Un revés moral al supremacismo trumpista en el Super Bowl realizado este domingo en estadio Levi’s Stadium de Santa Clara, California, evento que no pude ver en vivo y en directo por estar presente y admirando el grandioso Último Convite de mi Oruro, pero que sí pude apreciar en diferido durante la madrugada.
El espectáculo encabezado por Bad Bunny, expuso, ante millones de espectadores, esa cultura latinoamericana vasta y vibrante que durante décadas ha sido ignorada, despreciada o caricaturizada por amplios sectores de la sociedad racista estadounidense, y particularmente vilipendiada por el gobierno de Donald Trump. Quedó grabado en la retina de millones de norteamericanos —especialmente a los supremacistas— que Latinoamérica existe, que sueña, que crea y que aporta una riqueza cultural imposible de borrar.
El gesto —inequívocamente político— del artista puertorriqueño, realizado en un contexto particularmente adverso para la comunidad latinoamericana en los Estados Unidos, hoy objeto de procesos sistemáticos de denigración, exclusión y persecución, permitió —entre otros asuntos de caracter rebelde— interpelar de manera directa uno de los mantras más recurrentes del imaginario nacional estadounidense: “God bless America”. Dicho enunciado no puede ni debe circunscribirse exclusivamente al territorio de los Estados Unidos. América no concluye en la frontera sur de Florida; también es la que vive, resiste y produce cultura desde tiempos inmemoriales al sur del Río Grande: esa América históricamente subordinada, marginalizada y tratada como “patio trasero” por sectores del establishment político y cultural norteamericano, atravesados por lógicas estructurales de carácter racista.
Bien por Bad Bunny. Porque anoche, en el evento más emblemático del supremacismo cultural estadounidense, se habló únicamente en español. No como provocación gratuita, sino como reclamo justo y recordatorio histórico: Nosotros siempre estuvimos aquí, incluso antes de la llegada de los colonizadores ingleses, españoles y holandeses.
Desde hoy, millones de norteamericanos que vieron el Super Bowl entenderán —aunque sea de forma incómoda— que “God bless America” no se refiere solo al país de las barras y las estrellas. América va desde Canadá hasta Tierra del Fuego.
Se tenía que decir. Y se dijo.
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