecía capaz de dar un salto histórico, los votos nacionalistas llevaron al poder a una peligroso reaccionario. Ante la impotencia del viejo partido de la derecha italiana , el populismo de un magnate multimillonario surfeó la ola de ira contra la corrupta élite que había controlado durante mucho tiempo […]

En Italia, justo cuando la izquierda parecía capaz de dar un salto histórico, los votos nacionalistas llevaron al poder a una peligroso reaccionario. Ante la impotencia del viejo partido de la derecha italiana , el populismo de un magnate multimillonario surfeó la ola de ira contra la corrupta élite que había controlado durante mucho tiempo el centro político. Este campeón de populismo, hizo de su gobierno un show permanente y reformó radicalmente la vida política del país.

En 1994 Silvio Berlusconi llegó al poder en medio de las ruinas de la DC, el partido católico-conservador que había dominado durante mucho tiempo el gobierno nacional. En el poder desde la Segunda Guerra Mundial, los democristianos se derrumbaron junto con sus rivales comunistas al final de la Guerra Fría, y fue Forza Italia de Berlusconi el partido que llenó el vacío. Pero la nueva derecha Italiana no era un simple cambio de nombre- era una novedosa coalición que se extendía desde los socios de negocios del magnate hasta exfascistas.

Muchos han sugerido que los nueve años de gobierno de Berlusconi (dispersos entre 1994 y 2011) fueron el «momento Trump.» para Italia. En su historia los italianos han «exportado» fenómenos políticos tan horrorosos como el fascismo en 1920 y el berlusconismo en1990. Por tanto, hay mucho que aprender de la nueva derecha que ha logrado propagarse desde Italia al extranjero.

Esto es importante porqué Berlusconi no era, como sus oponentes afirmaban, sólo un charlatán que llego a ocupar un alto cargo. Su paso por la política ha sido exitosa para la derecha porque produjo cambios duraderos a la vida política italiana, incluyendo la casi destrucción de la izquierda.

La comparación con Berlusconi debe entenderse dentro de unos límites específicos. Los Estados Unidos del año 2017 no son lo mismo que la Italia de 1990. Hoy en día existe confusión y realineamiento político en todo el mundo. Como un espejo de su propio futuro, los eslabones débiles del sistema se han instalado hasta en los estados más potentes y estables.

La Italia de Berlusconi y, en el otro extremo del espectro político, Syriza en Grecia son bancos de pruebas para una dinámica más amplia, modelos que más temprano que tarde, los partidos o líderes tradicionales están condenados a copiar.

Sin embargo, porque el «EE.UU de Trump» es potencialmente mucho más peligroso haríamos bien en aprender algunas lecciones del berlusconismo.

Un tiempo de monstruos

En sus orígenes el berluconismo es la consecuencia del colapso (a principios de 1990) de un orden político dominado el bipartidismo de la Guerra Fría. En Italia hubo casi cincuenta gobiernos (entre 1947 y 1992) de una coalición pro-OTAN que aseguraban el predominio del centro o del centro-derecha, con un objetivo central: mantener al Partido Comunista fuera del poder.

El católico y anticomunista Partido Demócrata Cristiano gobernó con una serie continua de gabinetes que armonizaban los intereses de sus facciones internas y la de sus socios de coalición. Convencidos que el estado era su propiedad de manera permanente constituyeron una vasta red de corrupción, clientelismo, y vínculos con el crimen organizado

La caída del muro de Berlín (en 1989) devastó el sistema político italiano al romperse la dinámica de la Guerra Fría en que se asentaba. Mientras se el Partido Comunista entraba en una profunda crisis (1990) se puso en marcha una pesquisa judicial de largo alcance llamada ‘manos limpias’ . Esta investigación de los corruptos condujo a la desaparición del Partido Demócrata Cristiano que por largos años mantuvo el poder «bloqueando la democracia en Italia».

Inundados de acusaciones de fraude y soborno, los democristianos se disolvieron tan sólo dos años después de la desaparición de su rival histórico; el Partido Comunista . Indemnes por los escándalos producto de su exclusión de los altos cargos la mayoría de los antiguos comunistas, ahora reformados, constituyeron el Partido Demócratas de Izquierda, una nueva formación social-demócrata que parecían estar a punto de llegar al poder entre 1991 y 1994.

El temor de la llegada de la izquierda (por primera vez desde los gobiernos de coalición de 1944 al 1947) obligo a la derecha buscar a un nuevo abanderado. Pronto surgió el candidato que venia a salvar a la clase dominante ante el descrédito de la DC y de su aliado más pequeño, el centrista Partido Socialista Italiano. El héroe elegido fue Silvio Berlusconi, magnate multimillonario de los medios de comunicación que principios de 1980 se asoció al Partido Socialista Italiano (PSI) pero que ahora se exhibía como el nuevo líder de una «derecha populista».

Presumiendo de independiente, Berlusconi, logro poner de pie a los desacreditados democristianos (renombrados como Partido Popular italiano) y se perfilo políticamente como un fiero adversario de los demócratas de izquierda (excomunistas). Sus primeros pronunciamientos (en enero de 1994) fueron para comprometerse con la OTAN, la políticas de libre mercado y con destitución de los corruptos enraizados en el gobierno .

A pesar de su total falta de experiencia política Berlusconi no solo ganó a los Demócratas de Izquierda (en las elecciones de marzo de 1994) sino que también llevo a cabo una radical remodelación de las fuerzas de la derecha italiana. Organizadas en torno a un solo líder carismático, la recién creada Forza Italia fue un instrumento – creado desde arriba hacia abajo – promovido por los canales de televisión del propio dueño. Berlusconi se hizo popular casi como un showman al estilo norteamericano, pero en el contexto italiano.

Mientras que los democristianos habían participado en la resistencia antinazi (de 1943 a 1945) y en su mayor parte repudiaban la presencia fascista en el gobierno, Berlusconi no tenía esos escrúpulos. Como la democracia cristiana histórica desapareció a principios de 1990, las barreras con la extrema derecha fueron eliminadas con total libertad y , pronto los fascistas fueron recibidos en la nueva coalición.

En las elecciones de 1994, los ocho millones de votos de Forza Italia se complementaron con los cinco millones del partido «post-fascista» Alianza Nacional y los tres millones de la Liga Norte, el partido de extrema derecha que trata de «separar el norte rico del perezoso y corrupto sur italiano». Juntos dominaron el nuevo parlamento.

Algunas figuras prominentes de la coalición de Berlusconi tenían vínculos explícitos con el fascismo histórico. Alianza Nacional fue el nuevo nombre del Movimiento Social Italiano (MSI), el partido fascista creada en 1945 por los sobrevivientes del títere-nazi Benito Mussolini. Líderes de Alianza Nacional, como Gianni Alemanno (organizador y teórico del ala más radical del MSI, fue alcalde de Roma entre 2008 2013 alcalde) Gianfranco Fini (autodefinido como un «fascista del 2000»), y Alessandra Mussolini (nieta del dictador, candidato a la alcaldía de MSI en Nápoles ) serán en la próxima década Ministros de Berlusconi.

Si bien la creación de la Alianza Nacional (en 1990) fue un intento de incorporar a la extrema derecha sin su equipaje fascista, Berlusconi relativizo permanentemente los crímenes del régimen de Mussolini, transgrediendo así las normas que se dió la democracia italiana en la posguerra.

Berlusconi, por encima, de todo era y es un oportunista, las políticas de Berlusconi en el gobierno, sin embargo, no se caracterizaron por el fascismo, sino más bien como la continuidad con las políticas democristianas.

Más allá de decisiones como la supresión del impuesto de sucesiones y un intento fallido de crear un sistema de votación bipartidista, Berlusconi utilizó el gobierno para proteger sus intereses personales y no realizo grandes reformas económicas e institucionales. Estuvo centrado principalmente en medidas destinadas para eliminar las restricciones a los monopolios sobre los medios de comunicación («Ley Gásperi») y a protegerse del enjuiciamiento por delitos como fraude, evasión fiscal masiva, y pago de un chica de diecisiete años para tener relaciones sexuales.

Romano Prodi, hoy una de las principales figuras del Partido Demócrata, ha denunciado la obsesión de Berlusconi con la aprobación de leyes «ad personam» destinadas a impedir su ingreso en prisión. Su gobierno fue, sobre todo, una tediosa telenovela de apariciones en la corte, apelaciones y ataques contra lo que calificó «una casta jueces políticos».

Con la esperanza que los tribunales castigarán a Berlusconi por sus turbios negocios, la centro-izquierda simplemente intento polarizar la política italiana en torno a la figura del magnate, en lugar de atender cuestiones de interés general o la recuperación económica.

Después de «manos limpias» algunos jueces saltaron a la arena política. Antonio di Pietro, el fiscal que incriminó a Bettino Craxi- el amigo socialista de Berlusconi- fundó el partido liberal «Italia de los Valores» y fue ministro del gobierno de Prodi. Los fiscales y las acusaciones por corrupción apresaron el discurso de la izquierda en lugar de tratar cuestiones políticas sustanciales.

Otro ejemplo fue el movimiento contra la guerra. Italia realizó la mayor manifestación mundial contra la guerra de Irak; tres millones de personas salieron a las calles de Roma el 15 de febrero de 2003. Sin embargo, los Demócratas de Izquierda se abstuvieron sistemáticamente en todas las decisiones que tomó Berlusconi de enviar tropas a la guerra. Esto a pesar que los italianos se opusieron de manera vigorosa ante desastroso fracaso de la invasión criticando a Berlusconi por su apoyo a George W. Bush y Tony Blair.

De hecho, durante la crisis europea, posterior a 2008, el Partido Demócrata (formado por los Demócratas de Izquierda y fragmentos de la antigua Democracia Cristiana en 2007) voto incluso a favor de recortes presupuestarios más duros que los del propio Berlusconi y, atacó al magnate por su «falta de seriedad» cunado el magnate no aceptó las exigencias de austeridad del Banco Central Europeo.

Hubo, por supuesto, una sustanciosa crítica moral y personal a Berlusconi. La afirmación de Trump, en el segundo debate presidencial, que su falta de pago de impuestos federales era «inteligente» fue un tema clave de berlusconismo.

La táctica electoral de Berlusconi le permitió equipararse a aquellos «pequeños empresarios» que necesitan salvar su negocio y proteger su familia sin la interferencia del estado. Nunca uso el lenguaje de «hombre fuerte» (utilizado por Putin) disfrazando de este modo su concepción neoliberal con una conducta humana asociada a una gobierno de gestión y de apariencia centrista.

Frente a las críticas por su absoluta falta de decoro en los negocios, Berlusconi enfrentó estas acusaciones de manera desvergonzada, hizo un «honesto reconocimiento», aceptando públicamente que trabajaba por provecho personal.

En la década del 80 había construido una estrecha y notoria relación con la premier socialista, Bettino Craxi (que tuvo que huir a Túnez en 1994 para escaparse por cargos de corrupción). El caso Craxi incluía la ayuda que el gobierno socialista había dado al magnate para la expansión de sus redes de televisión. Ya en ese tiempo Berlusconi actuaba descaradamente para la consecución de su objetivo, asociar el papel de estadista a su vocación como empresario.

Berlusconi se mantuvo como un personaje público sin «pelos en la lengua» haciendo gala frecuentemente de su machismo con provocativos chistes sexistas, racistas y misóginos.

Sus rancias declaraciones iban desde la defensa de pagar por el sexo («tener chicas hermosas es mejor que ser gay») hasta afirmar de que sería imposible combatir las violaciones («porque tendríamos que desplegar un ejercito porque nuestras mujeres son demasiado hermosas»). En una intervención (el 2003) en la Bolsa de Nueva York, resumió con estas palabras su visión del mundo: «Italia es ahora un gran país para invertir… Hoy en día tenemos menos comunistas, y los que aún existen niegan haber sido comunistas. Otra razón para invertir en Italia es que tenemos hermosas secretarias».

Al igual que Trump, sus famosas «metidas de pata» eran vistas por los políticos occidentales como «tácticas políticas». Después de los atentados del 11 de septiembre este participante de la guerra de Irak dejó claro que el chovinismo es el principal sostén en la guerra contra el terrorismo: «Debemos ser conscientes de la superioridad de nuestra civilización, que consiste en un sistema de valores que ha dado a la gente una prosperidad generalizada y que garantiza el respeto a los derechos humanos y la religión. Esto, sin duda no existe en los países islámicos».

Frente a un grosero discurso «no-político» de Berlusconi, el centro izquierda fue incapaz de proponer una alternativa política que fuera más allá de denunciarlo por estar asociado con «maleantes».

Después del colapso del sistema (en 1991) acusar a Berlusconi de «traer el descrédito» y de socavar el «espíritu democrático de la Constitución de la Resistencia», (o incluso reprocharle de ser un «fascista») no provocó ningún sobresalto en unos ciudadanos cansados de ese discurso.

Por otra parte, desde el momento que los demócratas de izquierda recibieron con los abrazos abiertos la tercera vía Blairista-Clintoniano y los exlíderes comunistas abandonaron el legado de Antonio Gramsci en favor de una gestión eficaz del neoliberalismo, el nuevo partido socialdemócrata no tenía base teórica para oponerse al neoliberalismo con un programa económico alternativo.

Stathis Kouvelakis caracterizó acertadamente como un «espectáculo macabro» las declaraciones del exlíder comunista Achille Occhetto que al visitar la sede de la OTAN y el edificio de Wall Street definió amboas sedes como «moradas de la civilización y la democracia».

El antiberlusconismo subordinado que sostuvieron los demócratas de izquierda, acabo desempeñando un papel favorable al magnate. Esto ultimo también le ocurrió a la izquierda radical de Rifondazione Comunista, organización formado por los activistas que se opusieron a la disolución del Partido Comunista en 1991.

Rifondazione era una fuerza prometedora en la década de 1990 , obtuvo regularmente un 10 por ciento en las elecciones y constituyó sólidos vínculos con los movimientos sociales- sin embargo finalmente fue asolada por su obsesión ideológica basada únicamente en el antiberlusconismo.

Esta analogía se ha repetido sin cesar en la política comunista italiana. Durante » la Resistencia» (1943-45) el partido se alió con socialistas, liberales, democristianos y monárquicos contra la ocupación nazi alemán. Pasado ese tiempo han repetido esta política, justificando en estas décadas la creación de un frente amplio contra Berlusconi. Sobre esta base Rifondazione accedió a repetidos pactos electorales y gubernamentales con los demócratas, llegando durante el gobierno de Prodi 2006-8 a votar a favor de la guerra en Afganistán con el fin de evitar el colapso del gobierno e impedir que Berlusconi recuperará el poder.

Desmoralizando a sus militantes (expulsaron de los que se negaron a votar a favor de la guerra en el parlamento) el Partido de la Rifondazione fue fuertemente castigado en las elecciones generales del 2008 y Berlusconi volvió a gobierno. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial no hubo parlamentarios comunistas elegidos en el Congreso.

El peor producto de Berlusconi: el Antiberlusconismo

Los movimientos sociales y el históricamente fuerte partido comunista italiano habían iniciado un lento declive a principios de 1980, en ese escenario el anti-berlusconismo fue el instrumento mediante el cual los seguidores de Blair y Clinton desviaron la atención de la izquierda italiana de su agenda de cambio social por un moralismo judicial de la «legitimidad política».

El debilitamiento de los sindicatos italianas con la derrota (en 1980) de la huelga en la planta de FIAT Mirafiori de Turín (la fábrica más grande del país y bastión histórico del movimiento obrero) se agravo a principios de la década de 1990 conduciendo al colapso final del partido comunista y un triunfalismo neoliberal pocos años después.

Al igual que en otras partes de Europa, el debilitamiento de la lucha social fue el contexto en el que surgió una nueva izquierda «sin clases». La acción contra Berlusconi demostraría ser el pretexto decisivo para los demócratas en sus esfuerzos para formar un partido democrático liberal corporativo, imitando explícitamente el modelo de Estados Unidos.

La fascinación histórica de los comunistas por las instituciones republicanas de la posguerra de Italia, llevaron a retratar a Berlusconi como una «anomalía externa» al ordenamiento constitucional.

Inicialmente formado por una mayoría de excomunistas (que votaron a favor de disolver el partido en 1991) en las siguientes dos décadas los Demócratas de Izquierda se desplazaron repetidamente hacia la derecha, en un esfuerzo para ganar los votantes conservadores de la «ilegítima» era de Berlusconi.

El Partido Comunista Italiano siempre tuvo elementos que tendieron hacia la socialdemocracia, la fragmentación de los democristianos de la década de 1990 permitió una encarnación zombi de la izquierda que se propuso engullir a las fuerzas católicas y conservadoras que también se oponían a Berlusconi.

Los gobierno de las coaliciones de centro-izquierda (1996-2000 y 2006 a 2008) del exdemocristiano Romano Prodi y del excomunista Massimo d’Alema incluía no sólo a los Demócratas de Izquierda, Verdes (y a pequeños grupos comunistas, incluyendo a Rifondazione como aliado externo) sino también ofrecía continuidad a los antiguos democristianos (ahora Partido Popular italiano) y a los republicanos de centro-derecha. Otro partido de la coalición de Prodi fue Italia de los Valores, una fuerza liberal dirigido por fiscal anti-Berlusconi, Antonio Di Pietro.

Alcanzando finalmente el poder en 1996 (después de décadas de gobierno Demócrata Cristiano) el centro-izquierda italiano no hizo nada para disputar la dominación histórica del estado por la derecha conservadora. Al llegar a la Presidencia del Estado el excomunista Giorgio Napolitano prometió al ministro del Interior de Prodi y a los jefes de la policía que NO haría nada para buscar «esqueletos en el armario». Napolitano y sus compañeros del Partido Demócrata estaban empeñados en crear un nuevo «partido de orden», invitando incluso a un exfascistas como Fini (que se había pasado al campo del anti-Berlusconismo).

Durante los gobiernos de Berlusconi hubo importantes luchas sociales. El movimiento anticapitalista, agrupado en torno a los centros sociales, creó un importante numero de espacios comunitarios y de activistas que obtuvieron su punto máximo en la cumbre del G8 (el 2001) celebrada en Génova, donde más de doscientos mil personas se manifestaron desafiando el bloqueo policial.

La cumbre, albergada por Berlusconi ,se convertiría en un icono del antagonismo entre los movimientos sociales y el Estado italiano. De hecho, el asesinato de Carlo Giuliani por la policía (un manifestante de veintitrés años), así como los agresivos allanamientos nocturnos a los inmuebles donde los manifestantes durmieron, hicieron de Génova un evento comparable a la horrenda violencia orquestada por los gobiernos italianos en la década de 1970.

Golpeando brutalmente a cientos de manifestantes detenidos y cantando himnos de la época de Mussolini la policía mostró lo que estaba en juego políticamente; el anillo de acero alrededor de la cumbre de líderes neoliberales dio una oportunidad a Berlusconi ; someter al activismo de izquierda activista.

Sin embargo, pese a que la policía italiana actuó con connotaciones fascistas, el centro-izquierda decidió demostrar sus credenciales «respetables» evitando apoyar cabalmente a los activistas; el intento de poner en marcha una investigación pública sobre los «fatti di Genova» fue torpedeado con el argumento que también se debería investigar a los manifestantes.

El repentino aumento (breve) de la movilización anticapitalista y antiguerra se disipó en la década del 2000; el liberalismo italiano logro imponer su exclusiva estrategia contra Berlusconi, desprovista totalmente de contenido social. De esta política participaban no sólo de los demócratas sino también los llamados movimientos «ciudadanos» como los Girotondi (con «cadenas humanas» el 2002 ) o, Il Popolo Viola el 2009.

Las masivas manifestaciones ciudadanas organizadas desde Facebook reclamaban no solo el anti-berlusconismo sino también defendían la Constitución. En el día del «No a Berlusconi » (en 2009) Il Popolo Viola hizo un llamado a manifestarse por lo que consideraba una «anomalía en el Occidente democrático», exigiendo que «Europa presionara a una ‘dictadura'» dirigido por «un hombre contrario a la libre expresión» y que «no cuenta con el apoyo de los demócratas».

Los manifestantes sostenían encarnar una «expresión ciudadana» no «mediada por partidos políticos» – y motivada por «valores cívicos». Esta idea era básicamente una estrategia del anti-berlusconismo, una cruzada ética que se colocaba por encima de luchas sociales o políticas, en defensa de «los valores de la Constitución italiana».

Con la amenaza de la llegada del fascismo, los portavoces de estas «iniciativas ciudadanas» supuestamente neutrales, disfrutaron de grandes elogios en la prensa de habla Inglés. No menos importante fue el apoyo que recibieron de The Economist (que a juicio del premier italiano era una publicación «comunista») y del Financial Times y de otros medios de comunicación que promovieron una imagen negativa porque Italia «no es un país normal».

El apretón de manos de los liberales demostró rápidamente su falta de consecuencia democrática. Después de la elección general (del 2013) la co-fundadora de La Repubblica, Barbara Spinelli lanzo una petición, firmada por luminarias anti-sistema como el fallecido Dario Fo, pidiendo a los tribunales que impidieran a Berlusconi ocupar su asiento en el Parlamento a causa de sus conflictos de intereses.

El intento de Spinelli no tuvo éxito, pero al año siguiente Berlusconi renunció abruptamente a su asiento en el Parlamento Europeo, aunque mantuvo con desfachatez su sueldo.

En 1975, Pier Paolo Pasolini había caracterizado al Partido Comunista Italiano como un honesto y no corrompido «país dentro de un país», en esa misma década su secretario general, el ascético Enrico Berlinguer, había asociado a la izquierda con «la autoridad moral», que denunciaba el consumismo y la política del escándalo.

En un sentido muy positivo, los comunistas de la posguerra hicieron una Italia diferente, no sólo ganando un tercio de los votos en las elecciones nacionales, o construyendo sindicatos de masas, o creando un fuerte y millonario movimiento cooperativista, sino también blandiendo las platónicas disposiciones progresistas de la Constitución de 1948, a pesar que en los hechos estaban excluidos del poder.

Sin embargo, esta organización se fue marchitado durante la década de 1990 y los políticos comunistas se convirtieron en demócratas neoliberales con una mentalidad de un elitismo liberal hueco, que solo hizo oposición a Berlusconi como expresión de una supuesta «virtud republicana» que se propuso incluir incluso al ala derecha de los católico-conservadores.

Esta política se expresaba en la consigna «Italia debe convertirse en un país normal» (de acuerdo a las exigencias de otros estados europeos), o en el meme «Berlusconi es una vergüenza nacional». Estos mimbres ideológicos fueron de la mano con al viaje al centro político y entregaron a la izquierda en los brazos de la Unión Europea como una cura para los males del país.

El auge de este inclinación elitista-institucional en la izquierda liberal llegó a su punto más extremo con el nombramiento de Giorgio Napolitano como Presidente de la República (entre 2006 y 2015). Este dirigente del Partido Democrático (y excomunista) había buscado durante mucho tiempo la ayuda externa para resolver las «disfunciones» de Italia. Su vida política se inició siendo un estudiante fascista que proclamaba a la Alemania nazi como «una protectora benigna para Italia». En un giro estalinista (en 1945) cambio sus lealtades a favor de los soviéticos, para re-convertirse, en décadas más recientes, en un firme partidario de la Unión Europea Alemana.

A pesar que se supone que la Presidencia italiana es un cargo neutro Napolitano utilizó su puesto para promover un golpe de Estado impulsado por la Unión Europea contra el gobierno elegido de Berlusconi. De esta manera el magnate y primer ministro era castigado por no cumplir con los objetivos de recortes presupuestarios requeridos por el Banco Central Europeo.

Como Perry Anderson ha explicado, Berlusconi fue removido de su cargo, por medios básicamente inconstitucionales y, bajo una intensa presión de la Unión Europea, que la izquierda encontraría escandalosa si se aplicarán en cualquier otro país.

Giorgio Napolitano conspiró con Ángela Merkel y con el entrante presidente del Banco Central Europeo,Mario Draghi, (durante el verano de 2011) para instalar como primer ministro a Mario Monti, excomisario de la UE y asesor de Goldman Sachs.

La designación de Mario Monti como senador vitalicio permitió a Napolitano (en noviembre de 2011) formar un gobierno de tecnócratas no electos por el pueblo, que llevaron a cabo «la manobra», reduciendo el déficit público sin que sus ejecutores fueran responsables ante el electorado.

Como relata Anderson, «Bajo la amenaza de la destrucción de la economía, por los mercados de bonos, Berlusconi tuvo que capitular y, en una semana Monti juró como nuevo gobernante del país, a la cabeza de un gabinete no electo de banqueros, empresarios y tecnócratas…» Los que habían atacado a Berlusconi por subvertir la democracia italiana no se andaban «con chicas».

Paradójicamente el supuesto «fascista» Berlusconi cayo víctima de un golpe antidemocrático. La función Mario Monti fue perpetrar una serie de leyes anti-laborales y recortes presupuestarios. Finalmente las «reformas», tuvieron un éxito mediocre dentro de los estrechos márgenes que se propusieron.

Cuando el país fue de nuevo a las urnas (en febrero de 2013), una vez más el Partido Demócrata no logró conquistar la mayoría. Incapaces de formar gobierno, hicieron la cuadratura del circulo mediante una gran coalición que incluyó nada menos que a Silvio Berlusconi. Después de haber utilizado la luchar contra Berlusconi como un palo para disciplinar a la izquierda, el Blairismo ahora gobernaba con «il cabaliere».

Hoy Italia sigue gobernada por una coalición de Demócratas con escisiones de la centro-derecha del partido de Berlusconi; curiosamente formada por quienes (a finales de 2013) se negaron a garantizarle la inmunidad judicial.

Una creciente oposición al sistema (a raíz de una victoria histórica en el mes de diciembre en el referéndum constitucional) está hegemonizada por el populista «Movimiento Cinco Estrellas» y por la extrema derecha «Liga Norte».

A pesar que en la década de 1990 el histórico MSI se sumo a la coalición de Berlusconi, sectores que se dicen «anticapitalistas» pero fascistas (como Casa Pound / Lotta Studentesca) hoy ganan adeptos entre los jóvenes empobrecidos. Mientras tanto el activismo de izquierda ha logrado sobrevivir, sólo en áreas aisladas y ha sido incapaz de impulsar una revuelta social porque la mayoría ciudadana esta hegemonizada por «Cinco Estrellas» y la derecha. Como consecuencia de sus desastres políticos, Refundación Comunista hoy apenas existe.

La construcción de una oposición política

Las lecciones para la izquierda estadounidense son claras. Los Demócratas que sostenían que solo apoyando a una «moderada» como Hillary Clinton se derrotaría a los conservadores del «fascista» Trump, ahora hablan de «unidad nacional» y » piden una oportunidad de dirigir la oposición.» Ellos están tan a la deriva como los demócratas italianos que avasallaron golpeando los tambores del antiberlusconismo para después coaligarse con el propio Berlusconi.

Poca claridad tienen aquellos liberales que intransigentemente niegan la «legitimidad» a Trump y ven su administración como un avance sin precedentes para la supremacía blanca. El justificado temor por las acciones de Trump ciega a los progresistas. En la reciente historia de Estados Unidos las víctimas reales de las administraciones de Obama o Clinton parecieran inexistentes y la gran historia de las luchas negras y de la clase trabajadora es apenas un mero complemento n la llamada a cerrar filas en torno liberalismo corporativo.

El punto no es que Berlusconi o Trump sean meros tigres de papel. Más bien, hay que poner ojo en el inútil juego de liberales y «conservadores honestos». Limitarse a pintar a Trump como un extraño a los valores nacionales mitificados, no tiene ninguna posibilidad de éxito.

Debemos aprender de Italia. No sólo por los efectos nocivos que ilustra el caso italiano, sino porque en los Estados Unidos se ha repetido religiosamente el argumento del menor. Al final de cuenta fue la base que utilizo el progresismo para apoyar a Hillary Clinton.

Persistir en el argumento liberal que «Trump ofende los valores institucionales» es un enfoque político que hace caso omiso de todo lo que ocurre a nuestro alrededor; el bexit, Duterte, Le Pen o Trump. Engañarse definiendo de forma arbitraria los límites del discurso político «legítimo» no podrá impedir el avance de una ola populista de derecha.

Aunque la política estadounidense es mucho más racista que la italiana, (las apuestas también son más alta) no se debe olvidar que los gobiernos de Roma han servido durante mucho tiempo como «el sargento de frontera de la Unión Europea». Esto política antiinmigración incluyo la externalización de esta responsabilidad al viejo aliado de Berlusconi, el Coronel Gadafi en Libia.

El racismo «casual», la exclusión de las minorías étnicas (de casi cualquier aspecto de la vida pública) y, la falta de «corrección política» con los inmigrantes son rasgos distintivos de la sociedad italiana.

Niveles más bajos de inmigración, ausencia -relativa- de minorías étnicas establecidas, y tradiciones más débiles de organización política de la población negra, han hecho que la reacción blanca también está menos presente en Italia.

Mientras que muchos llaman al gobierno de Trump fascista, con el fin de connotarlo como extremo e ilegítimo, el racismo armado de la derecha en Estados Unidos – incluyendo el de la policía – es una amenaza física mucho más real y criminal que subcultura nostálgica-fascista de Italia.

Fuerzas políticas con discursos tóxicos muy similares (al de los aliados de Berlusconi) ahora han llegado al poder en los Estados Unidos, en una situación de tensión social mucho más dramática.

En este sentido, el caso italiano representa una seria advertencia, incluso pese a que Berlusconi fue destituido de su cargo parlamentario. Hoy en día la coalición liderada por el Partido Demócrata continúa con un programa que demuele los derechos laborales conquistado en la posguerra, alejando al partido de cualquier vestigio de izquierda.

La oposición de masas al régimen no proviene de los movimientos sociales o de Refundación Comunista, sino de un «populista individualista» que ha ganando un enorme apoyo, incluso en los bastiones históricamente «rojos» del norte de Italia.

Como el Partido Demócrata Italiano se ha trasladado a ocupar el centro (y la centro-derecha) el espacio político ocupado por el partido de Berlusconi esta en crisis. Los verdaderos izquierdistas que se unieron a la cruzada anti-Berlusconi ahora están en ruinas.

En la península no existe un Podemos, Italia tiene el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga Norte, ambos movimientos «anti-políticos» que No se nuclean entorno a la lucha social o a una visión de progreso, pero si estimulan la atomización con un «sentido común» reaccionario, incluso xenófobo.

La alineación de la izquierda con los centristas neoliberales -contra Berlusconi- no contuvo el populismo de derecha ni logró mantener el racismo y la xenofobia fuera de la política.

Los millones de votantes de izquierda en Italia todavía esperan una respuesta sin embargo en este trance se ha destruido su voz alternativa. Observando en perspectiva la campaña electoral (de 2016) la izquierda de los EE.UU. debe evitar cometer errores similares.

Articulo publicado por la Revista Jacovinmag.com.

Fuente original: http://socialismo21.net/la-crisis-de-los-ex-comunistas-italianos-o-ser-anti-trump-no-es-suficiente/