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Atentados en Londres

La respuesta de los sufrientes

Fuentes: Rebelión

Las bombas que estallaron casi simultáneamente en diversos puntos de la ciudad de Londres constituyen un episodio más de las tensiones del tiempo presente. Ante todo hay que repetir que el terrorismo no es un método legítimo de combate. Se arremete a civiles no combatientes y se daña a indefensos que no comparten las culpas […]

Las bombas que estallaron casi simultáneamente en diversos puntos de la ciudad de Londres constituyen un episodio más de las tensiones del tiempo presente. Ante todo hay que repetir que el terrorismo no es un método legítimo de combate. Se arremete a civiles no combatientes y se daña a indefensos que no comparten las culpas ajenas. El terrorismo contribuye a desacreditar a la causa que lo emplea como instrumento de lucha y no obtiene resultados políticos apreciables como no sea un repudio generalizado y una incomunicación del grupo que lo utiliza.

Dicho esto hay que señalar que Gran Bretaña está cosechando los frutos del odio que sembró. No es posible diseminar bombas, asesinar a mujeres y niños en el Oriente Medio, destruir ciudades, incendiar aldeas y arrasar con el patrimonio cultural de un país y pretender inmunidad tras ese estrago. Hasta ahora estaban muriendo aquellos de piel oscura y ojos endrinos, ahora empiezan a morir los rubios de ojos azules. El escenario de lidia se traslada de latitud. Es la respuesta de los sufrientes.

Tony Blair dijo en su discurso, tras el atentado, que los autores del golpe querían quebrantar su sistema, que odiaban su manera de vivir cuando en realidad es todo lo contrario. Son los británicos quienes han irrumpido en Irak para quebrantar su régimen de existencia, han violado sus hogares, han destruido el equilibrio social para asegurarse el aprovisionamiento de materia energética. Es lógico que ahora venga el turno del injuriado. Los penitentes de siempre tienen que propiciar un escape a su sufrimiento, los agraviados se desquitan.

Cabe observar que cuando se trata de ciudadanos del primer mundo la civilización occidental se conmueve, pero cuando se trata de los parias del subdesarrollo no existe la misma aflicción. La muerte está hecha para los mestizos, no es aplicable a los arios, sajones y nórdicos. El deceso es natural y aplicable a la gente meridional, pero no fue diseñada para el septentrión.

El coro de lamentaciones, pésames, compasiones y congojas que hemos escuchado en estos días no se escuchó de igual manera tras la masacre de Faluya. Quienes murieron en la ciudad mártir no estaban catalogados entre los seres humanos de primera clase, por tanto, no importaba mucho si morían por racimos.

De igual manera cuando el terrorismo es aplicado por los iracundos explotados, por los desventurados de siempre, es censurable. Pero cuando el terrorismo se acomete por un estado agresor es justificable. El estado de Israel acomete cada día acciones terroristas contra el pueblo palestino que apenas logran alzar voces de protesta en el concierto de los países llamados civilizados.

De manera similar Cuba ha sido víctima de innumerables actos de terrorismo por parte del gobierno de Estados Unidos y esos sí son considerados hechos legítimos y excusables. En 1976, de eso se ha hablado mucho en estos días, una nave de la Compañía Cubana de Aviación estalló en pleno vuelo por la acción de dos bombas que causaron la muerte de 73 personas. Los autores del atentado han sido plenamente identificados pero se han refugiado en Estados Unidos y el gobierno de Bush alienta a sus tribunales en tácticas dilatorias para impedir que la justicia se ejerza sobre esos criminales.

En ningún momento el gobierno británico ha expresado su disposición a ayudar a la extradición de Posada Carriles y sus secuaces. Tony Blair no ha expresado la menor determinación de asistencia para lograr que esos terroristas reciban la sanción judicial que merecen. Le duelen los fallecidos en el metro de Londres, pero no los cubanos que sucumbieron en Barbados. Con una doble moral de este tipo no se puede alcanzar una seria estabilidad mundial. La ley del embudo no puede regir las relaciones internacionales.

No podemos derramar tantas lágrimas de un lado y permanecer insensibles hacia el otro. No se puede monopolizar el comportamiento ético en una región de la tierra y relegar a otra parte a padecer como un páramo sin ley ni amor. Los atentados de Londres son la expresión de la justa cólera de los martirizados. Los mansos han decidido dejar de serlo. Es provechoso para la humanidad que el gobierno británico tome nota de que no hay acción sin reacción, que las víctimas van a caer de ambas partes, que no se puede ultrajar a un pueblo impunemente.

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