Las batallas políticas, sean cruentas o no, se miden por sus consecuencias y no por las intenciones. Sobre todo, desde un encuadre logístico general que abarque el contexto geopolítico. Desde esa mirada podemos analizar, por ejemplo, la Guerra de la Triple Alianza, donde la conjunción de Argentina, Uruguay y Brasil, por imposición del imperio británico, derrotó al gobierno independiente y soberano de Paraguay. Esa fue una de las primeras grandes derrotas latinoamericanas. El mensaje a los pueblos era explícito: una vez independizados de España, desprendidos de toda unidad territorial, la obediencia a Gran Bretaña debía ser absoluta.
Otro caso paradigmático fue el derrocamiento en 1973 del gobierno popular de Salvador Allende en Chile. No sólo fue truncado el experimento socialista y democrático en marcha, sino que a partir de ese momento se multiplicaron las dictaduras militares en todo el continente, con el objetivo de destruir toda aspiración de soberanía. El Plan Cóndor generalizó por casi diez años esa política de terror estatal. Hasta que la Revolución Sandinista hizo notar al imperialismo norteamericano la conveniencia de democratizar el continente, para evitar más derrotas imprevistas como la nicaragüense; de todas maneras, la dependencia económica y financiera no sería alterada por estas democracias de baja intensidad.
Llegamos así a la Venezuela de 1998, con el triunfo electoral de un Teniente Coronel patriota: Hugo Chávez Frías. Comienza un proceso de soberanía e independencia política. Se profundiza la nacionalización petrolera y se distribuye la renta de esa riqueza entre la población marginada durante décadas. Producto de esas medidas, sufre en 2002 un golpe de Estado promovido por los EE.UU. La masiva movilización popular devolvió a Chávez al poder en menos de dos días. Luego de la muerte del líder (hay conjeturas serias sobre asesinato) asume mediante elecciones Nicolás Maduro Moros. En un par de años comenzará la más despiadada ejecución de sanciones económicas por parte del Imperio. Así se provocó la destrucción de infraestructura petrolera, la depreciación de la moneda y el desabastecimiento. Como consecuencia del deterioro económico social, se produce un éxodo de millones de venezolanos.
Entonces aparece la amenaza imperial con el despliegue de una flota descomunal como nunca se había visto en el Caribe. Y el 3 de enero último, comienza la agresión armada. Ante una increíble y sospechosa inactividad de la defensa aérea venezolana, es secuestrado el Presidente Maduro. Durante mucho tiempo se va a discutir si hubo complicidad interna o si fue obra de una tecnología de guerra tan avanzada como desconocida. Más temprano que tarde se sabrá cómo fueron los hechos. Pero lo que me lleva a escribir esta nota es -como en los casos de Paraguay y Chile- tratar de vislumbrar las consecuencias continentales de este atropello. Hasta ahora tenemos algunos datos claves: la reforma de la ley de hidrocarburos, que retrocede en los avances soberanos conseguidos por Chávez, devolviendo privilegios a compañías multinacionales y depositando las ganancias en un fideicomiso en Qatar, administrado directamente por Donald Trump. Además -ya en términos extraterritoriales- la prohibición por parte de EE.UU. de la venta de petróleo venezolano a la República de Cuba, con la intención de provocar una crisis terminal en la isla, sumado a las coacciones y amenazas a México para que tampoco lo haga. Como agravante, las declaraciones del emperador Trump afirmando que desdeña el derecho internacional y que el límite es su propia moralidad. La moral de un pedófilo ¡Imagínense! La presión se hace sentir en todo el continente, nadie escapa a sus intimidaciones. Todo nos lleva a pensar que, por las derivaciones y consecuencias, es la más grande derrota latinoamericana desde aquella de Chile en 1973.
Es evidente que el imperialismo norteamericano busca conservar su decadente hegemonía continental bajo amenazas inaceptables para cualquiera de los pueblos de la Patria Grande, reimponiendo la nefasta y repudiada doctrina Monroe.
Pero en todo caso, la valentía y resistencia histórica de los latinoamericanos, hacen resonar con vigor la vigente advertencia del poeta Rubén Darío al presidente Theodore Roosevelt: “Tened cuidado. ¡Vive la América española! Hay mil cachorros sueltos del León Español.”
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