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Algunas realidades sobre las condiciones de trabajo en China

Fuentes: Rebelión

Traducido por Juan Vivanco

Últimamente se habla mucho y muy a la ligera sobre las condiciones de trabajo en China. Es evidente que si China está a punto de sobrepasar a Alemania y convertirse en el primer exportador mundial, su población ha tenido que hacer un tremendo esfuerzo. China ha cubierto varias etapas: antes era una fábrica de productos de gama baja que dependía en más del 70% de la tecnología extranjera; hoy sigue siendo el taller del mundo, pero ha pasado de los electrodomésticos al dominio de tecnologías que le permiten construir trenes de alta velocidad. Asimismo, o más bien contradictoriamente, desde hace poco ―aproximadamente a partir de las reformas de 1978― China ha pasado del pleno empleo a la posibilidad de desempleo, de las empresas que garantizaban seguridad y protección social al mercado privado de trabajo; ha experimentado una movilidad enorme y, en particular, un éxodo rural que se ha frenado, como vamos a ver, con medidas discriminatorias hacia los emigrantes. Ni que decir tiene que cada nueva etapa ha tenido un alto precio de sudor y sufrimiento. Pero este breve análisis, sobre todo, pone en evidencia la enorme hipocresía de Occidente, que denuncia las condiciones de trabajo en China pero no quiere ver que tiene en ello una responsabilidad real, no sólo histórica sino de rabiosa actualidad.

1- Migraciones y discriminaciones

La población más explotada y sometida a condiciones de trabajo más duras ha sido la de los emigrantes rurales, tanto los que emigran definitivamente como los que acuden a la ciudad para reunir unos ahorros. En la China continental las movilidades inter o intrarregionales, rurales y urbanas, se han intensificado, con un aumento de la población flotante, cada vez más diversa. Con la llegada de inmigrantes a las ciudades chinas, los mercados de trabajo se han segmentado y diferenciado. Los inmigrantes, sobre todo los menos cualificados y los más jóvenes, han sufrido la dominación, la explotación y la violencia del mercado de trabajo.

La supresión de la noción de empleo para toda la vida fue un momento muy duro en la transición de la economía planificada a la economía de mercado, llámese socialista y planificada. Apareció algo totalmente desconocido hasta entonces: un mercado de puestos de trabajo. También apareció el desempleo, un fenómeno nuevo en la historia de la China comunista. Para tener una visión más completa habría que mostrar la imbricación, la superposición de los empleos estatales y privados.

El objetivo de la política discriminatoria con esta población emigrante era disponer de mano de obra poco exigente para las multinacionales y para la construcción. Pero también se procuraba frenar el éxodo rural, no siempre deseable. Es fácil denunciar las políticas, pero ¿qué decir de unos 800 millones de campesinos chinos, quienes de forma más o menos permanente tienden a buscar empleo fuera de sus tierras? Pese a todos los obstáculos administrativos (dificultad para obtener el carné de identidad, necesario para moverse; redadas frecuentes en Pekín para expulsar a los habitantes ilegales…), los campesinos acuden a donde puede haber trabajo. Y van a parar, precisamente, a unas ciudades donde se construye para alojar a una población que ya acusa la carestía de vivienda. Las obras de los juegos olímpicos, sin duda alguna, desencadenaron un éxodo rural que debía ser contenido.

El ejemplo de Shanghái es ilustrativo de estas políticas. Se pueden considerar especialmente injustas con los emigrantes, pero también protectoras del empleo de los trabajadores urbanos, para impedir la presión a la baja de sus empleos. Pese a la discriminación, los trabajadores rurales ganan más que en el campo. En esto reside el atractivo, pero la dureza de las condiciones impide una afluencia incontrolada.

Frente a un número creciente de inmigrantes, el ayuntamiento de Shanghái tomó medidas para proteger el mercado de trabajo de los shanghaienses, haciendo una distinción entre los empleos reservados a la mano de obra urbana y los reservados a la mano de obra llegada del interior. En 1995 la Oficina de Trabajo y Proteción Social de Shanghái publicó una lista de sectores de actividad y empleos reservados o prohibidos a los inmigrantes: los sectores de la industria pesada, el textil y la construcción están abiertos a ellos; para los empleos intermedios tienen preferencia los trabajadores urbanos, pero también están abiertos a los inmigrantes; por último, los empleos «visibles», como taxista, agente de seguridad, telefonista, etc. están formalmente prohibidos a los inmigrantes (1).

Se puede hablar, por lo tanto, de «nichos económicos», ya que los inmigrantes están presentes en segmentos del mercado de trabajo poco cualificados, como la manufactura, la confección, la construcción, la hostelería, el transporte de mercancías, etc. A la vez que se reactiva el sector tradicional, se produce un fenómeno de tercerización, unido a una precarización de los mercados de trabajo, con empleos pagados por horas o a destajo que se nutren de trabajadores rurales. La evolución del mercado de trabajo urbano se ha basado en una discriminación cada vez más acusada de las poblaciones inmigrantes, poco cualificadas y en abierta competencia con los parados. En el año 2000 el 82,9% de los inmigrantes trabajaban en los sectores menospreciados por los shanghaienses: astilleros, textil, construcción y servicios. Como vemos, el paso de una economía planificada a una economía de mercado se ha caracterizado desde el principio por un proceso de segmentación de los mercados de trabajo en el que abundan las desigualdades, discriminaciones y exclusiones de los chinos no deseados.

Si se desconoce esta situación no se entiende nada, ni siquiera los sucesos del Tíbet, donde también existe un éxodo a las ciudades y una situación general de protección de los asalariados y los empleos urbanos frente a esta afluencia. Cuando leí el relato de los acontecimientos, enseguida pensé que se trataba de una operación orquestada y luego desbordada por un proletariado que vivía muy mal. Nos hallamos ante fenómenos a escala desconocida, que una sociedad empeñada en salir del subdesarrollo debe controlar. Quienes piensan que bastará con reponer a un lama feudal que sólo puede ofrecer a esta población una vuelta al pasado, o son imbéciles, o se han propuesto crearle mayores dificultades a China.

2 – Las multinacionales, nidos de explotación

Un país que sale del subdesarrollo haciendo un esfuerzo gigantesco y se pliega a las condiciones de las multinacionales, aunque procura atarlas corto: así es China, que gracias a esta formidable hazaña ha podido conservar la planificación y la propiedad colectiva, digamos estatal, de los principales sectores de producción y de los sectores financieros. Para hacer su acumulación primitiva China exporta a mansalva y, al mismo tiempo, promueve un desarrollo endógeno, un equipamiento del territorio y, en fechas más recientes, una política medioambiental. Y, volviendo a nuestro asunto, aplica también una política de derechos de los trabajadores.

El hecho de que China sea un país subdesarrollado significa, de entrada, falta de capitales y tecnología, lo que obliga a recurrir a los capitales y las tecnologías extranjeros, sometiéndose a sus condiciones.

Más de la mitad de las exportaciones chinas corresponden a empresas extranjeras. De modo que cuando se describen las duras condiciones de trabajo en China hay que saber que estas condiciones han sido impuestas por empresas extranjeras.

Una investigación de las organizaciones suizas Pain pour le prochain (Pan para el prójimo) y Action de Carême (Acción de Cuaresma) señala directamente a las grandes marcas de informática. Aunque oficialmente, como en toda Asia, las grandes marcas de informática aplican códigos de conducta en materia de responsabilidad social, sus proveedores no suelen respetar estas reglas. Ocurre lo mismo que con Ikea en India, y es una práctica común de todas las multinacionales: presionan a sus proveedores para imponer unas condiciones de explotación a ultranza.

Las dos organizaciones indagaron en siete fábricas que suministran a las grandes marcas informáticas internacionales.

Los obreros de estas fábricas trabajan de 10 a 12 horas diarias, seis y a veces siete días por semana. Cada mes acumulan entre 80 y 200 horas extras, cuando la ley sólo autoriza 36.

Las condiciones sanitarias de estos trabajadores son muy precarias. A menudo manipulan productos tóxicos sin máscaras ni guantes, y las salas de soldadura no están ventiladas. Preguntados por los encuestadores, los obreros contestaron que no existe un control médico en el trabajo.

Son frecuentes las sanciones disciplinarias abusivas. Un obrero de una de las fábricas visitadas explica: «En épocas de alta producción aumenta el ritmo y nos cuesta seguirlo. Cometemos más errores. Si el capataz lo descubre, nos pone una multa que equivale a media jornada de salario. Estamos muy presionados».

En muchas fábricas los empleados desconocen los códigos de conducta ―con los que las empresas extranjeras se comprometen a respetar los derechos elementales de los trabajadores―.

Pese a todo, recientemente se han introducido algunas mejoras. El número de empresas que pagan a sus empleados menos que el mínimo legal ha bajado. Pero todavía quedan. Por ejemplo, la fábrica Lite-On Electronics paga la hora extra en fin de semana un 150% más, cuando según la ley debería pagarla el doble.

Las dos organizaciones han comprobado que el compromiso de las marcas frente a esta situación es variable. Hewlett-Packard invierte medios humanos y financieros importantes en la aplicación de su código de conducta. Esta marca, por otro lado, es la única que ha facilitado una lista completa de sus proveedores y se ha avenido a comentar casos concretos de sus fábricas. Apple también hace esfuerzos, sobre todo intensificando las auditorías en China. Pero no informa con transparencia sobre sus proveedores, sus auditorías y sus cursos de formación.

El informe de Pain pour le prochain y Action de Carême revela que la empresa Fujitsu-Siemens ocupa el último lugar. Tanto a escala internacional como en China, no tiene a nadie que se encargue de las responsabilidades sociales. Además, no se siente obligada a enseñarles el código de conducta a sus proveedores.

Según estas dos organizaciones, bastaría con añadir poco más de 30 euros al precio de cada ordenador para que los obreros de la informática disfrutaran de unas condiciones de trabajo dignas (2).

El periódico Southern Weekly ha hecho un estudio con 126 multinacionales durante todo un año. De él salen mal paradas las empresas pertenecientes al grupo de las 500 mayores, las que han alcanzado resultados económicos más destacados tanto en número de ventas como en volumen de exportaciones o beneficios brutos.

Las conclusiones del estudio son alarmantes. Cincuenta y ocho empresas (el 46% del total) se han negado a acatar la ley de creación de sindicatos. Otras 20 han producido daños importantes en el entorno. Pero eso no es todo: 37 empresas vendían a los consumidores chinos productos o servicios que no cumplían las normas de calidad, lo que ha sido corroborado por numerosas reclamaciones contra 19 de ellas.

Según el periódico Southern Weekly, algunas empresas sobornaban a los inspectores del gobierno y a sus propios directivos o a los de otras empresas.

Southern Weekly defiende la veracidad de estos datos. El semanario señala que el estudio se basa en informaciones públicas proporcionadas por las autoridades, las asociaciones de consumidores, los sindicatos y los medios de comunicación, verificadas con las propias empresas.

Este periódico ha publicado una lista negra de las 33 multinacionales presentes en China que han hecho caso omiso de las leyes contra la contaminación de las aguas. Cuatro de ellas forman parte de las 500 empresas con mayores beneficios: Nestlé Sources Shanghai Ltd. Pepsico, Panasonic y 3M. Las informaciones proceden de la ONG «Instituto de Asuntos Públicos y Medioambientales». Su director, Ma Jun, declaraba al Shanghai Daily que las multinacionales no son las únicas empresas criticables, pues 26.000 compañías chinas también vierten ilegalmente y a mayor escala sus residuos a los cursos de agua chinos.

Es cierto que las condiciones de trabajo más duras no se dan sólo en empresas extranjeras, pues también están las del campesinado o verdaderos escándalos, como las minas de carbón clandestinas o los tejares, donde trabajan sin salario adolescentes y hombres que a veces han sido secuestrados y vendidos. Pero que estos casos hayan causado tanto escándalo demuestra su carácter excepcional. Los chinos no se habitúan a la explotación y se puede comprobar, sobre todo en las ciudades, no sólo una mejora de las condiciones, sino una dificultad para encontrar mano de obra cualificada, con el consiguiente aumento de los salarios (del orden del 18% en un año) (3). Conociendo las condiciones de esclavitud en algunos países de Suramérica y la domesticidad en los emiratos, justo es reconocer que el descubrimiento y el escándalo son un paso hacia otra cosa, como los juicios públicos y las severas penas impuestas a los empresarios mineros que con su imprudencia delictiva han causado muchas muertes.

3 – Una situación en continua evolución

Una diferencia con los talleres de ensamblaje del Tercer Mundo o los de la frontera mejicana, las maquiladoras, consiste en que el estado chino ha logrado controlar el fenómeno y transformarlo en un factor insólito de desarrollo. Otra diferencia es la intervención cada vez mayor de las autoridades, a raíz de numerosas protestas para que se respetaran los derechos y la existencia de sindicatos en la empresa.

Resulta llamativo que en los medios occidentales lo que se pone siempre en la picota es «el régimen», nunca las empresas extranjeras, «el socialismo», nunca el subdesarrollo. Cuando estas empresas extranjeras no influyen directamente en sus asalariados, lo hacen a través de empresas subcontratistas que ponen a competir entre sí, lo cual repercute en los salarios y las condiciones de trabajo.

En las grandes empresas, si los trabajadores se alojan en sus dependencias, a veces el empresario retiene su documentación, y si la multinacional ha firmado un «código de conducta», cuando manda a alguien para inspeccionar las condiciones en que se encuentran los asalariados, estos no pueden quejarse.

Todo esto existe, pero tiende a evolucionar bajo una triple influencia:

La primera es la protesta masiva de los trabajadores. Los obreros chinos no se resignan; en 2005 se contaron más de 90.000 acciones de protesta que implicaron, cada una, a más de 100 personas.

La segunda es la preocupación de las autoridades ante este aumento del descontento y las tensiones sociales, así como ante los casos de corrupción administrativa (4).

El tercer fenómeno es un principio de escasez de mano de obra que incluye algo nuevo, la falta de mano de obra cualificada, sobre todo en la provincia sureña de Guangdong (Cantón), donde se produce cerca de la tercera parte de las exportaciones chinas.

Pero también se puede destacar que a diferencia de India y otros países asiáticos, de los que nada se dice, aquí el trabajo infantil no es un azote. Casi todos los niños de las zonas urbanas están escolarizados.

Aunque los medios occidentales e incluso la mayoría de los medios alternativos en internet describen con mucha suficiencia las condiciones de trabajo en China y se las endosan al gobierno, de vez en cuando leemos en la prensa algún suelto como este:

Adidas retira progresivamente su producción de China

El número dos mundial de material deportivo, el alemán Adidas, considera que el nivel salarial de China ha subido demasiado y va a trasladar parte de su producción a países aún más competitivos, ha declarado su dueño, Herbert Hainer. Piensa trasladar su producción a India, Laos, Camboya y Vietnam, pero también a países de la extinta URSS y Europa del Este (5).

Las empresas occidentales, como es bien sabido, no se instalan en un país para ayudarle a desarrollarse, sino para obtener un beneficio máximo (lo que se denomina «reducir costes»). Encontramos las mismas informaciones en la prensa de Taiwán: con el aumento de salarios, China continental deja de ser una zona de subcontrata, pero se convierte en un mercado interesante.

La evolución, en particular la del nuevo Código del Trabajo

Hagamos un repaso de los cambios introducidos en el nuevo Código del Trabajo, con respecto al de 1994:

― El empresario está obligado a establecer por escrito un contrato de trabajo.

― Se da prioridad a los contratos por tiempo indefinido. Teóricamente se acaba con la sucesión de contratos temporales. Cuando un empleado tiene diez años de antigüedad, si lo solicita, el empresario está obligado a establecer un contrato por tiempo indefinido. El empresario sólo puede proponer dos contratos temporales seguidos. «La vulneración de esta obligación se sancionará con el pago del doble del salario por el empleador» a partir de la fecha en que debería haberse firmado el contrato por tiempo indefinido.

― Los expedientes de regulación de empleo no pueden afectar a uno o dos trabajadores sino al 10% del personal, como mínimo.

― Se prohíben las multas en caso de renuncia; antes, la renuncia del empleado tenía una penalización.

Cuando entró en vigor este Código del Trabajo, el 1 de enero de 2008, las cámaras de comercio de EEUU y Europa expresaron su contrariedad y amenazaron con «deslocalizar» si el derecho laboral se volvía demasiado estricto. Baste este dato para demostrar la hipocresía de los medios occidentales que invariablemente incriminan al «régimen», al «socialismo», y nunca a sus propios capitalistas. El nuevo código refuerza la protección de los asalariados con respecto al de 1994. La reforma más importante es la obligación del empresario de establecer un contrato de trabajo por escrito. En la publicación mensual Alternative économiques, Li Hua, abogada del bufete Gide Loyrette Nouei de Pekín, explica: «Las relaciones sociales dentro de la empresa se han deteriorado en los últimos años. En 2007 el número de contenciosos entre ambas partes ―empleador y empleado― aumentó un 30% en Shanghái y Pekín, sobre todo en los ramos de la industria y la construcción. (…) Se advierte [en el gobierno] una verdadera voluntad de fortalecer los derechos de los asalariados» (6).

Lo que estamos viendo son las condiciones de la acumulación primitiva que llevamos a cabo en Europa mandando a niños de 5 años a trabajar en las minas y creando unas condiciones de trabajo espantosas; seguimos haciéndolo en todo el Tercer Mundo, mientras les acusamos de bajar los precios o hacemos aspavientos ante una China comunista que explota a los trabajadores. Esta China tiene que dar de comer a 1.300 millones de seres humanos, contener el éxodo rural y desarrollar las fuerzas productivas; para ello no tiene más remedio que aceptar a los extranjeros, pero también debe planificar, dominar su propio crecimiento para no caer en las garras del neocolonialismo. Debe poner en práctica sistemas de protección social, seguro de enfermedad y desempleo, sin limitarse a la población urbana y extendiéndolos a las zonas rurales.

China ha sacado a la mayoría de su población de la pobreza extrema

«La población china en conjunto se ha beneficiado ampliamente de este despegue, ya que en 25 años la renta per cápita se ha quintuplicado. Según el Banco Mundial ha pasado de 190 dólares en 1978 a 1000 dólares en 2004. Cuatrocientos millones de chinos han salido así de la pobreza extrema (menos de un dólar diario). El frigorífico, la bicicleta y el teléfono, que estaban reservados a una minoría privilegiada, se han convertido en bienes de consumo corrientes para cientos de millones de personas. Globalmente, durante este cuarto de siglo, los chinos han aumentado por lo menos un tercio su consumo medio de calorías, lo que redunda en un aumento de su esperanza de vida.

No obstante, China sigue siendo un país pobre, incluso muy pobre. Cerca de la mitad de la población vive aún con menos de dos dólares diarios. La renta media ha aumentado, pero con 1000 dólares anuales (apenas 800 euros), está a años luz de los países que hicieron su revolución industrial hace uno o dos siglos ―30 veces menos que Francia, 40 veces menos que EEUU―. Quizá los chinos se consuelen al saber que su renta media duplica a la de los indios.

Si tomamos el PIB calculado en volumen y no en valor, es decir, en poder de compra y no en moneda corriente, la diferencia de China es menor: en términos de «paridad de poder de compra» el Banco Mundial calcula un PIB per cápita de 4000 dólares, «sólo» diez veces inferior al de USA» (7).

Allá los que pretenden juzgar y dar consejos; yo me siento incapaz, y admiro a este pueblo trabajador que además, a diferencia de los occidentales, no ha saqueado a otros pueblos y promueve en todo el mundo la paz y el desarrollo. La arrogancia occidental, que ignora lo que es el subdesarrollo y sobre todo no quiere recordar que su sociedad saqueó el mundo, fue capaz de poner carteles de «prohibido el paso a perros y chinos» en los parques chinos, destruyó una de las maravillas del mundo, el Palacio de Verano, impuso la guerra del opio y obligó a toda una generación a ser muertos vivientes; ni quiere recordar las torturas japonesas que horrorizaron a los propios nazis, por citar sólo algunas fechorías, y se permite el lujo de seguir haciendo de las suyas con sus capitalistas, mientras se beneficia de los productos llegados de China; esta arrogancia insufrible aún osa criticar a China. En vez de admirar el heroísmo del pueblo chino, de contemplar con asombro, porque lo merece, la demostración de este esfuerzo que ha hecho en los juegos olímpicos, ha reaccionado con despreciable mezquindad. Sin ocurrírsele siquiera dar las gracias a un pueblo que esperaba, con el corazón en la mano, una felicitación por tanto valor, tanto tesón, tanta humilde entereza. Sí, los occidentales pertenecemos, como Estados Unidos, a la «civilización» que describe José Martí: «Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente, y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol» (8).

Notas

(1) Thèse et mémoire de DIDERON, Sylvie, Institut National Agronomique Paris-Grignon, 1993 (Suiza).

(2) Este estudio se puede consultar en el sitio de fair-computer.

(3) Jean-François Huchet, La responsabilité sociale des entreprises étrangères en Chine , Ires-FO, junio de 2007.

(4) Una de las formas de la lucha contra la corrupción es el control de los sueldos altos, lo que revela la presión ejercida por la base sobre la nueva burguesía. El ministro de la Comisión para la Supervisión de los Activos del Estado (en inglés: State-owned Assets Supervision and Administration Commission, SASAC), Li Rongrong, se hace eco de la controversia de los sueldos altos en las empresas estatales, afirmando que el aumento de sueldos de los directivos en el periodo comprendido entre 2004 y 2006 fue de menos del 15%, mientras que los beneficios de sus empresas crecieron un 36,7%. La controversia fue causada por la revelación de que Ma Mingzhe, director general de la compañía de seguros Ping An, la segunda de su género en China, había cobrado más de 45 millones de yuan (6,6 millones de dólares) en un año, antes de impuestos. Este sueldo superaba 3.200 veces la renta per cápita de los residentes urbanos chinos en el año pasado (Diario del Pueblo, 4 de agosto de 2008).

(5) Le Soir, 29 de julio de 2008, suelto en las páginas económicas.

(6) «Chine un petit bond en avant», Alternative économiques , n.º 271, julio-agosto de 2008, p. 79.

(7) Erik Izraelewicz, «Quand la Chine change le monde», Grasset, 2005.

(8) José Martí, «La verdad sobre los Estados Unidos».

Fuente: Changement de société