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Reseña de “Las naciones oscuras. Una historia del Tercer Mundo”, de Vijay Prashad

Una enciclopedia de la lucha por la soberanía

Fuentes: Le Monde Diplomatique

Si Ryszard Kapuscinski fue el testigo/cronista de los procesos de descolonización del siglo pasado, Vijay Prashad es el analista histórico. Estamos tan habituados a las desigualdades, que ya no percibimos la injusticia de que en el tablero internacional unos países sean más importantes que decenas de otros juntos. Hubo una vez que esa discusión generaba […]


Si Ryszard Kapuscinski fue el testigo/cronista de los procesos de descolonización del siglo pasado, Vijay Prashad es el analista histórico. Estamos tan habituados a las desigualdades, que ya no percibimos la injusticia de que en el tablero internacional unos países sean más importantes que decenas de otros juntos. Hubo una vez que esa discusión generaba movimientos y debates mundiales. Esta historia del Tercer Mundo, o mejor dicho, historia de la lucha del Tercer Mundo es imprescindible para descubrir el mundo de hoy y cómo hemos llegado a él.

La historia de los pueblos sólo se puede comprender si se aborda desde la perspectiva de la existencia de diferentes clases sociales: ricos y pobres. Del mismo modo sucede en la historia de la comunidad internacional, existen pobres y ricos, con las correspondientes circunstancias que les han provocado la pobreza o la riqueza, y una historia de lucha contra esa desigualdad. El abrumador poder de Occidente para escribir la historia produce el espejismo de que todo lo importante que sucede es dentro de las fronteras de los países ricos y protagonizado por sus líderes. Frente a ello, Prashad relata en un obra prácticamente enciclopédica el combate de los países pobres y colonizados -las naciones oscuras- contra la explotación por las metrópolis y los ricos. Una lucha que comienza con líderes gigantes de los que ya no quedan en el Tercer Mundo: Nasser, Nehru y Tito. Todo ello en un momento en que el mundo se debatía entre dos opciones políticas que tenían a la humanidad al borde de la crisis nuclear. Fue en esa coyuntura, en la Conferencia de Bandung, que nació el Movimiento de Países no Alineados, donde 25 naciones oscuras apostaban por cooperar de forma conjunta y hacerse un lugar digno y soberano en el tablero internacional.

Nuestro libro aborda con profundidad y rigor, pero también con compromiso, numerosos elementos geopolíticos que han condicionado la historia de lucha de las «naciones oscuras»: el reto de China por salir de su aislamiento, las maniobras de los líderes del Tercer Mundo por no ser arrastrados por la corriente e intereses de las grandes potencias, las Naciones Unidas como arena política donde se debatía el futuro de los países y, muy importante, el dilema de las recién nacidas naciones cuándo debían comenzar a andar solas. El caso de Argelia es muy elocuente y el autor nos lo presenta con todo lujo de detalles, ayudado por las referencias a Frantz Fanon (Los condenados de la tierra). La obra desmonta algunos tópicos, como cuando explica que la URSS y China apoyaron más a líderes nacionalistas moderados que a los partidos comunistas emergentes que se esforzaban por organizar a las clases explotadas para cambiar su sociedad, y así fueron arrasados por la burguesía de sus países. Con la participación activa de EEUU y la indiferencia de la URSS, importantes y representativos partidos comunistas en Indonesia, Sudán e Iraq.

El balance de nuestro autor es pesimista. Han pasado muchos años de aquella conferencia de la dignidad en Bandung, queda poco de aquellos principios de solidaridad que unieron a las naciones oscuras, menos todavía de líderes de la talla de los que pilotaron la autodeterminación de los países del Tercer Mundo. La izquierda fue arrasada por clases sociales conservadoras, burguesías locales vendepatrias, injerencias imperialistas y fundamentalismos religiosos. Los principios solidarios nacionalistas o de izquierda fueron sustituidos por la burguesía y el clero local, por discursos religiosos, étnicos y de jerarquías sociales. Un tradicionalismo en su peor y más reaccionaria versión. Curiosamente hasta el ministro consejero de la embajada de Estados Unidos en Guatemala en la década de los cincuenta, Bill Krieg, lo llego a reconocer. Dijo en una ocasión a propósito de las fuerzas reaccionarias que eran «unos vagos de primera división» que solo «querían dinero y convertirse en meros adláteres palaciegos», mientras que los comunistas «sabían trabajar y lo hacían con sentido, tenían ideas, sabían adónde querían ir». Eran «honestos, muy comprometidos. Y eso era lo trágico: que las únicas personas comprometidas para trabajar de verdad eran las mismas que, por definición, debíamos considerar nuestros enemigos».

Otro freno al desarrollo fue el gasto militar que en los países pobres con su recién conquistada independencia, entre 1960 y 1980, aumentó al doble de la velocidad que la renta per capita. En opinión del autor, los países «no fueron capaces de cortar lazos con el sistema capitalista mundial (como habían hechos los cubanos)», y cada Estado competía con otros para ofrecer las mejores condiciones para el capital de carteras de gestión privadas. Y así llegó la deuda con la que los países ricos y las instituciones financieras internacionales tan bien supieron asesinar el futuro de las naciones oscuras. Basta observar estos datos que ofrece el autor. En 1960, la deuda total (pública y privada) de los 133 Estados que el Banco Mundial contabilizaba como «países en vías de desarrollo» se situaba un poco por debajo de los 18.000 millones de dólares. En diez años, ya había escalado hasta los 75.000 millones y en 1982, la deuda alcanza la astronómica cifra de 612.000 millones de dólares. Al año siguiente ya circulaba más dinero de los Estados en duda hacia el G-7 que préstamos y ayuda externa desde este hacia aquellos. En 1997, la deuda total acumulada por el mundo descolonizado ascendía a unos 2’17 billones de dólares y los pagos diarios en concepto de devolución de esta eran de 717 millones de dólares. Las naciones del África subsahariana gastaban el cuádruple en pagar su deuda (con sus intereses correspondientes) que en sanidad. Vale la pena conocer el libro 50 Preguntas/50 respuestas sobre la deuda, el FMI y el Banco Mundial, de Damien Millet y Éric Toussaint (Icaria), donde se detalla este saqueo. «La crisis de la deuda fue, pues, el caballo de Troya mediante el que penetró en aquellas latitudes una verdadera ofensiva contra el proyecto (ya de por sí abreviado) de construcción de una soberanía propiamente tercermundista».

Otro eje sobre el que Prashad nos recuerda que pilotó el ataque a la soberanía de las naciones oscuras fue el Islam. En mayo de 1962 la monarquía saudí creó la Liga Musulmana Mundial. El objetivo era «obstaculizar el crecimiento del nacionalismo tercermundistas y su concepción laica de la comunidad para reclamar que su lugar fuera ocupado por los sublimes lazos de la religión». Como bien señala nuestro autor, «donde el nasserismo y el comunismo prometían igualdad a secas, los saudíes ofrecían una igualdad celestial a cambio de que el pueblo llano aceptara la jerarquía mundana». Con ese objetivo es comprensible que no les faltara el apoyo de Estados Unidos y las grandes potencias. En el mundo cristiano pasó algo similar, las iglesias se dedicaron a desempolvar el catolicismo anterior al Concilio Vaticano II y a estrechar relaciones con las Juntas Militares.

Que este tremendo y exhaustivo análisis de Vijay Prashad, galardonado como el mejor ensayo de 2008 por la Asociación de escritores Asiáticos Americanos y Premio Muzaffar Ahmed en 2009, haya necesitado cinco años para ser traducido al español, y no por una editorial del Tercer Mundo, es una prueba de todo lo que tenemos pendiente para recuperar la historia de las naciones oscuras. Y no digamos su soberanía.

Prashad, Vijay. «Las naciones oscuras. Una historia del Tercer Mundo». Península, 2012


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.