Recomiendo:
0

Latinoamérica en llamas: la guerra silenciosa por su conciencia política

Iglesias y extrema derecha Brasil
Fuentes: Rebelión

La disputa central del siglo XXI en América Latina no es solo económica ni electoral: es espiritual. La región atraviesa una mutación religiosa que reconfigura el poder político y redefine quién decide el rumbo social del continente.

Durante medio milenio, la identidad latinoamericana se sostuvo sobre la arquitectura del catolicismo. Pero hoy ese edificio cruje. El retroceso de la Iglesia no es un simple declive institucional: es el derrumbe de un horizonte cultural que ya no logra ordenar el sentido colectivo.

Mientras el Vaticano osciló entre modernizarse y atrincherarse, terminó dejando un vacío que nunca supo administrar. La ofensiva contra la Teología de la Liberación —una doctrina que había devuelto la política a los pobres— abrió la puerta a nuevas corrientes religiosas más alineadas con la agenda conservadora global.

Los datos son elocuentes: en una región donde casi todos crecieron bajo el rito católico, una porción creciente migra hacia espacios evangélicos que ofrecen menos tradición y más emocionalidad; menos estructura y más pertenencia. El catolicismo se burocratizó, los seminarios se vaciaron y la liturgia institucional perdió impulso frente a grupos que prometen transformación inmediata.

Ese hueco fue ocupado por iglesias evangélicas de estilo empresarial, con expansión veloz y un discurso perfectamente adaptado al clima neoliberal. Su combustible ideológico es una doctrina que convierte la acumulación material en un sello de bendición divina, un sistema que desplaza la solidaridad por la competencia y que categoriza la pobreza como una falla personal antes que como una injusticia estructural.

Este marco teológico encaja sin fricción en la maquinaria de las nuevas derechas. No es fe inocua: es arquitectura de poder. Muchos líderes religiosos participan directamente en política, administran recursos considerables y manejan redes de contención emocional en barrios que el Estado abandonó. Desde allí empujan una agenda regresiva en derechos sociales, género, educación y libertad cultural.

Mientras tanto, el catolicismo —que alguna vez administró hegemonía— apenas logra articularse como un contrapeso ético. Habla desde afuera, mientras los nuevos pastores legislan desde adentro.

El catolicismo carga una paradoja histórica: predica solidaridad, pero durante décadas avaló proyectos que la negaban. Esa fractura —entre doctrina social y conducta política— es una herida que arrastra desde el siglo XIX. La incapacidad de sus élites para sostener una posición firme ante los autoritarismos, el neoliberalismo radical o la desigualdad estructural debilitó su credibilidad.

Esa contradicción estalló cuando sectores de derecha comenzaron a atacar no solo las banderas sociales de la Iglesia, sino al propio Papa. Cuando se transformó en blanco de la furia libertaria, el catolicismo volvió —tarde, pero volvió— a abrazar la defensa de los excluidos. Surgieron curas que, lejos de la indiferencia institucional, se plantaron para exigir coherencia moral y denunciar la desigualdad como pecado público.

Con la llegada de un sucesor que promete retomar el espíritu renovador del Concilio Vaticano II, el mundo católico intenta reconstruirse. Pero enfrenta una batalla doble: reorganizar su propia casa y recuperar a fieles desencantados —muchos de los cuales votan en contra de la justicia social que la Iglesia dice defender.

Lo que avanza no es un fenómeno religioso, sino un cambio estructural en la arquitectura política de América Latina. Mientras el catolicismo se ve obligado a actuar como un “contrapoder moral”, los movimientos evangélicos condicionan gobiernos, moldean culturas públicas y operan con eficacia electoral.

La pregunta de fondo es quién captura el corazón político de la región. Porque no se discute solo teología: se discute el modelo de desarrollo, la idea de igualdad, la legitimidad del Estado y la concepción misma de justicia.

Si la Iglesia no logra recuperar su vínculo con los sectores populares y reconstruir una narrativa ética que dialogue con sus propias bases, la ola conservadora seguirá expandiéndose hasta fijar un orden que naturaliza la desigualdad y santifica el ajuste.

La identidad latinoamericana está en un cruce de caminos. O reconstruye un proyecto de comunidad organizada —donde el Estado proteja a los últimos y no a los primeros— o quedará atrapada en un modelo que convierte al desigual en culpable y al privilegiado en elegido.

Lo que está en juego es el alma social de la región. Y esa batalla, aunque silenciosa, ya está en marcha.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.