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Preguntas y respuestas sobre el referéndum

Fuentes: Apuntes del Natural

Pregunta.- Algunas organizaciones de lo que convencionalmente se denomina «la izquierda» piden el «No» en el referéndum sobre la Constitución Europea alegando que ese Tratado refuerza la orientación neoliberal y burocrática de la UE. Su consigna es: «¡Otra Europa es posible!». ¿Qué opinión te merece ese planteamiento? Respuesta.- Comparto ese diagnóstico sobre la orientación que […]

Pregunta.- Algunas organizaciones de lo que convencionalmente se denomina «la izquierda» piden el «No» en el referéndum sobre la Constitución Europea alegando que ese Tratado refuerza la orientación neoliberal y burocrática de la UE. Su consigna es: «¡Otra Europa es posible!». ¿Qué opinión te merece ese planteamiento?

Respuesta.- Comparto ese diagnóstico sobre la orientación que desde hace ya muchos años viene siguiendo el proyecto unitario europeo. Criticarla a la vez por neoliberal y burocrática puede parecer contradictorio, pero no lo es. La UE sigue criterios neoliberales en el terreno económico (limita cada vez más la capacidad de intervención de los poderes públicos en la vida económica, lo que dificulta su encauzamiento en un sentido menos insolidario y favorece el desarrollo de las tendencias más salvajes del capitalismo), pero es también -y a la vez- burocrática, porque pone bajo el control de las maquinarias de los viejos estados numerosos aspectos de la vida civil de la ciudadanía europea que podrían ser mejor y más satisfactoriamente resueltos desde ámbitos de poder más próximos a la propia base social.

La suya es, en suma, una orientación laxa en lo socio-económico y autoritaria en lo político.

Compartiendo esa crítica, no simpatizo ni poco ni mucho, en cambio, con la consigna «Otra Europa es posible», y ello por razones parecidas a las que me llevaron en su día a rechazar la consigna «Otro mundo es posible», tan coreada por buena parte del movimiento contrario a la globalización neoliberal.

No atisbo nada que autorice a creer que sea posible alterar a corto o medio plazo el sentido general de la marcha que lleva la Unión Europa. Las condiciones económicas y políticas -las del mundo, en general, y las del Viejo Continente, en concreto- no son nada propicias para ello. Además, tampoco existe un estado de opinión poderoso que apunte en esa dirección.

(Dicho sea entre paréntesis: esto que afirmo parte de la hipótesis de que las actuales condiciones objetivas y subjetivas de Europa no van a experimentar una transformación radical, hipótesis que viene avalada por el hecho de que no se ve nada, ni presente ni en ciernes, que parezca capaz de producir un cataclismo así. Por supuesto, cabría que el panorama cambiara por completo en razón de algún suceso ahora mismo imposible de prever, al menos por mí. Pero ni tiene utilidad contar con esa hipótesis de tipo apocalíptico, inevaluable por definición, ni hay nada que permita creer que tal suceso sería necesariamente para bien. Podría ser como «el gran rayo que caerá del cielo», del que hablaba Blas de Otero en uno de sus más hermosos poemas, por culpa del cual «en un abrir y cerrar de ojos nos volveremos todos idiotas».)

Pregunta.- ¿Otra Europa es, al menos, imaginable?

Respuesta. Rotundamente, sí. Frente a los parámetros actualmente en uso, nos cabe describir otro modelo, sentar otros criterios generales de construcción europea, que sirvan como contraposición ideal y crítica de lo que se está haciendo actualmente y que hagan las veces de banderín de enganche para quienes se rebelan contra la injusticia. (Otra cosa es que esos criterios -que en ocasiones pueden resultar incluso contradictorios, porque nacen de intereses que lo son- posean una utilidad meramente reivindicativa e inmediata, y no prefiguren nada.)

Pregunta.- La llamada Constitución Europea tiene aspectos criticables (eso casi todo el mundo lo reconoce), pero también tiene aspectos positivos. Hecho el balance general de los últimos veinte años, España ha salido ganando con su presencia en las realidades comunitarias europeas. Ha desaparecido el peligro de un regreso a los modos dictatoriales del franquismo, hay una mayor prosperidad, una mejor Seguridad Social -ahora, además, ya generalizada-, una mejor Educación, mejores infraestructuras, ya no somos un país de emigrantes sino de inmigrantes… Y todo esto ha estado jalonado por tratados que, siempre, siempre, la izquierda radical europea y las fuerzas nacionalistas -incluyendo nacionalistas como los gaullistas franceses o como los aislacionistas británicos- han rechazado, poniéndolos de vuelta y media. ¿No corren el riesgo esas fuerzas de volver a patinar esta vez, oponiéndose a algo que, al final, hechas todas las cuentas, habrá resultado positivo?

Respuesta.- Vayamos por partes.

En primer lugar, sabemos cómo han funcionado esos tratados tal como fueron aplicados una vez que sus promotores se dieron cuenta de la oposición que suscitaban. No sabemos qué juego habrían dado de no existir esa oposición, pero cabe suponer que habrían sido aplicados con más rigor, acentuando sus aspectos negativos.

En segundo lugar, no resulta nada fácil deslindar qué aspectos positivos de la evolución de la sociedad española se han producido por los efectos benéficos de tales o cuales prescripciones comunitarias o más bien porque las cosas no podían ser ya de otro modo. Vengo defendiendo desde hace décadas que, en concreto, la hipótesis de un regreso de España a los modos del fascismo carecía de fundamento ya incluso en 1982, por mucho rescoldo ultramontano que persista en la sociedad española. Una España neofranquista, sencillamente, no sería viable en el momento histórico y en el lugar geopolítico en el que este país se encuentra desde hace décadas.

Dicho lo cual, admito voluntariamente que ciertas fuerzas políticas y algunas organizaciones ecologistas, por cuyas cercanías suelo merodear, muestran una inclinación natural -si es que no uno gusto morboso- por los augurios catastrofistas. Cada vez que surge algo en el horizonte que podría llegar a resultar nefasto, así fuera en condiciones muy especiales, dan por hecho que va a resultar nefasto, y así lo anuncian a grandes voces urbi et orbi.

Estoy de acuerdo en que tampoco es eso. Y no sólo porque los cálculos de probabilidades se merecen un mayor respeto, sino también porque, a fuerza de pasarnos la vida amenazando con la llegada del lobo -que es una especie en vías de extinción que debe ser protegida, etc., etc.-, el día que realmente llegue nadie nos tomará en serio.

Pregunta.- Felipe González acaba de declarar que no ve, si venciera el «No» en el próximo referéndum, quién podría gestionar la situación resultante. ¿Se produciría un vacío de poder?

Respuesta.- González es muy amigo de plantear las cosas en esos términos: «O yo o el diluvio». Ya lo hizo con el referéndum de la OTAN. Ahora se está imitando a sí mismo.

Empecemos por reconocer el hecho histórico de que el poder, todos los poderes, tienen una resistencia al vacío casi… irresistible.

Dinamarca rechazó el Tratado de Maastricht y no se hundió por ello en la miseria. El «No» lo gestionaron los mismos que hubieran preferido gestionar el «Sí». Se hizo algún que otro cambio en el Tratado para favorecer el consenso y Dinamarca lo ratificó. Otros estados han actuado del mismo modo en uno u otro momento presionados por su población, y lo único que ha ocurrido es que Bruselas ha matizado algunos acuerdos, ha reajustado algunos plazos… y a correr (o a andar despacio, según los casos).

Tiendo a pensar que en el referéndum español triunfará el «Sí», aunque será probablemente un «Sí» desvaído y triste, con bastante abstención y un buen porcentaje de noes.

Por mi gusto, lo mejor sería que hubiera una abstención enorme y que, de los votos depositados, fueran más los negativos que los afirmativos. ¿Para que fracase la UE? No. La UE no tiene ninguna posibilidad de hundirse en las actuales condiciones, y menos todavía por culpa de un referéndum cuyo resultado ni siquiera es vinculante, no ya para la UE, sino ni siquiera para el Gobierno de España. Como ya he dicho antes, el actual proyecto de Unión Europea carece de alternativa práctica.

A lo que se verían obligados los actuales dirigentes europeos ante un resultado como ése es a considerar -y a modular- los aspectos que suscitan o bien un mayor desinterés de la población en general o bien un mayor rechazo de los sectores más dinámicos de las opiniones públicas de tales o cuales estados miembros.

Lo cual sería bastante positivo.