La clase dominante europea se encuentra en estado terminal. Elizabeth Kübler-Ross, la psiquiatra de origen suizo que se dedicó al tratamiento de pacientes terminales, identificó cinco etapas de duelo por las que pasamos cuando perdemos a alguien. La primera etapa del duelo descrita por Kübler-Ross es la negación. Ante la pérdida de su prestigio, influencia y poder económico, y sobre todo ante el ascenso de China y los demás países del BRICS, la clase dominante europea reacciona exactamente como se prevé en esta primera etapa del duelo, con negación.
Muy enfadada, confusa y atónita ante las profundas transformaciones del mundo, la clase dominante europea niega vehementemente su propio e inevitable declive, su creciente impotencia y el definitivo fin del periodo colonial, su glorioso pasado.
Esta clase que aún en 2022 reaccionaba eufórica ante la operación militar especial de Rusia en Ucrania, segura de una rápida victoria en la que las sanciones económicas combinadas con el poderío militar de la OTAN llevarían a la derrota de Rusia y a la caída de Vladimir Putin , abriendo las puertas a la explotación de los recursos naturales de Rusia y a su colonización por Occidente, niega ahora desesperadamente que Ucrania y todo el arsenal de la OTAN ya hayan sido derrotados, castigando violentamente a las voces que, en Europa, se atreven a afirmar lo obvio, que esta guerra ya está perdida. La gran prensa europea, portavoz de esta clase moribunda, sin darse cuenta de su propio ridículo, persiste en difundir las mentiras más absurdas sobre la «amenaza» rusa, sobre el «colapso inminente» de la economía rusa y su inevitable derrota futura, siempre futura, en Ucrania. Negar con tanto énfasis la realidad no cambia la realidad, solo hace aún más patético el enorme y lamentable esfuerzo de negación. En su estado terminal, la clase dominante europea ya ha perdido toda vergüenza y credibilidad, pero aún es capaz de causar mucho daño. Para combatirla mejor, es importante recordar un poco de su historia y denunciar sus mentiras más peligrosas.
La clase dominante europea y el mito de la desnazificación
El mito de la desnazificación al final de la Segunda Guerra Mundial es un pilar fundamental de la construcción de una supuesta «superioridad moral» de la clase dominante europea, tan importante para legitimar su control. Esta clase se presenta como orgullosa defensora de la democracia y los derechos humanos, como enemiga histórica del nazismo y de todos los movimientos fascistas.
La verdad que esta clase se empeña en ocultar es que la reconstrucción del capitalismo europeo que permitió su propio ascenso se llevó a cabo con el apoyo y la participación de nazis y colaboradores del nazismo, sobre todo en Alemania.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, Alemania fue dividida en distintas zonas de ocupación por los ejércitos aliados: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la URSS. Sin embargo, como escribió la historiadora Mary Fulbrook en su libro A History of Germany 1918 – 2014, hubo una enorme diferencia en el trato dado a los nazis y sus colaboradores entre la zona de ocupación soviética y las demás zonas:
«En la zona soviética, dada la interpretación principalmente estructural y socioeconómica del nazismo que prevalecía, se dedicaron grandes esfuerzos a la reforma agraria que sirvió para abolir la clase Junker (se llamaba Junker a los nobles grandes terratenientes de Prusia y Alemania oriental), se expropiaron los recursos de ciertos industriales nazis y se llevaron a cabo reformas en la industria y las finanzas que no tenían como único objetivo las reparaciones. Los soviéticos también se preocuparon por destituir a los nazis de cargos importantes. Llevaron a cabo purgas no solo en las esferas política y administrativa, sino también en el cuerpo docente y el poder judicial».
«Además de los intentos por obtener algún tipo de compensación por las enormes pérdidas materiales y humanas impuestas por la agresión alemana, los soviéticos implementaron ciertas políticas económicas destinadas a transformar la estructura socioeconómica de su zona, de modo que, según la visión soviética, nunca más pudiera ser la base material para un militarismo capitalista nazi. Buscaron erradicar de una vez por todas a la clase de los Junkers y los grandes capitalistas».
Sobre el lado de la ocupación por parte de las potencias occidentales, Mary Fulbrook afirma:
«Es notable que, en contraste con la zona soviética, no se produjeran transformaciones radicales en la estructura económica de las zonas occidentales de ocupación».
«La desnazificación avanzó de forma curiosa en las zonas occidentales. No estaba muy claro si el objetivo era castigar o rehabilitar a los ex nazis; y si la intención era limpiar las esferas política, administrativa y económica de su presencia, o limpiar a los ex nazis de la mancha del nazismo, con el fin de reintegrarlos en sus antiguas áreas de especialización. En contraste con la zona soviética, que llevó a cabo una gran reestructuración de la sociedad, junto con la sustitución de las antiguas élites por nuevos cuadros, además de permitir la rehabilitación individual, las zonas occidentales se inclinaron más por la rehabilitación que por la transformación».
Según Mary Fulbrook:
«Sin embargo, se puede argumentar que, de maneras más sutiles y menos obvias, hubo de hecho una gran reorientación socioeconómica en las zonas occidentales de Alemania. En el período inmediatamente posterior a la guerra, muchas personas creían que se había abierto el camino para una transformación socialista de Alemania. La decisión de los Aliados de suprimir los grupos antifascistas locales y apoyar a los partidos políticos moderados y conservadores tuvo su paralelo en la esfera de la política económica. La demanda local, por ejemplo, de socialización de las minas fue rechazada de plano por los estadounidenses. Las medidas de socialización propuestas por los gobiernos estatales de Hesse y Renania del Norte-Westfalia fueron suprimidas por los estadounidenses y, bajo presión estadounidense, por los británicos, respectivamente. Los estadounidenses ejercieron presiones sutiles para dividir a los sindicatos comunistas y socialistas, con el fin de aislar a los primeros y moderar a los segundos.
Por último:
«Los ex nazis, tanto los comprometidos como los conformistas, lograron integrarse fácilmente en la Alemania de Adenauer (Konrad Adenauer fue el primer canciller de Alemania Occidental, de 1949 a 1963). Aunque en el período inmediatamente posterior a la guerra unos 53 000 funcionarios públicos fueron despedidos por pertenecer al NSDAP (el partido nazi), solo 1000 fueron excluidos permanentemente de cualquier empleo futuro. De acuerdo con la Ley de Reintegración de 1951, muchos fueron recontratados en la función pública y obtuvieron créditos de pensión completos por sus servicios en el Tercer Reich. A principios de la década de 1950, entre el 40 % y el 80 % de los funcionarios eran antiguos miembros del NSDAP. Del mismo modo, solo unos pocos miembros del poder judicial fueron inhabilitados de forma permanente. Los ex nazis incluso lograron obtener puestos destacados en la vida pública. Adenauer estaba dispuesto a incluir a ex nazis en su gabinete, como el ex miembro de las SS Oberlaender como ministro para los refugiados. Quizás el nombramiento más controvertido de Adenauer fue el de Hans Globke, autor del comentario oficial de las Leyes Raciales de Núremberg de 1935, como asesor jefe de su Cancillería.”
Sobre los tribunales responsables de los procesos contra los nazis, Mary Fulbrook comenta:
«Los tribunales pronto empezaron a compararse con lavanderías. Se entraba con una camisa marrón y se salía con una camisa blanca limpia y planchada. La desnazificación acabó convirtiéndose, no en la purificación de la economía, la administración y la sociedad alemanas de los nazis, sino en la purificación y rehabilitación de los individuos nazis».
David de Jong, un periodista holandés que investigó algunos casos particulares de industriales y banqueros nazis y simpatizantes del nazismo en Alemania, publicó en 2022 el libro Dinero y poder en el Tercer Reich: La historia oculta de las dinastías más ricas de Alemania en el que informa:
«En 1970, Friedrich Flick, August von Finck, Herbert Quandt y Rudolf-August Oetker eran los cuatro empresarios más ricos de Alemania Occidental, por orden decreciente de fortuna. Los cuatro eran antiguos miembros del Partido Nazi; uno de ellos había sido oficial voluntario de las Waffen-SS; todos se habían convertido en multimillonarios».
En su libro, David de Jong presta especial atención al uso del trabajo forzoso de prisioneros de guerra en fábricas de Alemania y de los países ocupados. Mencionando a Friedrich Flick, por ejemplo, el autor escribe:
«En 1943, quienes realizaban trabajos forzados en las minas de carbón de Flick eran mujeres y niños considerados aptos para trabajar en minas a cielo abierto. Muchos eran adolescentes rusos de entre trece y quince años. Cuando Flick cumplió sesenta y un años, su conglomerado contaba con entre 120 000 y 140 000 trabajadores. Aproximadamente la mitad de ellos eran trabajadores forzados o esclavizados».
Y añade:
«IG Farben, Siemens, Daimler-Benz, BMW, Krupp y varias empresas controladas por Günther Quandt y Friedrich Flick fueron algunos de los mayores usuarios privados de mano de obra forzada y esclava».
«Las colaboraciones de trabajo esclavo entre los campos de concentración administrados por las SS y las empresas alemanas incluyeron Auschwitz con IG Farben, Dachau con BMW, Sachsenhausen con Daimler-Benz, Ravensbrück con Siemens y Neungamme con AFA de Günther, Volkswagen de Porsche y Dr. Oetker».
Ferdinand Porsche, el famoso diseñador y propietario de la fábrica de automóviles que lleva su nombre y también de Volkswagen, fue un dedicado colaborador del régimen nazi y productor de armamento para el ejército alemán. Porsche utilizó trabajadores esclavos no solo en Alemania, sino también en la fábrica de Volkswagen en la Francia ocupada. Según De Jong, Porsche fue absuelto por un tribunal de Dijon, en Francia, en 1948. Y, según De Jong, «ni siquiera se mencionó en el juicio» el uso de «miles de civiles y soldados franceses como trabajadores forzados y esclavos en el complejo de Volkswagen».
En plena era Adenauer, en 1951, se fundó en Alemania la Asociación Stille Hilfe (Ayuda Silenciosa). La organización alemana Zukunft braucht Erinnerung (El futuro necesita memoria) (1) informa en su página web que Stille Hilfe es «una organización que se dedicaba principalmente a apoyar a asesinos nazis, pero que, lamentablemente, solo se dio a conocer al público muy tarde y de forma rudimentaria. Lo que resultaba aterrador de esta organización de ayuda, además de sus incomprensibles intenciones, era el hecho de quiénes estaban involucrados en ella o la apoyaban. Al menos hasta 2011, la organización seguía muy activa».
Su fundadora, la princesa Helene Elisabeth von Isenburg, se dedicó principalmente a prestar asistencia jurídica a los criminales de guerra nazis condenados a muerte que estaban recluidos en la prisión de Landsberg, bajo control de los aliados. Se la conocía como la «Madre de Landsberg». Esta asociación también prestaba ayuda financiera a los criminales nazis y a sus familiares.
También es importante mencionar la División Azul, un grupo formado por voluntarios franquistas españoles que se unieron al ejército nazi en la lucha contra la Unión Soviética. En 2015, varios parlamentarios del partido Die Linke en Alemania interpelaron al Gobierno alemán (2) sobre el pago de alrededor de 100 000 euros anuales en pensiones que el Gobierno alemán seguía abonando a estos excombatientes nazis y a sus familias, lo que el partido Die Linke consideró un escándalo. (3)
El hecho de que en 1953 se creara en Alemania una asociación con los objetivos de Stille Hilfe y que en 2015 el Gobierno alemán siguiera pagando pensiones a excombatientes nazis de un país extranjero son dos pruebas contundentes más contra el mito de la desnazificación. Hechos similares ocurrieron en toda Europa occidental, donde los nazis y sus colaboradores desempeñaron un papel importante no solo en la reconstrucción del capitalismo europeo, sino también en la represión de los movimientos populares que exigían cambios revolucionarios en la organización social, como la socialización de las minas mencionada por la historiadora Mary Fulbrook. Fue esta presión popular la que llevó a la creación del estado del bienestar —el welfare state— en países como Alemania, Francia e Inglaterra. Es importante recordar que el capitalismo como sistema económico salió completamente desacreditado de la guerra y fue necesario que Estados Unidos lo reimplantara en toda Europa con la colaboración de las antiguas élites europeas que habían apoyado el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, los fascistas, los nazis y sus colaboradores tenían además otra función de suma importancia: la lucha contra la URSS.
Las múltiples caras de la rusofobia
La rusofobia, tanto en Europa como en Estados Unidos, tiene una larga historia que se remonta a la Revolución Rusa de 1917. El período de la Guerra Fría acentuó la rusofobia, que se afianzó incluso en la cultura popular, donde los soviéticos eran siempre presentados como villanos caricaturescos en las más diversas películas y libros. Paradójicamente, fue a partir de la disolución de la URSS en 1991 cuando la rusofobia adquirió nuevas dimensiones. Los años de la presidencia de Boris Yeltsin en Rusia, de 1991 a 1999, fueron el período de mayor euforia de Occidente con respecto a su antiguo adversario. La URSS había sido derrotada y los inmensos recursos naturales de Rusia estaban ahora disponibles para la privatización. Según estimaciones del FMI, la fuga de capitales de Rusia en los años 90 fue de unos 150 000 millones de dólares.
El país se sumía en el caos y la depresión económica y, a los ojos de Occidente, Rusia estaba muy cerca de convertirse en una nueva colonia occidental. Al suceder a Yeltsin en 1999, Vladimir Putin logró revertir este proceso de decadencia política y económica, impidiendo la neocolonización de Rusia, lo que Occidente nunca le perdonó. Este es el origen de la demonización de Vladimir Putin, un ingrediente importante que alimenta la rusofobia actual. Con la misión militar especial en Ucrania, Putin volvió a frustrar los intereses de Occidente. A través de una guerra por poder en Ucrania, las potencias occidentales, con sus bloqueos económicos y el poderío militar de la OTAN, esperaban destruir la economía rusa, derrocar al gobierno de Putin y poner a alguien como Yeltsin en el poder en Rusia.
Occidente soñaba con volver a la gran fiesta rusa de los años 90. Una vez más, Putin arruinó la fiesta y ocurrió lo contrario: fueron las economías de las potencias occidentales europeas más comprometidas con la guerra —Reino Unido, Francia y Alemania— las más afectadas.
Según las estimaciones del Banco Mundial, en 2024, dos años después del inicio de la operación militar especial en Ucrania y bajo el peso de las amplias sanciones económicas impuestas por Occidente, la Federación Rusa tuvo una tasa de crecimiento del 4,3 %. Las tasas de crecimiento de Francia, Reino Unido y Alemania en ese mismo año, según el Banco Mundial, fueron del 1,2 %, 1,1 % y -0,5 %, respectivamente. (4)
Por su parte, el porcentaje de la deuda pública en relación con el PIB en la Federación Rusa en 2025, según el FMI, era del 24,8 (5). En el mismo año, el de Francia era del 119,6 (6), el del Reino Unido del 104,8 (7) y el de Alemania del 66 (8).
Estos datos muestran que, objetivamente, la economía de Rusia está mucho mejor que la economía de las potencias europeas occidentales. Ante estas cifras, se puede comprender la frustración y la desesperación de la clase dominante europea, que aún sueña con apoderarse de los recursos naturales de Ucrania y de la propia Rusia para resolver su crisis. El suministro de energía barata procedente de Rusia, fundamental para el desarrollo de la industria alemana y de otros países europeos, ha sido irresponsablemente suprimido por la histérica rusofobia, lo que supone un auténtico suicidio económico. Impotentes para revertir el declive económico causado por sus propias acciones, a la clase dominante europea no le queda más remedio que intensificar la rusofobia, demonizar a Putin y culpar a la Federación Rusa de sus propios fracasos.
Rusofobia y autoritarismo
En Europa, la rusofobia tiene sobre todo la función de justificar el creciente autoritarismo de los gobiernos europeos y de la Unión Europea, en un intento desesperado por mantener en el poder a una clase política que ya no logra sostenerse por consenso. Cada vez más, la Unión Europea intensifica sus ataques a la democracia y a las voces críticas con sus políticas, como denunció el periodista estadounidense de origen palestino Ali Abunimah en este texto (9):
«En mayo del año pasado, la Unión Europea adoptó su 17.º paquete de sanciones supuestamente dirigidas a Rusia. Pero estas sanciones y otras que siguieron no solo se dirigían a entidades e individuos rusos. Bruselas también comenzó a apuntar, aparentemente por primera vez, a ciudadanos de la UE y otros ciudadanos europeos. Lo que es particularmente impactante es que estas personas fueron sancionadas simplemente por sus opiniones, por su periodismo o por puntos de vista que discrepaban de las políticas exteriores de sus gobiernos, de la OTAN y de la Unión Europea.
Entre ellos se encuentran Xavier Moreau, un exoficial militar francés y fundador de Stratpol, un sitio web crítico con la OTAN y el Gobierno francés con sede en Moscú, y los ciudadanos alemanes Alina Lipp y Thomas Röper, sancionados por sus reportajes en Rusia.
En diciembre, la UE también sancionó a Jacques Baud, un ex coronel del ejército suizo y analista de inteligencia, conocido en los medios independientes por sus análisis sobre la OTAN y la estrategia occidental en el contexto de la guerra en Ucrania.
Baud vive en Bruselas, pero, debido a las sanciones, no puede viajar de vuelta a su país, Suiza, que no es miembro de la UE. Según el periodista Patrick Baab, que lo visitó recientemente en la capital belga, Baud sobrevive con los pocos cientos de dólares que se le permite retirar de su cuenta bancaria en virtud de las sanciones, y ‘los vecinos cocinan üara el’.
La UE también ha sancionado a Nathalie Yamb, una estudiosa anticolonial suizo-camerunesa. Ella ha descrito el impacto devastador de las sanciones, a pesar de que no vive ni viaja a Europa. Yamb afirma que no puede pagar el alquiler ni los medicamentos y que no puede volver a Suiza porque las sanciones prohíben sobrevolar el territorio de la UE.
Yamb considera que las sanciones son una ‘sentencia de muerte socioeconómica’ y también está luchando en los tribunales.”
El pretexto de la «amenaza rusa» es fundamental para mantener la jerarquía de poder en Europa. La «amenaza rusa» justifica los enormes gastos militares y los consiguientes recortes en los programas sociales, lo que siempre ha sido el objetivo de la clase dominante europea. Por otro lado, la «amenaza rusa» también justifica la creciente vigilancia de la sociedad y la represión de las voces disidentes.
Sin la «amenaza rusa», el capitalismo neoliberal no puede sobrevivir en Europa.
El triunfo de la caquistocracia
(Caquistocracia: sistema de gobierno ejercido por los ciudadanos menos cualificados, sin escrúpulos o incompetentes. Del griego kakistos —lo peor— y kratos, poder. Describe una gestión pública basada en la ineptitud, la incompetencia y la mala administración.)
La caquistocracia es la etapa final del capitalismo neoliberal. La caquistocracia es mimada, arrogante, irresponsable y violenta. En su fase terminal, el capitalismo neoliberal busca imponer caquistocracias en todo el mundo. En Brasil lograron imponer, durante algún tiempo, la caquistocracia con Bolsonaro. Con Javier Milei, la caquistocracia está en el poder en Argentina y ya ha triunfado también en Chile y Ecuador. En Palestina, la caquistocracia comete genocidio.
La rusofobia fue un instrumento fundamental para el triunfo de la caquistocracia en Europa, con Emmanuel Macron, Keir Starmer y Friedrich Merz. Europa necesita urgentemente adaptar su infraestructura a la realidad del cambio climático. Sin embargo, estos «responsables» líderes europeos solo logran unirse en torno al apoyo a la continuación de la guerra en Ucrania. No es posible una política europea común, responsable y comprometida con la reducción de los impactos del calentamiento global. El dinero disponible para Vladimir Zelensky y su corrupto gobierno en Ucrania simplemente no está disponible para el medio ambiente. La caquistocracia tiene una profunda indiferencia por la naturaleza, solo le interesan los recursos naturales. La caquistocracia es la mayor amenaza para la supervivencia del planeta Tierra.
La caquistocracia mundial se organiza en torno a la supremacía blanca y al proyecto neocolonial, tal y como expuso públicamente Marco Rubio en su discurso en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, donde este representante de la caquistocracia en el poder en EE. UU. fue aplaudido con una ovación por los representantes de la caquistocracia europea presentes en el evento.
Al igual que el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania, la caquistocracia, para mantenerse y propagarse, también moviliza siempre a los peores elementos de la sociedad.
La lucha contra la caquistocracia es la gran tarea de los pueblos del mundo en el siglo XXI.
Notas:
- https://www.zukunft-braucht-erinnerung.de/
- https://dserver.bundestag.de/btd/18/062/1806259.pdf
- https://www.publico.es/politica/alemania-aun-paga-100-000-euros-anuales-exmiembros-familiares-division-azul.html
- https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.MKTP.KD.ZG?locations=RU-DE-GB-FR
- https://www.imf.org/en/search#q=general%20government%20debt%20Russian%20Federation
- https://www.imf.org/en/search#q=general%20government%20debt%20%20France
- https://www.imf.org/en/search#q=general%20government%20debt%20%20United%20Kingdom
- https://www.imf.org/en/search#q=general%20government%20debt%20%20Germany
- https://www.defenddemocracy.press/eu-sanctions-german-journalist-in-shocking-first-over-gaza-reporting/
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