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Pueblos originarios y socialismo

A cinco siglos del «Descubrimiento»

Fuentes: Rebelión

Como ya es habitual, sin dejar de ser necesario, por estas fechas se multiplican las voces de denuncia contra uno de los episodios más salvajes de la historia de la humanidad y la manipulación y el silencio con que las elites han tratado de justificarlo u ocultarlo. Es nuestra intención invitar a una reflexión que, […]

Como ya es habitual, sin dejar de ser necesario, por estas fechas se multiplican las voces de denuncia contra uno de los episodios más salvajes de la historia de la humanidad y la manipulación y el silencio con que las elites han tratado de justificarlo u ocultarlo. Es nuestra intención invitar a una reflexión que, partiendo de los fundamentos ideológicos del genocidio, nos permita pensar el presente histórico que vive América Latina.

De manera ya conocida, las cúpulas ideológicas a ambos lados del Océano celebran el 12 de Octubre como el comienzo de un «encuentro» enriquecedor entre «dos formas de ver le mundo y la vida». Este «encuentro», a grandes rasgos, puede dividirse en dos etapas. La primera comenzaría, por supuesto, con la llegada de Colón a «La Española» y finalizaría con el logro de la independencia por parte de los países americanos. La excusa: la verdad de Dios. El fondo del asunto: el dinero y la expansión colonial (poder). La segunda surgiría con la creación de los estados-nación en Abya-yala y la consagración del poder criollo y su proyecto mestizo. La excusa: el progreso y la modernidad. El fondo del asunto: la perpetuación del poder económico y político. El neoliberalismo sería la última expresión de esta fase.

La tercera de estas etapas (si es tal cosa) debería ser descrita con mayor cautela y un análisis más pormenorizado, pero este no es la finalidad de este escrito. Con esa cautela que merece un proyecto no acabado y que se define como liberador y revolucionario, podríamos decir que este nuevo período comienza con la llegada al poder de gobiernos más o menos cercanos al llamado socialismo del siglo XXI. Si se convertirá en una nueva máscara del proyecto mestizo-criollo (y por tanto continuista con respecto a la lógica etnocéntrica, desarrollista y depredadora de la Modernidad) o si será capaz, como demandan muchas voces surgidas desde el propio socialismo, de incluir en él a los pueblos originarios, es lo que falta por ver. Posición esta última que, aún así, tiene los peligros ya experimentados en el pasado cuando se trata de «integrar», y no tomar como protagonistas, a los verdaderos herederos del continente de Abya Yala.

Surgen, por tanto, algunas cuestiones. La «Revolución»: ¿nueva excusa o proyecto liberador y plurinacional? El fondo del asunto: ¿creación de renovadas oligarquías o auténtico cambio estructural?

En este contexto, algunas de las lógicas repetidas durante siglos deben ser revisadas en base a los hechos históricos y sus fundamentos ideológicos de fondo. Y con esto me refiero no tanto a los «contenidos», evidentemente muy diferentes, sino a la «forma» en que estos contenidos son presentados al «otro» (los pueblos originarios). La reflexión que se propone tiene como objetivo recapacitar acerca de si la manera en que las propuestas de cambio son presentadas al «otro» «desde arriba», como algo absoluto, único y verdadero; o si por el contrario, incluso más allá de la mera «integración», lo son de manera horizontal como algo inacabado y abierto.

Salvando las diferencias que esperamos haber explicado con suficiente claridad, creemos que a este respecto uno de los documentos más clarificadores y sobrecogedores que uno puede consultar es el Requerimiento.

Cuando en 1511 el dominico Antonio de Montesinos denuncia desde La Española el comienzo de las atrocidades que se convertirían más tarde en un genocidio a nivel continental, Fernando el Católico convoca una junta de juristas y teólogos que traten de dar fundamento a la Conquista. Juan López de Palacios Rubios sería el encargado de redactar a este respecto la Notificación y requerimiento que se ha dado de hacer a los moradores de las islas en tierra firme del mar océano que aún no están sujetos a Nuestro Señor: el Requerimiento.

La fundamentación teológica del principio de propiedad sobre «El Nuevo Mundo» y el derecho divino -obligación moral más bien- de proceder a la evangelización de sus moradores sirven de excusa para una acción muestra del atavismo ideológico y humano de quienes impulsaron la Conquista. Un atavismo anclado en el eurocentrismo más recalcitrante y que, posteriormente, ha ido cambiando su máscara a lo largo de los años. Si el proyecto socialista se está convirtiendo en una nueva máscara es lo que, creemos, es necesario revisar en estos momentos históricos para América Latina.

El Requerimiento fue utilizado por primera vez en la actual Panamá en 1513. El «conquistador» Pedrarias Dávila tuvo el honor primero de hacer saber a los indígenas cuál era la verdad suprema que fundamentaba el genocidio. Así, tal y como harían sus sucesores, llegado el momento de su encuentro con los «indios», leyó en voz alta el solemne documento. Les hizo saber que el Papa era el auténtico poseedor de sus tierras. Que el representante de Dios en la Tierra las había entregado a los Reyes Católicos con la tarea explicita de evangelizar y guiar por el camino de la Verdad a sus moradores. En perfecto castellano antiguo, y en presencia de un notario real, se les hacía saber que cualquier tipo de resistencia a tal empeño divino supondría, bajo principio supremo emanado de lo más Alto, el derecho de los conquistadores a arrasar con todo aquel que se mostrara mínimamente reticente a cumplir el mandato divino. Añadiendo, para acabar, que ellos mismos serían los culpables de tal proceder de los esforzados cristianos por no acatar los designios de Dios.

Si bien en un principio el texto era leído en presencia de los propios indígenas, más tarde lo sería, tal y como explica Eduardo Galeano, en la noche y desde las cercanías de las aldeas que, al amanecer, eran arrasadas por los enviados de Dios.

El Requerimiento sufrió pequeñas modificaciones a lo largo de los años. A continuación reproducimos la versión hecha llegar a Francisco Pizarro durante sus heroicas expediciones por tierras del Imperio Inca. Recomendamos de manera enfática su lectura completa.

Provisión que se manda al marqués don Francisco de Pizarro para que pudiese continuar las conquistas de las provincias del Perú.

La forma y orden que se ha de tener en el requerimiento que de parte de su Majestad se ha de hacer a los Indios Caribes, alzados en la provincia del Perú, es el siguiente:

De parte del Emperador y Rey don Carlos, y doña Juana, su madre, Reyes de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algecira, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias, islas y tierra firme del mar Océano, Condes de Barcelona, Señores de Vizcaya y de Molina, Duques de Atenas y Neopatria, Condes de Ruysellón y de Cerdeña, Marqueses de Oristán y de Gociano, Archiduque de Austria, Duques de Borgoña y de Bravante, Condes de Flandes y de Tirol, etc. Domadores de gentes bárbaras.

Sus criados os notificamos y hacemos saber, como mejor podemos, que Dios nuestro Señor, uno y eterno, creó el cielo y la tierra, y un hombre y una mujer, de quien nos y vosotros y todos los hombres del mundo fueron y son descendientes y procreados, y todos los que después de nosotros vinieran. Mas por la muchedumbre de la generación que de estos ha salido desde [hace] cinco mil y hasta más años que el mundo fue creado, fue necesario que los unos hombres fuesen por una parte y otros por otra, y se dividiesen por muchos Reinos y provincias, que en una sola no se podían sostener y conservar.

De todas estas gentes Dios nuestro Señor dio cargo a uno, que fue llamado S. Pedro, para que de todos los hombres del mundo fuese señor y superior a quien todos obedeciesen, y fue cabeza de todo el linaje humano, dondequiera que los hombres viniesen en cualquier ley, secta o creencia; y dióle todo el mundo por su Reino y jurisdicción, y como quiera que él mandó poner su silla en Roma, como en lugar más aparejado para regir el mundo, y juzgar y gobernar a todas las gentes, cristianos, moros, judíos, gentiles o de cualquier otra secta o creencia que fueren. A este llamaron Papa, porque quiere decir, admirable, padre mayor y gobernador de todos los hombres.

A este San Pedro obedecieron y tomaron por señor, Rey y superior del universo los que en aquel tiempo vivían, y así mismo han tenido a todos los otros que después de él fueron elegidos al pontificado, y así se ha continuado hasta ahora, y continuará hasta que el mundo se acabe.

Uno de los Pontífices pasados que en lugar de éste sucedió en aquella dignidad y silla que he dicho, como señor del mundo hizo donación de estas islas y tierra firme del mar Océano a los dichos Rey y Reina y sus sucesores en estos Reinos, con todo lo que en ella hay, según se contiene en ciertas escrituras que sobre ello pasaron, según se ha dicho, que podréis ver si quisieseis. Así que sus Majestades son Reyes y señores de estas islas y tierra firme por virtud de la dicha donación; y como a tales Reyes y señores algunas islas más y casi todas a quien esto ha sido notificado, han recibido a sus Majestades, y los han obedecido y servido y sirven como súbditos lo deben hacer, y con buena voluntad y sin ninguna resistencia y luego sin dilación, como fueron informados de los susodichos, obedecieron y recibieron los varones religiosos que sus Altezas les enviaban para que les predicasen y enseñasen nuestra Santa Fe y todos ellos de su libre, agradable voluntad, sin premio ni condición alguna, se tornaron cristianos y lo son, y sus Majestades los recibieron alegre y benignamente, y así los mandaron tratar como a los otros súbditos y vasallos; y vosotros sois tenidos y obligados a hacer lo mismo.

Por ende, como mejor podemos, os rogamos y requerimos que entendáis bien esto que os hemos dicho, y toméis para entenderlo y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo, y reconozcáis a la Iglesia por señora y superiora del universo mundo, y al Sumo Pontífice, llamado Papa, en su nombre, y al Emperador y Reina doña Juana, nuestros señores, en su lugar, como a superiores y Reyes de esas islas y tierra firme, por virtud de la dicha donación y consintáis y deis lugar que estos padres religiosos os declaren y prediquen lo susodicho.

Si así lo hicieseis, haréis bien, y aquello que sois tenidos y obligados, y sus Altezas y nos en su nombre, os recibiremos con todo amor y caridad, y os dejaremos vuestras mujeres e hijos y haciendas libres y sin servidumbre, para que de ellas y de vosotros hagáis libremente lo que quisieseis y por bien tuvieseis, y no os compelerán a que os tornéis cristianos, salvo si vosotros informados de la verdad os quisieseis convertir a nuestra santa Fe Católica, como lo han hecho casi todos los vecinos de las otras islas, y allende de esto sus Majestades os concederán privilegios y exenciones, y os harán muchas mercedes.

Y si así no lo hicieseis o en ello maliciosamente pusieseis dilación, os certifico que con la ayuda de Dios, nosotros entraremos poderosamente contra vosotros, y os haremos guerra por todas las partes y maneras que pudiéramos, y os sujetaremos al yugo y obediencia de la Iglesia y de sus Majestades, y tomaremos vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haremos esclavos, y como tales los venderemos y dispondremos de ellos como sus Majestades mandaren, y os tomaremos vuestros bienes, y os haremos todos los males y daños que pudiéramos, como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su señor y le resisten y contradicen; y protestamos que las muertes y daños que de ello se siguiesen sea a vuestra culpa y no de sus Majestades, ni nuestra, ni de estos caballeros que con nosotros vienen; y de como lo decimos y requerimos pedimos al presente escribano que nos lo dé por testimonio signado, y a los presente rogamos que de ello sean testigos.

Señalada del Conde, Doctor Beltrán. Licenciado Carabajal. Licenciado Bernal, Licenciado Mercado de Peñalosa.

Esta se despachó para el Marqués don Francisco Pizarro en ocho de Marzo, de mil quinientos y treinta y tres, cuando se le envió provisión para que pudiese continuar la conquista y población de las provincias del Perú.