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El Salvador

Contra la política nacional de la estupidez

Fuentes: Rebelión

En El Salvador la lucha siempre ha sido cruenta. En cada capítulo de nuestra historia de dignidad tuvimos mentes maravillosas, inteligencias singulares y voluntades sin precio: ellas siguen siendo las más perseguidas, vapuleadas y suprimidas. El enemigo sabe que tener mente propia es peligroso para sus intereses.

Cada vez que nace un niño o una niña inteligente, el sistema a través de sus padres, hermanos, amigos, maestros, líderes espirituales, le asesta un golpe difícil de evadir. Lo que ocurre justo ahora en El Salvador es resultado de esto: los que sobreviven el impacto, o bien se rinden; o combaten necios, aunque parezca inútil todo esfuerzo. Los más, aprenden a sobrellevarlo, entregándolo todo a una élite que se ríe de ellos, mientras ellos se desgastan en sus trabajos, en la crisis económica permanente o en la violencia diaria. Circunstancias comunes a todos. 

Desde 1524, invadido el territorio por los españoles, nuestros antepasados defendieron su autonomía, su tierra y su gente de una forma extraordinaria; fueron pueblos informados del desastre en que quedaron los pueblos del norte, en manos de los españoles y de los millares de indígenas aliados. Desde el principio, recibimos al invasor con la vehemencia de quien se resiste a ser destruido. Aunque la conquista parece consolidarse en la década de 1550, más o menos, los levantamientos indígenas en toda América no dejan de registrarse durante trescientos años de colonia. Nuestros antepasados no se rindieron, y pelearon duro, y recibieron siempre la misma respuesta represiva a la enésima potencia. Y para preservarse del exterminio completo, nuestros cerros los refugiaron.

En enero de 1833, Anastasio Aquino lidera la insurrección de los Nonualcos, en la zona paracentral de El Salvador: cientos de indígenas dicen No al reclutamiento forzoso, al trabajo esclavo en los obrajes de añil, al hambre, a la humillación, a la desesperanza. Subvierte el orden establecido, el indio Aquino, promoviendo sus Decretos de Tepetitán el 16 de febrero, único testimonio escrito de ese cerebro milenario que luego, tras ser decapitado Aquino por los republicanos salvadoreños, es enjaulado para imponer entre los nuestros su valor simbólico: no está permitido pensar ni actuar en consecuencia con nuestras ideas de liberación; la inteligencia y la creatividad no están permitidas; la estupidez es la insignia impuesta a pueblos inteligentes.

Sin que se detengan las rebeliones, hasta en las más pequeñas y cotidianas anécdotas en que indios y campesinos aparecían como los tramposos (taimados) ante quienes se enseñoreaban sobre ellos, es en 1932 que, intensificado por la crisis económica mundial y la negativa de los oligarcas a perder un solo centavo de burlones salarios para honrar a los jornaleros, el descontento se traduce en una insurrección indígena campesina en varios puntos de El Salvador. La respuesta: no solo la masacre de sus artífices que se negaban a la continuidad de la miseria, sino también de mujeres, niños y ancianos, cuya cultura terminó de ser prohibida y aniquilada. Este nuevo golpe contra nuestra memoria y contra el patrimonio cultural intangible de los salvadoreños parece nada, si lo vemos de forma aislada; al contrario, lo es todo.

En 1944, tras el desgaste político del dictador Hernández Martínez, varios sectores de la población salvadoreña, entre ellos, sectores populares organizados, expulsan del poder al masacrador número uno; pero los demás genocidas siguen repartiéndose el poder y la riqueza nacional, sobre los hombros de las y los trabajadores. Pasarán aproximadamente veinte o treinta años, entre 1960 y 1970, para que esos trabajadores del campo y la ciudad se organicen en cúmulos efectivos de presión popular que obligaron al régimen a dar concesiones, pero con lo que arreció la represión. Y mientras hubo más represión parecía más claro por qué luchar y de qué lado estar.

En toda nuestra historia, no solo enfrentamos hambre, nulo acceso a la salud, expropiación, irrisorios salarios, y otras muchas carencias; también se nos negaba educación, acceso a la cultura universal, libre ejercicio de la cultura nacional, que aún queda en pequeños reservorios dentro de una tímida y reveladora memoria indígena entre los campesinos salvadoreños. Sin embargo, en la década de 1980 diversos movimientos sociales lograron que el conocimiento, la conciencia social y la organización popular se consolidase en verdaderos colectivos de campesinos y obreros que movían las principales demandas de las masas nacionales. El hecho de que sus principales líderes fuesen inmediatamente capturados, torturados, desaparecidos, asesinados, desterrados, perseguidos y sofocados, no fue casual. Las mentes libres debían ser eliminadas de nuestra tierra.

Militares, escuadroneros, guardias nacionales y policías, emisarios de la oligarquía sanguinaria salvadoreña se encargaron de descabezar nuestros movimientos, obligando a muchos a radicalizarse en organizaciones militares de oposición que luego formaron el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Esto no impidió que muchísimos se mantuvieran en la ignorancia más profunda, o que fueran tentados por el oportunismo, el crimen, la corrupción, la traición. Tras la firma de los Acuerdos de Paz de 1992, y en muchos casos, poco antes, pudimos ver los verdaderos rostros de quienes suscitaron la posterior putrefacción del único partido de izquierda de El Salvador. Eso no impidió otros se mantuvieran firmes para trabajar en los proyectos que propiciaran el nacimiento del FMLN.

El poder de ciertos oportunistas, mafiosos y corruptos se impuso en intenciones dudosas, y sus conductas expulsaron a innumerables militantes del FMLN a otras alternativas o simplemente a proseguir sus proyectos personales, aislándose de dicho partido político o renegando de él. En muchos casos, hubo necios que persistieron dentro pensando en el color de una bandera que representa a sus muertos: esos que habían soñado un futuro más libre, justo y pacífico. Y ese futuro, aunque se niegue, fue bastante real hasta hace unos años y valía la pena seguir construyéndolo sin derramamientos de sangre.

Sin estar del todo muerto, el partido FMLN progresó en el camino de su participación legal en la política, ganando elecciones presidenciales en 2009 y 2014. Sin embargo, la revolución que no se completó no iba a completarse en un sistema como el salvadoreño: quienes en ambas oportunidades votaron por dicha institución política, y creyeron que la verdadera transformación se hace desde el Ejecutivo, con las mismas reglas de juego, sin mayores esfuerzos, estaban equivocados. Solo verdaderos movimientos populares podían presionar a los gobiernos del FMLN y las demás fuerzas políticas a perfilar cambios verdaderos. Algunos movimientos sociales lograron conquistas hermosas, en materia de salud, acceso a la información pública, transparencia, lucha contra la impunidad, derechos de las mujeres y personas con discapacidad, que introdujeron y lucharon por estos temas en el ámbito legislativo. La economía nacional recibió importantes estímulos. Pero la gran mayoría de salvadoreños ni siquiera se involucró, antes bien, parecía acomodarse a la situación. Tan cerca de los Estados Unidos de Norteamérica, enfrentando la fuerza de ciertos poderes reales (como un ejército y policía sin renovarse y el fenómeno pandillas en creciente) y de la hegemonía del sistema, había aun mucho por hacer. 

En 2019 devino la catástrofe en gestación, sin el protagonismo de quienes no deseaban participar, guiados por emociones diversas: algunos sintiéndose traicionados por lo poco que se hizo durante ambos periodos presidenciales, y otros, enamorados de un idiota aspirante a líder. Todos ellos entregaron su libertad y su poder al votar por él, al anular sus votos o al no acudir a las urnas en 2019. El 50% de salvadoreños no votó ese año.

Ese 2019 gana la más visceral estupidez. Modelos de conducta suscitados por la alienación mediática, como la ignorancia, la bravuconería, la alienación, el irrespeto a las leyes y el uso político de la policía y el ejército caracterizan al presidente actual.  Pero esas actitudes ya existían antes del dictadorzuelo. El actual desastre no se debe solo a la corrupción del FMLN, la cobardía de ciertos políticos y la hegemonía de un discurso bucéfalo. La responsabilidad del pueblo no debe negarse: haber renunciado a nuestro poder político por depresión, desilusión, despecho, coraje o indiferencia nos puso a todos en esta crisis. No es el FMLN el que pierde ante el desprecio del pueblo: somos todos, los vivos y los muertos, y quienes vendrán.

El presidente actual es el reflejo de una mayoría que no quiere asumir su tiempo histórico -no lo conoce-, que no quiere ilustrarse, que no quiere vivir en dignidad, que no quiere dialogar ni escuchar ni examinar con cuidado los dichos y hechos cotidianos, y que solo anhela parasitar. No romperán al sistema, y por lo tanto, no desean cambios reales que tanto cuesta lograr. Son en parte víctimas, pero llega la hora de pedirles cuentas.

Quizá el testimonio más oculto del oportunismo y de la voluntad de profundizar nuestros males a nivel cultural sea dentro del Ministerio de Educación, con un tiro de gracia al ya mediocre sistema educativo: no solo niega a nuestros estudiantes el regreso a clases al menos en su forma semipresencial, sino que configura con la ayuda de aduladores y mezquinos, nuevos programas de estudio destinados a disolver la frontera entre estupidez y conocimiento. Más sonoro es el silencio de la Universidad de El Salvador, antes una de las pocas instituciones de educación superior que se atrevieron a denunciar, analizar y poner en entredicho los discursos del poder.

Definitivamente, vivimos una situación compleja, y en la que aún es más difícil actuar; pero debemos examinarla con cuidado para formar y ejercer soluciones. Una de esas soluciones prácticas dentro del sistema democrático burgués, aunque a muchos les parezca inútil, es acudir a las urnas el domingo 28 de febrero y votar por la pluralidad de una Asamblea Legislativa que pueda ejercer su contrapeso contra un sociópata enamorado de sí mismo y del poder. El resto es aun más difícil y el camino es cuesta arriba.

No todo está perdido, a menos que bajemos nuestros brazos y dejemos de cuestionar y de indignarnos. El peso de todas las generaciones de hombres y mujeres libres nos exige vivir en libertad, en justicia y en paz; ejerzamos esa identidad de pueblos inteligentes que quieren sofocar entre nosotros.

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