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La periodista asesinada fue símbolo de la resistencia a la política de Putin en Chechenia y el Cáucaso

Anna Politkovskaya (1958-2006)

Fuentes: La Jornada

Al atardecer del sábado 7 de octubre, un sicario asesinó de cuatro tiros a la periodista rusa Anna Politkovskaya en el ascensor del edificio donde vivía en Moscú. Politkovskaya se había convertido en el símbolo de la resistencia a la política de Vladimir Putin en Chechenia y en el Cáucaso. La autora de Una guerra […]

Al atardecer del sábado 7 de octubre, un sicario asesinó de cuatro tiros a la periodista rusa Anna Politkovskaya en el ascensor del edificio donde vivía en Moscú. Politkovskaya se había convertido en el símbolo de la resistencia a la política de Vladimir Putin en Chechenia y en el Cáucaso. La autora de Una guerra sucia, El terror en Chechenia y La Rusia de Putin fue la primera mujer rusa que escribió para Izvestia, Obshe Gazeta y, desde 1999, como corresponsal de guerra de Nóvaya Gazeta, una larga crónica sobre los conflictos del Cáucaso, el caos de las revoluciones, las torturas del ejército ruso, los conflictos religiosos, los levantamientos musulmanes, la explosión demográfica del bandidaje y los secuestros, la debilidad de la estructura jurídica en una sociedad de golpes de fuerza, que no termina de saldar cuentas con su pasado soviético.

Anna Politkovskaya había sido amenazada varias veces; en 2001 se refugió en Viena, hace unos meses asaltaron a su hija dentro de un automóvil, intentaron después envenenarla cuando se dirigía a Osetia del Norte, ya que se había ofrecido como mediadora entre los terroristas chechenos y el ejército ruso en el asalto a la escuela de Beslán, donde tuvo lugar una horrible matanza de niños y familiares. Dos años antes, en octubre de 2002, Anna Politkovskaya fue una de las personas que negociaron con los terroristas del comando checheno que capturó en rehenes a todos los espectadores de un teatro en Moscú, y luego ella misma denunció a los servicios de seguridad que dispersaron un gas tóxico en el teatro y acabaron con la vida de cientos de personas.

En septiembre de 1999, al comenzar la segunda guerra de Chechenia (1999-2001), Alexej Simonov, presidente de la Fundación para la Defensa de la Glasnost, hizo un balance de la información de los medios rusos sobre la nueva guerra. «El sueño de los Servicios Secretos de Seguridad de Rusia y de los responsables de la conflagración con Chechenia se ha cumplido», declaraba Simonov: «los periodistas han quedado excluidos de la guerra: salvo muy pocas excepciones, todos han aceptado las notas y los informes oficiales, muy pocos reporteros se aventuran en la zona del conflicto armado». En la primera guerra de Chechenia (1994-1996) la información circulaba sin obstáculos, los medios gráficos y electrónicos -la mayoría de la población rusa- te-nían muy claro quiénes eran los agresores y las víctimas. El Kremlin y sus generales habían enviado un ejército mal armado y sin ánimo de combate a una guerra sucia en Chechenia. Los rebeldes chechenos luchaban por la libertad contra una soldadesca fatigada y asesina.

En el otoño de 1999, la información de los medios había cambiado: la mayoría de la población estaba convencida de que los chechenos no eran sino terroristas a quienes debía detenerse, como creía Vladimir Putin, con una ofensiva total. Los chechenos no sólo habían asaltado la república vecina de Daguestán, sino también eran responsables -hasta ahora no se ha comprobado- de las explosiones en los multifamiliares de Moscú que cobraron más de 300 víctimas. El 8 de agosto de 2000 hizo explosión una bomba en el largo y abarrotado pasaje subterráneo de la plaza Pushkin, en el centro de Moscú. Murieron 12 personas y 97 resultaron heridas. El 31 de agosto fue detenido Turpal-Ali Djabrailov, un empresario moscovita de 37 años, bajo sospecha de haber cometido el crimen. Anna Politkovskaya demostró la infamia que los servicios de seguridad habían inventado. Djabrailov era inocente. «¿Quién ha creído la última explicación de la banda de criminales chechenos? La mayoría de la gente. Cuanto más se prolonga la guerra en Chechenia, más nos alejamos de la realidad», escribía, «aceptamos al punto los mitos que nos alimentan, y confundimos la vida real con el mundo virtual de los noticieros de la televisión, esas fábricas de intrigas públicas al servicio del régimen».

«El camino político de la Rusia de Vladimir Putin», escribía, «se hunde en la niebla del autoritarismo y la corrupción. Las reformas en la economía de mercado, el nuevo código penal y la renovación de los jueces inauguraban, al parecer, una época liberal en el país, pero la información en torno a Chechenia se oculta cada día más». La autocensura se había convertido en la fuerza cultural alterna del conflicto. Sin embargo, varios periodistas amenazaban su hegemonía.

El gobierno prorruso de Chechenia reconoció, en abril de 2004, que cada mes era asesinados más de cien civiles en su territorio. El informe sobre los abusos y crímenes cometidos por las fuerzas federales rusas en la pequeña república norcaucásica se documentaba sobre todo en los reportajes de Yuri Schekochijin, fallecido en misteriosas circunstancias ese mismo año, cuando investigaba casos de corrupción que implicaban a los servicios de seguridad. Pero sobre todo los reportajes de Anna Politkovskaya fueron contundentes. Las estadísticas del grupo de defensa de los derechos humanos Memorial o Human Rights Watch revelaban que en 2002 habían muerto mil 314 civiles de ejecuciones sumarias y como resultado de las torturas, es decir, más de cien civiles mensuales en promedio.

Politkovskaya reveló que esta cifra era el doble de las estimaciones reveladas por Memorial, que lleva una crónica rigurosa de todas las muertes denunciadas en Chechenia y de las fosas comunes que se han descubierto. El Ministerio de Situaciones de Emergencia checheno dio a conocer entonces una lista de medio centenar de lugares donde se habían descubierto sepulturas con cadáveres de personas asesinadas y con huellas de tortura. Las más grande se encontró, como señalaba Politkovskaya, en el cementerio central de Grosny, la capital de Chechenia, con 260 cuerpos; frente a la base militar de Jankalá -la principal instalación militar rusa en la República- hallaron otra con 43; en otros suburbios de Grosny exhumaron 39 cadáveres: un total de 2 mil 879 cuerpos.

En el capítulo sobre las muertes violentas -en algunos casos se encuentran partes del cuerpo, ya que los militares a veces hacen explotar con granadas a las personas torturadas- Politkovskaya dio el nombre de las víctimas, el lugar del incidente y el número del carro blindado ruso -prueba palmaria, decía, de la culpabilidad de los militares- presente en la operación durante la cual fue asesinada o arrestada. Según Anna Politkovskaya, el año de 2004 trajo 70 asesinatos 429 secuestros, 49 desaparecidos, 35 casos en los que se descubrieron fragmentos humanos y 23 violaciones.

Anna Politkovskaya insistió siempre la necesidad de poner límites al inmenso poder que el ejército ruso tiene en Chechenia, más de 80 mil efectivos regulares. En el verano de 1999, cuando viajó a la zona de guerra, el foco de los conflictos se situaba en la república más oriental: Daguestán. Ese país forma una larga cadena montañosa que desciende a lo largo de una amplia costa y termina en el Mar Caspio. Cada uno de sus valles es la patria de una nacionalidad con una lengua distinta, y se cifra en 34 el número grupos étnicos que habitan en esa zona. La jerarquía ortodoxa cristiana defiende precariamente sus fueros, el mundo del islam ha envuelto al Cáucaso y lo ha convertido en un frente de guerra más amplio que en la misma Chechenia. En Una guerra sucia (2004), Anna Politkovskaya nos recuerda que la guerra no ha terminado con la economía y el comercio clandestinos entre Rusia y en Chechenia, sólo han cambiado la oferta de productos y un ligero aumento de precios. Los policías rusos han tomado el control de los pozos de petróleo que significaban la mayor riqueza de la región. Sin embargo, todo esto no era sino la punta del iceberg. «Podía comprar un tanque si quisiera, me dijo en una ocasión un comerciante checheno con su petulancia de siempre. Aunque sólo exageraba un poco», escribe Politkovskaya, ya había comprado armas automáticas, granadas y munición a los soldados rusos, destinado a usarse después contra ellos. Los cadáveres sin identificar se convertían en artículos comerciales, se vendían a un buen precio, material para las escuelas de medicina».

Es de suponerse que en el asesinato de Anna Politkovskaya están envueltos no sólo los servicios de seguridad, sino también los grupos de choque de la extrema derecha rusa, que han aparecido en el horizonte del Cáucaso. Ramzan Kadyrov, el jefe del gobierno de Chechenia, le profesaba un odio público y la acusaba de anhelar su destrucción. Boris Berezovski, un magnate acusado de fraude y exiliado en Londres, aseguró que la muerte de Anna Politkovskaya era «un regalo de cumpleaños» para Vladimir Putin, quien celebró el domingo 8 de octubre su 54 aniversario. Una mujer excepcional que lo mismo denunciaba las matanzas del ejército ruso que defendía los derechos de los soldados rasos, como el caso de un joven al que le amputaron brazos y piernas por una jugarreta festiva. Su muerte deja al periodismo ruso sin una de sus voces más lúcidas y valientes.