Recomiendo:
0

Precariedad y deseo de saber, una lectura desde el alumnado

Una resistencia a la Convergencia Europea

Fuentes: Rebelión

El porqué del fracaso del movimiento estudiantil contra la adaptación de la Universidad al mercado (2000/2002). Las razones de una revisión de esos dos años de movilización estudiantil radican en la pobreza del análisis del contexto social y productivo durante ese ciclo. Éstas son algunas de nuestras conclusiones: 1. Mera defensa de la academia sin […]

El porqué del fracaso del movimiento estudiantil contra la adaptación de la Universidad al mercado (2000/2002).

Las razones de una revisión de esos dos años de movilización estudiantil radican en la pobreza del análisis del contexto social y productivo durante ese ciclo. Éstas son algunas de nuestras conclusiones:

1. Mera defensa de la academia sin tener en cuenta las condiciones materiales reales en las que la autonomía de la academia es posible.

2. Incumplimiento de las condiciones materiales de la posibilidad de la autonomía, las cuales creemos que podrían, entre otras, ser: – Horizonte profesional afín al ámbito de estudios elegido.- Tiempo excedente para el estudio, es decir, condiciones económicas para ello, sin el que se ha sufrido un índice alto de abandono (o de cambio de carrera), para poder insertarse en el mercado.

3. Indiferencia por parte del movimiento estudiantil de los deseos reales de los estudiantes, ya que se pretendió enarbolar la bandera del universal en una posición de vanguardia, es decir, cayendo en la ilusión se ser voz y conciencia del estudiantado.

4. La ficción de creerse una verdadera representación de la pluralidad de los universitarios, llevó inexorablemente a privilegiar el éxito numérico de las movilizaciones y su mera visibilización en los medios, sobre algo mucho más importante, a saber, una resistencia real, más material y efectiva.

5. Otra de las consecuencias del mal enfoque de la lucha del movimiento estudiantil, se plasmó en la disolución (a consecuencia del desánimo por no haber conseguido nada, y, por la ausencia de un proyecto real y en marcha de reforma) de muchas de las redes que ya existían.

– ¿Cómo se podría construir una nueva resistencia desde la Universidad?

Creemos que la sola apelación a la autonomía de la razón es inútil allá donde no se dan las condiciones sociales de legitimación de esa autonomía. Estas resultarían de la consecución de unos derechos sociales, que permitan que nuestro deseo de saber «resista» a las presiones de inserción en el mercado laboral. Hacer una vida autónoma sin que suponga una dependencia económica de la familia, disfrutar de una libertad afectiva y de una disposición del «propio» tiempo, etc, presionan contra la continuación de los estudios.

Para que el deseo de saber sea posible es necesario tiempo excedente. ¿ Cómo se arrancaría al mercado este tiempo? Mediante la conquista de una serie de derechos básicos ( de vivienda, de renta, de transporte gratuito, de reproducción de textos , etc). Una pregunta que habrá de ser contestada: ¿Cuáles son las estrategias a seguir para poder acceder a estos derechos?

La situación de exposición al mercado con su ausencia de horizonte tras la licenciatura, puede llegar a justificar, por parte de los estudiantes, como respuesta espontánea a su precariedad, la reducción del primer y segundo ciclo de carrera a tres años y la elitización del postgrado, ya que estos, necesitan para su propia subsistencia ser competitivos y flexibles. Ahora bien, lo que hay que sacar a la luz es que el mercado está imponiendo las condiciones de nuestra relación con el saber, conduciéndonos a una especie de suicidio intelectual, afectivo y social, para poder adaptarnos a las cambios brutales del mercado laboral.

La reacción puramente individual que justifica esta cruda adaptación para la propia subsistencia, es una arma de doble filo. Por un lado, obliga al estudiante a renunciar al deseo de saber y, por otro, le somete a unas condiciones de vida precarias y a una flexibilidad laboral generadora de incertidumbres, inmersa en la actual tendencia de desvalorización de la fuerza de trabajo cualificada.

Frente a la supuesta coherencia de una respuesta individualista, dado los tiempos que corren, habría que desmontar el mito de que reformando la universidad, la condición de exposición en el mercado va a ser distinta. Se seguirá vendiendo nuestra fuerza de trabajo a la baja.

Por lo menos para las licenciaturas que caen dentro de lo que podemos llamar Humanidades, es claro que al mercado le es igual de útil un licenciado que un diplomado en un popurrí de quién sabe qué. ¿Cuál es entonces el interés real de la reforma universitaria en Humanidades? Pues nada menos que la inserción rápida de fuerza de trabajo en el mercado laboral.

Una respuesta colectiva ante las exigencias de adaptación de los estudiantes al mercado, pasaría por la tematización de la precariedad como lugar común en el que nos encontramos. No podemos dejar de denunciar lo absurdo del intento de hacernos creer a nosotros, estudiantes de algo así como » las letras», que es necesaria una reforma de nuestros estudios para hacernos sitio dentro de la empinada jerarquía laboral. Las capacidades que nosotros ponemos en juego en el mercado, son tan absolutamente genéricas que no son valoradas en éste como cualificadas, esto es, parecen más bien naturales que «adquiridas». Podemos contar entre las habilidades genéricas, la capacidad de discurso, de relación, de comprensión, de comunicación y afectividad, aprendidas y sin embargo no pagadas. Éstas, como es natural, no se valorizarán más en el mercado por el hecho de que se reformen tales estudios, antes bien, serán en la tendencia de desestructuración progresiva de nuestras licenciaturas cada vez menos visibles en términos de tiempo real de producción de nuestra fuerza de trabajo, es decir, se tenderá a justificar que el tiempo de producción de esa fuerza de trabajo es menor, y por tanto, se legitimará su bajo y precario salario. Esto no sólo lo padeceremos ( o ya padecemos) los estudiantes de letras, sino que incluso afectará a estudiantes de carreras técnicas, en las que se adquieren capacidades visiblemente más especializadas, y no tan fáciles de descualificar como las puramente genéricas, y sin embargo, sus habilidades serán peor remuneradas en el mercado.

El mercado juega con los licenciados de letras, a un doble juego, por un lado no le interesa reconocer que esas capacidades (genéricas) son adquiridas, pero por otro, no puede dejar de reconocerlas como tales, en la medida en que la reforma da prioridad al aprendizaje de esas habilidades frente a los conocimientos sustantivos.

Sea como fuere, parece ser que para el estudiante de Humanidades no hay salida, así como para todas las demás licenciaturas. Da igual que la reforma se lleva a cabo o no, en cuanto que al futuro de nuestra precariedad se refiere. Ahora bien, nuestra resistencia puede forjarse desde un nuevo y común horizonte. Creemos que podemos iniciar una lucha más efectiva si hacemos converger, por un lado, el discurso de autonomía de la universidad, como lugar en el cual el saber tiene su espacio propio y, por otro, la defensa de un tiempo excedente de acceso al saber.

Es desde los estudiantes desde dónde realmente se puede empezar a construir una defensa de la universidad que haga honor a su nombre, que impida que se convierta en un mercado dentro del Mercado, de tal manera que el primero produzca la fuerza de trabajo que el segundo demanda.

¿ Cómo podemos hacer para dejar de erigir un mero discurso a favor de un espacio puro de la razón, y hacerlo converger con deseos, afectos y necesidades más concretas? ¿No sería esta convergencia una lucha contra las presiones del mercado?

Conseguir esta síntesis de discursos conlleva percibirse de manera colectiva como fuerza de trabajo precaria, cosa no muy visibilizada hasta ahora. Se trata de una exigencia fundamental para la misma pervivencia de la autonomía de la universidad.

La institución está constituida, como mínimo, por una relación con dos polos irreductibles entre sí, a saber, el profesorado y los estudiantes. Lo que va a ser transformado con la reforma, no es el profesorado por un lado y los estudiantes por otro, sino la relación entre ellos. El profesorado supervisará el proceso de trabajo del alumno de manera distinta a la actual que tiende a valorar el resultado y no tanto el proceso. El alumno se vivirá ya de modo irreversible como mera fuerza de trabajo. Esto significará, a largo plazo, la degradación del saber.

La defensa de la autonomía universitaria pasa necesariamente por una asunción colectiva de la precariedad de los estudiantes en dos sentidos:

a) el profesorado no asociado tiene garantizadas de modo vitalicio sus condiciones de subsistencia, lo que le hace poco apto para una resistencia más allá de esas condiciones de vida que, en principio, no se hallan amenazadas, por lo que cabe sólo recurrir a los estudiantes; b) el deseo de saber que de facto se «da» en el hecho de ser estudiante, sobre todo en carreras poco valoradas en términos laborales, sólo podrá sobrevivir en forma de una «resistencia colectiva» que se dote de un discurso acerca de los derechos específicos que harían satisfacible ese deseo.

Creemos, por tanto, que gran parte de nuestros esfuerzos deberían estar encaminados a dar forma colectiva en discursos y prácticas a los anhelos que nos llevaron hasta esta orilla tan alejada de las necesidades más «inmediatas». Proponemos algunas fórmulas provisionales a este fin:

– Trabajos de co-investigación y talleres: métodos de encuesta colectiva en que cada uno de nosotros seamos no un objeto de estudio, sino un sujetos afectivos, encarnados (esto es, como teniendo necesidades de orden muy material y vital) y deseantes, o lugares de tematización de esa precariedad junto con propuestas de apoyo (proyectos de autoempleo, cooperativas, proyectos de investigación etc);

– Contra-información y denuncia de formas contractuales específicas de explotación del estudiante como en los convenios universidad-empresa y los contratos de prácticas, así como la información sobre otras formas, muy concretas, e incluso a veces ligadas a la reforma, de desvalorización de la fuerza de trabajo.

No creemos que se pueda parar en su totalidad la reforma universitaria que se derivará de adaptarse a la convergencia europea, pero sí pensamos que es posible y necesario unirnos para denunciar nuestra condición de estudiantes precarios y al mismo tiempo empezar a crear desde la universidad ése lugar común desde el que resistirnos a ser mera fuerza de trabajo, meros instrumentos de acumulación de valor, al servicio del mercado.

Se trata de aprovechar la coyuntura en la que la Convergencia Europea nos sitúa y no dejarnos arrastrar a la deriva, sin un proyecto vital al que agarrarnos, en ausencia de una comunidad que lo sustente. Sólo desde ahí podremos forjar una nueva resistencia.