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Afganistán, la cruzada por la libertad y la civilización

Fuentes: Rebelión

Hace algunos días veíamos afligidos las imágenes de un soldado español, uno más, muerto por los «insurgentes» afganos, que en uno de tantos atentados habían herido también a otros españoles. La prensa en general, además de lamentar los hechos, parecía no poder explicarse cómo los desagradecidos afganos atacaban a sus benefactores, contingentes de la OTAN […]

Hace algunos días veíamos afligidos las imágenes de un soldado español, uno más, muerto por los «insurgentes» afganos, que en uno de tantos atentados habían herido también a otros españoles. La prensa en general, además de lamentar los hechos, parecía no poder explicarse cómo los desagradecidos afganos atacaban a sus benefactores, contingentes de la OTAN que, por razones humanitarias y de solidaridad, han ido a liberarlos de la dictadura talibán y a devolverles sus derechos olvidados durante años y ayudarles a construir la anhelada democracia.

Ya nadie parece acordarse del origen de esa presencia extranjera en Afganistán ni de los argumentos que se esgrimieron para el envío de las tropas. Y apenas tenemos noticias de los continuados acontecimientos bélicos que se vienen produciendo en ese país durante nueve años, si no es los «atentados terroristas», «atentados suicidas» o «ataques insurgentes»; todos ellos producidos por los «talibanes» que se oponen a la libertad y la democracia que nuestros ejércitos occidentales intentan establecer de manera altruista, aunque para ello haya que bombardear durante años el territorio, arrasando el segundo país más pobre del mundo y matando decenas de miles de personas, en su mayoría civiles y entre ellas un gran número de mujeres y niños.

Pero recordemos que la razón «lógica» que nos empujó a una invasión dirigida por EEUU y seguida nada menos que por 36 países, con un enorme despliegue armamentístico, diplomático y económico contra ese pobrísimo país, fue el atentado del 11 de Septiembre de 2001 contra las torres gemelas. Y nadie pareció extrañarse de semejante respuesta a un atentado cometido por 19 hombres de los que ninguno era afgano (por cierto 15 eran de Arabia Saudita), pero que supuestamente tenían como cerebro a un tal «Bin Laden», que estaba refugiado al parecer en Afganistán. A pesar de que los talibanes hubieran aceptado entregarle al saudí y sus lugartenientes. Tampoco extrañó a nadie la coincidencia de esa invasión con los declarados planes energéticos de EEUU y las multinacionales petroleras (como Unocal), que venían demandando la intervención en Irak (ya consumada), en Irán (casi en preparación) y en Afganistán por razones geopolíticas y económicas, como la construcción del oleoducto Turkmenistán-Afganistán-Pakistán; o el control de una zona estratégica, debilitando la influencia de Rusia y limitando la de China o Irán. Ni vimos ninguna relación de esta guerra con los inmensos beneficios económicos de las empresas armamentísticas de EEUU (la Lockheed Martin multiplicó por 15 sus acciones en Bolsa), lo que permitió a Bush un buen respiro en la crisis económica. Y nos pareció «normal» que se dejara de hablar del objetivo, Bin Laden, y se continuara la invasión, la destrucción y la ocupación, ahora para establecer «la democracia».

En realidad, hoy se está terminando la estrategia que EEUU y la OTAN empezaron en 1978, en plena Guerra Fría, cuando llegaron al poder en Afganistán los militares progresistas del Partido democrático del Pueblo. Este gobierno empezó a desarrollar un gran número de políticas sociales: educación y sanidad gratuita, reparto de tierras, reconocimiento de las minorías, avance en los derechos de la mujer (la mitad de los profesores y médicos eran mujeres en 1987). Para acabar con ese mal ejemplo en la zona, desde el primer momento EEUU, Arabia Saudí, Pakistán e Irán, empezaron a financiar un grupo de «luchadores por la libertad», autodenominados «muyahidines», para combatir el «imperialismo ateo», entre cuyos dirigentes se encontraba Bin Laden. Recibían miles de millones anuales de esos países, armamento e instrucción del propio asesor de Carter e información de los servicios secretos de la OTAN, Israel, Arabia Saudita y Pakistán. El gobierno de entonces solicitó ayuda a Rusia, que intervino con su ejército desde 1979 a 1989, para frenar la avalancha talibán. Pero no pudieron evitar las oleadas de terribles atentados, que llegaron a contabilizar ataques a 2000 colegios (en un liceo de Kabul asesinaron a todas las alumnas), docenas de empresas, decenas de centros de salud, saqueo de casi 1000 cooperativas campesinas, destrucción de centrales eléctricas y hasta 40.000 kms. de líneas de comunicación. Hasta que, después de que el ejército ruso se retirara, consiguieron derrocar el gobierno progresista y laico en 1992, asesinando al presidente y su familia e implantando un régimen de terror e integrismo religioso, que eliminaba físicamente a cualquier opositor o disidente y aplicaba inmisericorde las leyes religiosas. Y convirtieron al país en un narcoestado, mayor productor de opio del mundo, y la droga como fuente de enriquecimiento de los señores de la guerra. Pero todo el mundo hizo la vista gorda durante años ante las barbaridades de «los amigos». Hasta 1999, en que EEUU empieza utilizar los medios de información para escandalizarnos con los crímenes de los «talibanes», sus cachorros, que pasan a ser, ahora, enemigos de la humanidad. ¿No tuvo nada que ver la falta de acuerdo para la construcción del famoso gaseoducto entre el gobierno talibán y Unocol a finales de 1997?

Y cuando están preparando a la opinión pública para la necesaria intervención, el atentado de las torres gemelas les proporciona el argumento máximo, que nadie se atreve a cuestionar. Aunque según escribe el general Wesley Clark, en las reuniones del mismo 11 S de los asesores con Bush para ver cómo vengarse, Rumsfeld decía que había que bombardear Irak, y cuando se le contestaba que Al-Qaeda estaba en Afganistán, el respondía: «no hay buenos objetivos en Afganistán, y hay muchos objetivos buenos en Irak». Pero prevaleció primero el valor geoestratégico del espacio afgano; luego se inventaría aquello de las «armas de destrucción masiva» para invadir también Irak.

Desde el 1 de Mayo de 2003, en que el propio Rumsfeld declara «han terminado los principales combates en Afganistán», se trata, según explica el profesor e investigador Marc Herold («Afganistán como espacio vacío…» Ed. Foca, 2007), de controlar ese espacio mediante una «democracia vigilada» y vender al mundo la restitución de la «normalidad y el progreso». Para ello hay un plan de control total de la información, para que la opinión pública conozca:

– Que la guerra terminó, y lo que hay son acciones «terroristas» esporádicas. (La realidad es que los talibanes controlan la mayor parte del país, con el apoyo de la población, y el ejército responde a los atentados con bombardeos y ataques de venganza en las poblaciones rebeldes. Se están utilizando armamentos nuevos y todo tipo de bombas).

– Que se ha restablecido una «democracia moderna». (El elegante presidente Karzai, un señor de la guerra, salido de unas elecciones controladas por el ejército y denunciadas como fraudulentas por los propios técnicos de la ONU, con escasa y controlada participación, gobierna apenas en la capital rodeado de un gran dispositivo de seguridad «privada». En el gobierno participan varios clanes, entre los que prevalecen los integristas, y se está pensando en pactar con los talibanes e integrarlos).

– Se ve el progreso económico con este moderno gobierno. Sobre todo en las «narcomansiones» y «las corruptomansiones» (fruto de la droga, de las ayudas que no llegan a destino y de las mordidas de los proyectos de reconstrucción) de los miembros del gobierno y sus amigos, en los hoteles y los grandes almacenes de superlujo de la capital; o en los jefes de las empresas de reconstrucción y sus subcontratas (junto a las compañías de seguridad privada), entre los que se pierde el 70% de lo presupuestado, y en los funcionarios de las ONGs. Mientras se mantienen los últimos puestos a nivel mundial en pobreza y en desarrollo humano.

– Que todo esto es posible por la ayuda humanitaria y el interés por la población de los países que envían soldados y apoyo. En realidad, la administración Bush en el 2007 dedicaba 400 millones de dólares a la reconstrucción, con empresas de EEUU y sus amigos del gobierno de Karzai, y 8000 millones al ejército.

A la vista del comportamiento de la opinión pública ante todos estos bárbaros acontecimientos, hay que concluir que el dinero invertido por el Pentágono en el plan de control de la información y de los medios (se estima en 1300 millones de dólares entre 2003 y 2006) ha dado buen resultado.

José A. Naz Valverde. Colectivo Prometeo de Córdoba

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.