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Nicaragua: El renacimiento del sueño bolivariano

Fuentes: Sin Permiso

Aunque Daniel Ortega es una sombra de lo que fue, su victoria es la expresión de la arrolladora demanda de cambio en gran parte de América Latina

Daniel Ortega, bendecido por la iglesia, flanqueado por un antiguo contra como su vicepresidente y aún detestado por el embajador de los Estados Unidos, puede ser una débil sombra de lo que fue, pero su victoria refleja sin ninguna duda el deseo de cambio de los nicaragüenses. ¿Podrá Managua seguir las políticas redistributivas radicales de la antiimperialista Caracas, o se reducirá a la retórica y seguirá siendo un cliente del Fondo Monetario Internacional?

La victoria de Ortega llega en un momento en que América Latina sigue avanzando. Ha habido algunas manifestaciones espectaculares de la voluntad popular en Porto Alegre, Caracas, Buenos Aires, Cochabamba y Cuzco, por citar unas pocas ciudades. Manifestaciones que han ofrecido una nueva esperanza al mundo sumido en un sopor neoliberal (Estados Unidos, la Unión Europea y el lejano Oriente), o que sufre la depredación militar y económica del nuevo orden (Irak, Palestina, Líbano, Afganistán, Sur de Asia).

Las señales emitidas por los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Cuba, y de los movimientos sociales gigantescos desde abajo en México, Argentina, Ecuador, Perú y Brasil, no son obviamente bienvenidos por la elite mundial o por sus apologistas en los medios de comunicación. La lucha encabezada por la república bolivariana de Venezuela contra el consenso de Washington ha atraído la furia de la Casa Blanca. Tres atentados (incluido un golpe militar apoyado por los Estados Unidos y la Unión Europea) se intentaron para derrocar a Hugo Chávez.

Chávez fue elegido por primera vez presidente de Venezuela en febrero de 1999, 10 años después de una insurrección popular contra el plan de ajuste del FMI, insurrección que había sido brutalmente aplastada por Carlos Andrés Pérez, el partido del cual era uno de los más grandes de la Internacional Socialista. En su campaña electoral, Pérez había denunciado a los economistas en nómina del Banco Mundial como «genocidas de trabajadores en pago al totalitarismo económico», y al FMI, como «una bomba de neutrones que mataba a la gente, pero dejaba a los edificios en pie».

Después, [Pérez] cedió a las demandas de ambas instituciones, suspendió la constitución, declaró el estado de emergencia y ordenó al ejército que acribillase a los manifestantes. Más de 2.000 personas pobres fueron asesinadas por disparos de las tropas. Este fue el momento fundacional de la agitación bolivariana en Venezuela.

Chávez y otros oficiales jóvenes organizaron la protesta contra el abuso y la corrupción del ejército. En 1992, los oficiales radicales organizaron una rebelión contra los responsables de la carnicería. Falló porque era pronto después de los traumas de 1989, pero el pueblo no olvidó. Así es como los nuevos bolivarianos llegaron al poder y comenzaron una lenta y cautelosa realización de reformas socialdemocrátas, reminiscencia del New Deal de Roosevelt y de las políticas del gobierno laborista [británico] de 1945. En un mundo dominado por el consenso de Washington esto era inaceptable. De ahí la campaña para derrocarle. De ahí la llamada de Pat Robertson, cabecilla del cristianismo político en los Estados Unidos, para que Washington organizase el asesinato inmediato de Chávez. Venezuela, hasta entonces un poco conocido país en lo que al resto del mundo se refiere, se convirtió de repente en un faro.

El grueso del pueblo que eligió a Chávez estaba furioso y resuelto. Se había sentido sin representación en 10 años; había sido traicionado por los partidos tradicionales; rechazaba con firmeza unas políticas, las neoliberales, que se traducían en un ataque a los pobres en sostén de una oligarquía parasitaria y de una burocracia civil y sindical corrupta. Esta mayoría del pueblo rechazaba el uso que se daba a las reservas de petróleo del país. Rechazaba la arrogancia de la elite venezolana que utilizaba la riqueza y el color claro de la piel para sostenerse a sí misma a expensas de la mayoría pobre y de piel oscura. La elección de Chávez fue su venganza.

Cuando quedó claro que Chávez estaba decidido a hacer modestos cambios en la estructura social del país, Washington tocó a rebato. Nunca el rencoroso fanatismo procedente de estos grupos había sido tan evidente como en sus acciones y propaganda contra Venezuela, al frente de las cuales se pusieron Financial Times y The Economist en una masiva campaña de desinformación.

Están unidos por sus prejuicios contra Chávez, cuyo advenimiento al poder fue visto como una insana aberración, porque las reformas sociales basadas en las rentas del petróleo -sanidad gratuita, educación y alojamiento para los pobres- eran vistas como una vuelta a los malos viejos tiempos, un primer paso hacia el camino que lleva al totalitarismo.

Chávez nunca ocultó su política. Los dos Simones del siglo XVIII (Bolívar y Rodríguez) le habían enseñado una lección bien simple: no servir a los intereses de otros; realizar su propia revolución política y económica; y unir América del Sur contra todos los imperios. Este fue el núcleo de su programa.

En una alocución hecha en la Habana en 1994 Chávez expuso: «Bolívar dijo una vez que ‘la gangrena política no puede ser curada con paliativos’, y Venezuela de todo punto corroída por la gangrena… No hay forma de que el sistema pueda curarse por sí mismo… el 60% de los venezolanos vive en la pobreza… en 20 años, más de 200.000 millones de dólares se han evaporado. ¿Dónde está el dinero?, me preguntó el presidente Castro. En las cuentas en bancos extranjeros que tienen casi todos los que han estado en el poder en Venezuela… el siglo que viene es un siglo de esperanza; es nuestro siglo, es el siglo en que el sueño bolivariano renacerá».

Tariq Ali es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.

Traducción para www.sinpermiso.info : Daniel Raventós