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Entrevista a Àngel Ferrero sobre "La quinta Alemania"

«Si sumamos los ejércitos de todos sus estados miembro, la UE tiene el segundo mayor ejército del mundo»

Fuentes: El Viejo Topo

Periodista free-lance, miembro del Comité de Redacción de Sin Permiso, colaborador de La Directa, Àngel Ferrero es también traductor de Elmar Altvater (El fin del capitalismo tal y como lo conocemos, El Viejo Topo) y de James Connolly (Txalaparta, en prensa). Nuestra conversación, anterior a las elecciones de octubre de 2013, se centra en los II y III -«Hacia una construcción neoimperialista» y ¿Qué fue de la izquierda?»- del libro citado.


Empiezo felicitándote: tus dos capítulos de La quinta Alemania son magníficos, extraordinarios. Empiezo por el primero, el de la construcción neoimperialista. Abres con el manifiesto de enero de 2013: «L’appel des écrivains pour l’Europe», que en tu opinión, que comparto, lleva el sello inconfundible de Bernard-Henri Lévy. ¿Qué te molesta más de ese texto?

El estilo es el hombre. El manifiesto tiene ese estilo que alguien de la revista konkret, creo que refiriéndose a Daniel Cohn-Bendit, ha calificado de «histérico». Lo que propone este manifiesto básicamente es la unión política, o la federación de estados europeos, como solución a la crisis política de la Unión Europea. Urge a secundar esa idea, pero sin dar mucha información sobre la misma, aprovechándose de que «federación» es un término con cierto atractivo para el espectro de la izquierda. Toda federación que se precie de ese nombre es un contrato bilateral. En Irlanda me dijo hace poco un librero que él ya no creía en Europa porque ésta no es una Europa de iguales, sino que existe una jerarquía clara de países. Una federación desde arriba no es una federación. Y el manifiesto presenta esa federación como una solución que, si no aceptamos, nos hará quedar rezagados. Es lo mismo que nos dijeron antes de la consulta de todos los tratados anteriores. Daniel Cohn-Bendit y Guy Verhofstadt dicen lo mismo en su manifiesto, pero exponen este proyecto con más detalle.

Recoges una cita de Thomas Wagner en tu argumentación. La siguiente: el objetivo de las élites europeas es la disolución de la democracia parlamentaria en un sistema presidencial legitimado por plebiscitos. No está claro que la actual sea realmente una democracia parlamentaria. Pero, sea como fuere, ¿estás de acuerdo con esa consideración? ¿Ese es el objetivo de las clases dirigentes europeas?

Las instituciones comunitarias tienen un funcionamiento bastante complejo, que nadie se ha preocupado seriamente de explicar a la población. Si saber cómo funcionan esas instituciones ya es difícil, más aún lo es conocer cuál es el objetivo de las elites europeas, con reuniones que escapan a la supervisión pública. Se ha hablado de una «desintegración ordenada» de la eurozona (e incluso de la Unión Europea), de la creación de una «Europa de dos velocidades», con una Kerneuropa compuesta de los países del Benelux, Alemania y Austria y una periferia, cada zona con su propia divisa… Una «federación» como la que antes mencionaba probablemente responda mejor a los intereses del capital europeo, ya que eliminaría las últimas trabas burocráticas y convertiría a la Unión Europea en un espacio económico homogéneo capaz de competir con los Estados Unidos y los estados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Cohn-Bendit y Verhofstadt lo dicen muy claramente en su manifiesto. El problema de eso es que nos lleva, o mejor dicho nos devuelve -porque la Unión Soviética frenó hasta cierto punto este desarrollo durante los casi setenta años de su existencia-, a una época de «imperialismos rivales», con la creación de unidades económicas y políticas que sobrepasan los límites nacionales y la consolidación del capital financiero. Verhofstadt dice sin tapujos que la Unión Europea tendría que ser un «imperio». Luego añade, cuando el periodista que le entrevista le advierte de la seriedad del término: «en el buen sentido de la palabra». Entiéndase lo que se quiera.

En este esquema, la Unión Europea se dotaría, siguiendo el modelo estadounidense, de un presidente elegido por sufragio directo. Parece un modelo muy democrático, pero teniendo en cuenta la desigualdad de población de los estados miembro, el sufragio directo sólo reforzaría la situación actual. Como además tendría poderes especiales, este hipotético Presidente de la Unión Europea restaría influencia al Parlamento europeo, de ahí que Thomas Wagner hable de un «sistema presidencial legitimado por plebiscitos», algo, por otra parte, no muy diferente a lo que vivimos con el referendo para el Tratado de Lisboa. Cuando los irlandeses votaron que «no» al Tratado, se les obligó a repetir la votación después de unas concesiones -que al final no fueron tales- y luego de eliminar el límite de financiación para la campaña a favor del «sí» y obstaculizar y marginar en los medios de comunicación a las voces contrarias al Tratado. Hace una semana, por cierto, Angela Merkel y François Hollande propusieron la creación de la figura de presidente del Eurogrupo, con presupuesto propio.

Cuando hablan de Europa como un Imperio, en el buen sentido de la palabra «imperio», ¿en qué Europa están pensando? ¿Qué ejército acompañaría ese nuevo Imperio construido con «sangre y petróleo»?

Además de las consecuencias sociales que comporta cualquier proyecto de cuño imperialista -como el chantaje a las cúpulas sindicales para que acepten el proyecto a cambio de un bienestar relativo en comparación con los países que entrasen en su órbita-, se trata de un proyecto con un carácter crecientemente militar, un rasgo que la partidos de izquierda y los movimientos sociales tienden a ignorar, porque, obviamente, comprometen la mayoría de su tiempo a luchar contra las medidas de austeridad y los recortes sociales. Los combustibles fósiles y otros materiales necesarios para la producción industrial en el capitalismo tardío son, por su propia naturaleza, finitos y no renovables. La península europea del continente euroasiático no es especialmente rica en estas materias primas. Su agotamiento llevará, de hecho está llevando ya, a una lucha por el control de su explotación y de las rutas de transporte. Cuando no se consigue la complicidad de la clase dirigente local (lo que en la jerga académica al uso se conoce como soft power), una relación que bloquea el desarrollo y la democracia en estos países creando una economía dependiente y poco diversificada y una élite corrupta, entonces se recurre a medios militares, algo que, por desgracia, ocurre con cada vez más frecuencia. Los ejemplos son tan conocidos que no vale la pena repetirlos aquí. En las fantasías neoimperiales de algunos think tanks en Bruselas, que menciono en el capítulo de La quinta Alemania, esta zona de influencia se extiende por el sur hasta cubrir la mitad superior del continente africano, por el Océano Índico hasta Indonesia y por el este cubre todo el continente europeo hasta los campos de gas en la península de Yamal en Rusia. Una Unión Europea así viviría -no se si decir vive- en un estado de guerra permanente que consume enormes sumas de dinero. Desde la desaparición de la Unión Soviética se han producido más conflictos en todo el mundo que durante toda la posguerra. Son conflictos «periféricos», que «se resuelven» más o menos rápidamente, de ahí su interés marginal para los principales medios de comunicación.

Si sumamos los ejércitos de todos sus estados miembro, la Unión Europea tiene hoy día el segundo mayor ejército del mundo. El porcentaje de soldados por habitante supera incluso al de China, que tiene el ejército más grande del mundo. La cifra impresiona, pero lo cierto es que un ejército así es muy poco útil para este tipo de guerras neocoloniales. De ahí las llamadas -también, por cierto, de Cohn-Bendit- a crear un ejército europeo, reducido y moderno, en el que los estados mancomunen sus recursos o se especialicen, que nada tienen que ver con razones económicas y mucho menos pacifistas. Esta idea, que viene avalada por la mayoría de la OTAN en su estrategia «una organización, dos pilares» (EE.UU. y la UE), existe ya en forma embrionaria con los llamados battle-groups, en las que varios países forman unidades militares de intervención rápida.

¿Qué condiciones permitieron las primeras operaciones del ejército alemán en el extranjero? Hasta 1990, el Bundeswehr se había mantenido calmado. ¿Qué pasó entonces? ¿Dónde quedó el «Nie wieder Krieg!»?

Salvo en casos muy contados, como las guerras revolucionarias o la guerra de guerrillas, los países recurren a la fuerza armada bien por el control o la apropiación directa de los recursos naturales, o bien para ampliar su influencia o con fines de expansión territorial. Obviamente, la población de ningún país aceptará ir a la guerra con semejantes premisas. En Alemania, la participación del Ejército alemán en misiones internacionales fue un tabú. Obviamente, no se trata de ninguna sorpresa: Alemania inició la Segunda Guerra Mundial, el mayor conflicto de la historia de la humanidad. Ese tabú quedó roto en 1999 con la guerra de Kosovo. Para convencer a la opinión pública hubo que llevar a cabo una intensa campaña de concienciación que no dudó en utilizar la reductio ad Hitlerum (y relativizar, así, el Holocausto) con Yugoslavia: Kosovo era «otro Auschwitz», Milosevic no era el presidente de Yugoslavia, sino el «líder serbio» (Serbenführer en alemán tiene unas connotaciones mucho más negativas, evidentemente), y así sucesivamente. Que el gobierno estuviera en manos de la primera coalición entre socialdemócratas y verdes facilitó enormemente las cosas, porque si al frente hubieran estado los conservadores, las calles se hubieran llenado de manifestantes en contra de la guerra. El bombardeo, que se justificó para evitar una «catástrofe humanitaria», lo que verdaderamente hizo fue provocar una. Es begann mit einer Luge, un reportaje de la ARD que se puede encontrar fácilmente en YouTube con subtítulos, destapa todas las mentiras del gobierno alemán en aquella época. Ese tabú tenía que romperse para que Alemania, el estado industrialmente más fuerte de la Unión Europea, pudiera participar, como le reclamaba Estados Unidos, en este tipo de escenarios, y con ese fin no se escatimaron esfuerzos. Con todo, la población alemana sigue siendo bastante antimilitarista y los porcentajes de rechazo a la guerra en Afganistán siguen siendo, a pesar de las votaciones parlamentarias en sentido contrario, altos.

Tomando pie en Altvater, afirmas que en el fondo el primer objetivo estratégico de la campaña de Kosovo fue Rusia. ¿Rusia? ¿Por qué?

Rusia es el primer productor de petróleo del mundo y atesora cantidades ingentes de otros recursos naturales. Gracias al elevado precio de los hidrocarburos Rusia ha conseguido estabilizar su economía y, con ello, reconstruir los maltrechos vínculos con algunas de las ex repúblicas soviéticas. En el 2015 podría estar en marcha la Unión Euroasiática compuesta por Rusia, Bielorrusia y Kazajistán, ampliable a otros países. El temor a una Rusia fuerte es una constante en la política internacional, pero ahora hay que sumar a su extensión geográfica el factor de los recursos naturales, además de un tejido industrial que podría revitalizarse, y que, de hecho, en parte lo está haciendo (con todo, la presencia de capital extranjero sigue siendo importante y los desequilibrios regionales son patentes). Como dice Elmar Altvater en El fin del capitalismo tal y como lo conocemos, la guerra de Yugoslavia completó una nueva tenaza de la OTAN que se extiende desde las repúblicas bálticas en el norte por Polonia, la República Checa y Hungría hasta Grecia y Turquía, rodeando a Rusia y creando un puente desde Europa occidental a Oriente Próximo y Oriento Medio, otras dos regiones clave para el control y el transporte de las materias primas. En este cinturón se han instalado bases militares en Kosovo -de ahí el interés de la OTAN en la secesión de este estado- o Croacia decisivas para esta estrategia de dominio imperialista. Esta última base, por ejemplo, es un eslabón importante en el transporte de armas procedentes de Arabia Saudí, Jordania y Qatar a los islamistas que combaten al régimen baasista en Siria, un país que mantiene vínculos estrechos con la República Islámica de Irán y en el que se encuentra la última base naval rusa en el Mediterráneo. La tenaza de la que habla Altvater podría ampliarse si Suecia y Finlandia deciden entrar en la OTAN.

Jutta Ditfurth menciona en su libro un informe para el Bundeswehr citado en un número de la revista Petroleum Economist que afirmaba que la intervención de la OTAN en Kosovo, sin la legitimación de un mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, puede ser el precedente de una futura intervención en la esfera inmediata de Rusia. Pues bien, diez años después de publicarse esta información estalló la guerra en Osetia del Sur, cuando el entonces Presidente de Georgia, Mijeíl Saakashvili, autorizó una ofensiva militar para reclamar su soberanía sobre este territorio, en disputa desde 1991.

Es muy difícil presentar al lector estas informaciones desde una perspectiva objetiva, porque los medios de comunicación occidentales tienden a presentar toda la información de y sobre Rusia en blanco y negro. Por ejemplo, los recientes ejercicios militares de la OTAN en Polonia o Georgia apenas han tenido repercusión en los medios de comunicación, que sin embargo sí se han hecho eco de las maniobras de la armada rusa en el Mar Negro.

El acceso a las materias primas afirmas que es un objetivo explícito en las intervenciones realizadas por el ejército alemán. ¿De qué materias primas anda escasa Alemania?

De las más importantes. El petróleo, sin duda, es clave. La revolución industrial alemana en el siglo XIX se debió en buena medida a la minería en el este y en el oeste del país. La aplicación del petróleo en determinados procesos industriales cambió la situación. De hecho, según muchos autores, la búsqueda de materiales sintéticos que reemplazasen el crudo espoleó el desarrollo de la industria química en Alemania (una de las más importantes del mundo) a comienzos del siglo XX. Este 2 de febrero se celebró el 70º aniversario del fin de la Batalla de Stalingrado. Si esta batalla fue tan importante fue, entre otras cosas, porque la victoria soviética impidió que la Wehrmacht llegase hasta los pozos petrolíferos en el Cáucaso Sur. Alemania está buscando ampliar su influencia en África en países como Ghana, ricos en petróleo, minerales y gas natural, y también en Asia Central por las mismas razones. Esta escasez también explica el impulso gubernamental del reciclaje y las energías renovables, que por desgracia nada tiene que ver con una mayor conciencia del deterioro medioambiental.

El Bundeswehr podrá ser utilizado en el futuro, eso afirmas, para reprimir a la propia población alemán, como un cuerpo represivo interno. ¿En qué te basas para esa afirmación?

El Bundeswehr puede ser desplegado desde 1969 en el territorio de la República Federal Alemana «para la lucha contra insurrectos armados y organizados militarmente». En el 2012 el Tribunal Constitucional dictaminó que el ejército podía desplegarse en territorio alemán en caso de «accidentes o catástrofes especialmente graves». Pero el ejército alemán siempre se había desplegado para ayudar en tareas de rescate, como en el caso de inundaciones… El junge Welt descubrió poco después que en Sajonia-Anhalt hay un centro de entrenamiento para el combate en el que, además de aldeas albanokosovares y afganas, se había reconstruido un escenario urbano típicamente europeo, con estación de metro, carreteras y edificios gubernamentales. Durante la oleada de disturbios en Grecia en el 2008 se rumoreó que el gobierno estaba pensando en sacar el ejército a las calles para controlar la situación. Si la inmigración ya se trata como un «problema de defensa» en los documentos de la Comisión Europea, ¿por qué no los conflictos sociales si desbordan a las fuerzas de seguridad? Hace unas semanas los medios británicos revelaron que en el 2011 Eton, la universidad donde se forma la elite del Reino Unido, preguntó a sus alumnos en un examen de retórica cómo justificar la muerte de manifestantes después de desplegar al ejército para reprimir protestas. ¿Por qué Alemania, o cualquier otro estado europeo, iba a excluir esa opción?

Te pregunto a continuación por la izquierda y por una de las cosas que más inquietan según tus propias palabras

De acuerdo, cuando quieras.

Salvador López Arnal es miembro del Frente Cívico Somos Mayoría y del CEMS (Centre d’Estudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.