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Fragmentos de Francia

Cuando la periferia viene a ti

Fuentes: La Jornada

En una calle parisina, unos muchachos repartían un volante hace ya siete años. Hablaban de su mundo sin esperanza en los suburbios y advertían: «Date una vuelta por las periferias y toma conciencia de nuestras condiciones de vida antes de que las periferias vengan a ti». Esta crónica personal ofrece una mirada fresca sobre la reciente rebelión adolescente

Queremos mostrar a la gente que nunca puso los pies en las periferias, lo difícil que es vivir allí, por ejemplo: uno tiene que esperar medianoche para que Toto el vecino del piso 13 apague su música, tiene que aguardar que la hermana de Mamadou deje de botar los pañales de su bebita Fatou desde el piso 11, tiene que rezar para que el pitbull de Fred, tan grande como una pantera, no esté dormido en el lugar de los carritos de bébé…. Puede que un día ya no te sirvan de nada nuestras palabras, mientras, te escribimos esta advertencia, date una vuelta por las periferias y toma conciencia de nuestras condiciones de vida antes de que las periferias vengan a ti.

Esto decía un volante titulado Las razones que nos empujan a gritar, y me lo repartieron unos chicos en una calle del centro de París ahí por el año 1998. Las frases habrían podido inspirar una canción de rap o de La Maldita Vecindad; guardé el folleto y luego lo olvidé.

Hasta el otoño de 2005, cuando las periferias vinieron a mí a través de las cámaras de televisión que filmaban una y otra vez los coches en llamas.

Al momento pensé que de la misma manera que el clima, las cosas se iban alocando: en general los coches de los suburbios se quemaban entre la Navidad y el Año Nuevo, un periodo de frustración para los excluidos de la sociedad de consumo.

En la tele, alguien comentaba la meteorología de la violencia: Velada serena gracias al partido de fútbol Francia-Costa Rica, pero queda el riesgo del fin de semana por ser de puente, las cifras de coches quemados se podrían disparar y así dar una pésima imagen de Francia en los medios de comunicación.

Aburrida, desvié la mirada del televisor hacia la ventana, las ramas desnudas, el cielo apagado en plena tarde, la soledad del departamento parisino, hacían de este puente de noviembre el más tétrico del año. Sólo el celular manifestó unos espasmos de vida con la llegada de un nuevo mensaje: Chingaré a Francia hasta que me ame, el remitente era un tal Hard Core 93.

Dos segundos después el celular sonó y, sobresaltada, dudé en contestar hasta que apareció en la pantalla un nombre conocido. Una amiga muy informada me comentó que el mensaje no era una amenaza individual sino una campaña comercial para promocionar el elepé de un rapero. Si las casas disqueras se habían permitido mandar una frase tan fuerte es que este tipo de agresión estaba ya en el aire. Según las predicciones de mi amiga, los chavos de los suburbios habían decidido aprovechar este fin de semana de puente para cruzar el periférico y partirle la madre a todos los parisinos.

Antes de colgar me hizo saber que para informarse del cuándo, cómo y dónde llegarían, no había que confiar en los medios de comunicación sino en las bitácoras.

Dos palabras claves me iban a servir para sobrevivir: la primera, Nik La France (Chinga a Francia), no me dio grandes resultados en Google: decenas de foros adolescentes, letras de rap y hasta una biografía de Nick Kamen, el divo de los ochentas. Bounia, la segunda palabra clave fue más eficiente ya que me trajo directamente a una bitácora que rinde homenaje a Bounia y Zyed, los dos adolescentes que murieron electrocutados en una cabina de alto voltaje mientras se escondían de la policía. El drama, poco aclarado por las autoridades, provocó la rabia de los jóvenes vecinos que prendieron fuego a todos los coches que encontraron en su camino. Ya habían pasado dos semanas desde los hechos y si bien los coches seguían ardiendo, la bitácora ya había caducado.

Cuando en la tarde salí de mi letargo para adentrarme en el metro Bastille, lugar mítico de la Revolución francesa, no cuestionaba demasiado el lema de la República: Libertad, Igualdad, Fraternidad. En los pasillos se podía leer un anuncio con la misma resonancia: ¡Atentos juntos! Una advertencia destinada a los pasajeros del metro para que hicieran frente cívicamente al terrorismo. El dibujo, sencillo y de inspiración infantil, representaba personas de varios colores cuyos cuerpos se fundían hasta formar un ciempiés. Seguro se inspiraron de la victoria de Francia en los mundiales de fútbol de 1998, pero el paréntesis de euforia ya se había cerrado desde 2002 cuando Jean Marie Le Pen, un político de derechas cuyo partido se basa en una ideología racista, estuvo por ganar las elecciones presidenciales. En 2005 bastaba con ver las caras de la gente en el metro para entender que París ya no era una fiesta.

De repente alguien gritó: «¡Señor! ¡Señor!» Las palabras corteses contrastaban con la exageración de la escena: uno, dos, tres granaderos se aventaron encima de un tipo cuyo rostro estaba escondido por la capucha de un suéter, lo tiraron al suelo, lo esposaron delante de una asistencia muda. Uno de los pasajeros de semblante mediterráneo se atrevió a protestar suponiendo que la persona detrás de la capucha era tan morena como él.

En el 2004 se prohibió el porte del velo en las escuelas laicas; ahora parece que las capuchas de los suéteres son el blanco del gobierno. Las siluetas que aparecen fugazmente en televisión entre dos carros quemados llevan suéteres con la capucha puesta. Estas prendas baratas, puros productos de la globalización, inspiradas por la cultura del mall gringa, hechas en maquilladoras turcas, hacen que Francia pueda desahogar a la vez su antiamericanismo y su repelencia a la idea que Turquía entre en la Unión Europea. Tal vez no tarden en votar una ley que prohíba vestir suéteres con capuchas en las escuelas y un nuevo debate sin fin ocupará las portadas gallas: ¿Capuchas o boinas?

Por ahora el gobierno está ocupado en apagar el incendio. «La Francia profunda tiene miedo», anuncia la portada de un diario amarillista a la salida del metro Saint Denis Basilique, otro lugar imprescindible de la historia francesa por la basílica del siglo V, donde fueron enterrados casi todos los reyes de Francia. Hace unos años, hubo una protesta de los nostálgicos de la corona que no soportaban que este lugar sagrado fuera violado por un grupo de inmigrantes ilegales que se habían refugiado allí para evitar la expulsión del país y atraer la atención pública.

Saint Denis, suburbio popular al norte de París, siempre ha sido al avant garde de los conflictos: después de la Segunda Guerra Mundial se le apodaba el «suburbio rojo» por ser el corazón del Partido Comunista, ahora se llama «suburbio sensible» por el alto número de coches quemados.

En el camino que me lleva a una cena entre amigos no veo ningún bulto carbonizado pero en el ascensor del edificio se puede leer una advertencia tan insultante como un coche quemado: «Estimados inquilinos, unos jóvenes ya quemaron coches en nuestra calle, ¡Cuiden el suyo! Cada uno es responsable de su propia seguridad».

Esta advertencia, a las antípodas del colorido ciempiés que rezaba «¡Atentos juntos!«, denota un gran malestar: durante 30 años los gobiernos sucesivos hicieron sus peroratas alrededor del tema de integración de los inmigrantes, ¿Integración a qué? Si no la logran con sus propios jóvenes.

Fotografía Reuters

La Francia profunda tiene miedo en estas primeras noches de invierno, donde el cielo es tan negro como las aguafuertes de Goya. El sueño de la razón produce monstruos, que llegan entre insultos y cristales rotos, la madrugada es como una ducha helada en la conciencia: los cristales son de las copas de champaña que recogen unos mozos después de una fiesta en la galería de arte de enfrente.

Toda va bien, en su informe matinal la radio habla del descenso de la violencia como si las periferias fueran un mar que atrae o repela según las mareas.

En estos días atrae. Vienen de lejos a contemplar los ahogados. Un amigo me llama entusiasta desde Radio Beur, una estación radiofónica destinada al público magrebí, dónde hace unos días se agolpan periodistas de todo el mundo. «¡Hasta vinieron australianos!», dice, invitándome a asistir a un programa intitulado proféticamente Los suburbios también son la Francia.

La puerta de acceso está blindada. Ningún letrero indica la presencia de esta radio asociativa creada en los ochentas, la confusión entre árabe, musulmán y terrorista por una parte de la opinión pública, puede ser una de las razones.

Los estudios están instalados en un departamento bohemio parisino. Los cuartos están repletos de pósteres de cantantes de origen magrebí, actores, artistas, un movimiento cultural que Francia extrañaría si no existiera.

Dulce Francia, el país de mi infancia, cantaba un grupo doblemente polémico por su nombre: Carte de Séjour (FM3 en México), y por haber desempolvado la canción de Charles Trenet con una versión en música raí.

Francia, aunque sea el país de la infancia de Bilal, no es dulce con él: «Hace 21 años que estoy en Francia y quiero trabajar», asevera en los micrófonos de Radio Beur el joven que tiene un bachillerato con opción comercial: «En la agencia de trabajo temporal me dicen que no me inscriba. ¿Por qué los otros sí y yo no?»

Los auditores reaccionan en directo: «No somos inmigrantes, somos franceses tienen que aceptarnos», dice uno. «Vivimos la misma discriminación que los negros en Estados Unidos», avanza otro. «¡Hay que votar! ¡Hay que inscribirse en las listas electorales para que oigan nuestra voz!», reta un señor que confiesa sufrir «desde hace 40 años en Francia».

Las llamadas y los puntos de vista se suceden, el debate apasiona. El redactor en jefe de la radio, Ahmed el Keiy, está satisfecho: «Hoy se reconoce nuestra experiencia en este terreno, nosotros siempre apostamos en la multiculturalidad.»

Saliendo del programa me pregunta si me gustó y con una sonrisa maliciosa añade: «Con estos testimonios tan variados no vas a necesitar ir por allá.»

Me suena a reto. Mañana, me juro, cruzaré el periférico.

No es tan sencillo. Todo lo que toca a las periferias es confuso, empezando por el transporte. La red de RER, el tren ligero parisino, está de lo más enredada. La iniciativa simpática de dar un nombre a cada tren, además de un número, no facilita la orientación. En el andén nacen unos diálogos surrealistas: «¿Perdón, señor, este tren se llama Mona o Lisa?»

El tren tarda en arrancar y se necesita más de una hora para hacer los 20 kilómetros que separan Paris de Savigny Sur Orge. Uno entiende la rabia sólo con este trayecto.

Machiré, un hombre apuesto que roza la treintena, me está esperando en la estación; él sí conoce el significado de la palabra paciencia, trabaja con niños y adolescentes de barrios sensibles y tiene tres hijos esperándolo en casa cada noche. El último se llama Ebène que significa color negro. Él es negro y su mujer blanca, ambos nacieron franceses. Sin embargo cuenta que nada está ganado para los que no tienen color y apellido blanco, sufre del racismo hasta con la familia de su suegra, que no quiso dar un empleo a su hermano porque su color de piel podría molestar a los clientes.

«Tenemos que trabajar dos veces más que los blancos para hacernos valer», comenta, mientras nos dirigimos al centro de Grand Vaux, donde trabaja. Desde la ventanilla del coche, no veo la tierra de nadie descrita por la televisión, hasta los conjuntos habitacionales más pobres son rescatados por la presencia de la naturaleza. Ninguna traza de destrucción. No puedo creer que el alcalde de esta ciudad acabe de decretar el toque de queda para los menores de 18 años.

Fotografía Reuters

«Aquí se quemaron coches y hasta una escuela», me confirma Machiré. Llegamos delante de una casa moderna y bien cuidada, unos niños de origen magrebí están esperando a la entrada, una señora de rasgos árabes con mascada puesta les acompaña. «¡Machiré, Machiré!», le gritan impacientes como si fuera un ídolo de fútbol.

Machiré me enseña el centro, la sala de gimnasia ocupada cada miércoles por un grupo de mujeres hindúes que practica su baile tradicional; la cocina, donde se reúnen el jueves las mujeres magrebí; el salón de clase donde se acompaña los niños en su curso escolar; todo está en su lugar, tan cerca y tan lejos de la furia vista una y otra vez en televisión.

Mi anfitrión tiene pocas palabras para describir lo que está pasando. Sí conoce a algunos jóvenes que quemaron los coches de sus vecinos; no, no son delincuentes, van a la escuela y sufren por sentirse olvidados, quieren que el gobierno les oiga.

Según Machiré, la fractura política es el problema principal: «A cada elección cambian drásticamente de método, la izquierda instala un cuerpo policiaco de proximidad en las zonas sensibles destinado a ayudar al ciudadano y llega la derecha y les ordena a los mismos policías que hagan lo contrario: reprimir».

Hay muchos silencios. Mis palabras se atragantan, o salen torpes, cuando le pregunto si se siente francés, parece sorprendido y tal vez ofendido: «Por supuesto que sí, si creces y naces en un país, te sientes del país.»

Afuera, los niños están esperando con una urgencia que dice mucho sobre las cualidades de este profe de deportes. Lo mejor es que lo deje trabajar.

Rumbo a la estación trato de detectar un signo de crisis, pero no hay. «En realidad no pasaba nunca nada en las periferias, nos aburríamos», escribía la novelista Tassadit Imache, censurada en un concurso de mujeres escritoras porque prefería describir la frustración silenciosa de los jóvenes a sus estallidos.

En la entrada de la estación, un grupo de adolescentes encapuchados gastan bromas y pierden tiempo, me gustaría preguntarles algo pero no me atrevo, se me hace más fácil hacer reportajes en Chiapas que en mi propio país, tal vez sea una cuestión de mirada.

En el andén, los observo de reojo, veo un ojo azul salir de una capucha, una mirada negra y rasgada de otra, en cada mirada cruzada detecto una estrella lejana. En un espectacular está escrito en rosa Yo, tú y los demás, es el titulo de una película recién estrenada. Me hace pensar en la fractura mental que hace de Francia un rompecabezas.

Unos días después, unos educadores que trabajan en las calles de Bagnolet, una periferia a las puertas de la ciudad, me explicarán la violencia a partir de un elemento que escapa totalmente al cartesianismo francés: la magia de los adolescentes.

«Los periodistas, sociólogos, políticos, tienen cada uno su esquema, pero hay que tener en cuenta esta parte irracional que tiene la edad adolescente», dice Stephane, apasionado por su trabajo, cuya única base, subraya, es la relación humana. El planeta adolescente tiene brotes surrealistas más que violentos, concluye.

Sí, nada está claro, todo está borroso, pienso contemplando las nubes desde el avión que me lleva a México. Por un instante se disipan y aparecen unas barras de edificios. Podrían ser Interlomas, estas periferias de México dónde se pelean por vivir los ricos. Como dice la canción: «Todo es según el color del cristal con que se mira».

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