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Vuelta a la guerra sucia de los setenta

América Latina en la mira del Pentágono

Fuentes: La Jornada

Al contar con un presupuesto multimillonario para sus «guerras preventivas» y la nominación de un experto en acciones clandestinas para la jefatura de la CIA, en una coyuntura electoral en Estados Unidos, y ante la irrupción de movimientos masivos que desafían al poder imperial en varios puntos del hemisferio, el autor asegura que Bush podría […]

Al contar con un presupuesto multimillonario para sus «guerras preventivas» y la nominación de un experto en acciones clandestinas para la jefatura de la CIA, en una coyuntura electoral en Estados Unidos, y ante la irrupción de movimientos masivos que desafían al poder imperial en varios puntos del hemisferio, el autor asegura que Bush podría desencadenar un nuevo ciclo de aventuras bélicas en América Latina. Los objetivos pueden ser Cuba, Venezuela, Colombia o la triple frontera de Paraguay, Argentina y Brasil

Con la aprobación de un presupuesto millonario para el Pentágono y la nominación de un experto en operaciones clandestinas como nuevo jefe de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la administración Bush parece haber iniciado una nueva etapa en su política de guerra preventiva y dominio total.

Cuando aún no supera la crisis de los servicios de inteligencia derivada de las investigaciones congresionales sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la controvertida justificación para la invasión a Irak, que puso en aprietos al actual equipo tecnomilitar y de seguridad nacional de la Casa Blanca y llevó a la defenestración del director de la CIA, George Tenet, todo indica que, incluida la motivación releccionista, Bush debe definir dónde va a hacer su próxima guerra. Porque, en cualquier escenario posible, necesita una.

Por un lado, el monto superior a 416 mil millones de dólares destinado al presupuesto del Departamento de Defensa apuntala esa hipótesis. Por otro, el legajo curricular del nuevo jefe de la CIA, Porter J. Goss, representante republicano por Florida y presidente del Comité Selecto de Inteligencia de la Cámara, augura una nueva era de desestabilizaciones y acciones encubiertas, con sus dos sucedáneos clásicos, la tercerización y mercenarización de la guerra.

Goss, quien deberá ser confirmado por el Senado, ingresó a la sección de Operaciones Especiales de la CIA en 1962 y desde la estación en Miami participó en diversas acciones abiertas y/o clandestinas contra Cuba, incluidas la invasión a Playa Girón (Bahía del Chancho), la operación Mongoose, la crisis de los misiles y varios intentos para asesinar a Fidel Castro. Después, La Compañía lo envió a varios «lugares calientes», entre ellos México, República Dominicana y Haití. Como dijo Bush, el ex espía Goss conoce a la CIA «por dentro y por fuera». Fuentes demócratas que criticaron la designación indicaron que su nombramiento no es ajeno al trasfondo del año electoral; Goss podría ser un arma del dúo Bush-Cheney para atacar a John Kerry.

Eligiendo al enemigo

Si en la coyuntura inmediata a los atentados contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington, dentro del muestrario de opciones -para influir en la opinión pública estadunidense y obtener rápido consenso a una respuesta guerrerista-, Afganistán e Irak reunían con facilidad las características para servir como un punto de contacto «huntingtoniano» (Alain Joxe -director del Centro de Sociología de la Defensa-, dixit) entre el islam y la cristiandad, para convertir esas opciones «antiterroristas» en una cruzada, el actual empantanamiento militar en territorio iraquí abre el abanico a países que se encuentran fuera del «stock» islámico o religioso.

Hoy se sabe que pocos días después del 11-S, ante la falta de «buenos objetivos» en Afganistán, el subsecretario de Defensa, Douglas Feith, uno de los halcones prosionistas del entorno íntimo de Bush, distribuyó un memorando secreto donde recomendaba atacar en Asia o América del Sur para «sorprender a los terroristas». Según reveló la revista Newsweek (09/08/04), el informe -encargado por Feith al analista de Defensa, Michael Maloof, y al experto en Oriente Medio, David Wurmser- sugirió como uno de los objetivos militares a «una remota región» de Sudamérica donde confluyen las fronteras de Paraguay, Argentina y Brasil. Según la propaganda de guerra estadunidense, la zona, conocida como «la triple frontera», sería un refugio de «células dormidas» del grupo Hezbolá (el Partido de Dios), grupo radical chiíta pro-iraní fundado en Líbano en 1982.

Si bien ese punto geográfico ubicado a las puertas de la Amazonia puede ser recuperado con fines bélicos -con su inflexión «religiosa» en clave de cruzada- por la CIA y el Pentágono, y encontraría a una opinión ya «sensibilizada» en función del espíritu expedicionario de Bush en «su lucha» entre el bien y el mal, no se puede descartar de la lista de opciones a Cuba y Venezuela. Tampoco Colombia, donde el Pentágono ya tiene un pie adentro. La opción venezolana ya ha sido prevista por la CIA, que fracasó en una anterior salida golpista. De acuerdo con información publicada por el diario conservador español El Mundo (09/08/04), ante la eventualidad de que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez permaneciera en el cargo tras el referéndum revocatorio promovido por la oposición (con apoyo político y económico encubierto de la Casa Blanca), la Agencia Central de Inteligencia «tiene planes» para contrarrestar la influencia del mandatario y su revolución bolivariana en otros países del área, en particular Colombia, Bolivia y Perú.

Según la versión, la semana previa al referéndum del 15 de agosto, el director del Departamento de Asuntos del Hemisferio Sur de la CIA, William Spencer, se reunió en Santiago de Chile con otros agentes de La Compañía desplegados en el área para afinar un plan que ya contaría con financiamiento del Departamento del Tesoro y el Pentágono.

El riesgo de que América Latina se convierta en un escenario de la violencia global de lo que el francés Alain Joxe llama «el imperio del caos» es real. Después de la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos ha venido consolidando una superioridad militar absoluta y suma en su haber una larga lista de matanzas asimétricas en varias partes del orbe, que, por sus características, recuerda las perpetradas por las dictaduras militares de América del Sur en los setenta. En las matanzas selectivas, las desapariciones forzadas y el uso de la «tortura científica» como método de interrogatorio -organizadas y centralizadas por Washington en el marco de la guerra fría y la estrategia de «lucha contra el comunismo»-, Estados Unidos utilizó en las tareas de tercerización a los ejércitos del área, sobre la base de una estrategia unificada: la Doctrina de Seguridad Nacional. Las ejecuciones «en caliente» de los llamados «enemigos internos» fueron perpetradas por tropas de elite y grupos paramilitares más cercanos al estatus y la mentalidad de la Sección de Asalto (SA) que de la Orden Negra (SS) de la Alemania nazi.

La mercenarización de los conflictos

En la fase actual, regida por un liderazgo imperial «monopolar» que opera al margen del Estado de derecho y las regulaciones internacionales, y por lo tanto caótico, las guerras de represión neodarwinistas de Estados Unidos, bajo la apariencia provisional de una lucha contra el «terrorismo» (una forma de violencia política cuya supresión, como dice Joxe, no es un objetivo clausewitziano que pueda terminar con una victoria y una paz), son libradas por la fuerza militar asimétrica del Pentágono con base en el dominio de la revolución electrónica, tanto en la esfera militar, aerosatelital, como en la económica y financiera, con apoyo de la CIA y otras agencias de la «comunidad de inteligencia», y echa mano de métodos de influencia indirecta y medios de disrupción clandestinos en el marco de las llamadas «operaciones militares salvo la guerra» [Military Operations Other Than War (MOOTW)].

Como consigna a su vez el hamburgués Peter Lock, experto en temas de seguridad, allí donde la violencia bélica abierta y convencional de Estados Unidos «resulta superflua», los aparatos burocráticos del Pentágono y la CIA recurren a «la privatización sistemática y la subrogación de la prestación de servicios de violencia». Es decir, a la «mercenarización» de la política intervencionista y expansionista impulsada por la Casa Blanca con los llamados «perros de la guerra», que desarrollan las tareas de tercerización que antaño cumplieron los cuerpos de elite y los escuadrones de la muerte ejecutores de la guerra sucia.

Según Peter Lock, como potencia militar hegemónica incontestada, Estados Unidos tiene «la intención de emplear de manera ubicua y preventiva medios violentos para imponer sus intereses dentro del marco de la así llamada guerra contra el terrorismo». A su juicio, la «lógica» de la guerra contra el terror de George W. Bush implica «un autoempoderamiento casi absoluto» por parte del Ejecutivo estadunidense. En la medida en que «se abusa» de la figura de la amenaza terrorista «como recurso político para la conservación del poder», ésta asume de manera vertiginosa «dimensiones totalitarias».

En distintos escenarios de América Latina (salvo Colombia), y debido a que la presencia in situ de los soldados del Pentágono contiene una carga ideológica, militar y política negativa (derivada de una bicentenaria práctica interhemisférica imperialista), Washington ha recurrido a la contratación de empresas privadas de soldados a sueldo o mercenarios, que le permiten librar guerras de baja intensidad (GBI, una variable de la contrainsurgencia clásica) sin involucrar directamente tropas que, eventualmente, puedan comprometer a Estados Unidos en sus acciones encubiertas.

La «privatización de la guerra» permite un reciclamiento de los antiguos «guerreros sucios» de los setenta como «contratistas militares privados» que se ocupan de brindar desde apoyo logístico, asesoría bélica y entrenamiento en el campo de batalla hasta labores de espionaje interno, mediante empresas de seguridad como Kroll Asociated, Dyncorp, Kellogg Brown & Root (una sucursal de la compañía Halliburton) y MPRI.

Pero además, con el señuelo de «la guerra al terrorismo» posTorres Gemelas quedó garantizada la continuidad de las asesorías y entrenamientos militares del Pentágono a las fuerzas armadas de la subregión; negocio lucrativo que permite, a la vez, formar y reclutar cuadros locales afines a los intereses estratégicos de Washington. Todo lo cual está conectado con una vieja estrategia en boga en nuestros días, necesaria para crear, vía los medios masivos, un clima propicio y «necesidades» en la opinión pública en pro de mayor seguridad y/o «mano dura». Una sensación de caos y desestabilización instrumentada por los ejecutivos de la violencia, que Stella Calloni definió como «hacer gritar la inseguridad» (Masiosare número 346, 08/08/04). Es decir, la inseguridad como un negocio que va de la mano de la contrainsurgencia y puede derivar en un nuevo ciclo represivo que eche mano de las antiguas herramientas de la guerra sucia, entre ellas, los asesinatos selectivos, las desapariciones forzosas, la tortura y el control de población.

De manera larvada, existen indicios de que una salida regional de ese tipo está en los planes de Washington. Con un presupuesto multimillonario para sus «guerras preventivas», con la nominación de un experto en acciones clandestinas para la jefatura de la CIA, en una coyuntura electoral en Estados Unidos y ante la irrupción de movimientos masivos que desafían al poder imperial en varios puntos del hemisferio, Bush podría desencadenar un nuevo ciclo de aventuras bélicas en el área. Los objetivos pueden ser Cuba, Venezuela, Colombia o la triple frontera, sin descuidar la atención de otros «puntos calientes», como México. Pero sólo el dios de Bush dirá.