Hubo un tiempo en el que el ser humano miraba sus manos y veía en ellas el origen del mundo, el artesano tenía una idea en su mente y, con habilidad y esfuerzo, la convertía en materia. Hoy, de esos tiempos sobreviven ruinas. En la silenciosa y fría lógica del capitalismo, hemos sido despojados de nuestro lugar como creadores para ser relegados a la categoría de meros accesorios; engranajes de carne y hueso al servicio de una maquinaria que ya no nos pertenece.