Apenas han transcurrido los primeros días de 2026 y ya asistimos a una nueva guerra provocada por Estados Unidos.
Como en la canción Enemy Maker de Dub War, hablamos de una guerra construida discursivamente antes de ser ejecutada militarmente. La receta es la de siempre: fabrican al enemigo, le atribuyen un crimen, dictan sentencia y, finalmente, arrojan las bombas. Lo vimos en Irak, lo vimos en Libia, lo vimos en Irán y lo vemos hoy sobre Palestina.
La mentira de siempre. El poder imperial jura decir la verdad mientras la oculta, la niega y la destruye; explota el delito como coartada y convierte la acusación en prueba. No hay investigación: hay imputación. No hay juicio: hay veredicto previo. Así opera el imperialismo estadounidense en el siglo XXI: condena y castiga.
Dicen buscar democracia y libertad, pero en realidad buscan dominio y obediencia. Lo ocurrido en la madrugada del 3 de enero fue un ataque frontal contra un Estado soberano, una violación abierta del derecho internacional y un golpe directo a la autodeterminación de los pueblos.
Las bombas que hoy caen sobre Venezuela confirman una verdad que América Latina conoce desde hace más de dos siglos: el imperialismo no ha desaparecido, nunca se fue. Estamos frente a la vigencia explícita de una Doctrina Monroe 2.0.
Como ha señalado con claridad Manuel Vega en su texto “La noche del imperio: Venezuela y la amenaza sobre Nuestra América”, publicado recientemente en la revista Intervención y coyuntura, las bombas que caen hoy sobre Venezuela son también las que cayeron sobre Chile en 1973 contra el gobierno de Salvador Allende; son los aviones que bombardearon Guatemala en 1954; son los marines que invadieron Panamá en 1989 bajo el cínico nombre de “Operación Causa Justa”. La historia vuelve a repetirse como violencia estructurallegitimada por el poder imperial sobre los pueblos latinoamericanos.
Lo que se castiga no es solo a un gobierno específico, sino la osadía de salirse —aunque sea mínimamente— del guion permitido. No importa, a los ojos del imperio, la complejidad interna de los procesos políticos ni las contradicciones reales de cada país. Importa una sola cosa: la alineación. Cuando un Estado intenta ejercer algún margen de soberanía real sobre sus recursos estratégicos, su política exterior o su proyecto económico, el castigo aparece bajo distintas formas: sanciones, bloqueos, desestabilización y, cuando lo consideran necesario, la fuerza militar directa.
El discurso que acompaña esta agresión es tan viejo como eficaz. En nombre de la seguridad se bombardean lanchas en el Caribe y se secuestran buques petroleros de naciones soberanas. En nombre de la libertad y la democracia se asesina o se secuestra a presidentes de otras naciones. En nombre de los derechos humanos se violan tratados internacionales, se pisotea la presunción de inocencia y se normaliza la guerra preventiva. La “democracia” del capital deja entonces ver su rostro real: el rostro de la muerte.
Una copia barata de las viejas películas de acción de Hollywood, de esas producciones gringas rancias y de tufo patriotero. Según ese relato, el presidente de Venezuela es el villano de la historia, pues carecería de legitimidad, mientras que el presidente de Estados Unidos sí tendría autoridad para condenar, asesinar, invadir, bombardear y apresar a mandatarios de otros países. Basta con etiquetar: en Medio Oriente se habla de “terroristas”; en América Latina, de “narcotraficantes”, porque ese rótulo encaja mejor en el imaginario colonial y permite deshumanizar con mayor eficacia.
Para los pueblos originarios de América Latina, estas agresiones tienen un significado todavía más hondo. Toda intervención imperial se ha traducido históricamente en despojo territorial, en proyectos extractivos impuestos, en militarización de comunidades y en nuevas oleadas de muerte, desplazamiento y destrucción cultural. El imperialismo no busca únicamente gobiernos dóciles: busca territorios disponibles, cuerpos disciplinables y naturalezas convertidas en mercancía.
Estamos atravesando una crisis civilizatoria profunda. Apenas transitamos el primer cuarto del siglo XXI y las nociones clásicas de soberanía popular, representación política, legitimidad democrática y Estado de derecho muestran sus límites frente a un orden mundial que normaliza la guerra, la excepción permanente y la violencia como herramienta de gestión global. O reinventamos radicalmente estas categorías desde los pueblos, o serán los nuevos fascismos —con ropaje democrático— quienes las vacíen por completo.
Hoy, muchos en América Latina estamos en vela: con dolor, con rabia y con incertidumbre. No solo por Venezuela, sino por lo que este ataque anuncia para toda la región. Porque cuando un país cae bajo las bombas del imperio, ningún otro está realmente a salvo.
La tarea histórica es seguir luchando por la vida buena, por la vida digna. Y, hermanas y hermanos, en esta lucha no podemos perder, porque es la lucha por poner la vida en el centro de la política, por defender la autodeterminación de los pueblos y por rechazar toda forma de dominación, venga de donde venga.
No hay derechos humanos bajo las bombas.
No hay libertad ni democracia bajo la subordinación imperial.
Larga vida a América Latina, a su diversidad cultural y a sus pueblos originarios.
Que viva la vida y la dignidad de los pueblos.
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