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El Salvador

¿Y si los gorgojos nos unimos?

Fuentes: Rebelión

En política, los insultos rara vez son inocentes. Cuando desde el poder se llama “plaga” a quienes critican, no se busca hacer reír, sino evitar que pensemos. Si quienes preguntan son insectos, ya no hace falta responderles. Basta con fumigarlos, bloquearlos en las redes sociales o encerrarlos en algún recipiente hermético para que no contaminen la impecable despensa nacional que aparece en la propaganda.

En India, el poder intentó aplicar esa receta y terminó provocando una rebelión. Después de que jóvenes desempleados fueran comparados con cucarachas y parásitos, un grupo decidió apropiarse del insulto y crear el movimiento Cockroach Janta Party, que puede traducirse como Partido Popular de las Cucarachas. Lo que comenzó como una respuesta cargada de humor se convirtió en una protesta nacional contra la corrupción en los exámenes de ingreso, el desempleo juvenil y la falta de oportunidades.

Las cucarachas hicieron algo que el poder no esperaba: salieron de las grietas de la sociedad, se reconocieron y comenzaron a organizarse. Usaron las redes sociales, los memes y la sátira para romper el miedo y cuestionar el relato oficial. El movimiento obligó al Gobierno de Narendra Modi a responder a sus demandas y contribuyó a la renuncia del ministro de Educación. El insulto que pretendía aplastarlas terminó dándoles un nombre, un emblema y una causa común.

En El Salvador no tenemos cucarachas políticas. Tenemos gorgojos.
“Gorgojos” es el término utilizado por cuentas, dirigentes y seguidores del oficialismo para burlarse de quienes cuestionan al Gobierno de Nayib Bukele. Gorgojo puede ser una defensora de derechos humanos, un periodista que investiga, una madre que exige la libertad de su hijo capturado injustamente, un economista que advierte sobre el aumento de la deuda, una trabajadora despedida, una organización feminista o cualquier persona que cometa la grave imprudencia de pensar por cuenta propia.

Para el régimen, un gorgojo es todo aquel que incomoda al poder. Si pregunta, es gorgojo. Si protesta, también. Si presenta datos que contradicen el discurso oficial, se convierte inmediatamente en gorgojo financiado por fuerzas oscuras. Y si guarda silencio, seguramente es un gorgojo encubierto que prepara alguna conspiración desde el frasco del arroz.

La ventaja de esta clasificación es que evita las discusiones. No hay que explicar por qué aumenta la deuda, por qué falta empleo digno, por qué se despide a trabajadores públicos o por qué se persigue a las voces críticas. La respuesta sirve para todo: “Son los gorgojos”. Es una teoría política sencilla, económica y reutilizable. Mucho más barata que rendir cuentas.

Pero el insulto contiene una verdad que sus autores quizá no han considerado. Los gorgojos son pequeños, persistentes y numerosos. Aparecen donde nadie esperaba encontrarlos, sobreviven en condiciones adversas y tienen la desagradable costumbre de revelar que algo no está bien en la despensa. Su presencia indica que el grano, aunque luzca brillante en las fotografías oficiales, puede estar deteriorándose por dentro.

¿Y si, en lugar de avergonzarnos, asumimos el nombre?

Podríamos crear el Movimiento Nacional de Gorgojos Inconformes. No sería otro partido electoral ni una alianza de dirigentes que buscan una silla en la próxima cosecha. Sería un espacio amplio de encuentro entre quienes defienden la democracia, los derechos humanos, el trabajo digno, los territorios, los bienes públicos y el derecho a vivir sin miedo. Su emblema podría ser un pequeño gorgojo con una lupa, porque preguntar, investigar y vigilar al poder son actividades muy molestas, pero profundamente democráticas.

La unidad de los gorgojos no exigiría pensar igual. Una defensora ambiental, un sindicalista, una feminista, una comerciante afectada por la crisis y un joven sin empleo pueden tener diferencias importantes. Pero todos necesitan libertades públicas, instituciones que rindan cuentas y un país donde disentir no sea considerado una traición a la patria.

Apropiarnos del insulto permitiría quitarle al poder una de sus armas: la capacidad de nombrarnos desde el desprecio. Lo que busca dividirnos podría convertirse en un símbolo de encuentro. Lo que pretendía causar vergüenza podría despertar orgullo. Y lo que comenzó como una burla podría transformarse en una pregunta política urgente.

Las cucarachas de India demostraron que, cuando los despreciados se reconocen como una fuerza colectiva, hasta los gobiernos más arrogantes deben escucharlos. Tal vez ha llegado el momento de que los gorgojos y gorgojas de nuestro país salgamos de la alacena. No para devorar el país, como correrán a advertir los propagandistas del régimen del clan Bukele, sino para impedir que los mismos de siempre continúen atragantándose con nuestros medios de vida, nuestros bienes comunes y nuestros bienes naturales, mientras aseguran, sin una pizca de vergüenza, que la despensa nacional nunca ha estado tan llena.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.