A fines de la década de los cincuenta, los jóvenes con inclinaciones comunistas eran admiradores de la moderna cultura francesa, Camus, Sartre, Truffaut, Clouzot y Dassin eran su luz, pero también idolatraban a Rusia: preferían Dostoyevski a cualquier escritor; Chaikovski a cualquier compositor, estaban persuadidos de que únicamente las teorías de Michurin eran correctas y que la Genética de Méndel era una pseudociencia reaccionaria; de que el cosmos sería conquistado gracias a las fórmulas y experimentos de Tsiolkovski y que Von Braun no era más que un farsante; y creían que el pueblo soviético, al crear a un hombre nuevo, había sido escogido por la historia para construir el mundo del mañana, el comunismo.