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Uruguay

Orwell, Badiou y los monstruos que engendra el progresismo

Fuentes: Rebelión

En estos días se ha podido constatar que los servicios de inteligencia del Uruguay continúan teniendo entre sus objetivos a las organizaciones sociales, recurren todavía a los mismos métodos de la pre-dictadura y la dictadura (infiltración, golpizas, amedrentamiento, tortura), lo hacen con una soltura de cuerpo (y palos) propia de la impunidad que saben tener […]

En estos días se ha podido constatar que los servicios de inteligencia del Uruguay continúan teniendo entre sus objetivos a las organizaciones sociales, recurren todavía a los mismos métodos de la pre-dictadura y la dictadura (infiltración, golpizas, amedrentamiento, tortura), lo hacen con una soltura de cuerpo (y palos) propia de la impunidad que saben tener y gozar (porque gozan, a juzgar por los testimonios), gracias al respaldo político evidente de las autoridades del Ministerio del Interior, así como del Poder Judicial (notorio en la actuación de la juez Julia Elena Staricco) y de los principales medios de prensa de la derecha 1 .

La difusión de la infiltración de inteligencia policial a la marcha de los Mártires Estudiantiles y la represión allí desatada, las detenciones ilegales realizadas diez días después en torno a la marcha conmemorativa de la «masacre del Filtro», y luego los abusos policiales en Santa Catalina, ha causado una indignación apenas mayor que el asombro2.

Las expresiones de repudio y denuncia de estos abusos provocadas por estos sentimientos de indignación y asombro, son lo principal. Pero además, hay algunas preguntas cuyas respuestas no están claras. ¿Por qué los servicios de inteligencia, las «fuentes policiales», y los medios por los cuales esas fuentes se expresan insisten permanentemente en la omnipresencia de la organización Plenaria Memoria y Justicia (y sus aliados, los más esquivos «anarquistas») en cuanto acto más o menos desmadrado ocurre, habría ocurrido o podría ocurrir? ¿Porqué tanta atención a una organización cuyas dimensiones son más pequeñas que cualquier sindicato pequeño? Partiendo de la base de que el abuso policial perpetrado a los detenidos es deleznable e injustificable bajo cualquier circunstancia, ¿es efectivamente la Plenaria (y sus aliados los anarquistas) un enemigo tan poderoso como para convocar la atención (y el presupuesto) de los servicios de inteligencia, la policía, los jueces, el Ministro y la prensa?

La atención dispensada a la Plenaria es a todas luces desmesurada en relación a la significación política y la fuerza concreta de dicha organización. Entonces: ¿a qué se debe todo esto? Hay dos explicaciones posibles a partir de diálogos ficticios con George Orwell y Alain Badiou.

La explicación de Orwell

Especialista en los engranajes de la máquina estatal totalitaria (cuya implacabilidad conoció directamente), George Orwell describió en profundidad el mecanismo de creación-amplificación, por parte del Estado, de un enemigo interno constitutivo de una amenaza a la seguridad3. La necesidad de combatir dicho enemigo se transforma entonces en el eje de justificación de una gama creciente e interminable de acciones represivas, al tiempo que sirve, simultáneamente, como fuente de estigmatización-deslegitimación de toda voz disidente. Tener un enemigo interno omnipresente y amenazador resulta altamente rentable en la economía represiva disecada por Orwell.

La dictadura de Uruguay hizo un uso «de manual» de dicho recurso, descubriendo y persiguiendo a la «amenaza marxista» omnipresente en gremios, escuelas, fábricas, facultades, y hasta en el parlamento, y barriendo con la fuerza del impulso represivo a todas las organizaciones populares o fuerzas de oposición existentes. Hasta el final de sus días, los militares descubrieron y desmontaron inminentes atentados que recordaban a la población la peligrosidad de esa amenaza siempre latente, y como pensaban quedarse por los tiempos de los tiempos, lo documentaron todo con lujo de detalles en su «Testimonio de una nación agredida».

A la luz de los hechos que están ocurriendo en la actualidad, cabría preguntarse, por más incómodo y extraño que parezca, si no estamos asistiendo a un proceso similar. La Plenaria Memoria y Justicia (y sus aliados los anarquistas) parecen venir a ocupar el lugar del enemigo interno omnipresente. Y para eso son de algún modo allí puestos por parte de «las fuentes policiales» y los medios que las citan: en todos los últimos acontecimientos, la Plenaria fue noticia por haber sido mencionada por parte de las fuentes policiales y la prensa, y no por haber realizado tal o cual acción. El mecanismo de nombrar todo el tiempo a la Plenaria, aún para decir que no se los vio en el lugar de los hechos, es el mismo utilizado por el informativista que al presentar la noticia de una rapiña informa que «entre los asaltantes no había menores», instalando el significante «menor» en la escena de cualquier crimen, sea o no perpetrado por adolescentes nacidos luego de 1995. Es decir, pareciera evidente una operación que va volviendo a la Plenaria omnipresente, junto a grupos de identificación más difusa (condición necesaria de un enemigo interno omnipresente) como «los anarquistas»4.

¿Y por qué elegir a la Plenaria? Por lo pronto, se trata de una organización que cumple con algunas características que la llevan a ocupar con relativa facilidad el lugar de la «víctima propiciatoria» (como le llamaría Thomas Szász). En particular: ser una organización contraria al gobierno, fuertemente deslegitimada y aislada, irreversiblemente enemistada con todo el entorno de la izquierda sindical y política, y cuya posibilidades (y capacidades) de comunicación política con el conjunto de la sociedad son prácticamente nulas. En definitiva, se trata por un lado de un cuco fácil de agitar, y por otro de una víctima potencial por la que casi nadie está dispuesto a dar un pelo por salvar. Y si bien parece difícil que la sociedad uruguaya esté dispuesta a creerse tan fácilmente la idea de la peligrosidad disolvente de la Plenaria y sus aliados los anarquistas, parece claro que se trata de un tiro por elevación dirigido al conjunto de expresiones disidentes, reales o potenciales, presentes o futuras. El poder es paranoico.

Lo cierto es que si la explicación orwelliana es pertinente en este caso, de la mano de la construcción del enemigo interno, pronto veremos consolidarse las condiciones para criminalizar, reprimir, y judicializar al conjunto de expresiones disidentes de la izquierda gobernante. Toda voz crítica, para ser escuchada, deberá antes defenderse por anticipado de las acusaciones siempre latentes de «ultra», «radical», «plenaria» o «anarquista», firmando una suerte de credencial tácita de fe democrática que le permita seguir perteneciendo al mundo de los vivos. De qué ladrillos están hechos los gulag del progresismo.

La explicación de Badiou

La explicación del filósofo franco-marroquí Alain Badiou es tan alarmante como la de Orwell. Badiou analizó el mecanismo operativo del miedo en relación a las elecciones francesas de 2007 en las que resultó electo presidente Nicolas Sarkozy. Sostiene Badiou que dichas elecciones fueron paradigmáticas de la ficción electoral como sustitutiva de la política, dada la vacuidad de las opciones electorales existentes en relación a proposiciones efectivamente transformadoras de la sociedad. Afirma: «Supongamos que la política es (…) ‘la acción colectiva organizada, conforme a ciertos principios, que intenta desarrollar en lo real las consecuencias de una nueva posibilidad que se encuentra rechazada por el estado de cosas dominante’. Por consiguiente, es necesario concluir que el voto al que se nos invita es una práctica esencialmente apolítica. Está sometido, pues, al sin-principio del afecto » 5 . Ante esta anulación de la política y su sustitución por el terreno del puro afecto (por lo demás, potencial caldo de cultivo de los fascismos y fanatismos de todos los tiempos), sostiene Badiou que la contienda electoral se limita a la articulación de dos tipos de miedos en contradicción. Por una parte un miedo que llama «esencial» o «primitivo», el cual proviene de la situación subjetiva de quien teme perder privilegios o caer en la decadencia, que «se centra en los chivos expiatorios tradicionales: los extranjeros, los pobres, los países lejanos a los que no nos queremos parecer»6. «Este miedo, conservador y crepuscular, crea el deseo de tener un amo que proteja, aunque sea oprimiéndoos y empobreciéndoos aún más»7. Y por otra parte, el otro polo de la contradicción que articula la elección, es un miedo derivado de este miedo «primitivo» y «esencial», que Badiou define como el miedo a las consecuencias de ese miedo primario. Se trata del miedo «que el primer miedo provoca en la medida que invoca un tipo de amo, el poli nervioso, que el pequeño burgués socialista ni conoce ni aprecia. Se trata de un miedo derivado cuyo contenido, más allá del afecto, es realmente indiscernible»8. Este segundo miedo es además impotente, no logra articular un discurso alternativo a la trampa de la amenaza inmigrante y la respuesta policial, y quienes en la coyuntura electoral hacen uso de él (la oposición electoral a la derecha, en Francia el Partido Socialista) se limitan a agitarlo, proclamando los peligros de la escalada represiva que traería el primer miedo si ganara la derecha, casi que como único argumento diferencial de esa derecha.

¿Es posible aplicar algunos elementos del análisis de Badiou a la reflexión sobre la coyuntura uruguaya? En Uruguay, en lo que hace a temas como el de la «seguridad», el escenario político se presenta diagramado por la derecha, la cual ha logrado, ya no sólo instituir el problema de la inseguridad como el problema central de la agenda política, sino también fijar la racionalidad y los marcos de análisis con que dicha problemática se piensa, esto es, a través de la criminalización de los jóvenes y la pobreza9, la invisibilización de las condiciones de injusticia social de fondo en el problema, y ahora -además- la construcción de un enemigo interno peligroso.

Así parece pensarlo también Constanza Moreira, cuando, al analizar el estado del debate social en torno a la inseguridad y la «minoridad infractora», sostiene que «aunque hubo una suerte de consenso académico sobre el tema en el que primó una visión completamente contraria a la «mano dura», lo que triunfó como mensaje, fue que el asunto de los jóvenes que rapiñan y matan se había vuelto casi inmanejable para la sociedad uruguaya. A ello colaboramos también desde el Frente Amplio, no sólo en la campaña electoral -cuando definimos el tema de la seguridad pública como central, arrinconados por el juego que ya habían definido los partidos de la oposición- sino cuando transformamos la ‘seguridad pública’ en la prioridad presupuestal, y acabamos, tratando de darle una solución al problema, multiplicándolo con derivaciones impredecibles» 10 .

De este modo, el miedo, a través de la institución de la amenaza de la delincuencia juvenil, o de «grupos disolventes», se configura como un elemento estratégico de primer orden de cara a la próxima contienda electoral, en modo similar a lo analizado por Badiou. Y si se observan las características concretas del escenario político uruguayo, no es algo a descartar que en dichas elecciones los partidos de la derecha sigan marcando la agenda de la seguridad y proponiendo además un programa muy pragmático al respecto (como la baja de la edad de imputabilidad); y vaya si cuentan con un candidato ideal para ello. Y si tal fuera el contexto, del otro lado, no parece irracional imaginar al progresismo en la trampa, sin encontrar a esa altura mucho más margen de maniobra que la agitación impotente del miedo al miedo (y vaya si para eso, encontrará del lado de enfrente un candidato que mete miedo). Parafraseando a Badiou, cabría preguntarse: ¿Qué representa el nombre de Bordaberry?

Ahora bien, lo peculiar en este caso es que, contrariamente a lo que cabría esperar en primera instancia, el progresismo gobernante no se limitará a agitar el «miedo al miedo». Lo que parece claro es que el gobierno está dispuesto a disputarle a la derecha el patrimonio de la mano dura y su pragmatismo operativo, lo cual en el cálculo inmediato podría permitirle sortear el costo electoral que le reportaría quedar ubicado en el lugar de la impotencia de respuestas al problema de la seguridad, aún a costa de mimetizarse con (transformarse en) las posiciones más reaccionarias. Pareciera que, de cara a las próximas elecciones, el gobierno intentará una presentación bi-polar: agitar a la vez el miedo y el miedo al miedo; ser la alternativa al candidato que mete miedo; y ser también la mano dura que reclama el miedo primario.

En cualquier caso, lo más importante es observar que, si estos procesos se consolidan, se debe tener en cuenta que el miedo, según analiza Badiou, no tiene solamente una dimensión operativa articulatoria de los límites de una elección. Mucho más que esto, el miedo ha pasado a formar parte constitutiva del propio Estado contemporáneo, en sustitución de la política: «… a falta de toda política en sentido propio, el miedo se incorpora al Estado como sustrato de su propia independencia. El miedo valida el Estado. La operación electoral incorpora al Estado el miedo y el miedo al miedo, de manera que un elemento subjetivo de masas consigue validar el Estado. Digamos que tras estas elecciones el elegido (…) estará legitimado en la cima del Estado por haberle sabido sacar tajada al miedo. Tendrá entonces las manos libres, puesto que, desde el momento en que el Estado ha quedado investido por el miedo, puede dar miedo con toda libertad. La dialéctica última es la del miedo y el terror. Virtualmente, un Estado legitimado por el miedo está habilitado para convertirse en un estado terrorista»11.

* * *

No han sido tan numerosas como deberían las voces de rechazo a las infiltraciones, persecuciones políticas, acosos y detenciones ilegales perpetradas por la policía. Como consigna Samuel Blixen12, el tema reviste una gravedad tal que, aunque sea hoy algo inesperable, ameritaría una impostergable censura y pedido de renuncia del Ministro Bonomi.

El origen de esta situación se remonta a algunos años atrás, desde que con la salida de José Díaz del Ministerio del Interior se terminaron las perspectivas de una política de izquierda en materia de seguridad interior. Defenestrado un día sí y otro también por la derecha y su prensa, Díaz llevó adelante la ley de humanización del sistema carcelario, reconoció el derecho de ocupación como extensión del derecho de huelga, y -es sabido- dio la orden de que los servicios de inteligencia dejaran de vigilar a las organizaciones sociales y sindicales (como hacían ininterrumpidamente desde la pre-dictadura) y dirigieran sus operaciones a investigar el narcotráfico y el crimen de cuello blanco. Luego de la salida de José Díaz, el gobierno fue asumiendo como propio el discurso de la derecha en materia de seguridad (y no faltaron los gobernantes progresistas que por lo bajo asumieron también como propias las críticas de la derecha al ex ministro). En los últimos años, este viraje se fue traduciendo en el plano político en una restauración conservadora en el Ministerio del Interior. Hoy se hace evidente que tal restauración alcanzó también a los servicios de inteligencia, que han retornado a lo que, con mayor o menor intensidad, han hecho desde los años 60, y saben realmente hacer: vigilar y amedrentar a las organizaciones populares.

Lamentablemente no es una exageración evocar las explicaciones de Orwell y Badiou para comprender lo que está sucediendo en nuestro país. La gravedad de los hechos y lo que estos evidencian impone encender la luz de alarma. El psicoanalista argentino Marcelo Percia, al analizar los mecanismos psicológicos por los cuales se internaliza como conducta espontánea la «rutinización de la obediencia» (de la que habla Rico), destaca el papel del mecanismo de defensa de la desmentida, por la cual una evidencia a la vez se admite y se anula. Advierte Percia: «Una forma de la desmentida es la incredulidad: el incrédulo se resiste a creer en lo que sabe, se conduce como si la realidad exagerara ante sus ojos. La incredulidad dice: ‘No puedo creer que, en un país que produce alimentos, haya gente que se muere de hambre’. Increíble es algo declarado imposible o indeseable antes de que ocurra, mientras que increído es algo ya ocurrido que, siendo admitido, sigue sin ser aceptado. La desmentida tiene en común con la abolición de la experiencia y la negación, su complicidad con la disociación» 13 .   La detención ilegal de personas por su modo de pensar, el acoso, la tortura, son realidades pertenecientes al pasado, a la dictadura, al fascismo. La posibilidad de su re-edición en la actualidad es un dato imposible de ser asumido por parte de las buenas conciencias progresistas, y resulta negado o desmentido.

Percia, citando Sartre, recuerda hasta qué punto «las conciencias progresistas niegan la presencia potencial del mal y el horror en sus espíritus puros». A diferencia de la razón en sueños de Goya, en plena vigilia, engendra monstruos el progresismo.

Notas:

1 Con particular protagonismo de El Observador, que llegó a incluir en sus cobertura menciones a vínculos entre la Plenaria Memoria y Justicia y grupos neonazis, en un «operativo enchastre» sumamente grotesco.

2 Aún cuando el abuso policial a los jóvenes en los barrios no es una novedad. Ver por ejemplo el reportaje publicado por «La Diaria» en febrero de 2011 a propósito de los abusos policiales en Casavalle (http://ladiaria.com.uy/articulo/2011/2/la-ley-es-otra/).

3 Ver de George Orwell: «Rebelión en la granja» y «1984».

4 A su vez, la represión policial en la marcha estudiantil del 14 de agosto, lejos de ser una respuesta ocasional a una agresión, tiene todas las características de un operativo planificado. La existencia de un grupo pequeño de militantes encapuchados que utilizan dicha marcha para desarrollar pintadas y otras acciones que no han sido acordadas por los organizadores de la marcha sucede desde hace muchos años. Hasta ahora, el fenómeno (previsible por lo habitual) había sido abordado y resuelto de un modo u otro por los propios organizadores de la marcha. La acción policial en esta ocasión pareciera responder a objetivos de amplificar más que reducir las consecuencias de esas expresiones, reprimiendo al barrer al conjunto de los miles de manifestantes, y generando una situación de «desorden», sobre la que se construirá luego el discurso de la amenaza.

5 Badiou, Alain (2008): «¿Qué representa el nombre de Sarkozy?». Pontevedra: Ellago Ediciones (p.12).

6 Ídem (p. 24).

7 Ídem (p. 10).

8 Ídem (p. 11).

9 Álvaro Rico observa la existencia de continuidades entre el proceso de criminalización de la pobreza y la juventud a través del lugar otorgado al problema de la inseguridad ciudadana por parte de las democracias pos-dictadura, y su antecedente en la militarización de la sociedad de los años ’60 y ’70: «Si el delito político, considerado por el Estado como ‘subversión’ constituyó en los años sesenta-setenta gran parte de la justificación discursiva de un proceso creciente de policialización y militarización de la sociedad que, finalmente, desembocó en el golpe de Estado y la dictadura, el delito social parece también constituir, desde los años ochenta-noventa del siglo pasado, un eje central de la argumentación del orden público y de la definición de la situación como ‘excepcional'». Rico denomina a este fenómeno como «la criminalización de la sociedad desde el Estado» y destaca el hecho de que dicha operación se sostiene gracias a «la integración voluntaria de la ciudadanía en el orden legal-policial del Estado tras la demamanda de seguridad» en lo que define como un «mecanismo de rutinización de la obediencia». Esto es lo fundamental: la sociedad no padece el control, lo sostiene. (Rico, Álvaro [2005]: «Cómo nos domina la clase gobernante: orden político y obediencia social en la democracia posdictadura Uruguay (1985-2005)», Montevideo: Trilce. [p. 145]).

10 Constanza Moreira en: Diario «La República» (11/04/2011).

11 Op. cit. (p. 14)

12 Samuel Blixen, «El túnel del tiempo», en «Brecha» (07/09/2013)

13 Percia, Marcelo (2008): «Política de la desmentida: crítica de las conciencias buenas». Revista «Pensamiento de los confines», Nº 22, julio de 2008. Argentina: Fondo de Cultura Económica.

Agustín Cano es Licenciado en Psicología y docente e investigador del Servicio Central de Extensión de la Universidad de la República, Uruguay. Forma parte del equipo periodístico del programa radial «Arquero Peligro».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.