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Rojísimos franceses ante las elecciones europeas del 7 de junio de 2009

Un acto de lucha, un gesto de resistencia: ¡Abstención!

Fuentes: Rouges-Vifs Île de France

Presentación y traducción de Manuel Talens

En una Europa cuyo concepto de la democracia es el bipartidismo institucional de todos sus parlamentos y cuyo parlamento supranacional es una versión aumentada y corregida de éstos, resulta cuanto menos curioso encontrarse en el camino a un puñado de militantes que han decidido negarse a colaborar. Son franceses, se autodenominan Rouges Vifs -algo así como rojos de un rojo rojísimo- y se mueven en el área de París y sus alrededores. Se definen como comunistas y asumen la historia del comunismo francés desde la Comuna de 1848 hasta la actualidad, sin por ello estar de acuerdo con todo el haber acumulado por dicho movimiento. No son un partido, sino una asociación, y no tienen vínculos institucionales con el Partido Comunista Francés, aunque algunos han sido militantes de carné y otros siguen afiliados. También son, por supuesto, antiimperialistas e internacionalistas, lo cual no tiene nada que ver con el europeísmo retórico de la EU. Van a su aire, su lucha es la de la clase trabajadora y su activismo es a pie de obra, nada de parlamentos de pacotilla. Sencillamente, podría decirse que han llegado al límite de su paciencia y ya ni siquiera les interesa agitar el patio electoral, como sí es el caso -en este lado de los Pirineos- de la Iniciativa Internacionalista. ¿Para qué, dicen, si nada va a cambiar? Los rojísimos han decidido hacerle un corte de mangas a las elecciones europeas y en este llamamiento explican por qué. Pasa y compruébalo, lector.- MT

 

*     *     *  

El modelo económico y social impuesto por la Unión Europea ha entrado en crisis. El libre mercado, al prohibir cualquier posibilidad de intervención estatal, no pone en competición mercancías, sino sistemas sociales. Baja los salarios y la protección social, crea desempleo masivo en algunos países, sobreexplotación en otros, pobreza en todos ellos. Sólo tiene un objetivo: el aumento de los beneficios para el capital, a expensas del mundo del trabajo. Éste es el resultado del principio de libertad de circulación de capitales.

La integración europea es el instrumento desarrollado por los capitalistas continentales para imbricar los capitales en todo el mundo, un modelo impuesto por USA. Su objetivo, imponer a los pueblos del exterior lo que ninguno de ellos hubiera aceptado de su propio gobierno.

La crisis confirma la nocividad del dispositivo. La interdependencia de los capitales se ha extendido al mundo entero en un tiempo récord. Sus estragos son ya enormemente duros para los pueblos y en el marco actual no pueden sino empeorar.

 

La pertenencia a la Unión Europea y, sobre todo, a la Zona Euro, es un factor que agrava la crisis

El establecimiento de una moneda única fuerte, el euro, fue presentado como un factor de prosperidad. Se trata de una manipulación. Con este sistema, el capital puede producir en los lugares donde la moneda es débil y vender donde es fuerte. Se trata de un aspecto esencial, raramente mencionado, de las deslocalizaciones.

En un contexto de crisis, la competencia entre las monedas se agrava. Hoy en día, casi todos los países que han conservado el control de su moneda nacional lógicamente la devalúan. No se trata sólo de USA, de China y de Japón, sino también de algunos países miembros de la Unión Europea. Pues el euro no es la moneda de la Unión, contrariamente a lo que tratan del hacernos creer: casi la mitad de los países miembros, entre ellos el Reino Unido, Polonia, la República Checa… han conservado su moneda nacional y la devalúan. Los que adoptaron el euro, entregando así cualquier control gubernamental o parlamentario sobre la moneda, se encuentran ahora en una situación de mayor desventaja que antes de la crisis.

Por otra parte, la Unión Europea impide que los gobiernos nacionales puedan intervenir. Las gesticulaciones de Sarkozy o las contraproposiciones igual de ridículas del Partido Socialista francés no sirven para nada: el Estado no puede intervenir de forma eficaz en la economía sin infringir los tratados. Tampoco puede aplicar una política aduanera. Mientras que otros países se liberan en parte, y de forma provisional, de algunos dogmas liberales para limitar los daños, la pertenencia a la Unión Europea condena a Francia, que se hunde cada día más.

 

La solución: combatir al capital, es decir, romper con la Unión Europea

El capitalismo ha creado la crisis. Para salir de ella es necesario limitar el peso del capital en la economía y, en última instancia, abolirlo. Esto implica tres cosas:

1) Aumento de los salarios. Para reducir las dificultades de los asalariados, para limitar el porcentaje de beneficios, para reducir la explotación.

2) Aumento de la parte socializada de los salarios, engañosamente denominada «cargas sociales». Para financiar la seguridad social, las tensiones y las prestaciones de desempleo, que han probado su eficacia, pues son ajenas por completo a la especulación del capital.

3) Desarrollo del sector público y nacionalizado. Para hacer retroceder el peso del capital en la economía, para responder a las necesidades vitales de la población. En vez de sacar a flote a los bancos, lo cual mantiene la especulación, la colectividad y sus instituciones deben ocupar el sitio del desfalleciente capital para producir.

Nada de eso es posible en el marco de la Unión Europea, ligado al del libre comercio mundial: cualquier intento de aumento o incluso de mantenimiento de los salarios conduce a deslocalizaciones, ya sea en el exterior o en el interior de la Unión. Por ello, los pueblos deben salirse de ese marco que se les ha impuesto.

 

En este contexto, las elecciones europeas del 7 junio son una impostura

Las organizaciones políticas de todos los bandos han comprendido que el pueblo francés considera que la Unión Europea es la causante de la mayoría de sus males. Por eso, se presentan ante nosotros para explicarnos que es preciso «cambiar Europa», y ello a pesar de que tanto la derechista Union pour un Mouvement Populaire (UMP) [equivalente al Partido Popular español, NdT] como el Partido Socialista francés han elaborado y ratificado juntos todos los tratados, entre ellos el de Lisboa, que se mofa que nuestro voto del 29 mayo de 2005, cuando Francia se negó a aceptar el proyecto constitucional europeo. Ninguna de las listas que se presentan tiene previsto romper con la Unión Europea. Todas insisten en la importancia del «parlamento» europeo, al que consideran su institución más democrática, y pretenden hacernos creer que los pueblos pueden hacerse escuchar en él.

Eso es una mentira, común a todos los candidatos, que niega la verdadera naturaleza de la democracia, del gobierno por y para el pueblo. El hecho de que los dominantes pongan urnas para que los ciudadanos las llenen no indica que haya democracia. Eso mismo hacen los ocupantes usamericanos en los países que han bombardeado e invadido, en Iraq, en Afganistán, para hacer elegir gobiernos fantoches a su servicio, con una legitimidad equivalente a la del Parlamento Europeo.

Nos convocan para que elijamos supuestos diputados tras un debate sobre las divergencias políticas nacionales. Una vez elegidos, ocuparán un escaño junto a otros diputados procedentes de 27 países, a su vez elegidos tras debates totalmente distintos. Y, al igual que sucedió en los mandatos precedentes, aquellos que en sus países juegan a ser la derecha y la izquierda -una vez en el gobierno y otra en la oposición- se encontrarán juntos en Bruselas y Estrasburgo, lejos de la mirada de sus electores, para votar con mayorías aplastantes lo que quieren los gobiernos y la Comisión, no lo que los pueblos querrían si de verdad se les preguntara. El hecho de decir que al reforzar los poderes de ese «parlamento» se democratiza la Unión Europea es una manera particularmente absurda de reírse de la ciudadanía.

La Unión Europea no tiene arreglo. Lo que está en entredicho no es ni el modelo electoral ni el funcionamiento del «parlamento», sino la idea misma de que pueda haber un Parlamento Europeo, una democracia europea. La democracia sólo puede concebirse en un espacio de debate común y reconocido. Las naciones históricamente constituidas ofrecen ese espacio, que no puede existir en el ámbito europeo, para empezar por razones de lenguaje. Las naciones soberanas, gobernadas democráticamente, son los únicos marcos adaptados hoy en día para cooperar verdaderamente en un interés común. Un «parlamento» supranacional, atascado en instituciones impuestas por el capital, no puede sino burlarse de los intereses de todos los pueblos a los que pretende representar.

No es posible una Europa democrática y, por lo tanto, social. Por eso, hace 60 años el capital emitió la orden de la construcción europea, que no ha dejado de apoyar. Dada la incompatibilidad entre el capitalismo y la democracia, el capital ha necesitado crear y desarrollar un espacio de decisión que escape al debate democrático. El colmo del cinismo es cuando se pretende, con cada uno de los tratados que despojan cada vez más a los pueblos, que tales tratados aumentan los poderes de ese pseudoparlamento.

 

El hecho de pedir nuestro voto para elegir un «parlamento» así es un insulto

Cuando este gobierno, y su supuesta oposición, nos invitan a votar para que fortalezcamos esas instituciones antidemocráticas, la única respuesta que merecen es la abstención. Es el porcentaje de abstención lo que el 7 junio por la noche determinará el grado de rechazo de los pueblos prisioneros de la Unión Europea a someterse al capital, no el resultado que obtengan esas listas que pretenden querer cambiar Europa desde el interior.

¿Quién se acuerda del resultado de las anteriores elecciones, en 2004? No había cambiado nada. Por el contrario, la masiva tasa de abstención en todos los países sí hizo daño. El 57% en Francia, en comparación con el 70% de participación que se alcanzó un año después, cuando logramos la importante victoria de nuestro NO al proyecto de constitución europea. O incluso la abstención en los países de la Europa central -el 78% en Polonia- que acababan de adherirse, que hizo saltar en pedazos la mentira de su entusiasmo por Europa y demostró que, tal como nos sucede a nosotros, la sufren muy a su pesar.

 

Cuando el sufragio universal es una pillería, una mentira y una parodia, la abstención se convierte en un deber cívico

Es nuestro apego por un verdadero sufragio universal lo que nos empuja a lanzar este llamamiento a la abstención como negativa a avalar popularmente una consulta en busca de representantes para un parlamento instituido con el fin de contrarrestar y despreciar ese sufragio universal en los ámbitos nacionales.

Con una abstención masiva, el pueblo podrá expresar el 7 junio su rechazo de instituciones que, se vote a quien se vote, no servirá más que para agravar la crisis y hacer que sean los trabajadores quienes paguen la factura. Es ese rechazo lo que prolongará nuestras luchas, anunciará la insurrección del país real contra la Europa legal y afirmará nuestra determinación de combatir por una verdadera democracia.

26 de mayo de 2009

Fuente: http://rougesvifs.free.fr/

Manuel Talens es miembro de Rebelión y Tlaxcala.