Toda civilización ha sido moldeada por su fuente de energía. El esclavismo dependía de los músculos; el feudalismo de la biomasa; el capitalismo industrial nació del carbón y se expandió con el petróleo. Esa energía fósil —concentrada, jerárquica y acumulada durante millones de años— nos dio una capacidad inédita para movernos, volar y soñar con las estrellas. Pero también nos ató a una lógica de extracción, agotamiento y descarte.