Asistimos con horror a cómo la ultraderecha se ha hecho con el poder en la mayoría de los países de Latinoamérica. Cada elección se decide a su favor con una lógica implacable que pone en entredicho la pureza de los sistemas democráticos liberales, en una situación que sitúa el foco de análisis en la posible manipulación de las mentes de votantes para que se decanten por alternativas que destruyen la capacidad de determinar su futuro.
El triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia y de Keiko Fujimori en Perú, empiezan a completar el mosaico de victorias de la derecha extrema quedando solamente Uruguay y Brasil para llenar la región de gobiernos autoritarios de derecha en Sudamérica en una recolonización reaccionaria de acuerdo con la visión geopolítica de la doctrina Monroe y el corolario Trump.
La derrota de Estados Unidos en Irán dejó de facto al hemisferio occidental como coto preferente de explotación del imperialismo estadounidense decadente, anunciándose a quienes habitamos en estos páramos, que quedamos en condición de rehenes de una política agresiva que destruye las posibilidades de soberanía.
Para allanar el camino al control de su “patio trasero” era fundamental el aniquilar los gobiernos de Cuba y Venezuela, únicos que representan la doctrina soberana popular en Latinoamérica. Estos pueblos se enfrentaron durante décadas al poder del imperio, logrando éxitos en llevar su ideología de resistencia a las naciones hermanas del subcontinente desde la victoriosa revolución cubana.
El aniquilamiento del chavismo venezolano al secuestrar a su presidente y su esposa fue la cima del poder estadounidense que sin ocultar su rostro ensangrentado de negro petróleo, aseveró, en boca de su propio dictador de las barras y las estrellas, que lo único relevante del país caribeño era sus riquezas de hidrocarburos y otros minerales. En el caso de Cuba, se pasó a un bloqueo total de guerra esperando que los años de sanciones con el debilitamiento de la economía, termine por entregar sin combate la Revolución y el país.
Los triunfos de la ultraderecha no pueden ser vistos solo como éxitos en personificar el sentir de poblaciones extenuadas por crisis consecutivas venidas de la mano con el neoliberalismo, como la inmigración, la delincuencia organizada, la pobreza o la falta de expectativas de futuro, ya que la receta de estos personajes es resolver los problemas del neoliberalismo con más neoliberalismo en una fuga hacia adelante que representa la más pura concepción anglosajona.
Es como si el neoliberalismo se hubiese convertido en un paradigma imposible de discutir ni siquiera por quienes se ven afectados por éste, en un callejón sin salida para que el pueblo pueda asumir su destino por sí mismo en vez de optar por alternativas diferentes a las que van dirigidas hacia la destrucción de sus propias existencias, precarizándolas y haciéndoles creer en ello como algo que no puede ser alterado.
El uso político del miedo y el temor al diferente (inmigrante), si bien es un arma poderosa de manejo social, no puede explicar por sí mismo el hundimiento de las alternativas progresistas en Latinoamérica.
A la permanente crisis se suma al menos dos condicionantes definitorias: primero, el fracaso de los gobiernos de izquierda reformadora en cambiar las lógicas de mercado; en los hechos, solamente se convirtieron en administraciones intermediarias entre el poder económico real de los grandes fortunas, corporaciones y la gravitación imperial, agravado con el hecho de ser una clase política profesional que busca el poder político como una forma de vida y no como una manera de transformar la sociedad. Usaron la retórica de la justicia social y la crítica contra el neoliberalismo para ganar adhesión electoral, pero sin intentar siquiera un compromiso por eliminar los problemas que acarrea el capitalismo extremo, aceptando, con sumisión, los postulados que emanan de la metrópolis. La reacción popular ha sido el descreimiento en alternativas que traicionan sus propuestas a poco comenzar a gobernar.
Segundo, el poder creciente de las corporaciones de las grandes tecnológicas transnacionales que manejan toda la información de los ciudadanos, quedando estos a merced de la manipulación de sus deseos e intereses a través de las redes digitales. Las corporaciones tecnológicas se convierten en el ariete de mayor fortaleza del imperialismo estadounidense. Ahora, las agrupaciones políticas de izquierda neoliberal se hacen irrelevantes ante el poder duro de las corporaciones, quedando solamente como centros de atención para crear un enemigo reconocible por el pueblo, alguien a quien odiar identificados como “comunistas, vende patria o zurdos de mierda”. Tal como el personaje de Orwell 1984, Emmanuel Goldstein, que encarna todo lo deplorable para el Estado totalitario. En este escenario, el poder brutal de la ultraderecha se muestra descarnado al no necesitar de máscaras o subterfugios retóricos que hablen al público de buenos sentimientos si no que de deber, patria y esperanza que con la fuerza bruta se logran mayores resultados que con la empatía. La izquierda reformista colocó todo su capital en la ideología de la igualdad de las minorías sin percatarse de que las mayorías quedaban huérfanas de representación. La ultraderecha llenó el vacío político resultante.
Los estallidos sociales en Chile, Colombia, Ecuador o Bolivia sirvieron de advertencia para que la ultraderecha, en connivencia con la vieja guardia conservadora, modificase sus aproximaciones tecnológicas para enfrentar los desafíos electorales; usarían las nuevas herramientas digitales para contrarrestar el poder blando del progresismo. Como siempre con el tutelaje de los dictados de los Estados Unidos.
¿Qué se puede esperar de la evolución de la supremacía de extrema derecha?
Las recetas de más neoliberalismo para superar lo que esa ideología ha causado, llevan por el camino de profundizar la crisis, esta vez, sin contrapeso en movimientos o naciones que sean faro de la libertad nacional. Los pueblos se encuentran abandonados de liderazgos al enfrentar al leviatán de la internacional ultraderechista geopolítica.
Un escenario probable es el fracaso de los gobiernos autoritarios de extrema derecha en países en que su tejido social, ecología y recursos naturales vienen en declive por años de explotación irracional sin planificación y sin provecho para el grueso de la población; naciones fragilizadas donde el mercado se ha establecido como el ideal decisorio entre las clases.
En estas condiciones de falta de expectativas ciudadanas, crisis exacerbada económica, la doctrina Monroe repotenciada por el fracaso político imperial en otras latitudes, solamente podemos esperar el regreso de las dictaduras militares que reemplazarán a los gobiernos de ultraderecha cuando ese modelo quede obsoleto.
Vivimos tiempos difíciles que ponen entredicho nuestra propia capacidad de sobrevivencia como pueblos, debemos prepararnos para décadas de aumento de la explotación imperial de nuestra América mestiza. Una vez recorrido el camino de la ultraderecha geopolítica, las alternativas serán el regreso de la brutalidad militar o la recuperación de la organización popular hacia la disputa de la soberanía.
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